El eco a través del abismo
El suelo bajo los pies de Taehyung temblaba con una vibración sorda, un recordatorio constante de que la Gran Brecha no era solo una cicatriz en el espacio, sino una herida viva. Las columnas de mármol blanco de los altos salones celestiales crujían suavemente, amenazando con romper la perfecta simetría que la corte había tardado milenios en construir.
En su pecho, el aroma a azahar y vainilla que definía su naturaleza de omega puro se agitaba, volviéndose inusualmente denso. No era el perfume calmado y estéril que los ancianos del cielo exigían para mantener la paz en el reino; era una fragancia alterada, un latido invisible que respondía a algo al otro lado del abismo.
A pocos metros de distancia, separado por el abismo humeante de fuego y ceniza que se aprecia en el concepto visual de su mundo, Jungkook sentía cómo sus instintos de alfa rugían en lo más profundo de su ser. El humo denso de las ruinas góticas del inframundo lamía sus botas de cuero y rozaba sus alas oscuras. Sus feromonas —un rastro pesado a madera quemada y tormenta— chocaban contra la barrera invisible del aire, buscando desesperadamente una salida.
Los guardianes celestiales y los centinelas del abismo patrullaban los bordes opuestos, vigilantes ante cualquier mínimo desvío de las leyes ancestrales. Pero ninguno de los dos soldados de la luz o la sombra se percataba de lo que ocurría en las miradas de sus líderes simbólicos.
Taehyung cerró los ojos un instante, sintiendo el peso del halo dorado sobre su frente y el roce de sus alas inmaculadas. Cuando volvió a abrirlos, su mirada se cruzó de inmediato con el fulgor ámbar y rojizo de Jungkook. El aire pareció volverse denso, casi sólido. En el universo Omegaverse, donde los lazos se tejían por instinto y sangre antes que por razón, la colisión de dos almas tan opuestas no generó rechazo, sino una atracción magnética y violenta.
—No debes mirar —susurró una voz incorpórea a las espaldas de Taehyung, la de un consejero celestial que apenas rozaba los límites del templo.
Pero ya era tarde. En el fondo de la garganta de Jungkook, un gruñido bajo y gutural escapó de sus labios, apenas perceptible sobre el rugido de las llamas de su entorno. No era una amenaza de guerra; era un reconocimiento. Un llamado que desafiaba los cimientos de mármol y las brumas del abismo.
La frontera comenzó a agrietarse con destellos dorados y cenizas encendidas. El primer paso hacia la perdición —o hacia la verdadera libertad— estaba a punto de ser dado.








