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Lo que la mente olvida, pero el diario no.

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Summary

LO QUE LA MENTE OLVIDA, PERO EL DIARIO NO Hay recuerdos que desaparecen. Hay heridas que permanecen. Y hay palabras que se niegan a morir. ¿Qué sucede cuando la mente olvida aquello que alguna vez la hizo sufrir, pero el dolor continúa ahí, esperando ser comprendido? Entre páginas escritas a escondidas, dibujos, pensamientos y recuerdos incompletos, una adolescente intenta reconstruir su propia historia. Una historia hecha de sueños que parecían demasiado lejanos, de una soledad difícil de explicar, de un amor que dejó heridas y de una lucha silenciosa por descubrir quién era realmente. A veces, las palabras son lo único que queda cuando los recuerdos comienzan a desvanecerse. Otras veces, son la única manera de demostrar que algo ocurrió, incluso cuando ya no se recuerda con claridad. Este cuaderno guarda aquello que su autora no siempre pudo decir en voz alta: sus miedos, sus contradicciones, sus secretos y las pequeñas cosas que, incluso en los días más oscuros, todavía conseguían hacerla sentir viva. Porque detrás de cada página hay una versión de ella que alguna vez necesitó ser escuchada. Una que quiso comprenderse, encontrar su lugar en el mundo y descubrir si era posible construir un futuro sin quedar atrapada en el pasado. Lo que la mente olvida, el diario no es un viaje íntimo por los recuerdos, las heridas y las preguntas que nos acompañan mientras crecemos. Una historia sobre lo que perdemos, lo que intentamos olvidar y todo aquello que permanece escrito cuando las palabras ya no encuentran el camino de regreso a la memoria. Quizá algún día olvidemos lo que vivimos. Pero ¿qué sucede cuando nuestras páginas todavía lo recuerdan?

Status
13 mins ago
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

(╯°□°)╯︵ CAPÍTULO I

Lo que las estrellas no pudieron contar...

Hay vidas que se escriben para ser recordadas y otras que se escriben porque, de alguna manera, ya están comenzando a olvidarse.

La primera vez que me habló de sí misma, no me contó sus penas. Me habló de estrellas.

Escribió su nombre con la naturalidad de quien todavía cree que presentarse es suficiente para que alguien pueda conocerla.

Catalina.

Nació un 7 de octubre de 2009, era chilena, tenía catorce años y quería convertirse en artista. Le gustaban los paisajes verdes, las pinturas que parecían guardar un universo entero y las canciones capaces de acompañarla incluso cuando no tenía ganas de hablar. Escuchaba cumbia, música clásica, metal, rock y, de vez en cuando, K-pop. Su canción favorita era RISES THE MOON, de Liana Flores, y había una pintura a la que volvía una y otra vez: La noche estrellada.

Quizá le gustaba aquella manera de convertir el cielo en movimiento, de hacer que las estrellas parecieran estar vivas, de demostrar que incluso la oscuridad podía tener colores. O quizá encontraba en aquella pintura algo que todavía no sabía explicar. A veces uno se queda mirando una obra de arte sin entender muy bien por qué le gusta tanto. Simplemente siente que hay algo ahí que se parece a lo que lleva dentro.

Su sueño era ser libre y feliz.

Lo escribió sin adornos, sin sospechar que aquellas seis palabras terminarían pesando mucho más que toda su presentación.

Ser libre y ser feliz.

Dos deseos tan sencillos que casi parecía absurdo tener que perseguirlos. No pedía una vida extraordinaria ni esperaba que todos sus días fueran perfectos. Quería vivir sin sentirse atrapada, disfrutar de las cosas que amaba y llegar a un momento en el que estar viva no se sintiera como una tarea tan difícil.

Pero a veces la vida consigue complicar hasta los deseos más pequeños. Esconde las llaves, cambia las cerraduras y te deja frente a una puerta que ni siquiera recuerdas haber cerrado.

Yo todavía no sabía nada de eso. Era un diario y mi mundo comenzaba y terminaba en mis páginas. No podía ver el cielo que ella miraba ni escuchar las canciones que repetía. No conocía el color exacto de sus paisajes favoritos ni sabía qué pensaba mientras observaba una pintura. Solo tenía sus palabras, y por entonces sus palabras parecían las de alguien que estaba comenzando a descubrir el mundo, alguien que guardaba suficientes sueños como para imaginar una vida entera.

