Capítulo 1: El culpable ante los ojos de todos
La Academia Seiran no era simplemente un centro de estudios: era una de las instituciones más prestigiosas de la región, reconocida por sus excelentes resultados, su larga historia y sus instalaciones impecables, situadas en una zona tranquila, alejada del bullicio del centro de la ciudad. Sus edificios, de estilo clásico con fachadas de tonos neutros y tejados oscuros, se alzaban ordenados entre jardines cuidados con esmero. En el interior, los suelos de madera pulida brillaban bajo la luz de las lámparas; las aulas, amplias y bien iluminadas, olían a cera, papel nuevo y libros viejos; en los pasillos de techos altos resonaban cientos de pasos, y en cada rincón se respiraba disciplina, orden y la certeza de que allí se formaba a quienes tendrían un futuro prometedor.
La mayoría de los estudiantes procedían de familias con buena posición, pero también había quienes, como Haruki, habían ingresado por sus propias calificaciones, con la esperanza de abrirse camino. Para todos, el uniforme —blazer azul marino, camisa blanca, corbata negra y pantalón o falda a juego— era un símbolo de pertenencia. O al menos, para la mayoría.
Antes de que sonara la campana del final de las clases, los pasillos se llenaban de un murmullo constante: conversaciones sobre exámenes, festivales, planes para el fin de semana. Pero había un tema que también se repetía, en voz baja, en grupos apartados.
—¿Viste lo que pasó en el comedor hoy? —preguntó una chica mientras guardaba sus cuadernos—. Nadie se sentó en toda la mesa donde él estaba. Estuvo completamente vacía.
—Lo vi —respondió su compañera, bajando la voz—. Yo no sabría qué hacer si estuviera en su lugar. No podría seguir viniendo.
—Dicen que sus padres ya no lo quieren ver. Que lo dejaron solo en el departamento.
—Qué vergüenza para ellos… Tener un hijo del que todos hablan así.
—Calla, que puede oírte…
—Que oiga. Si no hizo nada, ¿por qué lo acusan tres chicas distintas? Algo habrá hecho.
Las palabras viajaban de un grupo a otro, suaves pero cortantes. Nadie gritaba. Nadie necesitaba hacerlo. Bastaba con que una conversación se interrumpiera al verlo llegar, con que alguien desviara la mirada, con que el asiento contiguo quedara libre una vez más. No era un estallido: era un peso constante, que se acumulaba día tras día.
Y entonces apareció él.
Haruki Takamori caminaba por el pasillo con la mochila colgada de un hombro, la postura encogida, intentando ocupar el menor espacio posible. Era un muchacho de segundo año, de estatura media y complexión delgada, con el cabello castaño oscuro revuelto, como si no hubiera tenido ganas de peinarlo aquella mañana. Sus ojos, grandes y de un gris suave, solían esconderse tras unas gafas de montura fina que a veces se le resbalaban por el puente de la nariz; cuando alguien lo miraba directamente, él bajaba la mirada casi de inmediato, hacia sus zapatos o hacia el suelo. Vestía la camisa blanca algo arrugada, la corbata negra floja y la chaqueta del uniforme abierta, como si buscará protegerse tras ella. No caminaba rápido ni despacio: caminaba sin llamar la atención, tratando de volverse invisible.
—Ahí viene… —se oyó susurrar.
Dos chicas que hablaban cerca de la escalera se callaron y se apartaron, dejándolo pasar, pero mirando hacia otro lado. Un grupo de chicos al fondo intercambiaron miradas y sonrieron con desprecio. Haruki lo notó todo. Cada gesto, cada silencio. Y siguió caminando, sin levantar la vista. Había aprendido que detenerse era darles pie a hablar más. Que cualquier cosa que dijera sería usada en su contra.
En el aula no había sido distinto. El asiento a su lado había permanecido vacío toda la jornada. Cuando el profesor le pidió que leyera en voz alta, varios compañeros se apartaron ligeramente. Cuando respondió correctamente, nadie asintió. Cuando guardó silencio, todos pensaron que era culpabilidad.
Cuando la campana sonó y el resto salió riendo, él se quedó unos minutos más, esperando que los pasillos se vaciaran un poco. Sabía que no serviría de mucho, pero al menos podría caminar sin que cada paso viniera acompañado de un comentario.
Salió al exterior cuando el sol comenzaba a ocultarse, tiñendo el cielo de tonos naranjas y grises suaves. El aire fresco de la tarde le acarició el rostro, y respiró hondo. Buscó el camino que casi nadie tomaba: entre el edificio principal y el gimnasio, había un sendero estrecho bordeado de arbustos y unos cuantos árboles, con un par de bancos de madera apartados. Allí solía sentarse a esperar a que anocheciera, cuando ya no quedaba nadie en los alrededores. Era un lugar sencillo, sin nada especial, pero tranquilo. Y la tranquilidad se había convertido en su mayor refugio.
Se sentó, dejó la mochila a su lado y dejó caer la cabeza hacia atrás.
—Por fin… —susurró, muy bajito.
Llevaba un mes y medio así. Todo había empezado cuando tres estudiantes denunciaron haber sido abordadas en los pasillos durante la noche, en días distintos. Ninguna pudo dar una descripción detallada, pero las tres coincidieron en que, antes de perder el conocimiento, creían haber visto su rostro. No hubo pruebas, ni acusación formal ante la dirección, ni nada que lo vinculara directamente con los hechos. Pero para los compañeros, eso había sido suficiente. Un rostro. Tres testimonios. Y un chico al que era muy fácil señalar.
