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El legado de los olvidados

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Summary

Paris Bennett siempre ha sido un pequeño desastre: llega tarde, pierde sus cosas y se mete en problemas sin proponérselo. A sus dieciséis años, su vida en Santiago de Chile parece bastante normal. O al menos lo era, hasta que una gata llamada Zafiro y dos misteriosas cartas lo cambian todo. Paris y su hermana Penny han sido admitidas en la Academia Helióra, una institución mágica que permanece oculta al mundo y que, por alguna razón, las ha estado esperando durante años. Entre secretos antiguos, amistades inesperadas y una escuela donde la magia es mucho más que lanzar hechizos, las hermanas descubrirán que sus poderes esconden algo que ni siquiera los libros de Helióra parecen recordar. Mientras Paris intenta encontrar su lugar en ese mundo extraordinario, un chico tan arrogante como irresistible amenaza con complicarle la existencia de una forma completamente distinta. Pero hay historias que fueron borradas por una razón. Y hay secretos que jamás debieron despertar. Cuando el pasado comience a revelar sus grietas, Paris y Penny tendrán que descubrir qué las une a una magia olvidada… antes de que alguien vuelva a silenciarla.

Genre
Fantasy
Author
Pamela
Status
5h ago
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Chapter 1: Una vida perfectamente normal

Si alguien me hubiera dicho que mi vida iba a cambiar por culpa de una gata, le habría creído.

No porque fuera especialmente buena anticipando el futuro. De hecho, una vez intenté predecir cuánto tardaría en preparar una presentación para el colegio y terminé haciéndola a las dos de la mañana, con una taza de té frío al lado y una crisis existencial bastante innecesaria.

Pero las gatas… las gatas eran otra cosa.

Sobre todo Zafiro.

—Paris.

No respondí.

—Paris Bennett.

Seguí buscando debajo del sillón.

—¡Paris!

—¿Qué? Respondí irritada

Mi hermana apareció en el living con los brazos cruzados, una chaqueta beige perfectamente puesta y esa expresión que reservaba para dos ocasiones: cuando yo hacía algo estúpido o cuando estaba a punto de hacer algo estúpido.

A veces ambas coincidían.

—¿Qué estás haciendo?

—Buscando mi zapatilla.

Penny miró mis pies. Después miró la zapatilla que yo tenía en la mano.

—¿Y el otro?

—Esa es precisamente la pregunta que intento resolver.

Suspiró como si la vida le hubiera entregado una misión demasiado difícil para una persona de su edad.

Penny tenía diecisiete años y yo dieciséis. Una diferencia de doce meses que, según ella, le otorgaba autoridad suficiente para supervisar todas mis decisiones. Desde cómo me vestía hasta qué camino debía tomar para llegar al colegio.

Yo consideraba que esa actitud era una señal preocupante de abuso de poder.

Ella lo llamaba responsabilidad fraternal.

—Te dije anoche que dejaras las cosas listas —me recordó.

—Y yo te escuché.

—¿Entonces?

—Escuchar no significa obedecer, Penny.

—Algún día te voy a dejar hablando sola.

—Lo haces casi todos los días.

—Y aun así no aprendes.

Desde el respaldo del sillón, Zafiro nos observaba con sus enormes ojos azules.

La muy traidora parecía estar disfrutando del espectáculo.

—No me mires así —le dije—. Tú también podrías ayudar.

Zafiro parpadeó lentamente.

Después se acomodó sobre sus patas delanteras y cerró los ojos.

Perfecto. Otra mujer en esta casa convencida de que tenía derecho a juzgarme.

—Voy a llegar tarde por tu culpa —anunció Penny.

—¿Mi culpa? ¡Si tú todavía ni siquiera has desayunado!

—Porque llevo veinte minutos esperándote.

—Bueno, pero mírame. Estoy avanzando.

Le mostré la zapatilla que tenía en la mano.

Penny se quedó mirándolo durante unos segundos.

—Ese es el izquierdo.

Bajé la vista.

Lo era.

—Ya, pero ahora sabemos dónde está el izquierdo.

—Me voy a volver loca contigo.

—Eso dicen todas las grandes historias de amor.

—No somos una historia de amor, Paris.

—Habla por ti.

Penny soltó una risa breve antes de intentar disimularla. Era una de mis pequeñas victorias favoritas: hacerla reír cuando se había propuesto seriamente estar enojada conmigo.

Porque, aunque éramos muy distintas, Penny era mi persona favorita en el mundo.

Ella era ordenada, inteligente y capaz de organizar su semana con una anticipación que yo encontraba casi sobrenatural. Tenía el pelo castaño oscuro, largo y ondulado, y unos ojos color avellana que parecían examinarlo todo antes de decidir si valía la pena prestarle atención.

