Capítulo 1 La Presa del Dios
El silencio en el salón del trono era tan pesado que podía oír el latir de su propio corazón, un sonido lento y constante que marcaba los segundos, los minutos, los siglos. Asel, sentado en el trono de ébano y obsidiana que dominaba la gran sala del Inframundo, observaba cómo las sombras danzaban en las paredes, formando figuras que solo él podía descifrar. Doscientos cincuenta años. Doscientos cincuenta largos años buscándola, con una obsesión que lo consumía entero. Su Título, Hades, pesaba sobre sus hombros sin honor, como una condena de soledad eterna.
De pronto, una vibración eléctrica rompió la quietud. Un resplandor dorado irrumpió en la sala, y Hermes apareció, con su sonrisa traviesa y los ojos brillantes de quien trae noticias. Su Título le permitía moverse entre mundos con una gracia que Asel envidiaba en secreto. Asel también podía cruzar al mundo mortal, pero atravesar de un plano a otro le consumía tanta energía que lo dejaba exhausto durante días. Dentro del Inframundo, en cambio, desplazarse entre estancias apenas exigía esfuerzo.
—Asel, mi viejo amigo —saludó Hermes, inclinándose con una exageración teatral—. Tengo noticias que harán que ese corazón que lleva siglos siendo una piedra comience a latir.
Asel no se inmutó. Su rostro, tallado en una belleza fría y eterna, siguió impasible. Sus dedos, largos y pálidos, se apretaron alrededor del brazo del trono.
—Habla, Hermes. No tengo tiempo para tus juegos hoy.
—Directo al grano, como siempre —Hermes rio, girando sobre sus talones—. La he encontrado.
Esas tres palabras cayeron en la sala como una bomba. El aire se espesó. Asel se irguió lentamente y clavó en Hermes sus ojos, del color de la plata fundida, con una intensidad que hizo estremecer incluso al mensajero divino.
—¿Estás seguro? —La voz de Asel era un susurro grave, cargado de siglos de esperanza contenida.
—Absolutamente —Hermes extendió la mano, y un holograma de luz dorada se materializó entre ellos—. Su código genético es un espejo perfecto del tuyo. El encaje es asombroso. No hay error posible. Es tu Perséfone.
Asel se levantó y descendió los escalones del trono con una elegancia felina. Se acercó al holograma y observó los filamentos de ADN que giraban entrelazados en una danza compleja. Por primera vez en siglos, su corazón se aceleró. Allí estaba la respuesta a su búsqueda.
—¿Quién es? —preguntó con voz apenas audible.
—Una humana —respondió Hermes, y Asel sintió una punzada de decepción. La humanidad era frágil, efímera—. Se llama Leila. Es doctora. Dermatóloga, para ser exactos. Trabaja en un hospital de ciudad. Tiene veinticuatro años.
Una doctora. La ironía no escapó a Asel. Ella dedicaba su vida a sanar la carne mortal, ignorante de que su propio destino estaba ligado a un dios que controlaba la muerte.
—Dame todos los detalles —ordenó Asel, con un brillo en los ojos que no se le veía desde hacía eras.
Hermes sonrió, complacido.
—Vive una vida tediosa. Lucha contra deudas, contra la rutina. Perdió a su madre hace un año, una pérdida que la marcó profundamente. No es la más brillante de su clase, pero es tenaz. —Hermes amplió el holograma: una de las hebras parpadeaba, opaca—. Y hay algo más. Una sombra en su código. No sé leerla, pero los hilos que se ven así no suelen durar mucho.
Asel asintió lentamente. La tenacidad era buena. La necesitaría.
—¿Y su apariencia? —preguntó, aunque sabía que la genética iba más allá de lo físico.
Hermes manipuló el holograma. La imagen del ADN se desvaneció, reemplazada por el rostro de una joven. Cabello castaño oscuro, ojos grandes de color avellana, cargados de tristeza y determinación a partes iguales. Labios carnosos, ahora fruncidos en una leve preocupación. Su belleza era cálida y terrenal, lejos de la perfección etérea de una diosa.
Asel contuvo el aliento. Sintió en el pecho una opresión extraña, casi olvidada: anhelo.
—Planeo acercarme a ella —declaró Asel, rompiendo el silencio—. Lentamente. Con cuidado. Quiero que me conozca, que confíe en mí. Que me elija.
Hermes levantó una ceja.
—¿Como haría un humano? ¿Un acercamiento romántico?
