Capítulo 1
Acto I: Nigredo
Capítulo 1:
Abrió los ojos. Lo primero que vio fue el techo estéril de su habitación blanca. Entonces suena una voz:
—Buen día. Hoy la temperatura en Valparaíso de Chile es, a las 8:00 a. m., de 12 °C.
Estamos al 11 de julio de 2067. La temperatura mínima será de 12 °C y la máxima de 21 °C. El desayuno de hoy será café con leche, huevos revueltos y hallulla tostada.
Escuchó atentamente la voz de la IA de aquel departamento; obviamente no era cualquier tipo de departamento, sino un departamento inteligente. Saboreó el huevo en su boca y se levantó. Miró una proyección 3D en su cuarto: un hermoso paisaje del mar. El mar ahora yace tapado por los puestos y las murallas continentales.
—Valparaíso —dice la IA, y comienza, luego de unos instantes, sobre lo que hoy tenía que hacer—. El día de hoy lo primero será el desayuno, luego ir a trabajar, luego comer, luego trabajar, luego comer, luego aprovechar las increíbles ofertas de Mitigaj: hoy la lata de atún a un 40% de descuento de 5 a 7 de la tarde; luego de eso ejercicio, y luego comer y a dormir.
La voz que suena es cálida hoy día, y animada sobre las ofertas.
Luego de eso la proyección se acaba: no queda nada más que una mísera muralla blanca, estéril y sosa como cualquier otra de cualquier otro departamento en el mundo, y del piso se despliega una mesa con el desayuno servido y humeante.
Sin pensar, y gracias al puro olor, tomó asiento a la mesa. El hombre come todo rápidamente mientras la IA habla sobre noticias de la semana relacionadas al comercio y a la ganancia de músculo en el gimnasio.
El reloj marca las 8:15 y la IA le pide levantarse de la silla; es una orden, pero expresada en otras palabras, como un aviso: «Ya son las 8:15 y usted podría llegar tarde al trabajo». Se levantó como le pidió la IA e inmediatamente la mesa se vuelve a replegar hacia el piso, para que luego emerja de este mismo un armario lleno de ropa. La IA le da tres opciones: la primera, unos jeans con una polera de manga corta; la segunda, unos jeans con una polera de manga larga; y la tercera, unos shorts con una camisa.
Eligió la primera y se vistió. Ya pensando en el trabajo, en qué meta les pondrá la fábrica hoy día. Mientras tanto, comienza a sonar música ambiental relajante y la IA empieza a citar frases filosóficas. La primera es de Séneca:
«No recibimos una vida corta, sino que la hacemos corta; no somos menesterosos de ella, sino derrochadores».
Y luego otra:
«El tiempo es a la vez el más valioso y el más perecedero de nuestros recursos».
Se terminó de cambiar de ropa, salió del departamento. Mientras va saliendo y caminando hacia la estación, en sus audífonos empieza a sonar música por un auricular y por el otro un resumen de las metas del gimnasio de hoy: una especie de servicio especial por la membresía prémium.
Luego de eso comienza un audiolibro en una oreja y en la otra un resumen de la IA sobre las posibles metas de trabajo; después vuelve la música.
Bajó hacia el paradero afuera de su departamento.
La aglomeración en el paradero, como siempre, es de unas 50 o 70 personas. Todos con audífonos, al igual que el hombre. No le tomó consideración y miró hacia la nada mientras los audífonos siguen repasando lo que hay que hacer hoy y la lista de compras, hasta que pasa el bus que lo lleva a la fábrica.
El bus se llena de un minuto al otro, pero logró agarrar un asiento, no como otros. En fin, no le tomó importancia y miró hacia la ventana mientras sigue la IA alternando. Ahora se sumerge en un audiolibro; a veces suenan anuncios, pero es mejor —así no me pierdo alguna oferta— pensó el hombre.
Se bajó en el paradero de la fábrica, y comenzó a entrar por la vereda de la entrada mientras otros pasan con autos. Según su membresía prémium en su aplicación de ahorros y otros beneficios de las fábricas, solo le faltan unos 6 meses para alcanzar a tener un auto finalmente.