Creí que bastaría con leerla para conocerla.

Me equivoqué.

Porque una persona puede escribir su nombre, contar sus gustos y hablar de sus sueños sin llegar a decir quién es realmente. No porque quiera esconderse, sino porque hay cosas que uno todavía no sabe explicar, sentimientos que se confunden con otros y preguntas que aparecen mucho antes de que existan las palabras necesarias para responderlas.

Después de presentarse, Catalina comenzó a hablar de una soledad que no se parecía del todo a la tristeza.

Decía que se sentía sola, pero que también estaba feliz de ver a otras personas amar y ser amadas. Le parecía hermoso. Miraba a quienes se elegían mutuamente y encontraba algo digno de admiración en aquella forma de acompañarse, de tener a alguien a quien contarle las pequeñas cosas del día, alguien con quien compartir un futuro que todavía no existía.

El amor le parecía precioso, aunque ella permaneciera al otro lado de la escena, mirando cómo los demás vivían algo que también deseaba.

Qué extraño es el corazón cuando todavía no encuentra dónde descansar. Puede alegrarse sinceramente por la felicidad ajena y, al mismo tiempo, preguntarse por qué la suya parece demorarse tanto. Puede escuchar a alguien contar que está enamorado, sonreír de verdad por esa persona y después quedarse pensando en cómo sería tener algo parecido.

Y no hay nada malo en sentir ambas cosas. Uno puede alegrarse por los demás y también echar de menos algo que nunca ha tenido. Puede desearles un amor bonito a todos y preguntarse, cuando está a solas, si alguna vez le tocará vivir uno.

Catalina no parecía odiar aquella soledad. Incluso decía que le gustaba, que encontraba tranquilidad en ella, que estar sola era como recibir un abrazo enorme, uno que no exigía explicaciones ni esperaba nada a cambio.

Pero también tenía miedo.

Miedo de no enamorarse de verdad durante mucho tiempo. Miedo de no encontrar a una persona especial. Miedo de que su corazón siguiera lleno de cosas que nunca tendría la oportunidad de entregar.

Yo guardé aquellas palabras sin saber que la soledad podía tener tantas caras.

Una podía ser refugio: una habitación tranquila donde nadie pedía nada, donde era posible descansar de las expectativas ajenas y dejar de fingir por un rato. Otra podía ser una multitud de personas entre las que nadie parecía darse cuenta de que estabas allí. Y había una tercera, quizá la más difícil de explicar: esa soledad que aparece incluso cuando alguien te quiere, porque el cariño de otra persona no siempre consigue silenciar las preguntas que llevas contigo.

A veces no necesitas que haya más gente a tu alrededor. Necesitas sentir que, si un día dejas de sonreír, alguien se dará cuenta. Que puedes hablar sin tener que preparar cada palabra. Que no tienes que convertir lo que sientes en algo fácil de entender para merecer que te escuchen.

Catalina todavía estaba intentando comprenderlo.

A veces parecía que conocía muy bien sus sentimientos; otras, los describía como si estuviera observando algo desconocido desde el otro lado de un cristal. Escribía una cosa y después su contraria. Quería estar sola, pero temía quedarse sola para siempre. Quería que alguien la amara, pero dudaba de que alguien pudiera hacerlo de verdad.

Quizá esperaba que, al poner todas esas contradicciones sobre el papel, alguna terminara por explicarle las demás.

Entonces escribió sobre las estrellas.

Dijo que a veces una estrella tenía que apagarse para mejorar o para permitir que otras brillaran. La frase parecía pequeña, casi inocente, pero debajo de ella había una costumbre antigua.

Cuando era más pequeña, Catalina prefería perder en las competencias. Intentaba quedar en segundo lugar, o incluso al final, para que nadie se sintiera mal por haber quedado detrás de ella. Si podía evitar que alguien se sintiera inferior, lo hacía. Y cuando las cosas no salían como había planeado y terminaba en primer lugar, en vez de sentirse orgullosa, se sentía horrible.

