AMIGO 1
Luz divina, luz de muerte; luz que guía o luz que mata. Regalos de alegría o regalos vacíos. Cuarto oscuro, mi dulce paz, mi eterna compañía. Juegos del alma o juegos sin fin.
Una niña nace como cualquier otra. Una familia la recibe contenta. Mas los doctores no detectan una enfermedad en la pequeña, la cual no le permite tener mucho contacto con la luz. Esto se debe a que, al momento de nacer, las luces del quirófano no tienen la intensidad de luz ultravioleta necesaria para notarlo.
Aurora llega con su familia a su casa, una familia pequeña. Ella es la primera hija que tienen. Esteban, el papá. Mayra, la mamá. Le regalan un cuarto precioso, lleno de muchas muñecas. Un cuarto rosita pintado por ellos mismos. Ellos lo diseñaron; incluso le hicieron algunas figuras de princesas en las paredes.
Esteban se dedica a las finanzas; junto con algunos compañeros de su facultad, formaron una empresa, la cual les ha dado buenos rendimientos, los cuales le ayudaron a que Mayra pudiera dejar su trabajo como abogada cuando Aurora nació, ya que ella deseaba estar el mayor tiempo con su hija.
—Mayra, ¿estás lista ya? —pregunta Esteban.
—Sí, ya solo me falta guardar los últimos sándwiches —contesta Mayra.
Mientras, Esteban acomoda a Aurora en su silla portátil de auto; en sus brazos pone a Andy, su muñeca favorita. Aurora la abraza y empieza a babearla y sonreír.
—Preciosa, hoy vamos a ir al parque. No te desesperes, ya casi nos vamos —le dice Esteban de una forma tierna a su hija, como si esta le entendiera por completo.
Mayra sale con una lonchera grande donde lleva bebidas, sándwiches y algunos biberones para Aurora. Los padres suben al auto: él se queda al frente, mientras que Mayra se queda en los asientos de atrás junto a su hija para cuidarla.
—El día es muy bello, ¿no lo crees? —le comenta Mayra a su bebé.
Ella, por su parte, golpea su muñeca una y otra vez contra sus piernas mientras se ríe.
Al llegar, Esteban lleva primero una mesa plegable que coloca con calma, y sobre ella, aquellos refrigerios que su esposa había preparado. Mayra, por su parte, saca las cosas de Aurora, prepara la carreola, sienta a Aurora en ella y la lleva hacia donde está Esteban. Pero Aurora empieza a llorar. Mayra se acerca a ella y le pregunta qué está pasando. La niña se cubre los ojos con sus manos, así que Mayra piensa que el sol la está molestando y cubre la carreola, cerrando la parte de arriba de la misma y poniendo una pequeña sábana sobre ella. Aurora deja de llorar.
Esteban, al verlas llegar, le dice:
—El día es muy hermoso y soleado para estar tan tapada, ¿no lo crees?
—Lo sé, pero al parecer a Aurora le molesta mucho el sol. Dejemos que se adapte un poco.
Más tarde, Esteban ya ha tendido una cobija en el suelo, donde se van a recostar, debajo de un árbol que deja pasar algunos rayos de sol. Ahí recuesta a Aurora. Esta sigue con su muñeca, mordiéndola y golpeándola contra la cobija. Los dos empiezan a jugar con ella. Mas se detienen. Esteban le dice preocupado a Mayra:
—¿Ya viste? En su manita tiene una mancha roja.
La mamá se acerca y revisa con prisa su otra mano, su cuello y sus piecitos descalzos. Tiene algunas otras pequeñas. Creen que es alergia y la llevan de inmediato con su pediatra.
Al llegar con la pediatra, ella les comenta:
—El problema está en su piel. Creo que esto necesita ser revisado por alguien más especializado en esto. ¿Les parece si llamo a un amigo y, si esperan un poco, tal vez pueda revisarla hoy mismo?
Los papás, preocupados, aceptan sin pensarlo.
Más tarde, un hombre llega al consultorio de la pediatra. Ella sale de su consultorio y lo presenta con ellos:
—Miren, él es un dermatólogo muy reconocido. Estoy segura de que él les dará las mejores respuestas.
Él les pide que lo dejen examinar a la niña. Ellos aceptan, y al verla, les pregunta:
—¿Qué estaban haciendo cuando salieron estas manchas?
Mayra se adelanta:
—Estábamos en un día de campo. Recostados en una cobija sobre el césped; fue donde vimos estas manchas.
El doctor las revisa con cuidado y después les dice:
—Estas no parecen manchas por alergias. Incluso me atrevo a decir que es una quemadura leve, pero quisiera que no lo fuera.
