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SOMBRA DE LUNA

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Summary

Dos hermanos asesinados. Un pasado lleno de secretos. Y un regreso que nadie habría imaginado posible. La muerte debió poner fin a la historia de Erik Reynolds, pero hay secretos que ni siquiera la tumba puede mantener enterrados. Cuando una misteriosa marca de luna aparece ligada a una historia que parecía haber terminado, el pasado comienza a reclamar respuestas y una sombra de venganza se cierne sobre quienes creían haber escapado de sus consecuencias. Para Lorelein Foster y Cloid McKartty, el regreso de Erik lo cambia todo. Una creyó haberlo perdido para siempre; la otra guarda sentimientos que nunca han encontrado el momento adecuado para salir a la luz. Ahora, con Erik de vuelta y algo en él que parece haber cambiado, ambas tendrán que enfrentarse a recuerdos, dudas y verdades que nadie se atreve a pronunciar. Pero ¿quién es realmente el hombre que ha regresado de entre los muertos? ¿Sigue siendo el Erik que conocieron y quisieron, o hay algo más detrás de su regreso? Porque algunas historias no terminan con la muerte. Y ciertos secretos pueden ser mucho más peligrosos cuando salen a la luz.

Status
11 mins ago
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1

PRÓLOGO

«Las almas guardan secretos que ni la muerte consigue llevarse. Algunas merecen descansar en silencio; otras esconden verdades que jamás debieron quedar enterradas».

— Lunalia.




EL ÚLTIMO ADIÓS.

Los humanos tienen una costumbre bastante curiosa: se reúnen alrededor de los muertos para despedirse de ellos, aunque la mayoría nunca supo qué decirles cuando todavía estaban vivos.

Lloran, se abrazan, murmuran palabras de consuelo y prometen no olvidar. Algunos recuerdan con cariño; otros sienten culpa. Y también están aquellos que lloran con tanta convicción que hasta podrían engañar a los propios muertos.

Casi.

Aquella mañana, en Silverbrook, dos ataúdes descansaban frente a una multitud vestida de negro. El cielo estaba cubierto de nubes y una brisa fría recorría el cementerio, agitando las flores y los listones de las coronas fúnebres.

Los hermanos Reynolds habían muerto.

Paul y Erik.

Dos nombres que, hasta hacía muy poco, formaban parte de las conversaciones cotidianas del pueblo. Dos jóvenes con una familia, una casa, una historia y un futuro que, según los vivos, todavía tenía mucho por delante.

Ahora solo quedaban sus ataúdes.

Y el silencio de quienes no encontraban palabras suficientes para explicar una pérdida tan absurda.

Yo observaba la ceremonia desde un lugar apartado, sentada sobre una vieja lápida y balanceando suavemente las piernas. A simple vista, no parecía tener nada de especial: una niña pequeña en medio de un cementerio, demasiado tranquila para encontrarse allí y demasiado curiosa para fingir tristeza.

Nadie se preguntó qué hacía yo en aquel lugar.

Los humanos casi nunca prestan atención a las cosas que no comprenden. Y, cuando lo hacen, suelen inventar una explicación que les permita seguir durmiendo tranquilos.

Por suerte para ellos, yo no tenía ningún interés en interrumpir su duelo.

Todavía.

Mi mirada recorrió a los asistentes hasta detenerse en un grupo de jóvenes que permanecía cerca de los familiares. Algunos tenían los ojos enrojecidos. Otros mantenían la cabeza inclinada, como si el dolor les impidiera mirar los ataúdes.

Entre ellos había un muchacho que lloraba desconsoladamente. Una chica lo sujetaba del brazo mientras él intentaba recuperar el aliento.

Una escena conmovedora.

Casi habría resultado convincente si no conociera los nombres de quienes habían arrebatado la vida a los hermanos Reynolds aquella noche. Ni siquiera las lágrimas podían ocultarme que aquel dolor era una representación cuidadosamente ensayada.

—Qué espectáculo tan desagradable —murmuré, balanceando los pies sobre el borde de la lápida.

—¿Te refieres al funeral o a los actores? —preguntó una voz a mi espalda.

No necesité girarme para reconocerla.

—A los actores, por supuesto. El funeral tiene una razón de ser —respondí, sin apartar la vista del grupo de jóvenes.

—¿Y ellos no?

Esta vez volví la cabeza.

Lutor estaba de pie detrás de mí, vestido de negro, con aquella expresión serena que parecía pertenecerle incluso cuando el mundo se desmoronaba a su alrededor. Una ráfaga de viento movió las ramas de los árboles cercanos, pero él permaneció inmóvil, observando a los presentes con su habitual aire distante.

—Ellos tienen una razón —le expliqué, señalando discretamente con la barbilla a los jóvenes—. Solo que no es la que los demás creen.

Lutor dirigió la mirada hacia los ataúdes antes de hablar.

—Dos hermanos. Una familia destrozada. Un pueblo que exige respuestas que nadie parece capaz de darle.