Había aprendido a esconder su brillo antes de aprender a disfrutarlo.

Me pregunto cuántas veces hacemos algo parecido sin darnos cuenta. Cuántas veces fingimos que algo no nos importa para no hacer sentir mal a otra persona. Cuántas veces dejamos de hablar de lo que conseguimos porque alguien más no tuvo la misma suerte. Cuántas veces nos hacemos a un lado, no porque queramos hacerlo, sino porque nos acostumbramos a creer que nuestra felicidad puede convertirse en un problema para los demás.

Catalina parecía haber aprendido a medir su propia alegría con el dolor ajeno. Si alguien tenía que perder, prefería ser ella. Si alguien tenía que quedarse atrás, prefería que fuera ella. Si una estrella debía apagarse para que las demás brillaran, entonces, de alguna manera, Catalina estaba dispuesta a ser esa estrella.

Pero nadie le había explicado que el cielo no funciona así.

Que una estrella no necesita desaparecer para demostrar que las otras merecen existir. Que puedes celebrar lo que consigues sin estar deseándole el fracaso a nadie. Que ser bueno con los demás no debería significar ser injusto contigo mismo.

Hay una diferencia entre no querer hacerle daño a alguien y aprender a hacerse daño a uno mismo para evitarlo. A veces esa diferencia parece tan pequeña que cuesta reconocer cuándo hemos cruzado de un lado al otro.

Catalina todavía tenía mucho que aprender sobre eso. Como todos, supongo. Solo que algunas personas pasan tantos años intentando no incomodar a nadie que terminan sin saber qué hacer con sus propias necesidades. Se vuelven expertas en comprender a los demás y extrañas de su propia vida.

Aun así, ella seguía soñando.

Quería pintar, dibujar, escuchar música y encontrar un lugar en el que pudiera sentirse libre. Y, como tantas personas que todavía están aprendiendo a conocerse, creyó que el amor podría ayudarla a encontrar algunas de las respuestas que buscaba.

Entonces llegó él.

Su nombre está borrado. No voy a inventarlo ni a devolverlo a estas páginas, porque alguien decidió retirarlo y esa ausencia también forma parte de la historia.

Pero recuerdo lo que Catalina escribió sobre él.

Antes de ser su pareja, había sido su mejor amigo durante dos o tres años. Se habían conocido después de la pandemia, cuando las clases presenciales regresaron y los rostros todavía se escondían detrás de las mascarillas. La amistad había crecido con el tiempo, hasta que un día dejaron de ser solamente amigos.

El primero de junio de 2024 comenzó su relación.

Catalina, que había escrito sobre el miedo a no encontrar nunca a alguien especial, empezó a imaginar una vida entera junto a él.

Quería que vivieran muchos años juntos. Quería una casa, gatitos o perritos, una vida en la que pudieran apoyarse de verdad. Quería compartir los días buenos y sobrevivir juntos a los malos. Quería que él siguiera allí, como había estado antes, cuando todavía eran amigos y ella confiaba en que podía contar con él.

Escribió que la hacía feliz, que se preocupaba por ella, que siempre la animaba. Incluso bromeó con hacer un amarre, como si existiera alguna manera de asegurar que el amor no se marcharía.

Debajo de aquella broma había una petición que no tenía nada de graciosa: no quiero perderlo.

A veces, cuando alguien llega a nuestra vida después de habernos sentido solos durante mucho tiempo, comenzamos a construir futuros antes de darnos cuenta. No porque seamos ingenuos, sino porque resulta difícil no imaginar una casa cuando, por fin, encontramos un lugar donde creemos que podemos descansar.

Catalina quería que él fuera ese lugar.

Había sido su amigo, conocía partes de su historia y la había acompañado durante años. No estaba imaginando un futuro con un desconocido, sino con alguien que ya formaba parte de su pasado. Tal vez por eso la promesa parecía tan real. No estaba enamorada únicamente de lo que podían llegar a ser; también amaba todo lo que habían sido.

Y hay algo especialmente esperanzador en enamorarse de alguien que ya te conoce. No tienes que empezar desde cero, no tienes que explicar cada chiste ni recordar cómo llegaste hasta aquí. Existe una historia compartida, un montón de momentos pequeños que quizá nadie más entendería y la sensación de que esa persona no apareció de la nada: estuvo allí antes de que el amor tuviera un nombre.

