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EL PECADO DE LAS SOMBRAS

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Summary

Elena y Tomás llevan doce años casados. Se quieren, pero una pérdida que nunca han conseguido superar ha convertido su matrimonio en una convivencia de silencios, rutinas y deseos olvidados. Hasta que una noche sucede algo inexplicable: la sombra de Tomás se mueve mientras él permanece inmóvil. Pronto descubren que sus sombras parecen tener vida propia. Se buscan, se acarician y se atreven a hacer aquello que sus dueños llevan años sin expresar. Fascinados por lo que ocurre en la pared, Elena y Tomás comienzan a observarlas, a experimentar y a establecer reglas. Pero las sombras parecen conocer deseos que ellos mismos desconocen. ¿Son criaturas independientes? ¿El reflejo de sus fantasías reprimidas? ¿O algo mucho más inquietante? Una historia de pasión, misterio y secretos íntimos en la que dos personas descubrirán que, a veces, las sombras muestran aquello que la luz oculta.

Status
Complete
Chapters
1
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n/a
Age Rating
18+

EL PECADO DE LAS SOMBRAS (historia completa)

Este relato forma parte de la colección Historias para pecar de la autora Rebecca Brand

La lámpara

La lámpara de pie del pasillo tenía la pantalla torcida desde el primer año y ninguno de los dos la enderezaba, porque enderezarla habría exigido una de esas conversaciones de matrimonio que no llevan a ninguna parte. Estaba en el pasillo, entre el salón y el dormitorio, con su bombilla de veinte vatios y su pantalla de tela color miel, y llevaba doce años encendida cada noche a la misma hora. Era la última luz que se apagaba en la casa. Proyectaba las dos sombras alargadas sobre la pared del fondo —la de Tomás y la de Elena— siempre juntas, siempre quietas, moviéndose solo cuando ellos se movían, como debía ser.

Elena tenía treinta y cinco años y las manos llenas de callos pequeños, de barniz y de formón. Restauraba muebles en el garaje convertido en taller y últimamente restauraba más de los que vendía, porque el trabajo lento la calmaba. Tomás tenía treinta y ocho y daba clase de historia en un instituto del extrarradio: hablaba alto y claro delante de treinta adolescentes y luego llegaba a casa y se quedaba sin palabras, como si las hubiera gastado todas por el camino. Llevaban casados doce años. Se querían. Eso nunca había estado en duda. Lo que estaba en duda, sin que ninguno lo dijera en voz alta, era desde cuándo habían dejado de desearse.

Una tarde, Elena subió del taller con una pequeña caja de madera restaurada. Había pasado tres días trabajando en ella, quitándole capas de pintura, recuperando las bisagras originales y devolviéndole el brillo a la nogalina. Se la enseñó a Tomás mientras él corregía exámenes en el sofá. Tomás levantó la cabeza, dijo que había quedado preciosa y volvió al cuaderno. Elena dejó la caja sobre la mesa. No estaba enfadada. Sabía que tenía mucho trabajo y que al día siguiente debía entregar las notas. Lo que le molestó fue descubrir que ni siquiera había esperado una reacción distinta. Antes él habría abierto la caja, habría examinado las bisagras y le habría preguntado cuánto tiempo había tardado. Aquella tarde no volvió a mirarla. Al día siguiente, Elena bajó la caja al taller sin que Tomás advirtiera su ausencia.

Había una manta amarilla doblada en el respaldo del sofá. La compraron para la niña —Elena estaba segura de que era niña— y la niña no llegó. Cuatro años ya. La manta se quedó allí, doblada, sin estrenar, y ninguno de los dos la guardó en un armario porque guardarla habría sido aceptar algo que no querían aceptar.

Algunas noches, cuando Tomás se sentaba en el sofá, apartaba la manta con cuidado para no arrugarla. Otras la encontraba caída sobre el asiento y volvía a colocarla en el respaldo. Nunca preguntaba por qué seguía allí. Elena observaba aquellos pequeños gestos sin comentarlos. Los dos habían aprendido a convivir con el recuerdo de lo sucedido, pero también a evitar cualquier conversación que pudiera devolverlos al hospital. Con el tiempo, ese silencio se había extendido a otras cosas. Ya no hablaban de lo que les dolía, pero tampoco de lo que echaban de menos.

Sobre la mesa baja descansaba una libreta verde de tapas duras que utilizaban para la lista de la compra. Elena escribía lo que faltaba en la cocina y Tomás añadía debajo lo que necesitaba para el instituto. Era una de las pocas cosas que todavía hacían juntos, aunque casi nunca coincidieran delante de ella. Aquellas páginas domésticas acabarían llenas de reglas. La libreta había empezado siendo una lista de la compra y terminaría siendo un contrato.

La primera noche que las sombras se movieron solas fue un martes de octubre, a las once y veinte, con la lámpara del pasillo encendida y la tele apagada.

Elena estaba sentada en el sofá con un vaso de agua en la mano y Tomás en el sillón, enfrente, leyendo un libro que no leía. La pared del fondo quedaba justo detrás de Elena, de modo que la sombra de Tomás caía sobre el yeso a la altura de ella, alargada y quieta. Elena miró la pared sin motivo, y vio que la sombra de Tomás tenía una mano levantada, abierta, apoyada en el aire como si sujetara algo. Tomás tenía las dos manos en el libro.

Durante un instante pensó que había confundido la sombra con alguna de las manchas del yeso. La pantalla de la lámpara llevaba años torcida y bastaba una ligera vibración para que la luz pareciera cambiar de posición. Sin embargo, aquella mano tenía cinco dedos perfectamente dibujados. Elena volvió a mirar las manos de Tomás, inmóviles sobre las páginas abiertas. Después miró otra vez la pared.

Elena parpadeó. La sombra bajó la mano.

—Tomás —dijo.

—¿Qué?

—Nada.

Siguieron. Diez minutos después, la sombra de Tomás volvió a moverse: esta vez giró la cabeza hacia la sombra de Elena, despacio, y se inclinó. Tomás seguía con los ojos en el libro. Elena se quedó mirando la pared con el vaso a medio camino de la boca y sintió, en el estómago, algo que no sentía desde hacía cuatro años: la sensación exacta de estar delante de algo que no controlaba.

—Tomás, mira la pared.