Al principio intentó explicarse. Dijo que no era él, que no sabía nada, que ni siquiera entendía por qué lo relacionaban. Pero cada palabra empeoraba las cosas. Si hablaba, estaba mintiendo. Si callaba, era porque no tenía defensa. Si se enfadaba, demostraba que era peligroso. Si se iba, huía. No había forma de ganar.
Y su familia… Haruki apretó los labios. Sus padres no le llamaron ni le escribieron para preguntarle qué había pasado. Solo le hicieron saber que seguirían pagando el departamento donde vivía solo, pero que no contara con nada más. Que su presencia en la familia era una vergüenza. Que no volviera a casa hasta que pudiera demostrar que no era culpable. Como si eso fuera algo que él pudiera hacer.
—Quizá debería haber dejado de venir… —murmuró para sí mismo.
Pero no se iría. Aún no. En algún lugar de su interior quedaba una pequeña esperanza: que algún día alguien escuchara su versión, que todo se aclarara, que pudiera volver a tener una vida normal. Era ingenuo, lo sabía. Pero era lo único que le quedaba.
Unos pasos sobre la grava lo sacaron de sus pensamientos.
—Vaya. Mira a quién encontramos.
Haruki levantó la vista. Dos chicas estaban de pie frente a él, observándolo. Las conocía bien. Eran amigas de una de las chicas afectadas y, desde entonces, no habían ocultado lo que pensaban de él.
La primera era Mizuhara Natsuki. Tenía el cabello corto, oscuro y bien peinado, sujeto a un lado con dos pasadores discretos; unos ojos verdes claros lo miraban con frialdad tras unas gafas de montura fina. Vestía el uniforme con esmero: blazer bien abrochado, camisa impecable, falda plisada y zapatos limpios. Era tranquila, observadora y directa; solía pasar el tiempo libre en la biblioteca, leía mucho y no soportaba el ruido innecesario ni a las personas que se metían en asuntos ajenos. En aquel momento, no dudaba en meterse en el suyo.
A su lado estaba Shizuku Shirasaki. Tenía el cabello largo, liso y de un blanco plateado que le caía con naturalidad sobre los hombros; sus ojos eran de un azul intenso y, aunque solían ser amables y curiosos, ahora lo miraban con desagrado y decepción. Llevaba también el uniforme perfectamente ordenado. Era miembro del club de astronomía, callada y atenta; le gustaba mirar el cielo nocturno y anotar lo que observaba. Tenía buena memoria y solía fijarse en detalles que otros pasaban por alto. Pero ahora, lo único que veía era lo que todos habían decidido creer.
—¿Qué hacen aquí? —preguntó Haruki, poniéndose de pie lentamente.
Natsuki arqueó una ceja.
—¿Así nos recibes? Qué malos modales. Aunque, pensándolo bien, supongo que la educación ya no es algo que te preocupe.
—Natsuki —dijo Shizuku, con voz suave pero firme—. No perdamos el tiempo. Tenemos cosas mejores que hacer.
—Tienes razón —asintió ella, sin apartar la mirada de él—. Pero mira qué tranquilo está. Como si nada hubiera pasado. ¿No crees que ya va siendo hora de que te vayas? Todos estaríamos más tranquilos sin ti.
Haruki apretó las manos a los costados.
—No estoy fingiendo. Solo quiero estar solo.
—¿Ah, sí? —Natsuki soltó una risa breve y seca—. Pues da la impresión de que te sientes muy cómodo siendo la víctima. Tres chicas te vieron, Haruki. Tres veces. ¿Crees que todas mienten?
—No lo sé… pero yo no fui. No estaba allí.
—Eso dices tú —Shizuku dio un paso adelante—. Pero nadie más lo dice. Nadie te apoya. Ni siquiera tu propia familia. Me enteré de que te dejaron solo. ¿No te dice nada eso? Si ni ellos confían en ti…
Las palabras le dolieron más que cualquier grito. Porque, en el fondo, una parte de él se preguntaba lo mismo: ¿acaso ellos veían algo en él que él no veía? ¿O simplemente no les importaba lo suficiente para escucharlo?
—¿Ya han terminado? —preguntó con voz quebradiza—. Por favor… déjenme en paz.
—Ves —dijo Natsuki a su amiga—. Siempre la misma. Se hace la víctima cuando las cosas no le salen bien.
—Ojalá algún día entiendas el daño que has causado —dijo Shizuku, con una tristeza que parecía sincera—. Deberías marcharte de la ciudad. Empezar de nuevo en otro sitio. Aquí ya no tienes nada.
Se dieron la vuelta y se fueron, caminando juntas por el sendero hasta desaparecer. Haruki se quedó solo otra vez. Se sentó de nuevo en el banco, se cubrió el rostro con las manos y permaneció así en silencio, mientras el cielo se oscurecía y las luces de la escuela empezaban a encenderse.
No sabía cuánto tiempo más podría resistir. No sabía si alguien creería alguna vez su versión. No entendía por qué lo habían señalado a él. Lo único que sabía era que no había hecho nada.