Supongo que, cuando Catalina imaginaba su futuro, también imaginaba que esa historia continuaría creciendo. Que los años pasarían y podrían recordar el comienzo de todo, quizá riéndose de lo jóvenes que eran y de las cosas que creían saber sobre el amor.

Yo leí aquellas páginas y guardé sus planes.

No podía saber qué ocurriría después. No podía advertirle que el futuro no firma contratos, que querer permanecer junto a alguien no garantiza que ambos sepan cuidarse, que una promesa escrita con toda la sinceridad del mundo sigue dependiendo de las decisiones que se toman cuando las cosas dejan de ser fáciles.

Tampoco podía decirle que amar a alguien no significa que debas dejar de escucharte a ti misma.

Solo podía conservar aquel amor tal como ella lo había descrito: lleno de esperanza, de ternura y del miedo silencioso de perder algo que por fin parecía suyo.

Pero el tiempo comenzó a cambiar el tono de sus palabras.

No ocurrió con una gran revelación. No hubo un día en el que Catalina abriera el diario y anunciara que estaba rota. Simplemente empezó a escribir que estaba cansada.

Que las cosas parecían ir bien, pero ella se sentía débil, tanto física como mentalmente. Habló de problemas de salud, de agotamiento y de ataques de ansiedad que aparecían cuando pensaba demasiado, cuando sus inseguridades la sobrepasaban o cuando surgían dificultades en su relación.

Sus páginas comenzaron a llenarse de preguntas que parecían regresar incluso cuando ella intentaba dejarlas atrás.

¿Por qué me siento así?

¿Qué estoy haciendo mal?

¿Por qué no consigo estar tranquila?

Hay pensamientos que no llaman a la puerta. Entran, se sientan en medio de la habitación y se niegan a marcharse. Uno intenta distraerse, escuchar una canción, mirar por la ventana, hablar con alguien, dibujar cualquier cosa que no tenga relación con lo que siente. Por un rato parece funcionar. El mundo vuelve a moverse y uno consigue prestar atención a otra cosa.

Pero el pensamiento permanece.

Espera.

Y cuando todo vuelve a quedar en silencio, regresa con la misma pregunta, como si nunca hubiera recibido respuesta.

Catalina decía que pensaba demasiado. Yo no podía medir la cantidad de pensamientos que cabían en su cabeza, pero sí podía ver cuánto espacio ocupaban en mis páginas.

A veces escribía como quien intenta ordenar una habitación después de una tormenta. Ponía las ideas en fila, las numeraba, decidía qué debía cambiar, qué tenía que terminar y qué debía hacer para recuperar el control. Quería concentrarse en sus estudios, dejar de tener pareja durante un tiempo y enfocarse en sí misma.

Pensaba terminar la relación porque creía que le hacía daño a él, que merecía a alguien mejor.

Y entre aquellos planes aparecieron también pensamientos suicidas, expresados con una seriedad que no podía confundirse con una simple manera de hablar.

No era una lista cualquiera. Era el intento de alguien de encontrar una salida mientras sentía que las opciones se reducían cada vez más. Catalina estaba tratando de resolverlo todo de una vez: su relación, sus inseguridades, su futuro, su salud y la manera en que se veía a sí misma. Como si tuviera que tomar todas las decisiones correctas inmediatamente, como si equivocarse en una de ellas pudiera condenarla a vivir para siempre en aquel mismo lugar.

Y estaba agotada.

A veces el cansancio no se nota en las ojeras ni en la manera de caminar. A veces una persona sigue contestando mensajes, haciendo sus tareas, riéndose de algún chiste y diciendo que está bien porque no sabe cómo empezar a explicar que no lo está. Desde afuera, su vida puede parecer normal. Por dentro, hasta las cosas más sencillas pueden haberse convertido en un esfuerzo que nadie alcanza a ver.

No sé cuántas veces Catalina tuvo que fingir que podía con todo. Sus páginas no me permiten conocer cada momento que pasó en silencio. Pero sé que lo que estaba escribiendo era serio, que merecía cuidado y que no debía tener que resolverlo todo por su cuenta.