Él miró. Y la sombra, como si supiera que la estaban mirando, se enderezó y volvió a su sitio, junto a los pies de él, quieta, correcta.

—¿Qué pasa con la pared?

—Tu sombra se ha movido sola.

Tomás se rió. Elena no. Él dejó el libro sobre la mesa, levantó un brazo y observó cómo su sombra reproducía el movimiento. Lo bajó, giró la cabeza, se inclinó hacia delante. Todo funcionaba exactamente como debía. Comprobó la pantalla de la lámpara, buscó alguna corriente de aire y volvió a sentarse. Elena no discutió sus explicaciones. Ella misma quería creerlas, pero seguía recordando aquella mano levantada mientras las dos manos de su marido sujetaban el libro. Aquella noche estuvieron hasta las dos de la madrugada sentados en el sofá, los dos mirando la pared del fondo, esperando, como dos niños delante de un acuario. Y la sombra lo hizo otra vez. Y esta vez la de Elena también.

La de Elena fue la peor. La sombra de Elena se separó de sus pies, se estiró por el yeso y se acercó a la de Tomás, y le puso una mano en el pecho, y Tomás —el de carne— se llevó la mano al pecho al mismo tiempo, como si le hubieran tocado de verdad.

Se miraron. Tomás tenía la mano apoyada sobre el corazón y parecía tan desconcertado como ella. Elena estuvo a punto de preguntarle qué había sentido, pero se contuvo. No quería que su respuesta condicionara la de él. Tomás tampoco preguntó nada. Permanecieron unos minutos en silencio, atentos a cualquier movimiento de la pared. Después él apagó la lámpara y los dos comprobaron cómo las siluetas desaparecían. Cuando volvió a encenderla, estaban otra vez en su sitio, inmóviles. Repitieron la prueba varias veces, sin obtener ningún resultado diferente.

Esa noche no durmieron. A la mañana siguiente Elena abrió la libreta verde por una página en blanco y escribió, con rotulador:

1. No mirarla de frente.

Tomás leyó la regla, cogió el rotulador y escribió debajo, con su letra pequeña de profesor:

2. No tocarla con las manos.

Y las dos primeras reglas fueron esas. Las siguientes llegarían después, cuando descubrieron que la sombra de él, si la dejaban, se ponía a hacer cosas que Tomás no hacía.

La primera vez

Tardaron tres días en tocarse.

El miércoles, Tomás dejó de leer en cuanto empezó a oscurecer. El jueves, Elena subió del taller antes de lo acostumbrado. Ninguno confesó que estaba pendiente de la hora a la que se encendía la lámpara. Durante la cena evitaban mirar hacia el pasillo; después, cada uno encontraba una excusa para quedarse unos minutos más en el salón. Lo que habían visto el martes no les había dado una respuesta. Les había dado algo que esperar.

Fue el viernes. Elena había vuelto del taller a las ocho, con las manos ásperas y olor a cera de abeja, y Tomás estaba en la cocina con la camisa arremangada, friendo algo, y cuando ella entró los dos supieron que esa noche iba a pasar. No hicieron la cena. Dejaron la sartén y fueron al dormitorio.

Llevaban casi cinco meses sin acostarse. Se habían acostado, claro, alguna vez, pero de esas veces que se hacen para que conste, con la luz apagada y las camisetas puestas, cada uno en su lado, terminando los dos con una prisa educada. Cinco meses de no mirarse. Y esa noche, en el umbral del dormitorio, con la lámpara del pasillo encendida y las dos sombras ya proyectadas en la pared del dormitorio, Elena se dio cuenta de que tenía miedo de Tomás por primera vez en doce años.

No era miedo de que él quisiera hacerle daño. Era miedo de descubrir que ya no sabían acercarse el uno al otro. Elena había pasado años aprendiendo a adivinar lo que Tomás necesitaba y a ocultar lo que necesitaba ella. Ahora, ante la posibilidad de equivocarse, descubría que no sabía cómo acercarse a su marido sin recurrir a las costumbres que los habían separado.

Empezó él. Le puso la mano en la cintura, por encima del jersey, y esperó. Ella asintió. Entonces la besó, y el beso fue torpe, como un primer beso de gente que no se conoce, y por eso mismo le puso a Elena la piel de gallina en los brazos.

Se tumbaron en la cama vestidos. La lámpara del pasillo estaba encendida y la puerta abierta, y en la pared del dormitorio, justo encima de la cabecera, cayó la sombra de los dos, alargada por la luz amarilla y sucia. Elena miró la pared por encima del hombro de Tomás y vio que las dos sombras ya estaban haciendo algo que ellos todavía no hacían: la sombra de él tenía la mano metida bajo la ropa de la sombra de ella, subiéndole el jersey por el costado, y la de ella tenía la cabeza echada hacia atrás.

—Están empezando sin nosotros —dijo Elena.

—Que empiecen.

Tomás le subió el jersey de verdad. Le pasó la mano por el vientre, despacio, con el pulgar, y Elena sintió que se le contraía todo por dentro, porque hacía meses que nadie le tocaba el vientre con calma. Él se detuvo en el ombligo. Luego subió hasta el sujetador y se lo desabrochó por delante, torpe, con una mano, sin quitarle el jersey, y le sacó los pechos por debajo de la tela y se los miró como si no los conociera.

—No me mires tanto —dijo ella.

—Déjame.

Le chupó un pezón y Elena cerró los ojos. En la pared, la sombra de él hacía lo mismo con la boca abierta, exagerado, más hambriento que el Tomás real, y la sombra de Elena le agarraba la cabeza con las dos manos y se la apretaba contra el pecho. Elena abrió los ojos y miró la pared otra vez, y se le escapó un gemido que no era por lo que le hacía Tomás, sino por lo que veía.

Tomás se dio cuenta.

—¿Miras la pared?

—Sí.

—Yo también.

Se rieron, los dos, con las bocas pegadas, y luego dejaron de reírse. Se desnudaron del todo, mal, tirando de la ropa, y cuando Tomás se le puso encima Elena lo agarró del culo con las dos manos y tiró de él hacia abajo, y él entendió. Se la metió de una vez, entera, sin preparar, y ella gritó un poco porque llevaba cinco meses cerrada y él no era pequeño, y él se quedó quieto dentro, respirando en su cuello, esperando.