Se levantó, tomó su mochila y comenzó a caminar hacia la salida, bajo el cielo ya oscuro. No podía saberlo entonces, pero aquel momento no era el final. Era solo el comienzo. Y con el tiempo, descubriría la verdad detrás de todo aquello: por qué lo habían visto, qué estaba ocurriendo realmente, y que no estaba tan solo como creía.
El trayecto desde la Academia Seiran hasta su departamento no era demasiado largo. Aun así, Haruki Takamura tenía la costumbre de caminar despacio, especialmente cuando terminaban las clases.
No era porque disfrutara del paisaje ni porque tuviera algún lugar al que quisiera ir antes de regresar a casa. Simplemente, no le apetecía llegar demasiado pronto. Después de todo, nadie lo esperaba.
—Qué vida más miserable…
Murmuró mientras pateaba suavemente una piedrecilla sobre el asfalto gris de la acera. Las farolas empezaban a encenderse una a una, tiñendo la calle de un tono amarillento suave. Hacía apenas un mes y medio, su mayor preocupación había sido aprobar los exámenes y encontrar tiempo para descansar. Ahora tenía que soportar las miradas de sus compañeros, los rumores sobre los ataques y la sensación de que cualquier persona que se cruzara con él ya había decidido qué clase de individuo era.
Y, por si aquello no fuera suficiente, su familia había decidido apartarlo de su vida.
Aunque, técnicamente, no lo habían abandonado por completo. Todavía pagaban el alquiler del pequeño departamento en el que vivía solo: una habitación estrecha en un edificio de tres plantas, con fachada de hormigón y pasillos exteriores que olían a humedad y a comida de los vecinos. Según sus padres, aquello era una medida temporal, una forma de darle espacio hasta que las cosas se calmaran. No querían que regresara a casa mientras la situación siguiera siendo tan delicada. Una manera bastante elegante de decirle que no querían tenerlo cerca.
Haruki soltó una risa amarga.
—Al menos podrían haber tenido el valor de decírmelo directamente.
El departamento consistía en una única estancia de tamaño reducido, un pequeño cuarto de baño y una cocina tan estrecha que apenas permitía girarse sin golpear los codos contra los muebles. Había una cama individual junto a la pared, un escritorio viejo de madera desgastada, un armario metálico y una mesa pequeña que servía tanto para comer como para estudiar. No era gran cosa. Pero tenía un techo, agua caliente y una puerta que podía cerrar para no soportar las miradas de nadie. Por ahora, aquello era suficiente.
Sus padres también le enviaban dinero para sus gastos, aunque Haruki había comenzado a sentirse incómodo aceptándolo. No quería depender de ellos. No después de comprobar que, cuando las cosas se ponían difíciles, preferían apartarlo antes que preguntarle si necesitaba ayuda.
Por eso había buscado trabajo. Y, para su sorpresa, lo había encontrado en una pequeña tienda del barrio.
No era un empleo especialmente complicado. No atendía a los clientes ni se encargaba de la caja. Su labor consistía en separar la mercancía que llegaba, organizar las cajas, reponer los productos en las estanterías y ayudar al propietario con todo aquello que requiriera un par de manos jóvenes.
La tienda se llamaba Tienda Tachibana. Era un establecimiento antiguo, de fachada de madera oscura, con un letrero desgastado que colgaba sobre la puerta y estanterías que llegaban hasta el techo, repletas de todo tipo de productos: alimentos envasados, conservas, bebidas, artículos de limpieza, pequeños utensilios… parecía que el dueño vendía cualquier cosa que pudiera resultar útil a los vecinos. El aire olía a papel, a madera vieja, a arroz y a especias secas.
El dueño era Tachibana Genrou, un anciano de setenta y cuatro años de porte imponente, de cabello y barba blancos y espesos, con el rostro surcado de arrugas que se marcaban aún más cuando fruncía el ceño. Tenía brazos musculosos y fuertes, cubiertos por una camisa oscura de manga remangada y un delantal de lona verde manchado de uso; siempre llevaba una toalla blanca al hombro y un bastón de madera que, más que apoyo, parecía una extensión de su mano. Era gruñón, estricto y directo, de esos que parecían levantarse cada mañana con la firme intención de discutir con alguien. Sin embargo, había algo que Haruki apreciaba de él: nunca le había preguntado si era culpable. Tampoco había intentado sonsacarle información sobre los ataques. Cuando se enteró de quién era su nuevo empleado, el anciano simplemente se encogió de hombros y le dijo:
«Mientras quieras trabajar, te daré trabajo. Ahora, como me robes algo, te voy a dar una paliza que no vas a olvidar en tu vida».
Haruki todavía recordaba aquellas palabras, y la forma en que el viejo había levantado su bastón para enfatizar la amenaza. Era imposible no reírse un poco.
—Supongo que tengo suerte de haber encontrado a ese viejo loco… —murmuró para sí mismo.
Se cambió el uniforme escolar por una camiseta sencilla, unos pantalones cómodos y una chaqueta ligera, revisó que llevaba las llaves y salió. La tienda estaba a unas calles de su edificio. Al entrar, la campanilla de la puerta sonó con un tintineo claro, y lo primero que escuchó fue una discusión.
—¡Te he dicho que eso no va ahí, pedazo de inútil!
—¡Y yo le he dicho que no pienso moverlo otra vez! ¡Lo puse ahí porque usted me dijo que lo pusiera ahí!