En medio de esas páginas apareció el dibujo de un huevo encerrado en una jaula.

Catalina sentía que todavía no había nacido, que algo dentro de ella permanecía sin abrirse, sin llegar a convertirse en lo que debía ser. El huevo contenía una posibilidad, pero la jaula le impedía avanzar.

Era una imagen sencilla y, al mismo tiempo, insoportablemente triste: algo que todavía no había tenido la oportunidad de salir al mundo ya se sentía atrapado dentro de él.

Me quedé pensando en aquel dibujo. En todas las cosas que pueden existir dentro de una persona antes de que ella misma sepa nombrarlas. En los sueños que todavía no han encontrado una forma, en las palabras que no se atreven a salir y en esa sensación de estar esperando algo sin saber exactamente qué.

Quizá Catalina sentía que había una versión de sí misma que todavía no conocía. Alguien que quería crecer, descubrir cosas, cometer errores y tomar sus propias decisiones, pero que no encontraba cómo salir de aquel lugar en el que se sentía encerrada.

Alrededor del dibujo escribió una palabra una y otra vez.

Calla.

Calla.

Calla.

La repitió hasta que dejó de parecer una palabra y comenzó a parecer el sonido de una puerta cerrándose.

No sé exactamente qué intentaba silenciar Catalina. No voy a fingir que puedo entrar en su cabeza y encontrar una explicación definitiva. Pero aquellas letras me hicieron pensar en todas las cosas que una persona puede llegar a querer callar cuando no encuentra descanso: las dudas, los recuerdos, el miedo, las voces de los demás, las propias exigencias, esa parte de uno mismo que no deja de preguntar por qué.

Calla, porque estoy cansada.

Calla, porque no sé cómo explicarlo.

Calla, porque necesito que algo, aunque sea por un instante, deje de hacer tanto ruido.

No eran necesariamente sus palabras exactas. Eran el eco que dejaban en mí.

Y tal vez eso sea lo más difícil de algunas páginas: no siempre podemos saber lo que la persona quiso decir, pero podemos ver que estaba intentando decir algo. A veces, detrás de una palabra repetida, hay una conversación entera que nunca llegó a ocurrir. Hay cosas que alguien quiso contar y no supo cómo, o que intentó explicar tantas veces que terminó cansándose de buscar una manera de hacerlo.

En esas mismas páginas Catalina comenzó a descubrir cosas sobre sí misma.

Escribió que era asexual, una palabra con la que intentaba comprender una parte de su experiencia. No todo descubrimiento personal tiene que ser una herida, aunque a veces llegue en medio de una época difícil y se mezcle con preguntas que no le pertenecen.

Había cosas que necesitaba entender, cosas que quería cambiar y cosas que simplemente necesitaba aprender a aceptar. Pero en aquel momento parecía que todo se amontonaba. Cada pregunta abría otra puerta, y detrás de cada puerta había algo más que debía resolver.

También escribió sobre su cuerpo con una crueldad que me habría gustado poder interrumpir.

Decía que se odiaba, que se sentía fea, que quería vomitar después de comer. No hablaba de sí misma con la ternura que podía encontrar en una pintura o en una canción. Cuando observaba el mundo, encontraba belleza en las estrellas, en los paisajes y en las obras de otras personas; cuando se observaba a sí misma, parecía que esa belleza desaparecía de golpe.

Qué cruel puede ser la mirada con la que nos juzgamos.

Podemos encontrar mil razones para considerar hermoso algo que no somos nosotros, y después negarnos hasta la posibilidad de tratarnos con un poco de paciencia. Podemos comprender que una pintura necesita tiempo, que una canción no tiene que sonar perfecta desde el primer intento, que un paisaje no pierde su valor porque una parte esté cubierta de sombras. Pero cuando se trata de nosotros mismos, exigimos una perfección que jamás pediríamos a ninguna otra cosa que amamos.

A veces somos capaces de consolar a una persona que se siente insuficiente, decirle que no tiene que demostrar nada para merecer cariño, recordarle todas las cosas buenas que quizá no alcanza a ver. Sin embargo, cuando esas mismas palabras deberían dirigirse hacia nosotros, dejan de parecernos ciertas.

