Create New List
Share with your friends
Customize readability

Lo que Nunca te Dije

All Rights Reserved ©

Summary

Dicen que el primer amor nunca se olvida, pero nadie habla de lo difícil que es volver a encontrarse con él. Desde pequeños, Valeria Bennett y Alexander Hayes fueron inseparables. Crecieron compartiendo secretos, sueños y promesas que parecían imposibles de romper. Con los años, aquella amistad se convirtió en un amor que ambos creyeron que duraría para siempre. Hasta que una noche, Valeria desapareció. Sin una despedida. Sin una carta. Sin una explicación. Alexander pasó años intentando comprender qué había hecho mal. La buscó, la esperó y finalmente aprendió a vivir con el resentimiento que ella había dejado. Siete años después, Valeria decide comenzar de nuevo y se muda a un edificio en una ciudad donde cree que nadie conoce su pasado. Pero el destino tiene otros planes. Una tarde, al salir del ascensor, se encuentra frente al único hombre al que nunca quiso volver a ver. Alexander. Ya no es aquel muchacho que le prometía el mundo. Ahora es un hombre distante, orgulloso y decidido a obtener las respuestas que le fueron negadas. Valeria intenta evitarlo, pero pronto descubre que ambos viven en el mismo edificio. Y Alexander tiene una sola pregunta: ¿Por qué me abandonaste? Lo que él desconoce es que la verdad podría cambiar para siempre los recuerdos que conserva de su primer amor.

Genre
Romance
Author
María
Status
11 mins ago
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Chapter 1

Valeria Bennett

Nunca he creído en las segundas oportunidades.

Quizás porque las personas que más las necesitan son precisamente aquellas que no saben qué hacer cuando finalmente las reciben.

O quizás porque algunas decisiones no pueden deshacerse, sin importar cuántas noches pases deseando regresar al momento exacto en que las tomaste.

La mía ocurrió hace siete años.

Tenía veinte, estaba enamorada y era lo suficientemente ingenua para creer que el amor podía solucionar cualquier problema.

Qué equivocada estaba.

—Señorita, hemos llegado.

La voz del conductor me devolvió al presente.

Parpadeé varias veces antes de mirar por la ventana. El automóvil se encontraba estacionado frente a un edificio de cristal y piedra gris, tan elegante que parecía pertenecer a una ciudad completamente distinta de aquella que recordaba.

—¿Señorita?

—Sí, disculpe.

Busqué mi bolso entre las piernas y saqué la tarjeta con la que había pagado el viaje.

—¿Necesita ayuda con las maletas? —preguntó el hombre.

—No, gracias. Puedo hacerlo.

El conductor me observó por el espejo retrovisor con una expresión que parecía decir que no me creía.

Y tenía razón.

Había empacado demasiadas cosas.

Tres maletas grandes, una pequeña, un bolso que pesaba aproximadamente lo mismo que un niño de cinco años y una caja que insistía en llevar conmigo porque contenía objetos demasiado importantes para confiarle a una empresa de mudanzas.

—¿Está segura?

Miré el equipaje.

Después lo miré a él.

—Bueno, quizás un poquito de ayuda no estaría mal.

El hombre soltó una carcajada.

Cinco minutos después me encontraba frente a la entrada del edificio, rodeada de maletas y preguntándome si había cometido el peor error de mi vida.

Otra vez.

Saqué el teléfono.

Tenía seis llamadas perdidas de mi madre.

Tres mensajes de mi mejor amiga.

Y un correo electrónico de mi nueva jefa recordándome que debía presentarme el lunes a las ocho de la mañana.

Contesté primero a mi madre.

—Antes de que empieces, estoy viva.

—¡Valeria Bennett! ¿Por qué no contestabas?

Aparté el teléfono de mi oído.

—Porque estaba en un avión, mamá.

—Los aviones tienen internet.

—Y yo tengo la maravillosa costumbre de dormir cuando estoy cansada.

—No te pongas graciosa conmigo.

Sonreí ligeramente.

—Ya llegué.

Hubo un silencio.

—¿Cómo está la ciudad?

Miré alrededor.

Los automóviles circulaban por las calles húmedas. Una pareja cruzaba la avenida compartiendo un paraguas y, a pocos metros, una mujer discutía con alguien por teléfono mientras intentaba sujetar a un perro que parecía tener mejores planes para aquella tarde.

Todo era diferente.