—¡Yo jamás te dije que lo pusieras ahí!
—¡Pues entonces su memoria está peor que sus rodillas, viejo!
—¡¿QUÉ HAS DICHO, MOCOSO?!
Haruki se quedó inmóvil junto a la entrada. Frente al mostrador, el anciano blandía su bastón con energía, mientras un joven de unos veinte años lo miraba con una sonrisa descarada.
Era Kirishima Daigo. Era alto, de hombros anchos, con el cabello castaño oscuro revuelto sin orden ni concierto y unos ojos de color ámbar que brillaban con malicia y calidez a la vez. Llevaba una camiseta negra ajustada bajo una chaqueta gris desgastada de mangas arremangadas, unos vaqueros viejos con una cadena colgando del bolsillo y una toalla blanca al hombro, igual que el dueño. Tenía un aire despreocupado, como si no le importara nada lo que pensaran los demás, y su risa era fuerte y franca, capaz de llenar la estancia en un instante. Para los vecinos era «el delincuente de la tienda», pero Haruki ya empezaba a darse cuenta de que, bajo aquella apariencia descuidada, había alguien leal, práctico y que se preocupaba de su propia manera por quienes le rodeaban.
—¡Le estoy diciendo que el estante estaba torcido desde el principio! —protestó Daigo.
—¡Y yo te estoy diciendo que lo arregles!
—¡Entonces deme las herramientas!
—¡Las tienes detrás de ti, animal!
Daigo se volvió, miró la caja de herramientas que estaba justo a su espalda y luego miró al anciano.
—…Ah.
—¡¿AH?! ¡¿ESO ES TODO LO QUE TIENES QUE DECIR?!
Haruki no pudo contenerse. Una pequeña carcajada escapó de su boca. Fue suficiente para que los dos se volvieran hacia él al mismo tiempo.
—¡¿Y TÚ DE QUÉ TE RÍES?! —bramó Genrou.
—¿Qué pasa, enano? ¿Te parece gracioso ver sufrir a un hombre trabajador? —añadió Daigo, llevándose una mano al pecho con fingida indignación.
Haruki levantó ambas manos.
—Lo siento, lo siento. Es que…
—¡Nada de excusas! —El viejo apuntó hacia el fondo con el bastón—. ¡A trabajar! ¡No te pago para que vengas a reírte de mis desgracias!
—¡Pero si usted empezó la discusión!
—¡¿QUIERES QUE TE DESCUENTE EL SUELDO?!
—¡Ya voy!
Haruki se apresuró a dejar la mochila en el pequeño cuarto trasero y se puso a trabajar. Detrás de él, los dos retomaban la discusión como si nunca se hubieran interrumpido.
—¡Y tú deja de tocar mis herramientas!
—¡Son herramientas de la tienda!
—¡Y la tienda es mía!
—¡Pues cómprese otras!
—¡MOCOSO INSOLENTE!
Haruki sonrió mientras abría la primera caja de mercancía. Era extraño. En la academia, cada conversación podía terminar convirtiéndose en un juicio contra él. Cada gesto se analizaba, cada palabra se tergiversaba. En aquella tienda, en cambio, nadie parecía tener tiempo para preocuparse por su reputación. El viejo lo regañaba porque trabajaba demasiado despacio. Daigo lo llamaba «enano» porque era más bajo que él. Si cometía un error, se lo señalaban sin delicadeza… pero al día siguiente volvían a recibirlo como si nada. Era una forma de normalidad peculiar, y Haruki empezaba a apreciarla más de lo que imaginaba.
Las cuatro horas transcurrieron entre cajas, etiquetas y estanterías. Haruki separó productos, revisó fechas, ordenó conservas y repuso bebidas. También escuchó a Genrou quejarse de que alguien había colocado las etiquetas al revés —alguien que, por supuesto, era Daigo—.
—Te juro que algún día te despido —amenazó el anciano.
—Eso lleva diciéndomelo desde hace tres meses —respondió Daigo sin levantar la vista.
—¡Porque cada día me das un motivo nuevo!
—Y, sin embargo, aquí sigo.
—¡Porque todavía no he encontrado a otro idiota dispuesto a soportarte!
Más tarde, Daigo se acercó a él con una bolsa de papel en la mano.
—Oye, enano.
—Me llamo Haruki.
—Ya lo sé, enano. ¿Cuánto dinero te queda para comer este mes?
Haruki parpadeó.
—¿Eh? Lo suficiente.
—Eso significa que no tienes ni idea. Mira, te doy un consejo gratis: compra cosas que puedas combinar. Arroz, huevos, verduras de temporada. No te gastes todo en comida preparada solo porque llegues cansado.
—¿Y eso por qué me lo dices?
—Porque tienes cara de vivir de fideos instantáneos.
Haruki guardó silencio.
—No me digas que he acertado —Daigo entrecerró los ojos y luego soltó una carcajada—. ¡Lo sabía! Escucha: no sé qué demonios te ha pasado en la academia y tampoco me importa demasiado. Pero si vas a vivir por tu cuenta, aprende a administrarte. El universo es un miserable; no te va a mandar nada gratis.
—No espero que me mande nada.
—Mejor. Y otra cosa: si el viejo te ofrece comida, acéptala.