—Muévete —dijo ella.

Y se movió. Y fue rápido y desordenado y sin ninguna coreografía, como no follaban desde antes del hospital. Tomás le levantó una pierna y se la puso en el hombro y empujó más hondo, y Elena se agarró a la colcha con las dos manos y empezó a subir las caderas a su encuentro, y en la pared las dos sombras hacían lo mismo, pero al revés, la de ella encima y la de él debajo, y Elena no sabía ya cuál de las dos cosas le estaba dando el placer, si el cuerpo de Tomás o la pared.

Se corrió primero ella, con la mano de él en el clítoris, apretando, y se corrió con un grito largo que llevaba cuatro años guardado, y Tomás se corrió dos embestidas después, dentro, agarrándole el pelo con una mano como no le agarraba el pelo desde la noche de la corbata.

Luego se quedaron quietos, él encima, ella debajo, los dos mirando la pared por encima del hombro de él. Las sombras seguían. Ya no copiaban nada: la sombra de Tomás estaba arrodillada detrás de la sombra de Elena y le tenía las dos manos en las caderas, y la sombra de Elena tenía la cara pegada al yeso. Los dos cuerpos de verdad estaban tumbados y quietos, y las sombras seguían follando en la pared, solas, a su aire.

—¿Cuánto van a seguir? —preguntó Tomás.

—No lo sé.

Elena quiso comprobar si aquellas figuras seguían proyectándose en la dirección correcta. Buscó el borde de la luz, la posición de la lámpara y las arrugas de la colcha. Nada le ayudó. La sombra de Tomás podía haber sido un engaño de la perspectiva; la suya, vista desde donde estaban, ni siquiera parecía guardar las mismas proporciones que su cuerpo. Se preguntó qué vería alguien que entrara en aquel momento. No quiso averiguarlo. Le bastaba con saber que Tomás también miraba.

Siguieron hasta las tres. Ellos se durmieron antes, y por la mañana las sombras estaban en su sitio, quietas, correctas, como si nada.

Por la mañana, Tomás puso el café y Elena sacó dos tazas. Durante unos minutos hablaron del taller, del instituto y de la lluvia que anunciaba la radio. Era una manera de comprobar que las cosas seguían en su sitio. Cuando se miraron, los dos dejaron de fingir. Elena acercó la libreta verde y la abrió por una página en blanco. No habían encontrado una explicación, pero quizá podían ponerse de acuerdo sobre cómo observar sin asustarse.

En la libreta, esa semana, añadieron dos reglas más, la tercera con la letra de Elena y la cuarta con la de Tomás, y ninguno de los dos supo muy bien por qué las escribía:

3. No hablarle.

4. No dejar que nos vea mirar.

La mano

La escena que ninguno de los dos supo explicar fue la del miércoles siguiente, y fue en silencio, y fue a través de la ropa.

En los días posteriores al viernes, habían vuelto a sus horarios habituales. Elena bajaba al taller, Tomás iba al instituto y ambos cenaban a la misma hora de siempre. Pero algo había cambiado. Cuando coincidían en el salón, sus miradas terminaban desviándose hacia la pared, aunque ninguno quisiera reconocerlo. Habían dejado de discutir sobre lo que veían. No porque estuvieran convencidos de que era real, sino porque cualquier explicación parecía más absurda que el propio fenómeno. A veces, Elena sospechaba que Tomás fingía no haber visto determinados movimientos. Otras veces se preguntaba si no sería ella quien imaginaba cosas que él aceptaba para no contrariarla. Nunca había sido tan difícil saber lo que pensaba su marido.

Elena había llegado del taller con la espalda rota de estar doblada sobre un aparador del siglo pasado. Se tumbó en el sofá boca abajo, vestida, con la falda y la blusa puestas, y se quedó así, con la cara en el cojín. Tomás estaba en el sillón, enfrente, con un cuaderno de exámenes en el regazo y el bolígrafo rojo en la boca. La lámpara del pasillo estaba encendida, como siempre. Y sobre la pared del fondo, detrás del sofá, cayó la sombra de Elena, tumbada, y junto a ella la de Tomás, sentada.

Elena notó la mano antes de verla.

Le llegó por la espalda, por encima de la blusa, desde el hombro hasta la cintura, con el peso exacto de una mano grande, y se quedó ahí, plana, caliente. Elena abrió los ojos. Tomás seguía con el bolígrafo en la boca, en el sillón, a tres metros. La sombra de Tomás, en la pared, tenía el brazo estirado y la mano apoyada en la espalda de la sombra de Elena.

Elena no dijo nada. Cumpliendo la regla, no miró de frente. Se quedó quieta, boca abajo, y dejó que pasara.

La mano de la sombra subió por su espalda, por encima de la blusa, hasta la nuca, y le apartó el pelo del cuello. Elena sintió el pelo moverse. Luego la mano bajó, lenta, por la columna, vértebra a vértebra, y se detuvo en el hueco de la cintura, y Elena sintió un calor que le bajó hasta las ingles y se le quedó ahí, latiendo.

Tomás la miraba. Se le había caído el bolígrafo. Tenía las dos manos libres en el regazo y no las movía. Elena lo miró a los ojos, en silencio, y él le sostuvo la mirada, y ninguno de los dos habló.

Elena quiso preguntarle si había visto lo mismo que ella. Sabía que una respuesta afirmativa la tranquilizaría, aunque no demostrase nada. También quiso levantarse, acercarse a la pared y comprobar si aquella figura tenía alguna relación con la posición de la lámpara. No hizo ninguna de las dos cosas. Miró las manos de Tomás, inmóviles sobre sus rodillas, y recordó la presión que seguía sintiendo en la espalda. Se preguntó si el cansancio del taller podía estar provocándole aquella sensación. Entonces advirtió que Tomás había dejado de mirar la pared y observaba su rostro con una atención que llevaba años sin dedicarle.

La mano de la sombra le subió la falda. Por encima, no por debajo: le levantó el vuelo de la falda, lento, hasta la cadera, y dejó el muslo al aire, y luego le puso la palma entera en la parte de atrás del muslo, y apretó. Elena sintió la presión exacta de cinco dedos en la piel, y la mano de Tomás —la de verdad— no la tocaba desde hacía días.