Y al mismo tiempo, demasiado familiar.

—Igual que siempre —mentí.

—¿Y el apartamento?

—Todavía no he entrado.

—Valeria...

Reconocí inmediatamente aquel tono.

—Mamá, por favor.

—Solo quiero saber si estás segura de lo que haces.

—Conseguí un buen trabajo. El apartamento es bonito y puedo pagar el alquiler. No veo cuál es el problema.

—Sabes perfectamente cuál es el problema.

Mi sonrisa desapareció.

Observé mi reflejo en las puertas de cristal.

Cabello castaño recogido en una coleta desordenada. Ojeras que el corrector no había logrado ocultar. Un abrigo beige demasiado grande y unos ojos que, a pesar de mis esfuerzos, seguían pareciendo cansados.

—Han pasado siete años —respondí.

—El tiempo no siempre cambia las cosas.

—Tampoco podemos seguir viviendo con miedo.

Escuché a mi madre suspirar.

—No quiero que vuelvas a sufrir.

Aquellas palabras me provocaron una punzada en el pecho.

—Voy a estar bien.

—Eso dijiste la última vez.

Cerré los ojos.

Durante un instante regresé a aquella noche.

A la lluvia golpeando las ventanas.

A una voz desconocida pronunciando el nombre de Alexander.

A las manos de mi madre sujetando las mías mientras me pedía que hiciera exactamente lo que me habían ordenado.

Abrí los ojos.

—Tengo que entrar, mamá.

—Valeria...

—Te llamaré esta noche.

Colgué antes de escuchar otra advertencia.

No quería pensar en el pasado.

No aquel día.

Había regresado para comenzar de nuevo.

Y estaba decidida a conseguirlo.

El vestíbulo del edificio olía a flores frescas y a un perfume que probablemente costaba más que mi antiguo alquiler.

Una enorme lámpara de cristal colgaba del techo. El suelo de mármol reflejaba las luces doradas y, junto a la recepción, había dos sillones color crema que parecían demasiado caros para sentarse en ellos.

Me acerqué al mostrador arrastrando una de las maletas.

—Buenas tardes.

La mujer que estaba detrás de la computadora levantó la cabeza.

—Buenas tardes. ¿En qué puedo ayudarla?

—Soy Valeria Bennett. Tengo una reserva... —Me detuve y negué con la cabeza—. Perdón. Un contrato de alquiler. Apartamento 1204.

La mujer sonrió.

—¡Señorita Bennett! La estábamos esperando.

Se levantó inmediatamente.

—Soy Caroline, la administradora. Hablamos por teléfono la semana pasada.

—Sí, claro. Mucho gusto.

—Igualmente. ¿Cómo estuvo el viaje?

—Digamos que necesito una ducha, una cama y aproximadamente quince horas de sueño.

Caroline rio.

—Entonces intentaré no entretenerla demasiado.

Sacó una carpeta de un cajón.

—Aquí tiene las llaves, dos tarjetas de acceso y la información sobre las instalaciones. El gimnasio está en el segundo piso, la terraza en el quince y el estacionamiento en los niveles inferiores.

—Perfecto.

—El edificio cuenta con seguridad las veinticuatro horas. Si necesita cualquier cosa, puede llamar directamente a recepción.

Asentí mientras firmaba los documentos.

—¿Hay alguna norma especial que deba conocer?

—Nada fuera de lo habitual. No se permite fumar en las áreas comunes, las fiestas deben terminar a una hora razonable y procuramos que los residentes respeten el descanso de los demás.

—No creo que tenga problemas con eso.

—Excelente.

Caroline tomó una de mis maletas.

—¿Quiere que alguien la ayude a subir?

—No quisiera molestar.

—Para eso estamos.

Antes de que pudiera responder, llamó a un joven que apareció desde una puerta lateral.

—Daniel, ¿puedes ayudar a la señorita Bennett con su equipaje?

El muchacho miró las maletas.

Después me miró a mí.

—¿Se está mudando o escapando de algún país?

Solté una carcajada.

—Todavía no lo he decidido.

—Bueno, mientras no haya un cadáver en ninguna de estas maletas, estamos bien.

—Daniel —lo reprendió Caroline.

—Era una broma.

Lo seguí hacia los ascensores.

Por primera vez desde que había aterrizado, sentí que podía respirar.

Quizás aquella ciudad no sería tan terrible después de todo.

