Create New List
Share with your friends
Customize readability

Un Latido En Pausa.

All Rights Reserved ©

Summary

Simplemente, creo que la vida es blanco y negro. Mis padres eran mi fuente de energía... hasta que un día dejaron de estar. Tenía diez años cuando la vida me obligó a aprender lo que significaba perder a alguien. Después de ellos, mis abuelos fueron quienes me enseñaron a seguir adelante. Durante años, fueron mi hogar, mi refugio, mi familia. Hasta que también los perdí. Ahora, con veintidós años, solo quiero regresar a la casa que alguna vez fue de mis padres, venderla y marcharme. Huir de los recuerdos. Del dolor. De todo lo que todavía parece esperarme entre esas paredes. ¿Pero es la vida realmente tan cruel... o es solo mi dolor el que habla? Tal vez la vida no sea tan cruel como he llegado a creer. Tal vez solo estaba esperando el momento de recordarme que algunas historias no terminan cuando creemos. Porque quizá lo que está en pausa... no es solo el latido de mi corazón. Tal vez sea una nueva historia esperando comenzar.

Status
17h ago
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
13+

Un regreso que no quería hacer.

El taxi se detuvo frente a la casa y, durante unos segundos, no hice nada.

Me quedé mirando por la ventana.

Ahí estaba.

Exactamente seguía en el mismo lugar.

La misma fachada. Las mismas ventanas. Incluso aquella pintura naranja chillón que tanto le gustaba a mi madre seguía cubriendo las paredes, aunque ahora el tiempo le hubiera robado parte de su intensidad.

Mi padre decía que odiaba ese color.

Pero también decía que, si a mamá la hacía feliz, entonces podía pintar la casa de naranja, amarillo o de cualquier otro color horrible que ella quisiera.

Sonreí apenas al recordarlo.

La sonrisa desapareció casi de inmediato.

—¿Es aquí? —preguntó el taxista.

Asentí.

Pero no abrí la puerta.

Mis dedos permanecieron alrededor de la manija mientras una idea absurda, cobarde y terriblemente tentadora atravesaba mi cabeza.

Podía decirle que siguiera.

Podía darle otra dirección.

Volver a la estación.

Al aeropuerto.

A cualquier lugar que estuviera lejos de esa casa.

Por un instante estuve a punto de hacerlo.

—Señorita...

—Sí. Es aquí.

Pagué el viaje antes de arrepentirme.

El conductor bajó mi maleta y la dejó junto a la acera. Murmuré un agradecimiento y escuché cómo el taxi se alejaba detrás de mí.

No volteé.

Quizá porque sabía que, si lo hacía antes de que doblara la esquina, habría levantado la mano para pedirle que regresara.

Me quedé sola frente a la casa.

Veintidós años.

Y todavía incapaz de mirar aquella puerta sin sentirme como la niña de diez años que había salido de allí sin saber que nunca volvería a ver a sus padres.

Tragué saliva.

No quería estar aquí.

Si hubiera dependido de mí, probablemente jamás habría regresado.

Pero mis abuelos habían muerto y, después de ellos, aquella casa era una de las pocas cosas que todavía quedaban a mi nombre.

Mi plan era sencillo.

Entrar.

Revisar lo necesario.

Venderla.

Y marcharme.

Sin dramatismos.

Sin recuerdos.

Sin mirar demasiado hacia atrás.

Al menos eso me había repetido durante todo el viaje.

Saqué la llave del bolsillo.

La apreté con tanta fuerza que los bordes se marcaron contra mi palma mientras avanzaba por el pequeño camino de entrada.

Cada paso parecía más pesado que el anterior.

Cuando llegué frente a la puerta, me detuve.

La cerradura seguía teniendo aquella pequeña marca junto al borde. La había hecho yo cuando tenía siete años intentando abrirla con una horquilla porque había visto en una película que los espías podían abrir cualquier puerta de esa manera.

Papá me encontró.

En vez de regañarme, se sentó a mi lado y trató de enseñarme durante casi una hora.