Entonces Elena hizo lo que no había hecho nunca delante de él. Se metió la mano por debajo de la falda.

Se tocó por encima de las bragas, con dos dedos, despacio, casi sin moverse, boca abajo sobre el cojín, con la cara girada hacia la pared para no mirar de frente. Y en la pared, la sombra de Tomás se bajó la cremallera y se sacó la polla y empezó a masturbarse mirándola a ella.

Elena se quedó sin aire.

Porque era eso. La sombra de su marido se la estaba sacando y se la estaba menando en la pared, con la mano cerrada y el ritmo largo, y el Tomás de verdad seguía en el sillón con las manos quietas en el regazo, mirándola, sin tocarse, sin tocarla, cumpliendo su propia regla. Y Elena estaba en el sofá, con la mano entre las piernas, empapada, tocándose delante de él como una adolescente, y ninguno de los dos decía una palabra.

Fue largo. Fue un cuarto de hora de silencio, con la casa entera callada y solo el ruido pequeño de la mano de Elena debajo de la falda y, en la pared, el movimiento de la sombra de Tomás, que se la menaba con la cara vuelta hacia ella y la boca un poco abierta.

Elena se corrió con los ojos clavados en la sombra de él, no en él. Se corrió mordiendo el cojín para no gritar, con los muslos apretados alrededor de su propia mano, y en el último momento miró a Tomás a la cara y Tomás la estaba mirando a ella, y Elena vio en la cara de su marido una cosa que no le había visto nunca: hambre. Hambre pura, animal, de estar mirando y no poder tocar.

La sombra de Tomás se corrió dos segundos después, contra la pared, y manchó el yeso de algo que no era líquido pero que a Elena le pareció que sí. Y el Tomás de verdad, en el sillón, se corrió también dentro del pantalón, sin haberse tocado apenas, solo de mirarla, y se le notó el estremecimiento en los hombros y luego la mancha en la tela.

Nadie habló. Elena se bajó la falda. Tomás se levantó y fue a la cocina y volvió con dos vasos de agua. Se los bebió de pie, uno delante del otro, y luego se fue a la cama, y en la libreta, a la mañana siguiente, añadieron una quinta regla que ya no sabían si era una regla o una rendición:

5. Se puede mirar, si es a la cara.

Elena leyó la frase varias veces. No estaba segura de que fuera una regla para las sombras. Quizá era una regla para ellos, una forma de obligarse a hacer lo que llevaban demasiado tiempo evitando. Tomás tampoco quiso discutirla. Cerró la libreta y la dejó sobre la mesa, junto a los cuadernos del instituto. Después miró la pared. La lámpara estaba apagada y solo entraba la claridad de la mañana. Las sombras habían desaparecido de aquel lugar y se proyectaban ahora en el suelo, pequeñas y corrientes. Elena las observó un momento antes de marcharse al taller. Le sorprendió sentirse aliviada.

Lo que soñó

La del sueño le pasó a Elena sola, un jueves, y fue la única vez que Tomás no estuvo delante.

Aquella tarde, Elena había pasado horas trabajando en un armario cuyas puertas no encajaban. Al principio lo atribuyó a la madera hinchada; después descubrió que el bastidor estaba torcido desde hacía décadas. La diferencia apenas se veía, pero impedía cerrar el mueble. Mientras lo ajustaba, pensó en la pantalla inclinada de la lámpara, en las cosas que podían estar mal sin que nadie supiera precisar desde cuándo. Estuvo a punto de contarle a Tomás aquella asociación, y acabó preguntándole si quedaba pan para el desayuno. Él respondió que sí. No sabía por qué una pregunta tan corriente le produjo de pronto una tristeza que no tenía nada que ver con el armario.

Se durmió pronto, con la lámpara del pasillo encendida y la puerta entreabierta, y soñó que estaba en el taller. En el sueño había serrín en el suelo y olor a barniz y la luz entraba por la ventana del garaje en una franja anaranjada, y ella estaba doblada sobre la mesa de trabajo, con las dos manos apoyadas en la madera, y detrás de ella había alguien que no veía.

Sabía que era una sombra. Lo sabía como se saben las cosas en los sueños, sin explicación. Y la sombra le levantó la falda del delantal y le bajó las bragas hasta las rodillas y le puso las dos manos en las caderas, y le metió los dedos por detrás, entre las nalgas, untados de algo, y Elena en el sueño se abrió sola.

Le metió un dedo, luego dos, y Elena gimió contra la madera, y luego la sombra se la metió por detrás, por el culo, despacio, y Elena sintió en el sueño el estirón exacto, la presión llena, y no le dolía, y no había hecho eso con Tomás en años.

La sombra la folló por detrás como a Elena le gustaba que la follaran y no se lo había dicho a nadie. Largo, profundo, con las manos en sus caderas tirando de ella hacia atrás, y en el sueño la mesa crujía y el serrín se le metía en las rodillas y Elena se corría con la cara pegada a la madera, y justo cuando se corría, la sombra le puso la boca en la nuca y le dijo su nombre con la voz de Tomás.

Se despertó de golpe, en la cama, boca abajo, con el culo todavía apretado y las bragas empapadas.

Se quedó quieta, con los ojos abiertos en la oscuridad, y lo primero que pensó fue que Tomás le había dado por detrás esa noche. Miró a Tomás, que dormía de espaldas a su lado, con la sábana hasta la cintura. Miró la pared. La sombra de Tomás estaba en su sitio, quieta. La lámpara del pasillo seguía encendida.

Tardó varios minutos en reconocer la habitación. El taller del sueño le había parecido más nítido que el dormitorio verdadero: podía recordar la veta de la mesa, el olor del serrín y una grieta junto a la ventana que no existía en su garaje. Se dijo que los sueños tomaban prestados detalles de cualquier parte y que el cuerpo podía reaccionar como si las cosas hubieran ocurrido. No obstante, evitó encender la luz. Le daba miedo encontrar algo que confirmara su sospecha y quizá aún más encontrarlo todo exactamente como lo había dejado. Tomás respiraba acompasadamente. Elena escuchó aquella respiración familiar y se preguntó por qué había decidido no despertarlo.