Sigo pensando en el auto... —no—, seguía pensando en el auto, mientras en sus audífonos comienzan a hablarle sobre su cuenta de ahorros, sobre la cual lucha por mantener cada mes.
Cada mes tiene que pagar el celular, el gimnasio, la luz, el agua, etc. Tiene suerte, hay muchos que no; vive en un barrio decente, donde solo han matado a unas 20 personas la última semana, por lo cual está bien frente al promedio de 56 asesinatos cada 10 mil habitantes a la semana.
Entra a la fábrica, pasa su ojo por el escáner biométrico en la entrada, detrás de una fila enorme. Esta es la mayor compañía de la zona sin duda, y una de las que mejor paga. Lleva 11 años trabajando acá, desde los 18. En ese tiempo recién abría la fábrica y buscaba gente; él, sin muchos estudios, solo pudo aplicar al ensamblaje.
Su trabajo es muy simple: en una caja van llegando las pastillas con un pequeño frasco y solo se encarga de revisar que todo esté en orden y de que las pastillas terminen en los frascos.
Hubo un tiempo en el cual sin duda había muchos robots.
Muchos perdieron sus empleos, pero la popularidad de la empresa se fue en picada, y mucho peor que eso para la empresa, los costes de mantención eran mucho mayores al coste humano. Esto debido al reemplazo hecho aproximadamente una década atrás; se reemplazaron manos mecánicas por robots humanoides en pos de avanzar, pero los costes de estos son mayores y se ocupan más en tareas de fuerza.
Mientras pasa por los cuartos y pasillos de la empresa, otros se unen a él. En poco tiempo forman una gran fila de hombres y mujeres. Pronto llegan a la línea de montaje, una fila larga y recta que aún no empieza a operar.
Arriba, arriba de todos nosotros —de todos ellos—, una cabina; el encargado de la planta es un robot humanoide. Arriba y tapando la ventana hacia la línea de montaje, una pantalla grande y negra aún. Entonces se enciende, hay una pequeña interferencia hasta que sale de los parlantes de la fábrica.
«Buenos días chicos, el día de hoy hay varias metas preparadas para cada uno de ustedes, si se ponen sus audífonos podemos comenzar». De manera simultánea, cada uno de ellos sacó de sus bolsillos sus audífonos y se los puso; comenzaron a sonar las metas personalizadas de cada uno.
«¡Hey! ¡Tú, sí, tú! El día de hoy tenemos preparadas cuotas de rendimiento con jugosas recompensas. Gana la mayor cantidad de puntos, superior a ayer, de 789, y gánate un cupón de descuento del 68% para cada producto lácteo en tu supermercado de confianza».
La voz sonaba amigable, muy humana, casi como si pudiese tener emociones. La voz de la IA siempre era así, como una cajita hermosamente decorada, pero sin nada adentro; un libro con una portada impresionante pero vacía de todo sentido en sus líneas.
Aún así, la emoción de escuchar sobre el cupón de descuento sepultó sus dudas: ¿si no, cómo se iba a hacer su café con leche el resto del mes?
Una vez todos estuvieron en su puesto, comenzó a avanzar la línea. Sintió su mente afilarse de un momento a otro, sus sentidos hiperconcentrados en lo que tenía delante de mí —de él—, todo lo demás parecía desaparecer y comenzó a montar los frascos uno tras otro.
Prosigue con su tarea de manera constante, inagotable, sin parar. Quizás, y solo quizás, de manera inconsciente siente cómo la línea de producción cada vez es más rápida.
A cada segundo escucha felicitaciones en sus audífonos por parte de la IA, pero sus palabras son solo ruido de fondo.
Lo mueve la musiquilla que suena cada vez que está más cerca de la cuota diaria, como una inyección de algo placentero que quiere seguir recibiendo; de alguna manera le remueve las tripas pero lo calma, hace que todo esté bien por leves instantes.
Continúa con su trabajo hasta que suena la alarma, marcando las 12:00 en punto.
Inmediatamente una calma y sentimiento plano inunda su sistema nervioso. Se siente en calma; la línea de producción para instantes antes de que esto suceda: era el momento de comer.