—¡¿QUÉ ESTÁS DICIENDO, MOCOSO?! —La voz de Genrou retumbó desde el mostrador—. ¡Puedo oírlos perfectamente!
—¡Entonces debería revisar sus oídos! —gritó Daigo de vuelta.
—¡VEN AQUÍ Y TE LOS REVISO YO CON EL BASTÓN!
—¡No, gracias! ¡Todavía soy demasiado joven para morir!
Daigo salió riendo hacia la entrada mientras el anciano lo perseguía unos pasos con el bastón en alto. Haruki los observó y negó con la cabeza, sonriendo. Qué par de idiotas. Y, por primera vez en todo el día, aquello no le produjo tristeza.
Cuando terminó su turno, Genrou revisó lo que había ordenado.
—Hum. No está mal.
—¿Eso significa que lo he hecho bien?
—He dicho que no está mal. Y deja de disculparte por todo. Pareces un perro al que acaban de regañar.
El anciano desapareció detrás del mostrador y regresó con un sobre con su paga. Haruki lo recibió con ambas manos.
—Gracias.
—Has trabajado cuatro horas. Te pago por cuatro. No hay nada que agradecer. —Genrou apartó la mirada—. Hay comida que va a caducar pronto. Me estorba en el almacén. Tómatela.
Haruki parpadeó.
—¿Comida?
—¿Te has quedado sordo? ¡Arroz, huevos, verduras y algo más! Si no te la llevas, la tiro.
—Pero…
—¡Pero nada! ¿Quieres que te descuente el valor del sueldo?
Haruki calló inmediatamente y tomó la bolsa. Había más de lo que esperaba, y estaba todo demasiado bien elegido para estar a punto de caducar.
Daigo lo esperaba cerca de la puerta.
—¿Ves? Te lo dije.
—No creo que lo haga porque quiera ayudarme.
—Claro que no —sonrió Daigo—. Lo hace porque eres un delincuente peligroso y necesita que comas bien para que no arruines su tienda.
Haruki se echó a reír.
—¡No tiene gracia! —bramó Genrou desde dentro.
—¡Jajaja! ¡Mira cómo se ríe el delincuente! —respondió Daigo.
Un golpe seco del bastón contra el suelo los interrumpió.
—¡LOS DOS, FUERA! ¡Y TÚ, MOCOSO, MAÑANA LLEGAS DIEZ MINUTOS ANTES!
—¡¿POR QUÉ YO?!
—¡PORQUE SÍ!
Daigo levantó las manos, resignado.
—Ese viejo está completamente loco.
—Te he oído —gruñó Genrou.
—¡Era mi intención!
Haruki se despidió prometiendo volver al día siguiente. El anciano respondió con un gruñido que ya reconocía como despedida afectuosa. Daigo le guiñó un ojo antes de irse:
—¡Y compra detergente, enano! ¡Tienes cara de olvidarte de lavar la ropa!
—¡¿Cómo sabes eso?!
—¡Porque tienes cara de necesitarlo todo!
De regreso en su departamento, el silencio lo recibió como siempre. Nadie le preguntó cómo le había ido. Nadie esperaba su llegada. Pero mientras sacaba la comida y la acomodaba en el armario, Haruki sintió algo distinto en el pecho: un calor suave, tenaz, que le recordaba que no estaba completamente solo.
Al día siguiente volvería a la academia. Volverían las miradas, los susurros, el rechazo. Nada de eso había cambiado. Pero ahora sabía que, al salir, habría un lugar donde lo esperaban dos personas que, a su manera ruidosa y brusca, le daban un sitio.
Se dejó caer en la cama y miró el techo.
—Supongo que mañana será otro día.
No sabía cuánto tiempo más tendría que soportar todo aquello, ni si alguna vez descubriría la verdad de lo ocurrido. Pero sabía algo con certeza: no había hecho nada malo. Y mientras tuviera fuerzas para levantarse, trabajar y seguir adelante, no se rendiría.
Haruki regresó a su pequeño cuarto cuando la noche ya había caído.
Cerró la puerta detrás de él, dejó la mochila en el suelo y se quitó los zapatos antes de dejarse caer sobre la cama. Estaba agotado. No solo físicamente, sino también mentalmente.
Por primera vez en mucho tiempo, sin embargo, había tenido un día que no había sido completamente horrible.
El viejo de la tienda era un cascarrabias insoportable. Daigo tampoco ayudaba demasiado, pues parecía disfrutar provocándolo cada vez que tenía oportunidad. Pero, al menos, ninguno de los dos lo había mirado con desprecio ni le había preguntado si era cierto lo que decían de él. Lo habían tratado como a cualquier otro empleado. Y, por alguna razón, aquello significaba mucho más de lo que estaba dispuesto a admitir.
Haruki sacó de su bolsillo el dinero que le había pagado el viejo y comenzó a contarlo.
—Uno, dos, tres…
Volvió a contarlo para asegurarse de que no se había equivocado. Con aquello podía comprar algunos útiles escolares que necesitaba y suficiente comida para aguantar aproximadamente dos semanas, siempre que administrara bien el dinero.
—Bien… —murmuró, dejando los billetes sobre la mesita—. Al menos no voy a morirme de hambre.
No era precisamente una situación ideal, pero tendría que conformarse. Después tomó el itinerario escolar que había dejado sobre la cama y repasó las clases del día siguiente. Tenía que preparar algunos materiales y recordar qué libros debía llevar.