Yo, en cambio, tenía el pelo cobrizo que jamás obedecía del todo, la costumbre de perder cosas que llevaba puestas cinco minutos antes y una habilidad extraordinaria para meterme en situaciones que no había planeado.

Mi mamá decía que había heredado su carácter.

Mi papá decía que había heredado su curiosidad.

Penny decía que necesitaba supervisión adulta.

Los tres tenían razón, aunque jamás se lo admitiría a mi hermana.

—¡Niñas! —gritó mamá desde la cocina—. ¡El desayuno está listo y van a salir sin comer otra vez!

—¡Ya vamos! —respondió Penny.

—¡Eso dijiste hace diez minutos!

—¡Porque hace diez minutos también íbamos!

Penny me miró.

—Busca tu mochila. Ahora.

—Sí, jefa.

Corrí hacia el pasillo, esquivé una caja que llevaba varios días prometiendo ordenar y casi choqué con papá, que estaba junto a la puerta de entrada revisando sus herramientas de jardinería.

Llevaba su ropa de trabajo y tenía las manos ocupadas con unos guantes y una pequeña pala. Antes de salir, siempre revisaba que no le faltara nada. Decía que las plantas podían sorprenderte, pero que eso no era excusa para llegar desprevenido.

Nunca había entendido cómo podía pasar tantas horas cuidando jardines sin aburrirse.

Él decía que cada planta tenía su propio ritmo, que no servía de nada exigirle a una flor que abriera antes de tiempo.

Yo encontraba bonito ese pensamiento.

También encontraba bonito que las plantas no me pidieran explicaciones cuando llegaba tarde.

—Cuidado, hija —dijo papá, afirmándome suavemente por los hombros antes de que terminara contra la pared—. ¿Qué pasó ahora?

—Estoy buscando mi mochila.

—¿La que está al lado de la puerta?

Me giré.

Ahí estaba.

—Sí. Esa misma.

Papá sonrió.

—Algún día vas a sorprendernos a todos.

—Yo también tengo esa esperanza.

Me dio un beso en la frente y salió después de despedirse de mamá. Lo vi alejarse por la ventana, con sus herramientas en una mano y el paso tranquilo de quien nunca parecía estar peleado con el tiempo.

A veces me preguntaba cómo era posible que yo hubiera salido de una familia tan organizada en algunos aspectos y tan caótica en otros.

Aunque, siendo justa, mi mamá era la verdadera responsable de que nuestra casa funcionara. Se ocupaba de mil cosas al mismo tiempo y aun así encontraba la manera de preguntarnos cómo nos había ido, recordar nuestras fechas importantes y dejar algo rico preparado cuando sabía que habíamos tenido un día difícil.

También era la única persona capaz de convencer a Penny de que se sentara a descansar.

A mí, en cambio, todavía no había descubierto cómo convencerme de que dejara de perder mis zapatillas.

—¡Paris! ¡La mochila!

—¡La tengo!

—¡Y la zapatilla!

Miré mi pie derecho.

Descalzo.

—¡Chucha!

Desde la cocina escuché la carcajada de Penny.


Logramos sentarnos a desayunar durante exactamente cuatro minutos.

Mamá dejó un plato frente a cada una y nos miró con esa mezcla de ternura y resignación que parecía haberse convertido en su expresión habitual durante las mañanas escolares.

—No entiendo por qué tienen que levantarse siempre al límite.

—Porque nos gusta vivir intensamente —contesté, mordiendo una tostada.

—A ti te gusta vivir intensamente. Penny solo tiene la mala suerte de compartir casa contigo.

—Gracias, mamá. Al fin alguien reconoce mi sufrimiento —dijo Penny.

—De nada, mi amor.

—¡Oye!

Las dos se rieron.

Zafiro apareció junto a la mesa y se sentó al lado de mi silla, con la cola cuidadosamente enrollada alrededor de sus patas.

Era una gata tricolor, de pelaje blanco con manchas anaranjadas y oscuras. Tenía una belleza difícil de explicar, incluso para alguien que encontraba adorables a prácticamente todos los animales del planeta. Sus ojos azules eran tan intensos que, a veces, me daba la impresión de que estaba mirando algo situado mucho más allá de lo que teníamos delante.

Había llegado a nuestras vidas cuando yo tenía once años y Penny doce.

Mamá nunca había sabido explicar del todo de dónde había salido. Un día, simplemente, apareció en nuestras vidas y terminó quedándose. Papá había intentado averiguar si tenía dueño, pero nadie la reclamó. Tampoco llevaba collar ni había forma de saber de dónde venía.