—Sí —Asel volvió hacia el trono, trazando ya el plan—. Tomaré el papel de un paciente. Algo menor, una excusa para verla, para hablar con ella. La conquistaré. La haré mía por elección, no por fuerza.
Hermes silbó, impresionado.
—El gran Hades, reducido a citas de dermatología. Nunca pensé ver el día.
Asel lanzó una mirada gélida a su amigo.
—Es mi pareja designada, Hermes. No una conquista cualquiera. Merece un cortejo. Merece que la gane.
—Claro, claro —Hermes levantó las manos en son de paz, pero su voz estaba cargada de ironía—. Es un plan sólido. ¿Cuándo empiezas?
—Ahora —decidió Asel—. No perderé un segundo de más.
Cerró los ojos y se concentró. Su forma divina comenzó a difuminarse y a contraerse hasta adoptar un aspecto más mortal. El resplandor plateado de su piel se atenuó, su pelo blanco como la nieve se oscureció ligeramente a un tono platino más discreto. Su ropaje de dios se transformó en un traje humano color negro, de confección impecable. Aún en esa forma, seguiría siendo imposiblemente guapo y llamativo.
—Deséame suerte —dijo Asel, y en su voz hubo un atisbo de emoción genuina.
—No necesitas suerte, amigo mío —Hermes sonrió—. Solo necesitas no aterrorizarla.
Asel no respondió. Con un último vistazo al holograma de Leila, memorizando cada rasgo de su rostro, desapareció.
El mundo se distorsionó a su alrededor y los tonos oscuros del Inframundo fueron reemplazados al instante por los grises y los blancos brillantes de un hospital humano. Sus pasos resonaron sobre el linóleo con un sonido mundano que le resultaba extraño. El aire olía a desinfectante y ansiedad, un olor que detestaba.
Caminó por los pasillos, ignorando las miradas de admiración y curiosidad que atraía. Su objetivo era una puerta específica: “Consulta de Dermatología. Dra. Leila Torres”.
Se detuvo frente a ella y respiró hondo. Doscientos cincuenta años de espera culminaban en ese momento. Abrió la puerta.
Y allí estaba ella, sentada detrás de un escritorio, con bata blanca, absorta en unos papeles. Fruncía el ceño, concentrada, y mordisqueaba el extremo de su bolígrafo. El cansancio y el agobio se le notaban, pero Asel veía más allá de esa imagen.
Ella levantó la vista, sobresaltada, y sus miradas se encontraron.
Por un segundo, el mundo se detuvo. Asel sintió el impacto del encaje genético como una descarga eléctrica que le recorrió todo el cuerpo. Era ella, real, de carne y hueso, más vibrante de lo que había imaginado.
—¿Sí? —preguntó Leila con voz suave pero cansada—. ¿Puedo ayudarle?
Asel le dedicó una sonrisa calculada para resultar encantadora, no intimidante. Avanzó hacia el escritorio con la gracia de un depredador que se hace pasar por gato doméstico.
—Espero que sí, doctora —dijo, y su voz grave y sedosa llenó la pequeña habitación—. Tengo una erupción bastante persistente. Me dijeron que usted es la mejor en el área.
Leila lo miró con desconfianza. Claro, su piel era impecable, tanto que incluso parecía esculpida en mármol. Sin embargo, vio un destello de curiosidad en sus ojos, seguido de un leve rubor en sus mejillas. Ella lo había notado. Bien.
—No me avisaron que tuviera un paciente nuevo. —Miró la pantalla de su computadora.
—Yo no necesito anunciarme.
Leila puso los ojos en blanco.
—Tendrá que rellenar este formulario primero —dijo, alcanzándole un portapapeles con manos firmes—. Nombre y razón de la visita.
Asel tomó el formulario y le rozó los dedos deliberadamente.
El contacto fue breve, pero suficiente: una chispa caliente, el encaje genético gritando entre ellos, invisible para ella y ensordecedor para él.
Ella retiró la mano rápidamente, parpadeando, confundida.
Asel mantuvo la sonrisa mientras escribía su nombre en el formulario. Su corazón latía con una fuerza primitiva.
El juego había comenzado. Su plan de conquista lenta y deliberada estaba en marcha.
Pero mientras miraba cómo Leila se ajustaba las gafas y intentaba recomponerse, ignorante por completo de que su destino acababa de entrar en la habitación, Asel supo, con una certeza feroz y oscura, que si el plan fallaba, si ella se resistía o si el tiempo se agotaba, no cumpliría su promesa de cortejarla.
La secuestraría de todos modos. Porque era suya. Y Hades siempre reclamaba lo que le pertenecía.








