Capítulo 1
Haldun Verlkanur había aprendido a competir mucho antes de comprender que nadie le había pedido que lo hiciera. Fue el primero en nacer, el primer hijo de Ayazen Verlkanur y Koral Blum, el primer nieto que algunos cargaron entre brazos imaginando futuros que cambiaron apenas su segundo género se manifestó. Sus padres nunca permitieron que aquella diferencia alterara la forma en que lo miraban. Para Koral siguió siendo su niño, incluso cuando ya podía superarlo en altura usando los zapatos adecuados; para Ayazen, el hijo al que había enseñado a caminar por los pasillos de Valakan sujetándolo de una mano mientras respondía llamadas con la otra. En casa nunca existió un lugar que Haldun tuviera que ganarse, pero fuera de ella la historia era distinta.
Lo aprendió de forma gradual, a través de comentarios que parecían demasiado pequeños para reclamar. La felicitación de un abuelo que siempre duraba algunos segundos menos cuando iba dirigida a él. Las conversaciones sobre sucesión que cambiaban de tono, discretamente, cuando alguno de sus hermanos alfa entraba en la habitación. Los ejecutivos que elogiaban sus resultados con una sorpresa que Haldun terminó aprendiendo a reconocer incluso cuando intentaban ocultarla detrás de sonrisas educadas. Después llegaron sus hermanos: otro omega, después otro, hasta que el cuarto niño nació alfa y Haldun vio algo que nunca había querido admitir que esperaba: entusiasmo. No de sus padres, nunca de ellos, pero sí de los demás. De pronto existía alguien sobre quien descargar todas aquellas expectativas que parecían haberse desvanecido con él.
Haldun decidió entonces que sería imposible ignorarlo. Si obtenía una calificación excelente, la siguiente debía ser perfecta. Si conseguía un proyecto importante, el siguiente debía ser internacional. Si uno de sus hermanos destacaba en algo, él encontraba otra disciplina en la que sobresalir mejor. No porque los odiara; Haldun adoraba a sus hermanos con una ferocidad que muchas veces resultaba incompatible con la necesidad absurda de superarlos. El problema nunca habían sido ellos, sino aquella pequeña parte de sí mismo que todavía recordaba las miradas de sus abuelos.
Ahora tenía delante una oportunidad que podía modificar considerablemente la posición de Valakan en el mercado internacional.
—Podría presentarte al director ejecutivo —comentó su abuelo materno aquella mañana, observándolo desde el otro extremo del escritorio—. Su compañía busca fortalecer alianzas familiares y empresariales. Tú cumples prácticamente con todo lo que podrían querer.
Haldun levantó la mirada de los documentos porque sabía perfectamente qué significaba «alianza familiar». No era la primera vez que alguno de sus familiares le insinuaba aquella alternativa.
—¿Matrimonio? —apoyó lentamente la pluma sobre la carpeta.
—Matrimonio —confirmó su abuelo con una tranquilidad que hizo parecer la propuesta mucho menos extraordinaria de lo que realmente era—. .
Haldun apenas necesitó unos minutos para responder que aceptaba, no porque soñara con casarse con un desconocido ni porque tuviera algún deseo particular de convertirse en pieza de negociación, sino porque simplemente vio números, posibilidades, contratos, expansión y una oportunidad tan importante que ninguna de las personas que alguna vez cuestionaron su lugar podría fingir ignorar.
Por eso, tres días después, estaba sentado frente a un alfa al que prácticamente no conocía. El encuentro se había organizado en uno de los salones privados de un hotel que pertenecía parcialmente a uno de los conglomerados asociados con Valakan. No había flores sobre la mesa ni velas ni ninguno de esos absurdos detalles que permitieran confundir aquello con una cita, solo dos vasos de agua, una mesa demasiado grande para dos personas y el hombre que posiblemente se convertiría en su esposo sentado frente a él.
Haldun había investigado sobre él, por supuesto. Conocía su edad, sus estudios, las compañías que dirigía, las filiales adquiridas durante los últimos años, las entrevistas concedidas y aproximadamente cuánto había aumentado el valor de sus empresas desde que tomó la dirección ejecutiva. Incluso conocía algunos rumores sobre su carácter, aunque tenía suficiente experiencia con revistas empresariales para no confiar demasiado en ellos. El alfa, en cambio, parecía haber decidido que ninguna investigación adicional era necesaria.
—Podemos casarnos —dijo finalmente, después de beber un poco de agua, como si acabara de aceptar los términos de una adquisición—. Nuestras familias son compatibles, nuestros linajes también, y ninguno de los dos tiene condiciones médicas conocidas que dificulten un vínculo. No veo motivo para extender el proceso.
Haldun parpadeó una vez porque había imaginado muchas posibilidades para aquella conversación, pero aquella no había sido una de ellas.
—¿Eso es todo? —intentó que su voz conservara una neutralidad que no sentía—. Pensé que quizá querrías conocerme un poco antes.
El alfa inclinó ligeramente la cabeza.
—Sé quién eres.
—¿Sabes mi nombre?
—Haldun Verlkanur —respondió sin titubear—. Primogénito de Ayazen Verlkanur y Koral Blum. Trabajas directamente con varios proyectos de Valakan, tienes formación suficiente para administrar tu propio departamento y tu familia posee una posición compatible con la mía. No necesito saber mucho más para decidir.
Haldun sostuvo su mirada durante unos segundos antes de bajar los ojos hacia el vaso que todavía no había tocado porque había algo ridículamente incómodo en escuchar su vida reducida a una ficha empresarial.
—Me refería a otras cosas —aclaró, dibujando con la yema del dedo una pequeña línea sobre la condensación del vaso—. Tu comida favorita, qué haces cuando no trabajas, las cosas que detestas. Información que normalmente se conoce de la persona con la que uno piensa casarse.