Desde entonces, Zafiro había vivido con nosotros.

Dormía donde quería, aparecía en habitaciones cerradas y tenía una particular habilidad para anticiparse a las cosas. Sabía cuándo papá estaba por llegar antes de que escucháramos sus pasos. Se instalaba junto a la puerta cuando mamá esperaba una visita y, por alguna razón, jamás se equivocaba de habitación cuando alguna de nosotras necesitaba compañía.

Lo extraño era que nunca había sido una gata especialmente cariñosa con cualquiera.

Podía pasar horas ignorando a las visitas, pero si yo estaba triste, aparecía a mi lado sin que nadie la llamara. Si Penny estudiaba hasta tarde, Zafiro se instalaba junto a sus cuadernos, como una supervisora silenciosa.

Y si discutíamos, como aquella mañana, parecía disfrutar cada segundo.

—¿Qué quieres? —le pregunté, bajando la mano para acariciarle la cabeza.

Zafiro aceptó la caricia, pero no apartó los ojos de mí.

Por un instante, sus pupilas reflejaron una pequeña chispa dorada.

Parpadeé.

El brillo desapareció.

—¿Qué pasa? —preguntó Penny, que me había visto detenerme.

—Nada. Creo que le vi algo raro en los ojos a Zafiro.

Penny miró a la gata.

—Son ojos, Paris.

—Ya sé que son ojos.

—Entonces estamos progresando.

—Eran como… dorados. Pero muy poquito.

Penny volvió a mirar a Zafiro, esta vez con algo más de atención.

La gata bostezó.

—Debe ser la luz —dijo mi hermana—. O necesitas dormir más.

—Duermo perfectamente.

—Ayer te quedaste dormida viendo una película.

—Era una película lenta.

—Era una película de acción.

—Acción lenta.

Mamá dejó nuestras botellas de agua sobre la mesa.

—Ya, niñas. Terminen de comer y váyanse. Y no se olviden de avisarme cuando lleguen.

Nos levantamos de golpe.

Penny tomó su mochila, revisó que llevara sus llaves y me lanzó una mirada de advertencia.

—¿Tienes todo?

—Sí.

—¿Todo, todo?

—Mochila, cuadernos, estuche, celular, botella de agua y una actitud positiva frente a la vida.

—¿El almuerzo?

Me quedé inmóvil.

Penny cerró los ojos.

—Paris…

—¡Lo sabía! ¡Sabía que me faltaba algo!

Mamá apareció con un recipiente que dejó en mi mochila antes de darme un beso en la mejilla.

—Por eso te lo preparé anoche, mi amor.

—Eres la mejor persona del mundo.

—Lo sé. Ahora anda.

Nos despedimos y salimos a la calle.

Santiago ya estaba despierto. Los autos avanzaban con esa impaciencia característica de las mañanas, las micros pasaban llenas y la gente caminaba mirando el celular, tomando café o intentando ganarle unos segundos al reloj.

Una mañana completamente normal.

Al menos, eso pensé.


El trayecto al colegio transcurrió entre las quejas de Penny por nuestra hora de salida y mis intentos por convencerla de que, técnicamente, todavía no íbamos atrasadas.

—El timbre suena a las ocho —me recordó.

—Y son las siete cincuenta y tres.

—Nos faltan quince minutos caminando.

—Entonces llegaremos a las ocho ocho.

—¡Eso es llegar tarde!

—Depende de cómo definas tarde.

—Depende de cómo definas la paciencia que me queda.

Me reí y aceleré el paso.

A pesar de nuestras discusiones, siempre habíamos sido así. Penny podía retarme durante todo el camino y, si alguien más se atrevía a hacerlo, se ponía de mi lado sin pensarlo dos veces.

Yo podía desesperarla con una facilidad casi artística, pero sabía reconocer cuándo algo le preocupaba de verdad.

Esa mañana, sin embargo, no parecía haber nada de qué preocuparse.

No tenía idea de que, mientras discutíamos por un atraso escolar, algo llevaba años esperando ese preciso momento.

Algo que no tenía nada que ver con las notas, los horarios o las reglas de nuestro colegio.

Algo que había comenzado mucho antes de que nosotras naciéramos.

Y que, de alguna manera, había terminado viviendo en nuestra casa, durmiendo sobre nuestro sillón y exigiendo comida a las siete de la mañana.


Cuando regresamos a casa esa tarde, yo estaba pensando en tres cosas: el trabajo de Historia que había olvidado por completo, la posibilidad de comprar algo rico para la once y la necesidad urgente de dormir una siesta.

No necesariamente en ese orden.

Penny, por su parte, estaba hablando de una prueba para la que quería empezar a estudiar.