El apartamento era incluso más bonito que en las fotografías.

Tenía dos habitaciones, una cocina moderna, una sala espaciosa y enormes ventanas desde las que podía observar buena parte de la ciudad.

El balcón daba hacia una avenida rodeada de árboles.

Había elegido aquel lugar precisamente por eso.

Por la luz.

Por el espacio.

Por la sensación de que, al abrir las ventanas, el mundo sería mucho más grande que mis recuerdos.

—¿Dónde quiere las maletas? —preguntó Daniel.

—Junto al sofá está bien.

El muchacho dejó el equipaje y miró alrededor.

—Tiene suerte. Este apartamento estuvo vacío bastante tiempo.

—¿En serio?

—Sí. La antigua inquilina se mudó hace unos meses.

—Espero que no fuera por algún problema.

—No, nada de eso. Se casó y se fue a vivir con su esposo.

Sonreí.

—Entonces supongo que es una buena señal.

—Eso dicen.

Daniel se dirigió hacia la puerta.

—Bienvenida al edificio, señorita Bennett.

—Gracias.

Cuando finalmente me quedé sola, dejé caer el bolso sobre el sofá.

Silencio.

Un silencio absoluto.

No había llamadas de mi madre.

No había preguntas.

No había nadie observándome con preocupación.

Solo yo.

Mi apartamento.

Y una vida que todavía no sabía cómo comenzar.

Caminé hasta el balcón y abrí las puertas de cristal.

El aire frío me golpeó el rostro.

Respiré profundamente.

—Lo logramos, Valeria —susurré.

Pero no sonreí.

Porque una parte de mí sabía que no había logrado nada.

No todavía.

Regresar a una ciudad no significaba recuperar una vida.

Y mucho menos recuperar a las personas que habías perdido.

A las siete de la noche, mi apartamento parecía haber sido saqueado.

Había ropa sobre el sofá, libros apilados junto a la ventana y tres cajas abiertas en medio de la sala.

Estaba intentando descubrir por qué mi cafetera tenía más piezas de las que recordaba cuando alguien llamó a la puerta.

Me quedé inmóvil.

No esperaba visitas.

Me acerqué y miré por la mirilla.

Una mujer de cabello negro y una sonrisa enorme sostenía una bolsa de papel.

Abrí.

—Hola.

—¡Hola! —respondió alegremente—. Soy Isabella, tu vecina del 1202.

—Valeria.

—Ya lo sé.

Arqueé una ceja.

Isabella abrió mucho los ojos.

—Eso sonó espeluznante, ¿verdad?

No pude evitar reír.

—Un poco.

—Caroline me dijo que llegaba una nueva vecina. Y como soy una persona extremadamente amable, decidí traer comida.

Levantó la bolsa.

—También porque compré demasiados croissants y no quiero admitir que tengo un problema.

—En ese caso, pasa.

Isabella entró y observó el desastre.

—Vaya.

—No digas nada.

—No iba a decir nada.

—Tu cara dice otra cosa.

—Mi cara es muy expresiva.

Ambas reímos.

Nos sentamos en la isla de la cocina y comenzamos a comer.

Isabella tenía veintiséis años, trabajaba organizando eventos y llevaba casi dos años viviendo en el edificio.

Hablaba mucho.

Muchísimo.

Pero había algo agradable en su manera de hacerlo.

No parecía preocuparse por causar una buena impresión.

Simplemente era ella misma.

—Entonces, ¿de dónde vienes? —preguntó.

Tomé un sorbo de café.

—De Chicago.

—¿Y qué te trae por aquí?

—Trabajo.

—¿Qué haces?

—Soy diseñadora de interiores. Me contrataron en una firma que está abriendo una nueva oficina en el centro.

—¡Eso es increíble!

Sonreí.

—Estoy bastante emocionada.

—¿Y tienes novio?

Casi me atraganté.

Isabella comenzó a reír.

—Perdón. Soy demasiado curiosa.

—Eso veo.

—Puedes decirme que me calle.

—No tengo novio.

—¿Esposo?

—Tampoco.

—¿Un hombre misterioso que aparece a medianoche y desaparece antes del desayuno?

La miré.

—¿Siempre haces tantas preguntas?

—Solo cuando alguien me cae bien.

Solté una carcajada.

—Entonces no. No hay ningún hombre misterioso.

—Perfecto. Porque aquí hay algunos solteros bastante interesantes.