—¿Por qué dice eso? ¿Es grave? —pregunta Mayra.
—Si es una quemadura, podríamos estar tratando con algo más. Pero no se preocupen: vamos a llevarla a mi consultorio, y con la instrumentación adecuada podré darles un mejor diagnóstico.
Lo acompañan hasta llegar a su consultorio y, sin despegarse de su hija, ven cómo él y su equipo le hacen varias pruebas. Sin dar un veredicto, les pide que vuelvan a casa: en cuanto tengan los resultados, los llamarán.
Esteban abraza a Mayra y a Aurora y se las lleva, diciéndose entre los dos: «Todo va a estar bien».
Días después reciben una llamada del doctor, el cual les comenta:
—Al parecer, su hija tiene una extraña enfermedad llamada xeroderma pigmentoso...
Sin dejarlo terminar, Mayra lo interrumpe:
—¿Qué es eso, doctor?
—Tranquila, señora, no es el fin del mundo. A los niños que tienen esta enfermedad se les conoce como niños de la luna. Esto se refiere a que ella no puede estar en contacto con la luz del sol, ya que esta puede molestarla demasiado; incluso le va a generar quemaduras. Y sobre todo para sus ojos, esta luz puede ser incluso cegadora y muy molesta. Así que recomendaría hacer cuanto antes algunas adaptaciones en su casa. De igual manera, pueden venir conmigo y podemos platicar cómo vamos a trabajar con ella. ¿Qué les parece?
Mayra contesta un sí seco y un gracias.
Ambos van con el doctor ese mismo día, el cual les explica todas las medidas que tienen que llevar, sobre todo las adaptaciones que son necesarias en su hogar, como filtros y cortinas, para que la vida de su hija sea lo más normal posible y no sufra por las diversas fuentes de luz, ya que mucho contacto con la luz podría causar cáncer en la piel de su hija.
Aurora se ha convertido en una niña; ha dejado de ser una bebé. Lo único que conserva siempre es a Andy, su fiel compañera. Pero es aquí donde empiezan a venir tantas dudas: «¿Por qué no puedo salir? ¿Por qué tengo que vivir entre tanta oscuridad?».
Aurora pasa horas jugando con sus muñecas, pero un día, mientras está jugando, escucha fuertes risas que vienen de fuera de su casa. Al aproximarse, una ligera franja de luz se asoma de las cortinas. Al acercarse, puede detectar que el sonido viene del otro lado, pero esta línea de luz molesta sus ojos; no puede ver con toda claridad. Mayra, al verla tan cerca, le advierte:
—Recuerda, mi amor, no podemos quitar las cortinas, ya que la luz nos asusta y no podemos mirarla.
Aurora se aleja por un momento y se sienta de nuevo a jugar con sus muñecas.
Mayra la pierde de vista mientras está cocinando. Aurora aprovecha: se acerca de nuevo a la orilla de la ventana y poco a poco va levantando la cortina, tratando de que esta no moleste tanto a sus ojos y pueda ver con mejor claridad. Después de encontrar un mejor ángulo, ve a varios niños jugando con una pelota: cómo se la lanzan de un lado a otro, persiguiéndola todos juntos.
Después de varios días, ella sigue viéndolos por la ventana: en sus bicicletas, jugando con diferentes juguetes, siempre en grupos. Y hasta ha escuchado que se llaman amigos.
Entonces, un día, mientras juega con sus muñecas, Mayra se sienta con ella y le dice:
—¿Quieres que juguemos a la mamá y la hija?
—Quisiera que jugáramos a los amigos.
—Muy interesante. Claro que sí.
Mientras juegan, Aurora le pregunta:
—Mamá, ¿yo por qué no tengo amigos? Los demás niños que están afuera juegan entre sí y se nombran entre sí amigos. ¿Yo por qué no tengo uno?
La mamá, un poco triste, toma su mano y le explica:
—Tú y yo somos especiales, ¿recuerdas? No podemos salir afuera; la luz nos hace daño, por eso nos quedamos aquí. Pero si quieres, yo puedo ser tu mejor amiga.
Aurora acepta, pero no parece convencida.
Aurora, por la noche, se queda mirando al techo de su cuarto sin entender por qué los demás pueden salir y ella no, por qué ella tiene que temer a la luz.