Catalina no parecía concederse esa paciencia.

Se preguntaba por qué era tan rara, por qué lloraba sin parar, por qué sentía dolor en el pecho cuando estaba mal, por qué no conseguía silenciar lo que ocurría en su cabeza. Quería saber qué había hecho mal. Quería descubrir si volvería a ser feliz. Quería encontrar una explicación para todas aquellas sensaciones que aparecían sin pedir permiso y que, a veces, la dejaban sin fuerzas para continuar con su día.

Tal vez una parte de ella creía que, si lograba encontrar el error, también podría corregirlo. Como cuando algo se rompe y uno revisa cada pieza para descubrir cuál dejó de funcionar. Pero las personas no siempre tenemos una pieza defectuosa que pueda señalarse con el dedo. No todo sufrimiento aparece porque hayamos hecho algo mal, y no todas las preguntas tienen una respuesta que podamos encontrar a solas.

Aun así, Catalina seguía buscando.

En otra página escribió que estaba cansada de las etapas, los trabajos, las pruebas y las tareas que parecían decidir su futuro. No quería pasar la vida obedeciendo instrucciones sin comprender qué deseaba ella. Quería libertad.

No una libertad de película, no una vida perfecta en la que nada saliera mal, sino la posibilidad de decidir quién quería ser sin sentir que el mundo entero esperaba que se equivocara.

Quería tener tiempo para descubrirse sin sentir que cada decisión debía ser definitiva. Quería poder cambiar de opinión, probar cosas nuevas, encontrar algo que le gustara y permitirse dejarlo si un día ya no le hacía feliz.

Quería vivir su vida, no limitarse a cumplir con ella.

Y, sin embargo, seguía escribiendo sobre el amor.

Quería encontrar a la persona indicada para decirle «te amo». Quería sentirse querida de una manera que no la hiciera dudar constantemente de su propio valor. Incluso cuando decía que no soportaba a los seres humanos, incluso cuando el mundo le parecía un lugar insoportable, seguía existiendo en ella una parte que deseaba compañía, ternura y comprensión.

Qué contradicción tan humana: querer alejarse de todo y, al mismo tiempo, desear que alguien se acerque lo suficiente para comprender por qué necesitamos estar solos. Desear que nadie toque una herida y, al mismo tiempo, querer que alguien note que existe. Decir que no necesitamos a nadie mientras esperamos, en silencio, que alguien pregunte cómo estamos y se quede a escuchar la respuesta.

Quizá todos hemos sentido algo parecido alguna vez, aunque no con la misma intensidad ni por las mismas razones. Ese deseo de que nos dejen tranquilos, acompañado de la esperanza secreta de que alguien se dé cuenta de que no estamos bien. No queremos tener que explicarlo todo, pero tampoco queremos que nuestra ausencia de palabras se confunda con la ausencia de dolor.

Catalina no tenía que elegir una sola de esas emociones.

Podía estar cansada y seguir teniendo sueños. Podía querer estar sola y necesitar ayuda. Podía amar a alguien y sentirse mal dentro de la relación. Podía no comprenderse todavía sin que eso significara que había algo malo en ella.

Pero no siempre encontraba esas palabras.

En ocasiones, lo que escribía parecía el intento de una persona de convencerse de que debía soportarlo todo hasta que algo cambiara. En otras, parecía no quedar espacio para imaginar una salida. Sus pensamientos sobre la muerte regresaban, y el cansancio se convertía en una presencia constante.

No voy a fingir que aquellas páginas eran menos graves de lo que eran. Catalina estaba expresando un sufrimiento que merecía atención, cuidado y ayuda. No necesitaba que alguien le dijera que era débil por sentirse así. Necesitaba que alguien comprendiera que ya estaba haciendo un esfuerzo enorme por continuar.

Y aun en medio de todo aquello, seguía existiendo una niña que quería jugar.

Escribió que se sentía como si padeciera una enfermedad mortal, como si quienes la rodeaban estuvieran preparándose para el día de su muerte. Imaginaba el final demasiado cerca, como si los demás pudieran verlo venir.

