Prólogo
Escuché tus llantos, tristes y agudos, retumbando por el bosque que habitamos. Aquellos sonidos eran mi única guía en medio de la fría oscuridad que envolvía los árboles, y tal vez lo poco que quedaba de mi instinto paternal me llevo hacia ti.
Y ahí estabas, tan pequeño y frágil como una flor. Apenas una fina manta cubría tu diminuto cuerpo, incapaz de protegerte de la helada noche. La canasta de mimbre en la que reposabas no te ofrecía el refugio que necesitabas. Mis ojos se clavaron en ti, y un peso extraño se alojó en mi pecho porque no pude evitar mirarte con lástima, aunque también con algo más profundo, algo que creí haber perdido hacía mucho tiempo, una chispa de ternura.
Te tomé entre mis brazos para resguardarte. Tu calor, tan débil, pero tan real, hizo que una promesa silenciosa brotara de mi corazón sin necesidad de palabras, te protegeré.
Volví a casa con pasos decididos, pero mi alma estaba más ligera que nunca. Ya no caminaba solo ahora que te llevaba conmigo. La soledad que había sido mi fiel compañera durante años se borraba con cada chillido tuyo, con cada latido que sentía a través de tu pequeño pecho. Cuando llegué, no pude evitar imaginar algo que creí imposible, la posibilidad de tener una familia de nuevo.
Al principio, él te rechazó y no pude culparlo, después de todo, su desconfianza hacia tu especie era tan antigua y profunda como sus cicatrices. Incluso siendo apenas un bebé, en su mirada percibí recelo, la misma mirada que dedicaba a los cazadores que se adentraban en nuestras tierras. Pero sabía, aunque no lo dijera, que también sentía lo que yo, un nuevo comienzo que se mostraba como una chispa de esperanza para nosotros.
Te vestí con ropas cálidas que habían pertenecido a otros, los cuales ya no estaban. Cada prenda era un eco del pasado, pero también un símbolo de algo nuevo. Al ponértelas, fue como si aquellas vidas que habían terminado te estuvieran abrazando desde el más allá. Te ofrecí todo el cariño que había dejado de dar hace años, cuando la vida me enseñó lo fácil que era perderlo todo.
Y finalmente, te dimos un nombre. Fue un momento emotivo, casi ceremonial. Lo decidimos juntos para ti, un acto de unidad que no compartía con nadie más en décadas. Porque eres especial. Porque, desde el momento en que escuché tus llantos en la oscuridad, supe que estabas destinado a ser algo más. Algo grande. Y porque, aunque aún no lo entiendas, has traído luz a nuestras vidas en formas que ni siquiera podrías imaginar.
Evelios, eres el regalo que nunca pensé que volvería a recibir.
Smolder.