Negué inmediatamente.

—No estoy buscando una relación.

—Eso dicen todas antes de conocer al hombre equivocado.

—Precisamente por eso no estoy buscando.

Isabella me observó durante un instante.

—¿Una mala experiencia?

Mi sonrisa se debilitó.

Miré hacia la ventana.

—Algo así.

Ella pareció comprender que no quería hablar del tema.

—Bueno, cambiando de asunto, mañana voy a salir con unas amigas. Podrías venir.

—¿No crees que es demasiado pronto para invitar a una desconocida?

—¿Por qué? Ya sé que te gustan los croissants, que eres diseñadora y que no tienes novio. Prácticamente somos hermanas.

Me reí.

—Lo pensaré.

—Eso significa que sí.

—Significa que lo pensaré.

—Acepto tu respuesta temporalmente.

Pasamos casi una hora hablando.

Cuando Isabella finalmente se levantó para marcharse, me ayudó a recoger algunas cajas.

—Por cierto —comentó mientras se ponía el abrigo—, si necesitas algo, puedes tocar mi puerta.

—Gracias. Lo mismo digo.

—Y una última advertencia.

La miré.

—¿Qué?

—Si te encuentras con un hombre alto, de cabello oscuro, que parece estar enfadado con el mundo entero, no te lo tomes personalmente.

Sonreí.

—¿Por qué?

—Es uno de nuestros vecinos. No es mala persona, pero tiene el encanto de una puerta cerrada.

—Qué descripción tan específica.

—Es bastante guapo, eso sí.

—Isabella.

—¿Qué? Una puede reconocer la belleza sin estar interesada.

—¿Y cómo se llama ese hombre tan encantador?

Isabella abrió la boca.

Su teléfono comenzó a sonar.

Miró la pantalla.

—Mi jefe. Tengo que contestar.

Se llevó el teléfono al oído mientras salía al pasillo.

—¡Te escribo mañana! —susurró antes de cerrar la puerta.

Me quedé sonriendo.

No recordaba la última vez que había conocido a alguien tan espontáneo.

Quizás hacer amigos sería más sencillo de lo que pensaba.

Aquella noche, mientras organizaba los libros de mi habitación, encontré una pequeña caja de madera.

Me quedé mirándola.

No recordaba haberla guardado.

O quizás sí.

Quizás simplemente había decidido fingir que no existía.

La tomé entre las manos.

Tenía una pequeña cerradura oxidada y una flor tallada en la tapa.

Alexander me la había regalado cuando cumplí dieciséis años.

Sentí que algo se cerraba dentro de mi pecho.

No debía abrirla.

Lo sabía.

Había pasado años evitando cualquier cosa que pudiera recordármelo.

Pero mis dedos ya estaban buscando la pequeña llave que guardaba debajo de la caja.

La cerradura cedió con un clic.

Dentro había varias fotografías.

Una pulsera de hilo azul.

Dos entradas de cine.

Una flor seca.

Y una nota doblada.

Tomé primero la fotografía.

Dos niños de aproximadamente nueve años aparecían sentados sobre el césped.

La niña tenía el cabello despeinado y una rodilla cubierta con una venda.

El niño, de ojos grises y sonrisa traviesa, sostenía un helado en cada mano.

Alexander y yo.

Mi primer amigo.

Mi compañero de aventuras.

El niño que se había peleado con otro porque me había hecho llorar.

El muchacho que me enseñó a montar en bicicleta.

El adolescente que me besó por primera vez bajo la lluvia.

Y el hombre al que había dejado sin despedirme.

Me senté lentamente sobre la cama.

Desdoblé la nota.

La letra era desordenada, con algunas palabras tachadas.

«Vale, cuando seamos grandes voy a comprarte una casa enorme con una biblioteca, porque siempre dices que no tienes espacio para tus libros. Y si algún día te da miedo la oscuridad, puedes llamarme. Aunque tenga cien años, voy a contestar».

Debajo había una firma.

Alex, 12 años.

Una lágrima cayó sobre el papel.

La limpié inmediatamente.

—Idiota —susurré con una sonrisa triste.

No sabía si se lo decía a él.

O a mí misma.

Probablemente a los dos.

Guardé la nota.

Cerré la caja.

Y la escondí en el último cajón de mi cómoda.

No podía seguir viviendo de recuerdos.

Alexander ya no formaba parte de mi vida.