Un día más. Eso era todo lo que tenía por delante. Un día más de miradas acusadoras, murmullos y compañeros que probablemente preferirían verlo desaparecer.
Haruki dejó escapar un suspiro y buscó su teléfono para comprobar la hora. Entonces vio la fotografía que tenía como fondo de pantalla.
En ella aparecía junto a una joven de cabello largo que lo abrazaba por detrás mientras ambos sonreían a la cámara. Ella tenía unos veinte años y una expresión alegre, casi traviesa. Haruki, a su lado, parecía estar intentando escapar de aquel abrazo sin demasiado éxito.
Su hermana mayor. Hacía dos años que se había marchado al extranjero para continuar sus estudios. Desde entonces, apenas habían podido verse en persona, aunque seguían hablando por teléfono siempre que sus horarios se lo permitían. Por lo que Haruki sabía, ella no tenía ni idea de lo que estaba sucediendo. Sus padres aparentemente no le habían contado nada. Y él tampoco había querido hacerlo.
No quería que abandonara sus estudios, que se preocupara por él o que sintiera la necesidad de regresar por culpa de una situación que ni siquiera comprendía.
Su hermana siempre había sido así. Desde pequeños habían sido inseparables. Bueno, inseparables y problemáticos. En realidad, la mayor parte de los problemas en los que se metía Haruki durante su infancia eran culpa de ella.
—¡Vamos, Haruki! ¡Si nos descubren, corre!
Todavía recordaba aquella voz. Su hermana era la clase de persona que podía convencerlo de escalar una valla, colarse en un lugar prohibido o gastar una tarde entera haciendo alguna estupidez. Y cuando finalmente los descubrían, ella siempre encontraba alguna excusa para librarlos del castigo. O al menos lo intentaba. Después, cuando estaban solos, lo abrazaba con una sonrisa y le revolvía el cabello.
«No te preocupes, Haruki. Mientras estemos juntos, todo saldrá bien».
Aquellas palabras habían sido su refugio durante buena parte de su infancia. Ahora, mientras contemplaba la fotografía, se dio cuenta de cuánto deseaba volver a sentir uno de aquellos abrazos. Solo uno. No necesitaba que resolviera sus problemas. Tampoco quería que regresara del extranjero para defenderlo. Solo quería poder contarle lo que estaba pasando y escucharla decir que todo saldría bien.
Haruki apretó ligeramente el teléfono entre sus manos.
—No… No puedo meterla en esto.
Se incorporó y apartó la mirada de la fotografía. Su hermana siempre le había enseñado a ser fuerte. Aunque ella misma fuera la primera en meterse en problemas, nunca había permitido que él se rindiera cuando las cosas se ponían difíciles. Si se enteraba de lo que estaba pasando, seguramente dejaría todo para regresar a su lado. Y eso era precisamente lo que Haruki no quería.
—Puedo hacerlo solo —susurró—. No necesito preocuparla.
Intentó convencerse de ello. De verdad lo intentó. Pero, de repente, una lágrima cayó sobre la pantalla de su teléfono.
Haruki se quedó inmóvil. Se llevó una mano a la cara y descubrió que otra lágrima ya le resbalaba por la mejilla.
—Maldita sea…
Se apresuró a limpiarse los ojos, molesto consigo mismo. No quería llorar. Llevaba semanas soportando las miradas de sus compañeros, los rumores, el rechazo de sus padres y aquella soledad que parecía perseguirlo a todas partes. Había aguantado todo eso sin derrumbarse delante de nadie. ¿Por qué tenía que venirse abajo precisamente ahora?
Se cubrió los ojos con el brazo, apretando los dientes.
—Yo… estoy bien.
Pero su voz tembló al pronunciar aquellas palabras. Y su cuerpo, a diferencia de su orgullo, no parecía dispuesto a seguir fingiendo.
Haruki lloró en silencio durante varios minutos, aferrándose al teléfono como si la fotografía pudiera devolverle, aunque solo fuera por un instante, la calidez de aquella época en la que todavía se sentía protegido. Finalmente, el cansancio terminó por vencerlo. Guardó el teléfono, se acomodó bajo las sábanas y cerró los ojos.
Otra noche. Otra noche en la que tendría que enfrentarse a todo aquello sin nadie a su lado. Y, una vez más, se quedó dormido completamente solo.
A la mañana siguiente, Haruki caminaba por uno de los pasillos de la Academia Seiran.
Como siempre, las miradas comenzaron en cuanto apareció. Algunos estudiantes interrumpían sus conversaciones cuando pasaba cerca. Otros lo observaban abiertamente, mientras que unos cuantos ni siquiera se molestaban en disimular el desprecio que sentían hacia él. Haruki estaba acostumbrado a aquello. O, al menos, había aprendido a fingir que lo estaba.
Sin embargo, aquella mañana tenía unas ojeras bastante marcadas. Apenas había conseguido dormir durante la noche y sentía que cualquier ruido le resultaba más molesto de lo habitual.
—Qué maravilloso… —murmuró—. Otro día en el paraíso.
No tenía ganas de escuchar a nadie. Por eso decidió dirigirse a la biblioteca utilizando uno de los pasillos secundarios. Era más largo que el principal, pero apenas había estudiantes por allí a esas horas. Prefería caminar unos minutos adicionales antes que soportar otra ronda de susurros.