Elena se metió la mano por detrás, entre las nalgas, y se tocó el culo con un dedo, y estaba húmedo, y no sabía si era del sueño o si alguien la había tocado de verdad. Se quedó así, con el dedo ahí, pensando, y por la mañana no le dijo nada a Tomás. Pero en la libreta, en la página de las reglas, añadió con el rotulador, temblándole un poco la mano:

6. Se puede soñar, pero hay que contarlo.

Y no lo contó hasta el intérprete.

Durante los días siguientes observó a Tomás con una atención que él acabó notando. Quiso preguntarle si alguna vez había soñado con las sombras, pero cada vez que encontraba la ocasión surgía una ocupación trivial: un pedido del taller, unas notas pendientes, un vecino que llamaba a la puerta. Llegó a escribir una pregunta en otra página de la libreta y la borró con tanta fuerza que casi rompió el papel. A ratos creía que el secreto protegía algo delicado entre ellos; a ratos, que estaba repitiendo exactamente el silencio del que habían empezado a salir. No sabía que aquella contradicción acabaría por llevarlos otra vez al salón, frente a la pared.

El intérprete

Eran las tres y diez de la madrugada y ya ninguno de los dos fingía dormir. Elena estaba sentada en el borde del sofá, con la manta amarilla sobre las rodillas aunque hacía calor, y Tomás la miraba desde el sillón con las manos cruzadas entre las piernas, como un chico castigado. La lámpara de pie del pasillo seguía encendida, la única luz de la casa, y proyectaba las dos sombras alargadas sobre la pared del fondo, la suya y la de ella, separadas por un palmo de yeso.

Habían hecho el amor hacía dos horas —o algo parecido— y desde entonces no habían hablado. La libreta estaba sobre la mesa baja, abierta por la página de las reglas, la letra menuda de Elena arriba y la de Tomás debajo, cada una con su tinta. La primera regla era de ella y decía: no mirar la sombra de frente. La segunda era de él: no tocarla con las manos. La tercera, escrita más tarde, con el pulso menos firme: no hablarle.

Habían pasado la tarde procurando tratarse con normalidad. Elena había cortado verduras mientras Tomás hablaba de un alumno que se negaba a entregar trabajos, y ambos se habían reído cuando el cuchillo resbaló sobre una zanahoria. Pero cada silencio llevaba dentro otro silencio, más antiguo. Tomás había visto la nueva regla de la libreta y no le había preguntado de dónde salía. Elena lo había observado leerla, esperando que dijera algo. Ahora, sentados uno frente al otro, parecían estar repitiendo aquella escena: la posibilidad de preguntar suspendida entre los dos, casi visible. La manta amarilla le pesaba a Elena sobre las rodillas, aunque era demasiado fina para dar calor.

Elena miró la pared. La sombra de Tomás no estaba quieta. Tenía las manos donde Tomás las tenía, entre las piernas, pero la cabeza ladeada hacia ella, hacia su sombra, y el cuello inclinado en un ángulo que el Tomás de carne no usaba nunca.

—¿Y si le hablo? —dijo Elena, en voz baja, sin apartar los ojos del yeso.

Tomás abrió la boca para contestar. No le dio tiempo.

La sombra se movió. No como se mueven las sombras, cuando el cuerpo las arrastra. Se movió antes. Se despegó un dedo de la pared, dos, y el brazo entero, y la cabeza giró del todo hacia la sombra de Elena, y entonces la boca de Tomás —su boca, la de verdad, la que estaba sentada en el sillón a un metro de ella— se abrió sola y habló.

—Me da miedo tocarte desde que volviste del hospital —dijo.

Elena se quedó sin aire.

Elena miró instintivamente sus labios. La voz había salido de allí, eso no podía discutirlo. Lo que no sabía era por qué Tomás parecía tan sorprendido como ella. Durante un segundo pensó que estaba representando una broma de mal gusto, una forma extravagante de decir algo que no conseguía decir de otra manera. Habría preferido enfadarse con él por eso. Pero lo vio llevarse los dedos a la boca, como quien comprueba que todavía le pertenece, y no fue capaz de reírse ni de protestar. Lo único que deseaba era escuchar la frase siguiente, fuera quien fuese el que la pronunciara.

No era la voz de Tomás. Era su voz, la misma garganta, el mismo timbre ronco de profesor, pero con otro ritmo, más lento, como si cada palabra llevara años guardada en un cajón y le costara salir. Tomás se llevó la mano a la boca y se la tapó. La sombra le apartó la mano desde la pared. Él la bajó.

—No te toco porque creo que te voy a romper —siguió la voz—. Desde lo del niño. Antes te agarraba del pelo y te ponía contra la pared y tú te reías. La noche de la corbata, ¿te acuerdas? La tenía puesta del trabajo, te até las manos con ella, te reías y decías que era una tontería, y luego ya no te reías. Eso quiero. Y desde el hospital te toco como si fueras de cristal y tú te callas, y no sé si te callas porque te gusta o porque ya no te gusta nada.

Elena notó que se le cerraba la garganta. Miró a Tomás. Tomás tenía los ojos clavados en el suelo, las orejas rojas, la mandíbula apretada. Quería hablar y no podía: la boca era de otro.

—Yo también lloré —dijo la sombra—. En el aparcamiento del hospital, en el coche, cuando tú ya estabas dormida. Cuarenta minutos con el motor apagado, y luego subí y te dije que estaba bien. Nunca te lo he contado. La sombra sí lo sabe, porque la sombra estaba allí y no tenía que ser fuerte delante de nadie.

Elena se acordó del aparcamiento, de la luz fría entre las columnas y del vaso de café que Tomás había dejado intacto aquella tarde. Recordaba haberse quedado dormida en el asiento del acompañante durante el regreso, agotada por las horas del hospital. No podía saber si él había llorado después: nadie se lo había contado. Tal vez aquella confesión procedía de su marido y la extrañeza de la voz no era más que el cansancio; tal vez ella estaba completando con la imaginación lo que nunca se habían atrevido a hablar. De cualquier modo, por primera vez entendió que había confundido durante años el silencio de Tomás con una ausencia de dolor. La idea la avergonzó más que todo lo que había sucedido aquella noche.

—Tomás —dijo Elena.

—No me llames, que me cortas —dijo la sombra, y Tomás, con la boca prestada, sonrió sin querer—. Déjame acabar, que llevo doce años buscando el momento.