Había tenido siete años para olvidarme.

Seguramente estaba casado.

O comprometido.

O enamorado de alguna mujer que jamás lo había hecho sufrir.

Me obligué a respirar.

Eso era lo mejor.

Que hubiera seguido adelante.

Que fuera feliz.

Aunque yo no formara parte de esa felicidad.

Tres días después, descubrí que mi nueva vida tenía un problema.

Yo no sabía cocinar para una sola persona.

Había preparado suficiente pasta para alimentar a una familia de seis integrantes y todavía me quedaba una cantidad absurda dentro de la olla.

Isabella apareció en mi apartamento a las ocho de la noche, después de recibir un mensaje desesperado.

—¿Me estás diciendo que me invitaste porque cocinaste demasiado?

—Exactamente.

—Valeria, creo que esta amistad va a funcionar.

Nos sentamos a comer mientras ella me contaba sobre una boda que estaba organizando.

—La novia quiere quinientas rosas blancas —explicó—. Quinientas. ¿Sabes lo que significa eso?

—¿Que le gustan mucho las rosas?

—Que voy a perder la cabeza.

Reí.

—Podría ser peor.

—¿Cómo?

—Podría querer quinientas rosas azules.

Isabella me señaló con el tenedor.

—No bromees con eso. Una vez tuve una clienta que quería flores negras naturales.

—¿Y qué hiciste?

—Le dije que podíamos conseguir un efecto parecido.

—¿Funcionó?

—Me pidió que pintara las flores una por una.

Ambas comenzamos a reír.

Durante un rato me olvidé completamente de mis preocupaciones.

Era agradable.

Sentirme normal.

Hablar de cosas insignificantes.

No tener que vigilar cada palabra.

Cuando Isabella se marchó, cerca de las diez, descubrí que me había quedado sin detergente.

También necesitaba leche.

Y papel higiénico.

Miré el reloj.

La tienda de la esquina cerraba a las once.

—Perfecto —murmuré.

Tomé el abrigo, las llaves y el bolso.

Diez minutos después estaba caminando bajo una llovizna ligera, maldiciendo mi incapacidad para hacer una lista de compras decente.

Regresé al edificio a las diez y cuarenta y cinco.

Llevaba dos bolsas de supermercado, el cabello húmedo y los pies adoloridos.

El guardia de seguridad me saludó desde su escritorio.

—Buenas noches, señorita Bennett.

—Buenas noches, Thomas.

—¿Todo bien?

Levanté las bolsas.

—Sobreviviendo a la vida adulta.

El hombre sonrió.

—Que descanse.

—Igualmente.

Caminé hacia los ascensores.

Presioné el botón.

Esperé.

Cuando las puertas se abrieron, entré sin prestar demasiada atención.

Marqué el piso doce.

Apoyé la espalda contra la pared y cerré los ojos.

Estaba agotada.

Solo quería llegar a mi apartamento, darme una ducha y dormir.

El ascensor comenzó a subir.

Tercer piso.

Cuarto.

Quinto.

Se detuvo en el octavo.

Escuché el sonido de las puertas abriéndose.

Después, unos pasos.

Y una voz masculina.

—Buenas noches.

El mundo se detuvo.

No fue una exageración.

Durante un segundo, absolutamente todo pareció quedarse inmóvil.

Mi respiración.

Mis pensamientos.

El corazón dentro de mi pecho.

Conocía aquella voz.

La había escuchado miles de veces.

En conversaciones interminables.

En llamadas a medianoche.

En susurros junto a mi oído cuando éramos adolescentes y compartíamos secretos que nadie más conocía.

No.

Era imposible.

Abrí los ojos.

Y allí estaba.

Alexander Hayes.

Siete años.

Siete años sin verlo.

Siete años intentando olvidar el color exacto de sus ojos.

Siete años preguntándome si alguna vez volvería a escuchar su voz.

Y ahora estaba frente a mí.

Vestía un traje negro, con la corbata ligeramente aflojada y el cabello oscuro peinado hacia atrás.

Era más alto de lo que recordaba.

O quizás su presencia simplemente ocupaba demasiado espacio.

Su rostro había cambiado.

La mandíbula era más marcada.

Sus facciones más maduras.

Pero sus ojos...

Dios mío.

Sus ojos seguían siendo los mismos.

Grises.

Profundos.

Capaces de descubrir cada una de mis mentiras.