—Podríamos repasar juntas —propuso mientras abríamos la puerta.

—Claro. Me encanta estudiar.

—Paris.

—¿Qué?

—No me mientas.

—Bueno, me encanta la idea de estudiar.

—Eso tampoco te lo creo.

Entré primero y dejé la mochila en el sillón.

Zafiro estaba sentada en medio del living.

No dormía. No jugaba. Ni siquiera movía la cola.

Nos esperaba.

Me detuve.

—¿Por qué está tan seria?

Penny cerró la puerta detrás de nosotras.

—Porque es una gata y tú le estás atribuyendo personalidad humana otra vez.

—No, en serio. Mira.

Zafiro levantó la cabeza.

Entonces lo vimos.

Una luz dorada apareció bajo la piel de mi mano izquierda.

No fue un reflejo ni el destello de alguna ventana. La luz surgió desde dentro, delicada y brillante, como una diminuta constelación dibujándose bajo mi piel.

Retrocedí de golpe.

—Penny…

Mi hermana me miró y se quedó completamente inmóvil.

Porque en su propia mano había aparecido la misma luz.

Dos constelaciones doradas, una en cada hermana.

Sentí que el corazón se me subía a la garganta.

—Dime que tú también estás viendo esto.

—Lo estoy viendo —susurró Penny.

Intentó tocar la luz, pero sus dedos se detuvieron a unos centímetros de la piel. Las pequeñas líneas doradas se movieron bajo su mano, reorganizándose lentamente, como si siguieran un patrón que ninguna de nosotras podía comprender.

Zafiro se levantó.

Por primera vez desde que había llegado a nuestra familia, su expresión me pareció distinta. No sorprendida. No confundida.

Aliviada.

La gata caminó hacia nosotras con una elegancia solemne, y sus ojos azules se encendieron con aquel mismo brillo dorado que yo había visto durante el desayuno.

—¿Qué está pasando? —pregunté.

Mi voz salió mucho más pequeña de lo que esperaba.

Zafiro se sentó frente a nosotras.

Y entonces, sobre la mesa del living, apareció un sobre.

No vimos de dónde había salido. Simplemente estaba allí, suspendido durante un instante antes de descender suavemente sobre la madera.

Era de color marfil, con bordes dorados y un sello que parecía hecho de luz sólida. En el centro había un símbolo antiguo: un círculo atravesado por líneas delicadas, semejantes a los rayos de un sol.

Mi hermana y yo nos miramos.

Ninguna se atrevió a tocarlo primero.

Finalmente, Penny extendió la mano y rompió el sello.

Dentro había dos cartas idénticas.

La primera llevaba mi nombre.

Paris Bennett.

La segunda, el de mi hermana.

Penelope Bennett.

Debajo de nuestros nombres, unas letras doradas comenzaron a aparecer sobre el papel.

Leí la primera línea una vez.

Después otra.

Y una tercera, porque mi cerebro parecía haberse negado a aceptar lo que mis ojos estaban viendo.

Por medio de la presente, la Academia Helióra confirma su admisión.

Sentí que el mundo se detenía.

—¿La qué? —pregunté.

Penny no respondió.

Seguía mirando su carta, pálida, con los labios entreabiertos.

Continué leyendo.

Su selección ha sido reconocida. Se les solicita mantener esta comunicación en secreto hasta recibir las instrucciones correspondientes para su incorporación.

Al final de ambas cartas aparecía el mismo símbolo dorado.

Y debajo, una última frase:

La Academia Helióra las ha estado esperando.

Levanté la vista hacia Zafiro.

La gata nos observaba en silencio.

—Tú sabías —susurré.

Por primera vez en los cinco años que llevaba con nosotras, Zafiro hizo algo que no podía explicarse con ninguna de las razones que yo había utilizado para justificar sus rarezas.

Se inclinó ante nosotras.

No como una mascota que espera una caricia.

Sino como alguien que acaba de cumplir una promesa.

Y entonces comprendí que mi vida nunca había sido tan normal como yo creía.

Porque la magia existía.

Porque alguien, en algún lugar, nos había elegido.

Y porque nuestra gata acababa de demostrar que no era solamente nuestra gata.

No tenía idea de qué era la Academia Helióra, de dónde estaba ni por qué nos había admitido después de tantos años sin que supiéramos siquiera que existía.

Tampoco sabía que, al aceptar aquella invitación, comenzaríamos a descubrir una historia que alguien había intentado borrar mucho antes de nuestro nacimiento.

Una historia que llevaba siglos esperando a que alguien volviera a recordarla.

Lo único que sabía era que, desde ese instante, nada volvería a ser igual.

Y que Zafiro, por fin, había dejado de fingir.

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