La sombra se levantó de la pared, entera, y se acercó por el yeso a la de Elena. Se arrodilló delante. Puso las manos sobre las rodillas de la sombra de Elena, y Elena sintió, en las rodillas de verdad, un peso que no estaba.

—Te huelo la nuca cuando estás en la cocina —dijo—. Te pones de puntillas para llegar al armario de arriba, se te sube la camiseta y yo me quedo mirando el trozo de espalda como un imbécil, con el café en la mano. Luego me preguntas qué miro y digo que nada. Miro eso. Miro eso desde que te conozco.

Elena se pasó la lengua por el labio. Tenía los brazos erizados y las ingles calientes y no se había tocado ni una vez en toda la conversación.

—Y por la noche —siguió la voz, más baja—, cuando te duermes antes que yo, me la saco pensando en la primera vez. En el coche, en la parte de atrás, con la falda subida. Me la saco como un crío de veinte años, y luego me da vergüenza decírtelo, porque se supone que a los treinta y ocho uno ya no hace esas cosas.

Tomás emitió un ruido ahogado, entre la tos y la risa, y consiguió mover su propia lengua medio segundo.

—Ya está bien —dijo, con su voz normal.

—No está bien —dijo la sombra, devolviéndole la boca—. Falta lo que quiero hacerte. Y falta lo que soñaste tú.

Elena se giró de golpe hacia la pared. La sombra de Tomás señalaba, con un dedo, la libreta abierta en la mesa.

—La regla seis —dijo—. La escribiste tú. Hay que contarlo.

Elena tragó saliva. Y lo contó, mirando al yeso, no a Tomás. Contó el sueño del taller, la mesa, el serrín, las manos en las caderas, el dedo, la polla por detrás, y la voz de Tomás en la nuca. Lo contó con las palabras que no usaba nunca delante de él. Y mientras lo contaba, la sombra de Tomás se movió por la pared hasta ponerse detrás de la sombra de Elena, y le puso las manos en las caderas, exactamente donde las había tenido en el sueño, y Elena lo sintió.

—Quiero hacerte eso —dijo la sombra, ya con la boca de Tomás, muy baja—. Y él también. Y lleva cuatro años sin decírtelo porque cree que a ti no te apetece desde lo del niño.

—Sí me apetece —dijo Elena, y se lo dijo a la pared, pero Tomás lo oyó.

Tomás cerró los ojos. Sabía lo que venía. Llevaba doce años sin decirlo, y la sombra lo dijo por él sin ningún pudor:

—Quiero ponerte encima de mí, que me cojas la cara con las dos manos y me obligues a mirarte, y quiero que me digas lo que te hago, todo, sin resumir. Quiero oírte. Doce años oyéndote callar en la cama y quiero oírte.

La sombra se calló. Volvió despacio a la pared, se pegó a los pies de Tomás, recuperó su forma de Tomás, y la boca dejó de ser de otro.

El silencio duró lo que tarda una lámpara en calentarse.

—Es verdad —dijo Tomás, en voz alta, con su voz, mirando al suelo—. Todo. Es verdad.

Tomás se frotó los ojos y respiró con dificultad, como si saliera de una conversación demasiado larga. Elena quiso pedirle que repitiera la confesión del aparcamiento con su propia voz, sin la pared delante, sin la lámpara encendida. No lo hizo todavía. Tenía miedo de que negara haber dicho aquellas cosas, pero también de que las confirmara y convirtiera en un recuerdo compartido algo que durante cuatro años había sido de él solo. Alargó la mano hacia la libreta para cerrarla. Se detuvo al descubrir una marca que no recordaba haber visto antes.

Elena miró la libreta abierta en la mesa. La tercera regla, la de no hablarle, tenía una raya por encima. Elena no recordaba haberla trazado, y Tomás negó con la cabeza cuando lo miró. Durante un instante le pareció que la sombra la había tachado desde dentro del papel.

—Ven aquí —dijo Elena.

Tomás se levantó muy despacio. Antes de acercarse, miró una última vez la pared y luego sus propias manos, como si hubiera perdido el hilo de una explicación que casi había encontrado. Elena retiró la manta de sus rodillas y la dejó doblada en el brazo del sofá, no en el respaldo de siempre. Ese gesto pequeño le produjo una sensación inesperada: podía mover las cosas de sitio sin que se rompiera nada. Cuando él se sentó a su lado, lo abrazó sin preguntar quién había hablado primero. No sabían más que al comienzo de la noche. Sin embargo, ya no estaban evitando la misma conversación.

Y Tomás fue.

Sesenta y nueve

No subieron al dormitorio. Se quedaron en el salón, con la lámpara encendida y la pared del fondo delante, porque los dos sabían ya que la pared era parte de la cosa, y ninguno de los dos quería renunciar a ella.

Elena le quitó la camisa a Tomás de un tirón, sin botones, y él le bajó la cremallera del pantalón y se lo sacó por los tobillos, y ella se quedó de pie en bragas y camiseta, con la manta amarilla en el suelo y la sombra alargándose por el yeso. Luego se tumbó en el sofá, de espaldas al respaldo, con la cabeza colgando un poco por el brazo, y tiró de Tomás por la muñeca.

—Ven.

Él entendió. Se puso encima de ella al revés, con las rodillas a los lados de su cabeza y la polla delante de su boca, y Elena se la metió en la boca de una vez, entera, hasta el fondo, y él soltó un gruñido y le clavó los codos en los muslos.

Llevaban doce años sin hacer esto. Lo habían hecho al principio, cuando eran jóvenes y flexibles y no les dolía nada, y luego lo habían ido dejando, como se dejan las cosas buenas de un matrimonio, sin motivo, por cansancio. Y ahora Elena tenía la boca llena de la polla de su marido y la lengua trabajándole por debajo, y Tomás tenía la cara hundida entre los muslos de su mujer, con las bragas todavía puestas, y le chupaba la tela antes de bajárselas.

En la pared, las sombras también estaban en sesenta y nueve, y por primera vez hacían exactamente lo mismo que ellos, al mismo ritmo, sin adelantarse. Como si las sombras hubieran entendido que ya no hacía falta que les llevaran la delantera.