Todos los obreros, con mirada fija pero hambrienta, se abren paso en fila india por un gran pasillo que lleva hacia el comedor principal, amplio como ninguno.
Todos los obreros de todos los lados de la fábrica se unen en un solo compás mecánico, una fila, una propia línea de producción. Pero de la comida, buffet libre dice la gran pantalla.
El comedor y el pasillo, blancos, estériles. Se abre paso, ve en el buffet los alimentos: la carne, pastillas, vitaminas —no quedaron vegetales sanos después de algún tiempo—, y también hay papa cocida, insípida cuanto menos.
Agarra sus cosas y se va a sentar, saca su teléfono y pone un video sobre cómo era el mundo antes; no quedan muchos videos de aquellos, solo los divertidos.
Los ve y puede ser que sean graciosos, pero se siente incapaz de reír. Come, aunque no siente la comida, siente cómo algo pasa hacia su estómago, pero no hay sabor.
Como todos, se toma las vitaminas esenciales; por ley, todas las compañías deben darlas gratis. A veces se pregunta, quizás porque no conoce estilo de vida fuera de este, ¿qué hará allá afuera la gente que no puede permitirse las vitaminas?
La toma acompañada de su gaseosa preferida, como todos en la fábrica. Termina de ver el video —según él, compilados graciosos—; se fija sin duda en lo que le falta, en lo verde, el azul del cielo y del agua en algunos videos, las calles, los colores.
Ve la hora, ya casi se acaba la hora de descanso, entonces algo le remueve en su silla, un ímpetu que lo hace devorar la comida y apresurarse.
Siente como si en su mente hubiera pequeñas luces que se encienden a toda velocidad, le piden movimiento; el único movimiento que conoce y que puede calmar eso es el gimnasio y la línea de producción, y a falta del gimnasio...
Se levanta del asiento como muchos otros. Los otros siguen devorando su comida, ninguno se mira a los ojos, al rostro, solo avanzan al compás del ritmo que alcanza a tener cada uno en sus pies, cabezas en alto; es el momento más importante del día, las últimas 4 horas de trabajo, el ritmo aumenta, la vida se siente mejor.
Pasan por el mismo pasillo de siempre, siguen sin mirarse, avanzan con la cabeza gacha, siente en su cuerpo como si una electricidad quisiera romper las paredes de su piel; es una sensación peligrosamente vigorizante dentro de él.
Pronto llegan cada uno de ellos a su puesto de trabajo.
La cinta no tiene piedad, empieza a andar, igual de rápido que antes, no da tiempo para pensar, para idear, para sentir; empieza el movimiento mecánico.
Ve sus manos moverse, sin duda, rápido; cada vez va recibiendo más y más recompensas, piensa en cualquier cosa, en el auto, en el gimnasio, la suscripción a la comida.
Casi, casi que por un instante se le atraviesa por la mente el destello de una vida olvidada antes de esto, pero es un destello fugaz, sin estela; el mundo le pide esto, lo que tiene delante de él.
La energía, la libido, como dicen en un libro que leyó antes de la normalización de este mundo, recorre su cuerpo como un rayo tajante que se abre paso; el movimiento es fuerte, exigente.
Pese a su simplicidad, la cinta es cada vez más rápida, piensa que es demasiado rápido; en el fondo no te deja espacio para no cumplir la meta, diría. Ve las pastillas, las mismas que consume a la noche.
Espero que termine pronto sin duda —piensa—, siente las manos ya acalambradas un par de horas más tarde, entonces, sin darse cuenta, como si las horas fueran instantes, el ruido de la cinta cesa, se acabó, el turno ha terminado.
Antes de siquiera remotamente poder fijarse en sus sentidos, en el dolor de sus manos acalambradas, llega hacia él una reconfortante sensación: el dolor se ha ido, pero siente en el fondo de su alma una sensación, quizás es el llamado sufrimiento...
Mira a su alrededor, mira sus rostros, ellos no lo miran, pero siente su sufrimiento también; piensa por unos instantes que él no debe ser el único, ¿o sí?



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