Con la mirada clavada en el suelo, avanzó sin prestar demasiada atención a lo que tenía delante. Hasta que…
Pof.
Su rostro chocó contra algo inesperadamente suave.
Haruki se detuvo de golpe.
—¿Eh…?
Durante un instante no entendió qué había sucedido. Solo sabía que había terminado con la cara hundida en algo blando y que, por alguna razón, una delicada fragancia floral había llegado hasta su nariz.
Abrió los ojos. Lo primero que vio fue una corbata femenina. Después, una camisa perfectamente arreglada. Y, finalmente, un rostro que lo observaba desde una distancia peligrosamente corta.
Haruki levantó lentamente la cabeza. Y se quedó petrificado.
Su cabello era de un tono violeta profundo, tan largo que caía en ondas suaves casi hasta la cintura, con mechones que se tornaban en verde azulado en las puntas, brillando levemente bajo la luz. Uno de sus ojos azul zafiro lo observaba con calma; el otro quedaba cubierto por un mechón de cabello, dándole un aire misterioso y a la vez sereno. En el brazo izquierdo llevaba un brazalete rojo con la palabra PRESIDENTA bordada en letras doradas. Era elegante, imponente, y a la vez había algo en su mirada que no era frío, sino atento.
La persona que tenía delante no era una estudiante cualquiera. Era Shirayuki Kurenai, la presidenta del consejo estudiantil de la Academia Seiran. Había asumido el cargo apenas una semana atrás, pero su presencia ya era conocida por prácticamente todos los alumnos. Su belleza, su mirada penetrante y aquella actitud que parecía mantener a todo el mundo a una distancia prudente hacían difícil pasarla por alto. Y Haruki acababa de chocar contra ella de una forma absolutamente vergonzosa.
—¡L-lo siento!
Se apartó de inmediato, retrocediendo casi a trompicones.
—¡No estaba mirando por dónde iba! ¡Te juro que no fue intencionado!
Su rostro se había puesto completamente rojo. ¡¿Por qué tenía que pasarme esto precisamente a mí?!
Durante un instante, esperó la reacción habitual. Un insulto. Una mirada de desprecio. Quizá una acusación de que lo había hecho a propósito. Pero nada de eso sucedió.
Kurenai simplemente lo observó en silencio. Su expresión era seria, aunque no parecía enfadada.
—¿Tú eres Haruki Takamura?
Él parpadeó.
—S-sí.
La presidenta dio un pequeño paso hacia él. Haruki retrocedió instintivamente, hasta que su espalda estuvo a punto de tocar la pared. Kurenai se inclinó ligeramente hacia delante para examinarlo mejor. Estaba demasiado cerca. Haruki podía distinguir con claridad sus ojos, los detalles de su rostro e incluso el delicado aroma de su perfume. Era hermosa. Mucho más de lo que había imaginado al verla desde lejos. Y eso solo consiguió que se pusiera todavía más nervioso.
Kurenai, por su parte, parecía estar estudiándolo como si fuera un problema matemático particularmente absurdo. Finalmente, suspiró.
—Qué estupidez más grande.
—¿Eh?
Haruki la miró sin comprender. La presidenta se enderezó y cruzó los brazos.
—Me resulta ridículo que alguien diga que una persona tan pequeña como tú atacó a tres chicas que eran bastante más grandes que él.
Haruki abrió los ojos.
—¡¿Pequeña?!
La exclamación resonó por el pasillo vacío.
—¡No soy pequeño! ¡Es que todavía me falta crecer! ¡Y tampoco soy un enano!
Kurenai lo miró. Haruki apretó los puños, indignado.
—¡Además, no tiene nada que ver con mi estatura!
La presidenta aguantó unos segundos. Después, soltó una carcajada.
—¡Ja, ja, ja!
—¡¿Por qué te ríes?!
Aquello solo consiguió que Kurenai se riera un poco más. Haruki infló las mejillas y apartó la mirada, haciendo un puchero que difícilmente contribuía a mejorar su argumento sobre no parecer pequeño.
—No tiene ninguna gracia…
—Lo siento, lo siento… —Kurenai intentó recuperar la compostura, aunque todavía se le escapaba alguna risa—. Es que no esperaba que reaccionaras así.
—¡Pues no me llames pequeño!
—Está bien, está bien. No volveré a hacerlo.
Haruki la miró con desconfianza. No parecía muy convencido. Finalmente, Kurenai terminó de serenarse y su expresión volvió a adquirir aquella seriedad que la caracterizaba.
—Dejando eso a un lado, hay algo de lo que quiero hablar contigo.
Haruki se tensó inmediatamente. La presidenta del consejo estudiantil no era precisamente alguien con quien quisiera tener problemas.
—Como probablemente sepas, asumí el cargo de presidenta hace una semana.
—Lo sé —respondió él, todavía molesto por lo sucedido.
—Bien. Entonces también sabrás que, a partir de ahora, soy responsable de supervisar lo que ocurre dentro de esta academia.
Haruki no respondió. No veía adónde quería llegar. Kurenai continuó:
—Durante mi primera semana he estado revisando algunos de los problemas que afectan a los estudiantes. Y hay uno en particular que me ha llamado la atención.
Su mirada se fijó directamente en él.
—El caso de los ataques contra esas tres chicas.