Nunca logramos abrirla.

Una tontería.

Un recuerdo insignificante.

Y, aun así, allí estaba.

Introduje la llave.

Giré.

La puerta cedió con un sonido seco.

El olor a polvo y encierro me golpeó apenas entré.

Me quedé quieta en el umbral.

La casa estaba en silencio.

No parecía vacía.

Parecía detenida.

Como si alguien hubiera presionado pausa años atrás y todo se hubiese quedado esperando a que nosotros regresáramos.

Los muebles continuaban en su sitio.

El viejo sofá de la sala.

La mesa de madera.

Las cortinas que mamá eligió después de obligar a papá a acompañarla durante toda una tarde de compras.

Las fotografías.

Incluso el pequeño jarrón que siempre estaba inclinado porque una de sus patas era más corta que las otras.

Todo seguía ahí.

Solo faltaban ellos.

Cerré la puerta detrás de mí.

El sonido retumbó demasiado fuerte.

Durante un instante pude imaginar a mi madre apareciendo desde la cocina para preguntarme por qué había tardado tanto.

A papá sentado a la mesa con una taza de café entre las manos.

A los dos hablando en voz baja mientras yo jugaba en el suelo, completamente ajena a la posibilidad de que algún día aquella felicidad pudiera terminar.

Parpadeé.

La imagen desapareció.

Mis ojos comenzaron a arder.

No.

Todavía no.

No había regresado para llorar.

Había regresado para vender una casa.

Eso era todo.

Dejé la maleta junto a la entrada y comencé a caminar.

Cada habitación era una especie de cápsula del tiempo.

Mi infancia seguía repartida entre aquellas paredes.

Mis cumpleaños.

Las mañanas antes de ir al colegio.

Las marcas de mi altura que papá hacía en el marco de la cocina cada seis meses.

Mi primer día de clases, cuando lloré porque no quería separarme de mamá y terminé aferrada a su vestido mientras ella intentaba convencerme de que unas horas no eran el fin del mundo.

Los primeros diez años de mi vida estaban allí.

Intactos.

Esperándome.

Y eso era precisamente lo que más dolía.

Porque yo había crecido.

Había cambiado.

Había aprendido a vivir sin ellos.

Pero aquella casa no.

Ella seguía atrapada en el último momento en que todavía éramos una familia.

Recorrerla era como caminar por un museo construido con pedazos de mi propia vida.

Mis abuelos maternos me llevaron con ellos después de la muerte de mis padres.

Me dieron todo lo que pudieron.

Una casa.

Cariño.

Paciencia.

Una familia cuando yo sentía que la mía había desaparecido.

Nunca me hicieron sentir como una carga.

Nunca me permitieron creer que estaba sola.

Pero había cosas que ni siquiera todo su amor podía reparar.

Durante años fui una versión extraña de mí misma.

Estaba ahí.

Comía.

Estudiaba.

Sonreía cuando debía hacerlo.

Pero una parte de mí se había quedado en esta casa.

Una parte que tenía diez años y todavía esperaba escuchar una llave entrando por la puerta.

Con el tiempo aprendí a vivir alrededor de aquella grieta.

Nunca desapareció.

Simplemente dejé de tocarla.

Y justo cuando comenzaba a creer que podía construir algo nuevo, también perdí a mis abuelos.

Ocho años después de mis padres.

A los dieciocho años ya no quedaba nadie que pudiera llamarme para preguntarme si había comido.

Nadie esperándome despierto.

Nadie diciéndome que llevara un abrigo porque podía hacer frío.

Desde entonces había vivido sola en un apartamento diminuto, trabajando como secretaria en un banco y aprendiendo, de alguna manera, a ocuparme de mí misma.

Había salido adelante.

Eso era lo que siempre decía cuando alguien preguntaba.

Estoy bien.

He salido adelante.

Era mucho más fácil decirlo que explicar cómo se sobrevive cuando uno siente que ha perdido demasiadas personas demasiado pronto.

Continué caminando.