Por primera vez, el alfa pareció considerar seriamente lo que acababa de decir.
—No creo que sea relevante.
Haldun sintió que algo pequeño se hundía en su pecho, aunque no era decepción, se aseguró inmediatamente. No podía sentirse decepcionado por un hombre al que acababa de conocer. Era un acuerdo, nada más. Pensó entonces en Valakan, en el proyecto internacional, en los inversionistas que llevaban meses intentando acercar, en los miembros de la junta que dejarían de cuestionar cada una de sus propuestas si conseguía cerrar personalmente una alianza semejante, y la incomodidad se volvió más fácil de ignorar.
—Está bien —levantó nuevamente la mirada—. Entonces podemos continuar.
—Hay algo más —el alfa apoyó ambos antebrazos sobre la mesa—. Quiero hijos.
Haldun tardó unos segundos en responder.
—Eso suele ocurrir en un matrimonio.
—Quiero un heredero alfa —precisó—. No necesariamente el primero. Si nuestro primer hijo resulta omega, no me supondrá ningún problema. Incluso quiero tener un hijo omega. Pero eventualmente necesitaremos un alfa. Si los primeros son omegas, seguiremos intentándolo hasta tener uno.
Haldun dejó de mover los dedos alrededor del vaso porque aquella frase le resultó desagradablemente familiar. No porque sus padres hubieran pensado así, sino precisamente porque demasiadas personas alrededor de su familia sí lo habían hecho. Primero Haldun, después otro omega, luego otro, y finalmente un alfa que consiguió provocar en algunos adultos una alegría que tres niños anteriores no parecieron merecer.
—Mi madre es un omega recesivo —explicó después de unos segundos, esforzándose por mantener un tono práctico—. Eso significa que nuestra genética no siempre es predecible. En mi familia los segundos géneros no siguen patrones claros y, dependiendo del embarazo, posiblemente ni siquiera podríamos saberlo con seguridad hasta bastante avanzado el desarrollo.
El alfa frunció ligeramente el ceño.
—Eso podría ser un problema.
Haldun sintió cómo se tensaba su mandíbula, y el hombre pareció advertirlo, aunque no se disculpó.
—Mi padre es un alfa dominante —añadió Haldun—. Si estás preocupado exclusivamente por probabilidades genéticas, también deberías considerar eso.
Esta vez el alfa lo observó con una expresión mucho más cercana a la sorpresa.
—Claro que tu padre es un alfa dominante. Todo el mundo sabe quién es Ayazen Verlkanur.
Haldun se encogió ligeramente de hombros porque había escuchado aquella frase tantas veces que ya no sabía qué respuesta esperaba la gente. Ayazen Verlkanur había construido un nombre lo suficientemente grande como para que incluso personas que jamás habían hablado con él supieran quién era. Ser su primogénito tenía ventajas, pero también significaba entrar en cualquier habitación acompañado por un apellido que llegaba antes que uno mismo.
El alfa permaneció pensativo durante unos segundos hasta que finalmente extendió una mano sobre la mesa.
—Acepto el riesgo.
Haldun miró aquella mano y pensó en el contrato, en la expansión, en Valakan, en los ojos de algunos miembros de su familia cuando supieran quién había conseguido personalmente aquella alianza. Extendió la suya.
—Entonces tenemos un acuerdo —dijo mientras estrechaba su mano, obligándose a ignorar la extraña sensación que recorrió su pecho al comprender que posiblemente acababa de acordar su matrimonio con un hombre que ni siquiera había querido preguntarle cuál era su comida favorita.
—Mi asistente organizará la documentación —respondió el alfa soltando su mano—. Te daré mi número personal. Podemos discutir directamente cualquier detalle que surja, aunque normalmente tengo poco tiempo disponible durante el día.
Sacó su teléfono, intercambiaron números y apenas unos minutos después caminaban en direcciones contrarias por el vestíbulo del hotel. Haldun permaneció inmóvil junto a una de las enormes ventanas durante unos segundos, observando el contacto nuevo en su teléfono sin saber ni siquiera cómo guardarlo. Finalmente escribió el nombre del alfa y bloqueó la pantalla.
Había conseguido exactamente lo que había ido a buscar: una alianza, una oportunidad extraordinaria para Valakan, un matrimonio que podía convertir uno de sus proyectos más ambiciosos en realidad. Entonces, ¿por qué sentía aquel peso en el pecho? Soltó lentamente el aire y guardó el teléfono dentro de su abrigo mientras comenzaba a caminar hacia la salida. Tendría tiempo para pensar en eso después. Por el momento existía un problema mucho más inmediato: tenía que contarle a su familia que iba a casarse con un desconocido, y conociendo a Koral, era prácticamente imposible que pudiera anunciar algo semejante sin recibir al menos veinte preguntas antes de terminar la primera oración.
Cerró los ojos durante un instante mientras esperaba que el automóvil se acercara a la entrada. Tal vez podía empezar por su padre. No, Ayazen probablemente llamaría personalmente al alfa antes de permitirle terminar la explicación. Su madre tampoco parecía una opción particularmente segura. Haldun dejó escapar un suspiro y apoyó la cabeza contra el respaldo cuando finalmente entró al vehículo.
Había negociado contratos multimillonarios sin pestañear, enfrentado juntas llenas de ejecutivos que duplicaban su edad y defendido proyectos frente a personas que parecían disfrutar encontrando cualquier motivo para cuestionarlo. Y, aun así, en aquel momento solo podía pensar que contarle a sus padres que acababa de comprometerse con un hombre al que conocía desde hacía menos de una hora podía convertirse fácilmente en la negociación más difícil de toda su vida.