—Las respuestas existen —repuse, volviendo a balancear las piernas.

Lutor volvió el rostro hacia mí, con una leve inclinación de cabeza.

—Pero nadie las conoce.

Dejé de balancear las piernas y ladeé la cabeza.

—Eso es lo que todos creen.

Lutor me observó de reojo. Yo le dediqué una sonrisa satisfecha, encantada de haber conseguido que siguiera el hilo de la conversación.

Él nunca había tenido demasiada paciencia para mis juegos de palabras. Decía que las verdades importantes no necesitaban adornos. Yo pensaba que algunas eran demasiado interesantes para entregarlas de golpe.

Y la historia de Erik Reynolds era una de ellas.

El sacerdote continuó con su discurso mientras familiares y amigos escuchaban en silencio. Habló de la fragilidad de la vida, del descanso eterno y de la esperanza de reencontrarse algún día con quienes se marchaban antes de tiempo.

Los humanos tienen una fe admirable en las despedidas definitivas.

Quizá por eso les cuesta tanto aceptar que, en ocasiones, la muerte no es el final de una historia.

Cerca de los ataúdes, los padres de los muchachos apenas lograban sostenerse el uno al otro. La madre de los Reynolds mantenía la mirada fija en sus hijos, mientras su esposo la rodeaba con un brazo para ayudarla a mantenerse en pie. No había palabras capaces de aliviar semejante dolor.

Miré a Paul Reynolds.

Incluso dentro de un ataúd, su nombre evocaba recuerdos en quienes lo habían conocido. Era el hermano mayor, el protector, el que siempre había procurado estar presente cuando Erik lo necesitaba.

Y después estaba Erik.

El menor de los dos. Aquel cuya historia había despertado mi interés mucho antes de que alguien comenzara a cavar sus tumbas.

No era el más poderoso de Silverbrook ni el más popular. Tampoco poseía una fortuna o pertenecía a una de esas familias capaces de conseguir que el mundo entero se apartara de su camino.

Pero había algo en él que me resultaba difícil de ignorar.

Quizá fuera su manera de mirar a las personas, como si buscara en ellas algo que ni siquiera sabían que ocultaban. Quizá aquella forma tan peculiar de hablar, con palabras que parecían sacadas de una obra antigua, incluso cuando intentaba disimular sus sentimientos.

O quizá, sencillamente, Erik Reynolds todavía tenía demasiadas cosas que decir.

Y, sin embargo, allí estaba.

Muerto.

—Te interesa el menor —comentó Lutor.

Lo dijo sin apartar la mirada de los ataúdes, como si hubiera llegado a una conclusión que llevaba un rato guardándose.

Aparté los ojos de Erik y me volví hacia él.

—¿Eso crees? —pregunté, fingiendo que su observación me sorprendía.

—Llevas observándolo desde que llegamos —señaló Lutor.

—También he observado a los demás —repliqué, deslizando una mano por la superficie áspera de la lápida.

—Pero no de la misma manera.

Tuve que admitir que, a veces, la eternidad le daba a Lutor una capacidad de observación bastante molesta.

Volví a mirar a Erik. Unas cuantas flores se habían soltado de una de las coronas y el viento las arrastraba por el sendero de tierra. Una quedó atrapada junto a la base de la lápida donde yo estaba sentada.

—Hay algo injusto en todo esto —dije.

Lutor bajó la mirada hacia la flor caída antes de responder.

—La muerte no tiene fama de ser justa.

—No hablo de la muerte.

Él guardó silencio, esperando que continuara.

Por primera vez durante aquella ceremonia, dejé de sonreír.

—Hablo de lo que ocurre cuando quienes hacen daño pueden esconderse detrás de sus apellidos, de su dinero y de las lágrimas que derraman en público. Hablo de los que se marchan de aquí creyendo que mañana podrán volver a sus vidas como si nada hubiera sucedido.

Dirigí la mirada hacia los jóvenes que seguían junto a la familia. Uno se secó las mejillas con un pañuelo; otro se inclinó hacia un familiar para murmurarle unas palabras de consuelo.

Qué considerados.

Mi mirada se endureció.

—Ellos seguirán viviendo, Lutor. Irán a fiestas, se enamorarán, discutirán por tonterías y se quejarán de sus problemas. Con el tiempo, algunos quizá olviden hasta el rostro de los muchachos a quienes asesinaron.

Lutor juntó las manos a la altura del abdomen. Su expresión permaneció serena, aunque sus ojos también se detuvieron en aquellos jóvenes.

—¿Y qué propones? —preguntó.

La pregunta quedó suspendida entre nosotros.

Abajo, los trabajadores del cementerio se preparaban para bajar los ataúdes. La madre de los Reynolds se aferró a su esposo, incapaz de apartar la mirada de sus hijos. Un sollozo recorrió a los asistentes y, por un instante, hasta las conversaciones más lejanas se apagaron.

Observé a Erik por última vez antes de responder.

—Que su historia no termine aquí.