Tomás le bajó las bragas hasta las rodillas de un tirón y le puso la boca entera en el coño, sin avisar, y Elena se arqueó y le mordió la polla sin querer, y él gimió contra su clítoris, y la vibración hizo que a Elena se le saltaran las lágrimas. Le chupó el clítoris con la lengua plana, despacio, y luego se lo chupó con los labios, y le metió dos dedos y se los curvó hacia arriba, buscándole el punto, y la encontró, porque llevaba doce años encontrándolo y nunca se había olvidado.

Elena le chupaba a él con la misma hambre, la mano en la base, la boca subiendo y bajando, los ojos cerrados, y cada vez que él le daba una chupada fuerte ella se la tragaba hasta el fondo, y así se llevaban el uno al otro, tirándose del placer por turnos, hasta que los dos supieron que estaban a punto y ninguno quería correrse antes que el otro.

Fue Elena la que rompió. Le soltó la polla de la boca y dijo, con la voz rota:

—Así no, así no, quiero verte.

Tomás se giró, se puso de rodillas entre sus piernas, con la cara brillante de ella y la polla brillante de su boca, y la miró. Y Elena le cogió la cara con las dos manos, exactamente como la sombra había dicho, y lo obligó a mirarla a los ojos.

—Fóllame —dijo—. Y mírame. Y no te calles.

Tomás se la metió. Y no se calló.

Le dijo lo que le hacía. Le dijo que estaba empapada, que le gustaba cómo le chupaba, que llevaba cinco meses pensando en ella doblando trapos en el taller, que la quería, que la quería, que la quería. Y Elena le contestó, con la voz alta, sin vergüenza, diciéndole lo que sentía, dónde, cuánto, y por primera vez en cuatro años la casa se llenó de las dos voces a la vez, encima del ruido de la piel.

Se corrieron casi juntos, Elena primero, apretándole la cara con las dos manos y mirándolo a los ojos mientras se corría, y Tomás después, dos segundos más tarde, con un gemido largo y sorprendido, dentro, sin salirse, mirándola también, sin cerrar los ojos hasta el último momento.

Y en la pared, las dos sombras se corrieron a la vez que ellos y se quedaron quietas, abrazadas, una encima de otra, sin separarse, mientras los cuerpos de verdad se quedaban jadeando en el sofá y las sombras ya no se movían.

Elena miró la pared por encima del hombro de Tomás. La sombra de él tenía la cara metida en el cuello de la de ella.

—Mira —dijo.

—Ya lo veo.

Y esa noche, por primera vez, no se refugiaron cada uno en su lado de la cama. Durmieron pegados, y la lámpara del pasillo se quedó encendida toda la noche, y ninguno de los dos se levantó a apagarla.

La que elige

Hasta entonces habían tenido siempre una explicación provisional para lo que hacían: la curiosidad, el juego, las ganas de recuperar el tiempo perdido. Pero aquella mañana Elena comprendió que estaba esperando algo distinto. No quería que la pared decidiera por ella cada vez que surgía una duda. Tampoco quería que Tomás volviera a refugiarse en lo que su sombra parecía pedirle. La palabra elegir le había rondado la cabeza desde la noche del intérprete. Era una palabra corriente y, sin embargo, se había vuelto difícil de pronunciar en aquella casa. Elena abrió la libreta mientras Tomás seguía dormido y se preguntó cuánto de lo que habían hecho últimamente era decisión suya.

Faltaba una cosa, y los dos lo sabían, y ninguno se atrevía a decirla.

La libreta tenía seis reglas y cinco tachadas. Algunas las habían tachado ellos durante las noches anteriores, sin ceremonia; otra conservaba aquella raya cuyo origen ninguno se explicaba del todo. Quedaba una sin tachar, la cuarta, la que Tomás había escrito después de su primera noche juntos: No dejar que nos vea mirar. Y una mañana, un domingo, Elena se levantó, fue a la mesa, abrió la libreta y escribió debajo de la cuarta, con rotulador nuevo:

7. Que elija ella.

Tomás leyó la regla al desayunar, con la tostada a medio camino de la boca, y la leyó dos veces, y luego miró a Elena y Elena lo miró a él, y ninguno preguntó nada, porque los dos sabían que la regla no era de las sombras de los dos. Era de la sombra de ella.

Tomás no comentó la séptima regla durante el desayuno. En el instituto, sin embargo, se sorprendió pensando en ella mientras explicaba a sus alumnos que una decisión histórica rara vez tiene una causa única. Se interrumpió, escribió una fecha en la pizarra y continuó la clase. Al salir llamó a Elena, algo que no hacía casi nunca a esa hora. Le preguntó si necesitaba que comprara algo. Elena le dijo que no. Permanecieron un momento escuchando la respiración del otro a través del teléfono. No mencionaron la pared. A los dos les bastó con saber que aquella noche podrían hablarse, aunque ninguno supiera qué iba a decir.

Esa noche dejaron la lámpara encendida y se sentaron en el suelo, de espaldas al sofá, el uno al lado del otro, sin tocarse, con las manos en las rodillas, mirando la pared del fondo como quien espera a que salga la luna.

Tardó. Al principio las sombras solo se movieron un poco, se buscaron, se rozaron. Luego la sombra de Tomás hizo lo de siempre: se levantó y fue hacia la de Elena. Y entonces pasó lo nuevo. La sombra de Elena levantó una mano, sin girarse, y la paró. La sombra de Tomás se quedó quieta donde estaba, a un palmo, esperando.

Elena miró de reojo a Tomás. Él tenía las manos abiertas sobre las rodillas y seguía respirando con normalidad, pero apretaba los labios. Por primera vez, ella no estaba segura de querer que las sombras les mostraran una respuesta. ¿Y si la figura de la pared no elegía nada? ¿Y si se quedaba quieta, obedeciendo la forma exacta de sus cuerpos? La sola posibilidad le provocó decepción, y eso la inquietó: había empezado a necesitar aquella rareza para tomar decisiones que antes parecían sencillas. Apartó la vista un momento. Cuando volvió a mirar, la separación entre las siluetas le pareció mayor, aunque no habría sabido decir si alguna se había movido.

La sombra de Elena se levantó sola.

Se estiró por el yeso, despacio, entera, hasta ponerse de pie, y creció a lo largo de la pared con la luz de la lámpara, larguísima, hasta casi el techo, y Tomás, a su lado en el suelo, se quedó sin aire al verlo. Luego la sombra de Elena giró la cabeza, miró a la sombra de Tomás que esperaba, y le tendió la mano.