Pasé los dedos por el respaldo del sofá.

Por la mesa.

Por una repisa cubierta de polvo.

Cada objeto parecía reconocerme.

Entonces la vi.

Una pequeña caja sobre uno de los muebles.

La reconocí inmediatamente.

—No puede ser...

La tomé entre las manos.

Había olvidado completamente que la había dejado allí.

Quité el polvo con cuidado y levanté la tapa.

Dentro había fotografías, pequeños papeles doblados y algunas cosas que, cuando era niña, había considerado demasiado importantes como para tirarlas.

La primera fotografía me arrancó una sonrisa.

Un niño de unos once años miraba a la cámara mostrando sin vergüenza sus braquets.

Tenía los ojos verdes, el cabello desordenado y aquellos hoyuelos que solo aparecían cuando sonreía de verdad.

Enrico.

Mi mejor amigo de la infancia.

Mi compañero de aventuras.

Durante una época estuvo convencido de que sería astronauta.

Después decidió que prefería ser superhéroe.

Yo sería su copiloto en ambos casos.

Pasé el pulgar sobre la fotografía.

Me pregunté qué habría sido de él.

Dónde estaría.

Si todavía tendría esos hoyuelos.

Si alguna vez se acordaba de mí.

La idea me hizo sentir algo extraño.

No exactamente tristeza.

Tampoco felicidad.

Era esa clase de nostalgia que aparece cuando recuerdas una vida que alguna vez sentiste eterna y descubres que no tienes idea de qué ocurrió con las personas que formaban parte de ella.

Guardé la fotografía nuevamente.

Cerré la caja.

No podía llevarme todo conmigo.

Y quizás tampoco debía hacerlo.

La dejé en su lugar y continué por el pasillo.

Entonces mis pasos se hicieron más lentos.

Al fondo estaba la puerta que había intentado evitar desde que entré.

La habitación de mis padres.

Me detuve frente a ella.

Podía regresar.

No tenía ninguna obligación de entrar.

La casa no se vendería más rápido porque yo abriera aquella puerta.

Pero sabía que si me marchaba sin hacerlo, acabaría pensando en ella durante meses.

Tal vez durante años.

Apoyé la mano sobre la perilla.

Respiré profundamente.

La giré.

Y entré.

El aire allí dentro parecía distinto.

Más pesado.

Las cortinas permanecían cerradas a medias y la luz del exterior se filtraba entre ellas, llenando la habitación.

Todo parecía cubierto por una fina capa de tiempo.

La cama.

El armario.

La cómoda de mamá.

Un frasco de perfume vacío.

Un reloj que ya no marcaba ninguna hora.

Todo estaba detenido.

Mi mirada recorrió lentamente la habitación hasta llegar a la mesa de noche.

Una fotografía.

Sentí algo hundirse dentro de mi pecho.

Mis padres el día de su boda.

Mamá llevaba un vestido sencillo y tenía una sonrisa tan grande que parecía incapaz de contenerla.

Papá no miraba a la cámara.

La miraba a ella.

Como si en toda aquella habitación llena de personas no existiera nadie más.

Junto a esa fotografía había otra.

Yo.

Recién nacida.

Envuelta en una manta rosada y dormida entre sus brazos.

La expresión de mamá era completamente distinta.

Era la de alguien que acababa de conocer al amor de su vida.

Papá tenía los ojos húmedos.

Sonreía.

Sentí que la garganta se me cerraba.

Me acerqué.

Toqué el marco con los dedos.

Durante todos esos años había intentado recordar sus voces.

La risa de mamá.

La manera en que papá decía mi nombre cuando fingía estar molesto conmigo.

Había días en los que podía escucharlos perfectamente.

Otros en los que sus voces parecían alejarse un poco más.

Ese era uno de mis mayores miedos.

Olvidarlos sin querer.

Olvidar pequeños detalles.

Hasta que algún día solo quedaran fotografías de dos personas que sabía que había amado, pero que ya no podía recordar por completo.

Mis dedos temblaron.

Y entonces dejé de resistirme.