Pero en la misma entrada apareció otro deseo, uno mucho más sencillo: quería salir a jugar como los demás niños.

Aquella frase quedó suspendida entre mis páginas.

Quería salir a jugar.

No pedía una vida extraordinaria. No pedía resolver todos los misterios de la existencia, comprender cada emoción ni encontrar inmediatamente una respuesta para todas sus preguntas. Quería jugar, avanzar, hacer cosas que todavía no había hecho. Quería tener tiempo para convertirse en alguien que aún no conocía.

Quizá por eso aquella frase me dolió de una manera distinta. Entre todas las cosas que Catalina decía no poder soportar, entre las preguntas que no conseguía responder y el miedo que parecía acompañarla, todavía había un deseo tan sencillo que casi se podía pasar por alto.

Quería vivir experiencias que otros daban por sentadas.

Quería hacer cosas de su edad. Reírse de tonterías. Salir, jugar, descubrir algo nuevo sin tener que preguntarse primero si sería capaz de soportarlo. Quería tener días que no necesitaran una explicación, días que simplemente terminaran y le permitieran descansar.

A veces olvidamos que detrás de una persona que dice estar cansada de todo puede seguir existiendo alguien que desea cosas pequeñas. No siempre una gran esperanza, ni una certeza de que todo mejorará. A veces solo queda la curiosidad por lo que todavía no se ha vivido.

Y eso también importa.

El 7 de octubre de 2024 cumplió quince años.

No recibió aquella edad con la alegría que quizá otros habrían esperado. Escribió que no podía creer que llevara quince años existiendo, que había imaginado morir mucho antes y que estaba agotada de los problemas.

Cumplir años, para ella, no parecía una puerta hacia algo nuevo. Parecía otra fecha que debía atravesar mientras intentaba comprender por qué vivir se había vuelto tan difícil.

Quince años.

Todavía había tantas cosas que no conocía, tantas canciones que no había escuchado, tantas pinturas que no había visto, tantos lugares que no había recorrido. Todavía tenía tiempo para cambiar de opinión, para equivocarse, para descubrir nuevas partes de sí misma y para encontrar personas que no conocía.

Pero cuando alguien está atrapado en el sufrimiento, el futuro puede dejar de parecer una extensión del presente y comenzar a parecer una repetición interminable de aquello que desea que termine.

No voy a reprocharle a Catalina que no pudiera imaginar con claridad todo lo que todavía le esperaba. No sería justo pedirle a alguien que vea un horizonte cuando apenas consigue levantar la mirada del suelo.

A veces, desde fuera, parece fácil decir que todavía queda mucho por vivir. Y es verdad: queda mucho. Pero saberlo no siempre basta para sentirlo. Una persona puede entender que tiene un futuro por delante y, aun así, no encontrar la manera de imaginarlo. Puede escuchar que las cosas cambiarán sin conseguir creerlo en ese momento.

Por eso no quiero mirar aquellas páginas desde la distancia de quien conoce palabras que Catalina todavía estaba buscando. Quiero recordar que, mientras escribía, estaba intentando comprender su propia vida con las herramientas que tenía.

Después de su cumpleaños, volvió a describir una soledad que no dependía de cuántas personas estuvieran a su alrededor.

Se sentía en un limbo, como si estuviera dando vueltas sin llegar a ninguna parte. Habló del frío, del silencio y de la sensación de ser invisible. Había gente cerca, gente que sabía que estaba allí, pero ella sentía que nadie la miraba de verdad.

A veces la soledad no consiste en estar solo, sino en sentir que nadie alcanza a conocerte. Puedes compartir una habitación, conversar, responder preguntas y sonreír cuando corresponde, pero seguir teniendo la impresión de que la parte más importante de ti permanece encerrada en algún lugar al que nadie sabe llegar.

Los demás ven que estás presente; tú, en cambio, sientes que llevas demasiado tiempo ausente de tu propia vida.

Quizá por eso cuesta tanto explicar esa clase de soledad. Cuando alguien pregunta si tienes amigos, puedes responder que sí. Cuando pregunta si hay personas que te quieren, quizá también puedas responder que sí. Y, aun así, queda algo que no encaja, algo que no sabes cómo decir sin que parezca que estás despreciando el cariño que recibes.