Un día, mientras Mayra toma una ducha, Aurora se acerca con sigilo a la puerta trasera y, con mucho cuidado, abre la puerta. La luz es fuerte, pero no directa. Titubea si debe o no salir. Es entonces cuando ve pasar a dos niñas empujando una bicicleta. Ella, sin pensarlo, sale. Lo primero que viene a ella es una molestia en sus ojos. Camina con calma y puede notar también un olor a césped, algo a lo que no está acostumbrada. En su mente piensa: «¡Qué olor tan agradable!». Pero al ver que las niñas se alejan, se acerca y, hablándoles sin gritar, les dice:
—Amigas, ¿qué están haciendo?
Las niñas no la escuchan, pues esta no puede gritar por miedo a que su madre la escuche. Trata de acercarse lo más que puede, pero la sombra de su casa no cubre todo el patio, y ella sabe que no tiene que tocar la luz. Las niñas siguen caminando. Es entonces cuando Aurora decide caminar hasta quedar debajo de la luz del sol, y de nuevo les pregunta:
—Amigas, ¿qué están haciendo?
Esta vez sí la escuchan, pero al verla, ellas toman con fuerza la bicicleta y corren, hablando entre ellas, sin dar ninguna explicación. Se queda parada bajo el sol, pero enseguida empieza a sentir cómo su cuerpo arde, así que corre a meterse a la casa y va directo a tomar su muñeca y recostarse en la cama. Cuando Mayra sale de su ducha, ve a Aurora, que ya se ha quedado dormida en su cama, así que no la molesta; solo cierra un poco su puerta para evitar que el ruido la moleste.
Mayra, como todos los días, está cocinando y ve a Aurora, que está con sus muñecas sentada en el comedor, y le pregunta:
—Amor, voy a tomar una ducha. La verdad, está haciendo mucho calor y ya no aguanto. ¿Quieres bañarte conmigo o me esperarás aquí?
Aurora se niega:
—Estamos ocupadas ahorita —refiriéndose a ella y sus muñecas—. Más tarde nos bañamos nosotras.
Mayra voltea y decreta:
—Ok, pero se bañan todas, ¿eh?
Aurora espera hasta que su madre cierra la puerta. Se acerca y escucha cuando la regadera empieza a sonar. Se va de inmediato al patio trasero. Esta vez su suerte cambia: algunos niños están pasando muy cerca de su casa. Aprovecha y, sin importarle el sol, les habla:
—¿Pueden ser mis amigos?
Tres de los cuatro niños se van rápido. Uno de ellos se le queda mirando, se acerca a ella y le pregunta:
—¿Quieres que seamos amigos?
—Sí. Mi nombre es Aurora, ¿y tú cómo te llamas?
Él se aleja un poco.
—Tú y yo no podemos ser amigos. Tú no puedes ser amiga de nadie. Mis papás me dijeron que tú y tu mamá son brujas; por eso no salen, por eso solo se ven por las noches. Así que no me hables y no te acerques.
Aurora se pregunta una y otra vez: «¿Brujas? ¿Por qué seríamos brujas?». Por su parte, el niño se va corriendo tras los otros niños. Aurora cae al piso y sus ojos quedan frente al sol. Su molestia es demasiada, así que corre de nuevo hacia su casa. Esta vez no toma ninguna muñeca: se abraza con fuerza a su almohada y empieza a llorar.
Cuando Mayra sale, la encuentra abrazada a su almohada, dormida, con las mejillas rojizas, y al ver que está húmeda, susurra:
—El calor es tan intenso que hasta está sudando. Olvidó a sus muñecas; le voy a traer a Andy para que le haga compañía.
Toma a su muñeca Andy y la coloca justo a un lado de su mano, que está extendida.
Aurora, por la noche, se queda pensando en lo que ha pasado. Aun así, sigue intentando. Cada vez que su mamá toma una ducha o una siesta, aprovecha para salir al patio trasero y tratar de hablar con un niño de su vecindario, pero ninguno se acerca al verla; solo murmuran y se van. Algunos hasta corren, como si algo malo estuviera pasando.
Pero no se detiene. Su idea de conseguir un amigo está bien clavada en su mente, así que siempre que tiene oportunidad, sale. Hasta que una tarde sale con más confianza, ya que el sol ya se está metiendo. Se acerca hasta la orilla de la cerca y, mientras está tratando de hablar con un niño, un hombre de gran estatura va pasando. Aurora le habla al niño diciendo:
—Hola, niño, ¿podemos ser amigos?
El hombre, al ver que el niño no le contesta, voltea y le dice:
—Al parecer él no, pero yo sí sería tu amigo.
Aurora lo ve irse. Este no voltea; sigue su paso. Pero ella, al final, siente un poco de alegría en su corazón: alguien le ha dicho que sí quiere ser su amigo.