Haruki sintió que algo se cerraba alrededor de su pecho. Ahí estaba otra vez. El tema que había convertido su vida en un infierno.
—Si has venido a decirme lo mismo que todos los demás, ahórratelo —murmuró—. No tengo ganas de escuchar otra acusación.
—No he venido a acusarte.
La respuesta lo desconcertó. Kurenai descruzó los brazos.
—Quiero preguntarte algo, Haruki Takamura. Y quiero que me respondas con sinceridad. ¿Realmente hiciste lo que dicen que hiciste?
El pasillo quedó en silencio. Haruki no supo qué responder durante unos segundos. No porque dudara de su respuesta. Sino porque era la primera vez en mucho tiempo que alguien se la preguntaba de aquella manera. Sin insultarlo. Sin mirarlo como si fuera un monstruo. Sin dar por hecho que era culpable. Simplemente quería escucharlo.
Haruki tragó saliva.
—No. —Su voz salió más baja de lo que esperaba. Apretó las manos a los costados—. Jamás les hice daño. No sé por qué dijeron que fui yo, ni qué ocurrió aquella noche, pero no fui yo. Te lo juro.
Kurenai permaneció en silencio. Lo observó durante varios segundos, estudiando su rostro, sus ojos y la forma en que había pronunciado aquellas palabras. Finalmente, una pequeña sonrisa apareció en sus labios.
—Te creo.
Haruki dejó de respirar por un instante.
—¿Qué…?
—He dicho que te creo. —La presidenta se encogió ligeramente de hombros—. No me resulta especialmente difícil darme cuenta de cuándo alguien está mintiendo. Y tú no pareces estar mintiéndome.
Haruki la miró como si acabara de escuchar algo imposible. Durante mes y medio había intentado explicar que era inocente. Sus compañeros no lo habían escuchado. Sus padres habían preferido apartarlo. Incluso las personas que apenas lo conocían habían decidido que era culpable sin molestarse en averiguar qué había ocurrido realmente. Y ahora, de repente, aquella chica a la que apenas conocía estaba diciéndole que le creía. Sin exigirle pruebas imposibles. Sin pedirle que demostrara su inocencia antes de concederle siquiera el beneficio de la duda. Simplemente le creía.
Kurenai se dio cuenta de que Haruki había quedado completamente inmóvil, pero no hizo ningún comentario al respecto. En su lugar, continuó hablando.
—Ahora que soy la presidenta, pienso investigar lo ocurrido. Quiero descubrir qué pasó realmente y por qué esas tres chicas te señalaron. —Su expresión se endureció ligeramente—. Si eres inocente, encontraré la verdad y limpiaré tu nombre. No pienso permitir que un estudiante sea condenado por rumores dentro de esta academia.
Haruki sintió una presión extraña en el pecho. No era dolor. Era algo que llevaba mucho tiempo sin experimentar. Esperanza. Pequeña, frágil y aterradora, porque una parte de él temía que alguien terminara arrebatándosela también.
—Pero… —añadió Kurenai. Su tono cambió de inmediato—. Si descubro que realmente eres el responsable de lo que les sucedió a esas chicas, te haré pedazos con mis propias manos.
Haruki se quedó mirándola.
—¿Eh?
—¿Qué? ¿Pensabas que iba a defenderte sin importar lo que descubriera?
—¡N-no!
—Bien. Porque no pienso hacerlo. No me importa si eres popular, si eres un marginado o si tienes a todo el mundo en tu contra. Si eres inocente, te ayudaré. Si eres culpable, responderás por ello.
Kurenai dio media vuelta.
—Así que no tienes nada que temer… siempre que estés diciendo la verdad.
Comenzó a alejarse por el pasillo. Haruki permaneció inmóvil durante unos segundos, observando su espalda. No sabía qué había provocado que aquella chica decidiera escucharlo. Tampoco sabía si realmente conseguiría descubrir algo que los demás no habían encontrado. Pero había hecho algo que nadie más había hecho desde que todo comenzó. Le había dado la oportunidad de hablar.
—¡Presidenta!
Kurenai se detuvo. No se volvió inmediatamente.
—¿Qué ocurre?
Haruki abrió la boca, pero las palabras se le atascaron en la garganta. No sabía cómo expresar lo que sentía. ¿Cómo se agradece algo que uno ha estado esperando durante semanas? ¿Cómo se explica que unas pocas palabras pueden aliviar, aunque sea un poco, el peso de una soledad que parecía no tener fin?
Al final, solo consiguió pronunciar dos palabras.
—Muchas… gracias.
Su voz estaba entrecortada. Kurenai permaneció de espaldas a él durante un instante. Después, respondió con tranquilidad:
—No me des las gracias todavía. —Haruki levantó ligeramente la cabeza—. Si de verdad quieres agradecérmelo, hazlo cuando la verdad salga a la luz.
Y, sin añadir nada más, Shirayuki Kurenai siguió caminando hasta desaparecer al final del pasillo.
Haruki se quedó allí, solo una vez más. Pero aquella vez la soledad se sentía diferente. Por primera vez en mes y medio, alguien había decidido no juzgarlo antes de escucharlo. Y aunque todavía no sabía qué iba a suceder a partir de ese momento, una pequeña sonrisa apareció en su rostro.
Quizá…
Solo quizá…
Aquel día no sería tan horrible como los anteriores.








