Abigail
Irresistible problema
Abigail se sentía aturdida por el bullicio de la gente, pensaba eso mientras observaba el edificio del frente.
El sonido de la campana la arrancaba del remolino de sus pensamientos cada tanto.
Se encontraba en un pequeño local con una taza de café en sus pequeñas manos. Arrugó el ceño, El café estaba demasiado amargo.
Contaba con tiempo de sobra para ir a su trabajo. Le quedaban por lo menos treinta minutos antes de su hora de entrada, pero quería llegar temprano, por lo que procedió a levantarse para ir ganando tiempo.
Un empujón torpe.
El líquido caoba se encontraba manchando la seda crema de su blusa, y adhiriéndose a ella como una segunda piel.
Bajó la mirada, se llenó de furia.
Se disponía a reclamar el agravio, cuando levantó el rostro y frente a ella tenía al más atractivo hombre que sus ojos habían podido ver.
Un rostro provisto de una quijada fuerte con un leve rastro de barba le devolvía la mirada.
El hombre en cuestión, tenía el rostro marcado por una expresión de disculpa y absoluta vergüenza, provisto de un ligero ceño que interrumpía la armonía de ese hermoso rostro.
El tipo vocalizaba hacia ellas palabras que no alcanzaba escuchar, pues tenía en sus oídos el pálpito del crescendo de la melodía que proyectaban sus audífonos.
Ella lo observó por una fracción de tiempo, mientras bajaba el rostro hacia el líquido que le humedecía su blusa y transparentaba el encaje de su delicada lencería.
Se sintió avergonzada inmediatamente y estiró el brazo mientras tomaba un puñado de servilletas del centro de la mesa.
Frotaba y frotaba con más brusquedad de lo que debía su torso, mientras percibía el calor que emanaba la proximidad de aquel hombre a su lado, no había caso, debía desistir, ya que la tela se había visto muy afectada.
El hombre deslizó una tarjeta frente a ella, pero Abigail se encontraba sumergida en la urgencia de solucionar el imprevisto, tomó la tarjeta y sin más miramientos la dejó reposando sobre su móvil.
Pareció considerarlo nuevamente y ladeó el rostro, el hombre pareció carraspear un poco, mientras juntaba sus manos en señal de disculpa y se apresuraba a la salida.
Abigail decidió recoger sus cosas entonces y dirigirse hacia el edificio para encargarse de sus asuntos.
Se desvió directo a los baños femeninos que se encontraban en el décimo y último piso, el cual sería su área de trabajo. Se sintió afortunada porque se encontraran tan cerca del elevador ya que el lugar parecía un conjunto de confusos pasillos interminables.
El quitamanchas hizo lo suyo, pero no secó la blusa.
Por lo menos su falda de tubo se salvaba, debido a lo oscuro de la humedad éste se camuflaba con el negro de la prenda.
Apuró el paso hacia su oficina, miró a todos los lados para asegurarse de encontrarse sola mientras se concentraba en los botones de su camisa.
Impaciente, serpenteaba por los pasillos solitarios de aquel enorme edificio con premura, miró hacia la que estaba segura era finalmente la puerta, abrió el pestillo simultáneamente mientras trataba de levantarse la blusa que había quedado atrapada dentro de su falda.
Cuando por fin había quedado libre, levantó el rostro y quedó completamente petrificada con la visión frente a ella.
El sujeto de la cafetería le devolvía la mirada, los ojos vidriosos del hombre estaban fijos en su escote desnudo.
Se encontraba con las piernas abiertas y el torso echado hacia atrás, sosteniendo entre sus dedos una rigidez oscura y palpitante, cubierta por el brillo espeso de su propia impaciencia.
Ninguno respiró. El silencio en la habitación se volvió tan denso que casi se podía tocar.
Él no se cubrió de inmediato. Sus dedos apretaron un segundo más la carne caliente antes de guardar torpemente la evidencia bajo el pantalón, dejando un bulto feroz e innegable bajo la tela.
Abigail sintió un vuelco líquido en la parte baja del vientre; sus dedos, congelados sobre los botones abiertos, temblaron.
La fricción en el aire era tan violenta que el instinto no le pedía huir, sino dar tres pasos hacia adelante y terminar el trabajo que él acababa de interrumpir.
Murmuró una disculpa que sonó como un gemido ahogado.
Retrocedió sin romper el contacto visual de esa entrepierna marcada, cerró la puerta de golpe y apoyó la espalda contra la madera fría.
Se encerró finalmente en la oficina correcta, pulsaciones en el cuello, la blusa pegada a la piel.
Y la certeza abrumadora de que estaba en un enorme, e irresistible, problema.