Lutor no mostró sorpresa. Eso era algo que siempre me había gustado de él: rara vez reaccionaba como yo esperaba.

—Los muertos pertenecen a su descanso —dijo, mirando cómo los trabajadores se acercaban a los ataúdes.

—Y los vivos, a sus consecuencias —contesté, apoyando las manos sobre el borde de la lápida. Mantenía las piernas cruzadas y balanceaba suavemente una de ellas, sin apartar la mirada del cementerio.

Lutor volvió el rostro hacia mí, pero enseguida dirigió la atención hacia las tumbas.

—No puedes devolverle la vida a alguien solo porque su historia te parezca interesante.

Incliné la cabeza, fingiendo considerar sus palabras. Después, me acomodé un mechón de cabello detrás de la oreja y lo miré con una expresión inocente que sabía que no iba a convencerlo.

—¿Quién ha dicho que solo me parece interesante?

Lutor me sostuvo la mirada. Por primera vez, algo parecido a una sonrisa apareció en su rostro.

—Ah. Así que de eso se trata.

—¿De qué? —Pregunté, volviendo a apoyar las manos sobre el borde de la lápida.

—Quieres saber qué haría Erik Reynolds si tuviera la oportunidad de regresar.

Miré de nuevo los ataúdes. Los trabajadores aguardaban junto a ellos, mientras la familia intentaba reunir fuerzas para presenciar el último descenso.

—No —susurré—. Quiero saber qué estaría dispuesto a hacer.

El viento recorrió el cementerio y agitó las flores a nuestros pies. El sacerdote pronunció las últimas palabras de la ceremonia, mientras la familia se preparaba para despedirse de los hermanos por última vez.

La gente comenzó a retirarse poco a poco. Algunos se acercaron a los padres de los Reynolds para ofrecerles consuelo; otros se marcharon en silencio, deseosos de abandonar aquel lugar.

Y los asesinos también se fueron.

Caminaban entre los dolientes, con los rostros compungidos y las manos en los bolsillos. Uno se detuvo para intercambiar unas palabras con un hombre que se acercó a darle el pésame a la familia; otro inclinó la cabeza al pasar junto a los padres de los Reynolds.

Nadie los detuvo. Nadie los señaló.

Los observé alejarse hasta que sus figuras desaparecieron detrás de los árboles. Después dejé de balancear las piernas y me volví hacia Lutor.

—Tengo una propuesta para ti.

Lutor soltó un suspiro lento. Una hoja seca pasó entre nosotros y se detuvo junto a su zapato.

—Eso nunca termina bien.

—Para ti, quizá —respondí, saltando de la lápida.

—Lunalia...

—Vamos, no pongas esa cara. Solo será un pequeño experimento —dije mientras me sacudía el polvo del vestido.

—La última vez que llamaste experimento a una de tus ideas, alteraste el curso de una vida entera.

—Y fue fascinante —respondí, recogiendo una pequeña hoja que había quedado prendida en mi vestido.

—Fue un desastre —replicó Lutor, negando lentamente con la cabeza.

—Depende de a quién le preguntes —contesté, entrelazando las manos detrás de la espalda mientras me balanceaba sobre los talones.

Lutor cerró los ojos un instante y se llevó una mano al puente de la nariz, como si necesitara reunir la paciencia suficiente para soportarme durante los próximos siglos.

Me alisé los pliegues del vestido y me acerqué un poco más a él. Detrás de nosotros, el cementerio comenzaba a quedarse vacío. Las voces se apagaban a lo lejos y el sonido de las palas contra la tierra anunciaba que el entierro estaba llegando a su fin.

—Devuélveme a Erik Reynolds —dije finalmente.

La expresión de Lutor cambió.

No mucho. Nunca necesitaba grandes gestos para dejar claro que algo había captado su atención.

Se quedó mirándome, con el cementerio extendiéndose en silencio a nuestras espaldas.

—¿Quieres que lo resucite?

—No. Quiero que me permitas hacerlo.

Lutor bajó brevemente la mirada hacia mis manos antes de volver a mirarme.

—¿Y qué esperas conseguir con eso? —preguntó.

Miré las tumbas de los hermanos Reynolds. Los trabajadores continuaban con su labor, mientras las últimas personas abandonaban el cementerio. Dentro de poco, Silverbrook retomaría su rutina. Las conversaciones volverían a girar en torno a los asuntos de siempre y la tragedia de aquella familia comenzaría a convertirse en un recuerdo que muchos preferirían dejar atrás.

Pero yo no podía dejar de pensar en Erik.

Mi nombre es Lunalia.

Soy la guardiana de los secretos del alma. Puedo contemplar los recuerdos, los sentimientos y las verdades que los humanos esconden incluso de sí mismos. Entre tantas almas que he conocido, hubo algo en Erik Reynolds que despertó mi curiosidad.

Un alma marcada por la venganza, un amor que creyó perdido y una luna que dejaría su huella en la oscuridad.

Y esta es su historia.


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