El gruagach de la granja
Líon MacMórn escapó de la escuela militar subiendo de polizón al tren nocturno de carga, que viajaba más allá de las tierras de Keltia. Tenía pensado irse lo más lejos posible de su hogar, soñando una vida lejos de los horrores a los que estaba acostumbrado. Sin embargo, sus cálculos estaban errados. El ferrocarril no viajaba hacia el país de los teutones, como él pensaba, sino al noreste, en dirección a Cimbria, cerca de la nieve, el cierzo y los cantos de las lamias infernales. Era esta una región incógnita, temida incluso por los exploradores nórdicos.
El temerario MacMórn tenía quince años entonces e ignoraba los surcos demarcados en su sino.
Cuando el convoy se detuvo, luego de varios días de duro viaje, Líon saltó vagón abajo, cargando a espaldas sus escasas pertenencias, en pos de huir hacia el norte y dejar atrás las líneas férreas. Pensaba unirse a un grupo vikingo, probar su valor con las armas y exigir un lugar entre los remeros del primer barco que partiese hacia el océano Boreal. Nunca había visto un narval y esperaba matar uno, un macho, pues su cuerno tenía poderes mágicos, o eso decían los hechiceros. Incluso pensó en visitar la isla maldita de Eboris y su templo de hielo.
Marchó todo el día, casi sin descanso; fue así como llegó, sin saberlo, hasta los lindes de Kamenirúg, el Círculo de Piedra, donde encontró una granja en cuyo establo pudo pasar la noche. Comió lo poco de carne seca que le quedaba, bebió el último sorbo de wiski de su petaca y se quedó dormido. El cansancio le dio sueños inquietantes, donde estaba corriendo. Vio un gran sapo, horrendo, ancho y de ojos ígneos, que lo miraba desde lo alto de una roca con expresión voraz. Él desenfundaba su pistola para volarle los sesos, pero el engendro le saltaba encima justo cuando estaba apretando el gatillo, extendiendo sus diabólicas fauces para engullirlo al caer.
Y despertó.
Afuera, los mirlos cantaban en el árbol cercano, mientras las abejas acudían a las flores para beber néctar. Una de ellas se posó en la claraboya cercana. Descansó unos momentos antes de volar hacia la casa principal, de cuya chimenea salía humo. Líon siguió al diminuto insecto con la vista; lo vio entrar por una ventana en cuyo alféizar reposaba un pastel recién hecho. El joven MacMórn decidió correr riesgos. Se acercó con sigilo, pensando en cortar una porción y salir huyendo. Empero, una vez en el portillo, el interior de la cocina lo cautivó, fue como ver la pintura de un hogar atendido por los más diligentes penates. La variedad de alimentos preparados le hizo rugir el vientre. Sintió el deseo de comer queso, beber chocolate, engullir jamón de pavo y zamparse los huevos allí servidos.
Debía ser una familia numerosa, pensó, pues semejante festín era una oda a la primera comida. Se olvidó del pastel y de pronto se vio sentado a la mesa, con los labios manchados de chocolate caliente; saboreó además el huevo frito y devoró un sándwich de jamón. Se sintió como en casa de sus padres, que no visitaba con frecuencia desde hacía mucho tiempo. La vida militar lo había reclamado a los nueve años, condenándolo a la austeridad en cada aspecto de su vida.
No le importó, para cuando regresara el dueño, él se habría esfumado. Y si tenía la desfachatez de venir antes, lo haría comer plomo.
Desenfundó la pistola de forma intempestiva. ¿Qué le estaba pasando? ¿Desde cuándo era tan impulsivo? ¿Acaso el hambre le estaba haciendo perder el juicio? De eso nada, su estómago era pequeño; en breve se sintió satisfecho y decidió que era tiempo de irse. El dueño no se pondría tan molesto, había comido una porción minúscula del banquete diurno. Aunque quizá tendría algo más interesante en la despensa. Y en efecto, así fue. Una botella de wiski fue lo único que sacó de allí, acomodándola en su mochila militar. Cuando cerró la puerta de la despensa, se sintió culpable. Pensó en los cuentos que le contaron de niño, de las casas como ésa, donde todo estaba preparado para atraer a los incautos. Una rica comida, un ambiente acogedor, una total calma. Nada de eso era gratis. La morada podría estar protegida por un gruagach, un duende doméstico, que de seguro lo estaría observando. En cualquier momento lo prendería en pos de reclamar su alma hacia el mundo de lo invisible.
—¡Pamplinas! —exclamó Líon, sacudiendo sus cabellos rojos. Solo eran eso, pamplinas. Nunca había escuchado la risa de un gruagach, no conocía evidencia de ninguno. Solo era una granja solitaria que estaba allanando.
En eso pensaba cuando volvió a la ventana para irse. Antes de levantar el primer pie, no obstante, una voz lo detuvo:
—¿Te vas tan pronto y sin darme las gracias, muchacho?
Líon se congeló de miedo. No quiso mirar hacia atrás.
—No recuerdo haberte ofrecido el licor. No lo puse en la mesa.
Era una voz masculina, mas no la de un hombre. No. Aquél no podía ser un hombre. La voz de un hombre no se escuchaba como el crepitar de las llamas ni el zumbido de un insecto o el afilar de una espada.
—¿Piensas irte con esa botella?
Asustado, Líon decidió dar media vuelta y arrostrar al dueño. Al hacerlo, recordó una enseñanza de su instructor jefe: «nunca mires atrás».
La criatura se asemejaba a un hombre. Estaba de pie, al otro lado de la cocina, justo bajo el umbral de la puerta. Era pálido, tenía barba negra y ojos como fuego. Vestía con pieles y llevaba un sombrero de ala ancha típico del campo. Extendió la mano hacia él, sonriendo. Líon tuvo que ceder, acomodó la mochila en su pecho, sacó la botella y elevó la vista. Ahora el gruagach estaba frente a él, a medio metro de distancia. El pasmo lo dejó mudo. Los ojos del ser ardían como las llamas de un incendio.
—Ira furor brevis est —le dijo al recibir el wiski. Líon no pudo articular palabra—. Te lo has ganado. Y me sorprende. Ira furor brevis est. Los bárbaros como tú no resaltan por su sensatez. Ira furor brevis est.
En sus manos, la botella adoptó el color del azabache, para irse convirtiendo en una especie de barra larga que el daimón se llevó a la boca, para luego frotarse el cordial contra el pulgar, haciendo que aquel curioso cigarro se encendiera.
—Habrá un festival en el pueblo —dijo, exhalando mucho humo hacia él, que Líon respiró sin toser—. Vete.
Dio una segunda bocanada para expeler el vaho por la nariz. Solo entonces, Líon vio que las negras vestimentas del genio eran como el humo mismo de su tagarnina.
No se quedó a discutir, saltó por la ventana y salió corriendo hacia la calzada de tierra, en dirección norte, hacia donde podía ver indicios de actividad humana. Otra vez desobedeció las órdenes del instructor; antes de alejarse demasiado, se detuvo a mirar atrás. Ahora, la granja se parecía translúcida y en su tejado vio una serie de extrañas vigas dispuestas en ángulo, que la atravesaban desde el exterior como enormes alfileres. Sobre las cabezas de estos alfileres, vio posados curiosos pájaros negros; enormes grajos dotados de formas que recordaban a la silueta humana. Líon pensó que se trataba de un espejismo, una visión de los númenes de aquel país extranjero. Los pies le hicieron volver al camino, porque la voz del fumador de pronto le llegó a los oídos como si aún estuviese frente a él.
«Buen viaje, Líon MacMórn».