Porque no se trata necesariamente de que nadie te quiera. Se trata de no saber cómo dejar que ese cariño llegue hasta donde más lo necesitas.

Catalina parecía habitar ese espacio. Quería que alguien la viera, aunque no supiera exactamente cómo pedirlo. Quería dejar de sentirse invisible, pero también temía que las personas descubrieran aquello que ella misma no conseguía aceptar.

Era como permanecer detrás de un cristal: podía observar el mundo, escuchar sus ruidos, ver a las personas acercarse y alejarse, contemplar cómo la vida continuaba para todos. Podía estar tan cerca de los demás que casi habría bastado con extender la mano.

Pero el cristal seguía allí.

Y lo peor de sentirse separado del mundo no siempre es pensar que nadie puede llegar hasta ti. A veces es empezar a preguntarte si eres tú quien no sabe cómo salir.

Yo seguía guardando sus palabras, una página detrás de otra. No podía responderle. No podía cruzar aquella distancia ni decirle que no tenía que comprenderse por completo para merecer un poco de paz. Solo podía conservar lo que me confiaba, incluso cuando ella misma parecía no saber qué hacer con ello.

Al principio, Catalina me había hablado de estrellas. De una pintura que convertía la noche en movimiento, de canciones que la acompañaban y de un sueño que cabía en seis palabras: ser libre y feliz.

Después me habló del miedo a quedarse sola, de un amor en el que imaginó una vida entera, de una jaula dibujada alrededor de algo que todavía no había nacido. Me habló del cansancio, de las dudas y de todas esas veces en las que parecía no reconocerse a sí misma.

Y yo empecé a entender que una persona puede guardar muchas vidas dentro de una sola. La que muestra cuando se presenta, la que imagina cuando sueña, la que comparte con quienes ama y la que intenta sobrellevar cuando nadie está mirando.

Ninguna vuelve falsas a las demás.

Catalina podía ser la niña que encontraba belleza en las estrellas y, al mismo tiempo, la persona que no lograba encontrarla en sí misma. Podía querer una vida junto a alguien y necesitar aprender a estar bien consigo misma. Podía querer esconderse del mundo y seguir esperando que el mundo la encontrara.

No eran historias distintas. Era la misma persona intentando existir de todas las maneras que podía.

Y quizá por eso sigo volviendo a sus primeras páginas. Porque antes de conocer todo lo que le dolía, conocí aquello que le gustaba. Antes de leer sus miedos, leí sus sueños. Antes de encontrar las palabras que no sabía cómo decir, encontré a una niña que todavía creía que bastaba con escribir su nombre para empezar a contar una historia.

Catalina.

Me gustaría decir que desde entonces supe cómo terminaría todo. Que pude reconocer cada señal, comprender cada silencio y encontrar una explicación para cada palabra. Pero no sería verdad. Un diario conserva lo que alguien logra escribir, no todo lo que sucede. Entre una página y la siguiente también existe una vida que no puedo reconstruir por completo.

Hay cosas que sé porque ella las dejó aquí. Otras solo puedo imaginarlas con cuidado, sin confundir mis suposiciones con sus recuerdos.

Lo único que puedo hacer es seguir leyendo.

Porque todavía quedaban palabras por escribir. Quedaban preguntas sin respuesta, partes de sí misma que Catalina aún no conocía y cosas que quizá entonces parecían pequeñas, pero que con el tiempo adquirirían otro significado.

Yo todavía no sabía qué lugar ocuparían en su historia el amor, el miedo, la soledad ni aquella necesidad de ser libre. Solo sabía que, detrás de cada página, había alguien intentando encontrar una manera de sentirse en casa dentro de su propia vida.

Y mientras sus palabras siguieran llegando hasta mí, yo las guardaría.

Incluso las que parecían no decir nada.

Especialmente esas.

Porque a veces una historia no comienza cuando ocurre algo extraordinario. A veces comienza mucho antes, cuando alguien escribe una frase sin saber que algún día otra persona la leerá y pensará: yo también me he sentido así.

Y quizá entonces, aunque sea por un instante, ninguna de las dos personas se sienta tan sola.

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