Capítulo 1
Era pasada la medianoche cuando decidí abordar el último vagón del metro. La estación estaba extrañamente silenciosa y el frío aire de los túneles me hizo estremecer mientras caminaba hacia los asientos vacíos del fondo. Buscaba un poco de soledad después de una jornada verdaderamente agotadora, por lo que agradecí no ver a nadie más a mi alrededor en ese momento.
Me senté junto a la ventanilla oscura, que reflejaba mi rostro cansado bajo la penumbra de las luces parpadeantes del convoy. El tren arrancó con un chirrido metálico ensordecedor que resonaba en las paredes de concreto. Sin embargo, al mirar fijamente mi reflejo en el cristal, noté algo profundamente aterrador: mi imagen reflejada me devolvía una sonrisa macabra y calculadora, mientras yo tenía el rostro completamente paralizado por el miedo puro y no podía mover un solo músculo.
Intenté gritar pidiendo ayuda, pero ningún sonido salió de mi garganta. Quise apartar la mirada de aquel espejo maldito, pero mis ojos parecían atrapados por una fuerza invisible. De pronto, un apagón total sumió todo el vagón en una oscuridad absoluta. Las luces parpadearon erráticamente antes de apagarse por completo. En medio de esa negrura total, sintiendo el corazón latir a mil por hora, una mano helada, áspera y pesada se posó lentamente sobre mi hombro derecho. Una respiración helada sopló con suavidad cerca de mi oído izquierdo y una voz susurró en la oscuridad absoluta: «Ya no estás sola». Un escalofrío mortal recorrió toda mi columna vertebral mientras el convoy aceleraba velozmente hacia la siguiente y eterna estación.









