Prólogo
ㅤㅤㅤㅤㅤ5 de enero del año 1101
ㅤㅤㅤㅤㅤ(El primer asesinato)
Regla I:
No confíes en nadie… No toda persona es buena; no todos tus amigos son realmente amigos.
Muchas veces me he preguntado: “¿Por qué los cuerpos llenos de sangre me generan satisfacción?”. Desde que tengo memoria, no me afecta tener frente a mí un cadáver, ya sea de animal o humano. Al contrario, es algo que me genera un cierto desinterés, al igual que los gritos de dolor cuando son torturados por mis propias manos. Sé bien que me iré al infierno por los pecados que estoy cometiendo. Dios me dará un castigo que me hará sufrir por el resto de mi vida; quién sabe cuál será, pero el castigo que hasta ahora poseo es observar, sin poder actuar.
Regla II:
Los demonios existen. Las personas son los verdaderos demonios y ellos crean el infierno en el que vivimos… Ten cuidado en quién confías.
Siempre es lo mismo. El simple hecho de observar ya es horrible. Escuchar sus gemidos y gritos, junto al llanto desgarrador pidiendo que paren, es repugnante. Pero no siento asco por la víctima, sino por lo que ellos hacen. Cada acción realizada es tan asquerosa que me dan ganas de vomitar.
Regla III:
Las apariencias engañan. Ten cuidado.
Apariencia delicada como la de una mujer, cuerpo fino como el de la realeza, pero una mente tan llena de odio y ganas de venganza es lo que se ve desde lejos.
—¿No crees que tengo razón?
Una sonrisa se dibujó en el rostro pálido del chico mientras observaba a aquel hombre cubierto de sangre. “Las apariencias engañan”, y obviamente había engañado con una apariencia tan fina como delicada.
—Oh, cierto, te corté la lengua, no creo que puedas hablarme o siquiera responder alguna pregunta —soltó una risita—. De igual forma, es bastante interesante cómo te expresas en este momento. El miedo, a veces, es tu peor enemigo. Miedo, dolor y rabia es lo que tu mirada me dice. Sin embargo, esto dice más que mil palabras.
Las manos pálidas del chico se dirigieron hacia el rostro de la víctima, cubierta de sangre. Una de sus uñas fue directamente a un ojo, penetrándolo sin asco y sin ningún signo de repugnancia, extrajo aquel órgano. Los gritos desgarradores del cura resonaban en la noche, aunque nadie sabía cómo salían. Las luces del pueblo, ya sumergido en la oscuridad, iluminaban antorchas como velas.
El asesino sabía que no tenía mucho tiempo, pero el tiempo no importaba.
ㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤㅤ☾
La gente estaba reunida fuera de la catedral. Entre la multitud sobresalía una chica: cabello rubio semilargo y ojos verdes, piel pálida y de baja estatura. Sus orejas de elfo eran notoriamente prominentes. A su lado, alguien muy parecido a ella, incluso en estatura y complexión, aunque con una apariencia más masculina. También había un chico de cabello negro y ojos cafés, cuya presencia contrastaba con la de los demás.
La copia idéntica de la mujer caminó entre la multitud para entrar a la enorme catedral.
Al llegar al interior, el menor no pudo contener la expresión de asco y miedo que deformó su rostro. Frente a ellos estaba el cura del pueblo, crucificado de la forma más desgarradora posible.
En la gran cruz del altar yacía el hombre, de unos cincuenta años, vestido con un traje blanco completamente manchado de rojo carmín. La sangre cubría todo su cuerpo. La cruz de metal que debería estar colgada sobre el altar estaba ahora enterrada en su cuello. Su estómago estaba completamente abierto, dejando sus entrañas a la vista.
En la pared, junto al cuerpo, había unas palabras escritas con sangre:
“Bienvenidos todos, al mundo de
ㅤㅤㅤ Mentiras y Secretos”








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