Me senté en el borde de la cama.

Las lágrimas cayeron.

Primero una.

Después otra.

Hasta que dejé de contarlas.

Me dolía el pecho.

No como una metáfora.

Dolía de verdad.

Como si aquella vieja grieta que había aprendido a mantener cerrada acabara de abrirse otra vez.

—¿Por qué se fueron? —susurré.

Mi voz sonó demasiado pequeña dentro de la habitación.

Bajé la cabeza.

—¿Por qué me dejaron aquí?

Sabía que no había respuesta.

Nunca la habría.

Aun así, una parte ridícula de mí seguía esperando alguna.

Me limpié las lágrimas con el dorso de la mano.

Fue entonces cuando lo vi.

Algo sobresalía detrás del marco.

Fruncí el ceño.

Tomé la fotografía y descubrí un pequeño papel doblado entre la parte trasera del marco y el soporte.

Lo saqué.

Estaba doblado cuatro veces.

El papel se había vuelto amarillento y los bordes estaban gastados.

Lo abrí con cuidado.

Había una única frase escrita en el centro.

“La luz que brilla después de la tormenta.”

Me quedé inmóvil.

Sin firma.

Sin fecha.

No hacía falta.

Reconocería aquella letra en cualquier parte.

Era de mamá.

Pasé el dedo sobre las palabras.

Y algo dentro de mí cedió.

Me cubrí la boca mientras las lágrimas regresaban.

No sabía cuándo había escrito aquello.

No sabía por qué lo había escondido allí.

Quizá ni siquiera estaba destinado para mí.

Pero en ese momento no importaba.

Después de tantos años huyendo de esa casa, había regresado para encontrar unas pocas palabras escondidas detrás de una fotografía.

Miré nuevamente la frase.

La luz que brilla después de la tormenta.

Durante mucho tiempo había pensado que mi vida se había detenido a los diez años.

Que todo lo que vino después no era más que aprender a continuar con algo roto dentro de mí.

Quizá me equivocaba.

O quizá simplemente quería creerlo.

Doblé el papel con cuidado y lo sostuve entre mis manos.

Lloré, sin contenerme.

Porque en ese instante entendí que quizás... solo quizás... ella sabía que yo volvería.

Y que iba a necesitar encontrar algo de luz entre tanto gris.

Let Neritza06moya know what you thought about this chapter!
Love this

0

Love this

Funny

0

Funny

Spicy

0

Spicy

Suspenseful

0

Suspenseful

Emotional

0

Emotional

Profound

0

Profound

Heartwarming

0

Heartwarming

Shocking

0

Shocking

Good Writing

0

Good Writing

Compelling Plot

0

Compelling Plot

Great Character

0

Great Character

Strong Dialog

0

Strong Dialog

Further Recommendations

The Alpha Without a Wolf

ILoveBooks: Excellent read! Strong characters. Engaging and captivating gently. Love love love this story. Thank you.

Read Now
Silver's Second Chance

Ashley: I enjoyed the story. It was a short one so the fast pace fit. I think something should be put in to show a time jump between paragraphs like a "****" just to make it easier to follow when we skip to the next day week or month. Over all a good read.

Read Now
The Contract Wife

barb7604: Very good story, but glad you are writing a longer version. The end came way to quick without any of the previous drama

Read Now
The Easter Bunny

Susan: Nice short story. I liked it

Read Now
The Cursed Alpha's Fifth Luna

Sami13579: Good plot interesting

Read Now
An Irish Match

Tracey K.: Loved the give and take between the characters with ups and downs and a happy ending. You did well, keep writing. Tracey K.

Read Now
The Grumpy Next Door

Jkind12: Amazing story. Loved Suzy and Logan. A fairy tale ending is really great .

Read Now
Half-Claimed

Agatha: I am enjoying the book. The plot is not cliche and the writing is good. Looking to the next part in anticipation

Read Now
The Iron Crown

trlc: I found myself not skipping chapters as I usually do and thoroughly enjoyed the read.

Read Now