—Elige —dijo Elena, en voz alta, y no supo si se lo decía a la pared o a Tomás.

La sombra de Tomás cogió la mano de la de Elena. Y luego hizo algo que no había hecho nunca: se arrodilló. La sombra entera, grande, alargada, se arrodilló delante de la de Elena, y le puso las manos en las caderas, y esperó, con la cabeza inclinada, a que ella decidiera.

Elena, en el suelo, sintió que se le doblaban las piernas. Se levantó. Tomás se levantó con ella. Y sin decirse nada, sin planearlo, los dos cuerpos de verdad hicieron lo mismo que las sombras: Elena se puso delante de Tomás, él se arrodilló de verdad delante de ella, con las manos en sus caderas, con la cabeza inclinada, esperando.

—Elige tú —dijo Tomás, con la voz ronca, mirando al suelo—. Lo que quieras. Como quieras. Y yo lo hago.

Elena le puso una mano en la cabeza. Le pasó los dedos por el pelo, despacio, y luego tiró de él un poco hacia arriba para que la mirara.

—De pie —dijo—. Contra la pared.

Se levantaron los dos. Tomás se puso de espaldas a la pared del fondo, con las palmas abiertas contra el yeso, y Elena se puso delante de él, le bajó los pantalones del pijama y le sacó la polla ya dura, y se la metió ella sola, sentándose encima, mirándolo a los ojos a un palmo de distancia. Se la metió sin tocarse más que con eso, despacio, hasta el fondo, y luego se apoyó con las manos en el pecho de Tomás y empezó a moverse encima de él, de pie, con las piernas temblándole, y Tomás la agarró del culo con las dos manos y la sostuvo y la levantó y la dejó caer sobre su polla como si ella no pesara.

Detrás de ellos, en la pared, las dos sombras fusionadas en una sola mancha alargada se movían al mismo ritmo, y Elena, mirando por encima del hombro de Tomás, vio que las sombras ya no eran dos. Eran una. La suya y la de él, pegadas por la pared, la misma mancha, el mismo movimiento, sin costura.

—Tomás —dijo—, mira.

Él miró, con la espalda contra el yeso y ella encima, y vio la mancha única, y algo se le rompió dentro, algo que llevaba cuatro años aguantando sin llorar, y se le llenaron los ojos de agua y siguió moviéndose y no se calló.

—Te quiero —dijo—. Te quiero desde el primer día. Y me da miedo que se te olvide.

—No se me olvida.

Se corrieron así, de pie, contra la pared, con la sombra única moviéndose detrás de ellos como una sola cosa, y cuando terminaron los dos se quedaron de pie, abrazados, pegados al yeso, sin separarse, respirando en el cuello del otro.

La sombra, en la pared, ya no se movía. Estaba quieta, entera, una sola, y tenía la forma exacta de los dos cuerpos de verdad, abrazados, como si por fin la sombra y el cuerpo hubieran dejado de ser cosas distintas.

Ninguno de los dos intentó repetir el movimiento. Se quedaron juntos hasta que el reflejo de un coche atravesó el techo y volvió a desaparecer. Tomás se preguntó si la mancha única era solo el resultado natural de tener los cuerpos pegados bajo una misma luz. Había estudiado suficientes mapas y fotografías antiguas para saber que la perspectiva podía transformar dos cosas en una. Aun así, no se lo dijo a Elena. Ella tampoco preguntó. Habían pasado demasiado tiempo pidiendo a las palabras que explicaran lo que sentían y aquella noche, por una vez, pudieron aceptar que algunas preguntas permanecieran abiertas.

La lámpara, otra vez

A la mañana siguiente, lunes, Elena se levantó temprano y fue al pasillo. La lámpara de pie seguía allí, con la pantalla torcida, con la bombilla de veinte vatios.

La había mirado desde la mesa del desayuno, igual que todas las mañanas, pero esta vez se fijó en el borde torcido de la pantalla. Su primera reacción fue buscar a Tomás para preguntarle si podía tocarla. Entonces se dio cuenta de lo absurdo del impulso. La había dejado así doce años; ni siquiera recordaba si alguna vez habían discutido por ello. Pensó en la caja restaurada que había bajado al taller, en la manta del sofá, en la libreta y sus reglas. Eran objetos que habían acabado tomando decisiones por ellos a fuerza de no moverlos. No hacía falta decidir qué habían visto en la pared para saber qué quería hacer aquella mañana.

Le puso la mano encima.

Y por primera vez en doce años, la enderezó.

No fue gran cosa. Fue girar la pantalla medio centímetro a la derecha, hasta dejarla recta. Y la luz cambió un poco, y las sombras de la pared del fondo se movieron, y se colocaron en otro sitio, más cortas, más juntas.

Tomás apareció en el pasillo con el pelo revuelto y la camiseta del revés, y se quedó mirando a Elena con la mano en la pantalla.

—La has enderezado —dijo.

—Ya tocaba.

Él se acercó, se puso a su lado y miró la pared del fondo, donde las dos sombras nuevas, cortas y juntas, esperaban quietas, como dos desconocidos educados. Se quedaron los dos un rato así, mirándolas.

Elena observó la luz. Al cambiar la inclinación de la pantalla, habían desaparecido algunas de las manchas que conocían, pero otras seguían allí, discretas, casi indistinguibles de las irregularidades del yeso. Buscó con la mirada la silueta de su mano y movió los dedos. La sombra los siguió sin retraso ni iniciativa. Tomás hizo lo mismo, y los dos se rieron, sorprendidos de haber esperado otra cosa. Parecía la pared de siempre. También parecía distinta. Elena supo que, si intentaban demostrar cuál de las dos impresiones era la verdadera, podrían pasarse otra noche entera discutiendo delante de aquella luz.

—¿Crees que han terminado? —preguntó Tomás.

—No lo sé.

—¿Y si vuelven?

Elena se giró y le cogió la cara con las dos manos, como la noche anterior, como la sombra había dicho, y lo obligó a mirarla a los ojos.

—Pues que vuelvan —dijo—. Que vuelvan siempre.

Y en la pared, en la luz nueva y recta de la lámpara del pasillo, las dos sombras, cortas y juntas, se cogieron de la mano.

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