Alexander me miró.

Al principio no pareció reconocerme.

Después frunció ligeramente el ceño.

Su mirada recorrió mi rostro.

Y lo vi comprender.

—¿Valeria?

Mi nombre.

En su voz.

Sentí que el aire abandonaba mis pulmones.

No podía moverme.

No podía hablar.

Solo podía mirarlo.

Alexander dio un paso hacia el interior del ascensor.

—Valeria.

Esta vez no fue una pregunta.

Fue una afirmación.

Una mezcla de incredulidad y algo mucho más doloroso.

—Hola, Alex —susurré.

Vi cómo su expresión cambiaba.

El muchacho que alguna vez había conocido desapareció detrás de una mirada fría.

—No me llames así.

Las palabras me golpearon.

Bajé la mirada.

—Perdón.

Alexander soltó una risa seca.

—¿Perdón?

No respondí.

—¿Eso es todo?

Apreté las bolsas contra mi cuerpo.

—No sabía que vivías aquí.

Él me observó durante unos segundos.

—¿Qué?

—Me mudé hace tres días.

Su expresión se endureció.

—¿Te mudaste?

Asentí.

—Sí.

—¿A este edificio?

—Sí.

Alexander miró hacia el panel del ascensor.

El número doce estaba iluminado.

Después volvió a mirarme.

—¿En qué apartamento?

Dudé.

—1204.

Por primera vez desde que había entrado, pareció quedarse sin palabras.

—No puede ser.

Fruncí el ceño.

—¿Qué?

Se pasó una mano por el cabello.

—Nada.

El ascensor volvió a moverse.

El silencio entre nosotros era insoportable.

Yo podía escuchar cada latido de mi corazón.

Alexander permanecía a mi lado, mirando al frente.

Su perfume llegó hasta mí.

Madera.

Un toque de cítricos.

Y algo más que reconocí inmediatamente.

Había cambiado muchas cosas.

Pero seguía utilizando la misma fragancia.

Sentí ganas de llorar.

Qué absurdo.

Había sobrevivido siete años sin él.

Y ahora estaba a punto de desmoronarme por un perfume.

—¿Cómo has estado? —pregunté finalmente.

Alexander giró lentamente la cabeza.

Me miró como si acabara de decir la cosa más ridícula del mundo.

—¿En serio?

Tragué saliva.

—Solo estaba preguntando.

—No.

Su voz era baja.

—No puedes hacer eso.

Lo miré confundida.

—¿Hacer qué?

—Aparecer después de siete años y preguntarme cómo he estado como si nos hubiéramos encontrado por casualidad después de unas vacaciones.

Sentí que las mejillas comenzaban a arder.

—Alexander...

—Siete años, Valeria.

No levantó la voz.

No necesitó hacerlo.

—Siete años sin una llamada. Sin un mensaje. Sin una explicación.

Mis ojos comenzaron a llenarse de lágrimas.

—Lo sé.

—¿Lo sabes?

Asentí.

—Sí.

Alexander soltó una risa amarga.

—Entonces explícame algo.

El ascensor se detuvo.

Piso doce.

Las puertas se abrieron.

Yo no me moví.

—¿Qué hice? —preguntó.

Levanté la mirada.

Su expresión había cambiado.

Ya no parecía enfadado.

Parecía cansado.

Terriblemente cansado.

—¿Qué hice para que te fueras de esa manera?

Sentí que algo se rompía dentro de mí.

—Nada.

La respuesta salió antes de que pudiera detenerla.

Alexander frunció el ceño.

—¿Qué?

—No hiciste nada.

Sus ojos se clavaron en los míos.

—Entonces, ¿por qué?

Abrí la boca.

No salió ninguna palabra.

Porque sabía la respuesta.

La había sabido durante siete años.

La llevaba conmigo a todas partes.

Pero decirla significaba arriesgar aquello que había intentado proteger.

Y no podía hacerlo.

No otra vez.

—No puedo explicártelo.

Alexander se quedó inmóvil.

Después apartó la mirada.

—Claro.

Su voz se volvió fría.

—Por supuesto que no.

Salí del ascensor apresuradamente.

Necesitaba alejarme.

Necesitaba respirar.

Necesitaba llegar a mi apartamento antes de que las lágrimas comenzaran a caer.

Pero escuché sus pasos detrás de mí.

—Valeria.

Seguí caminando.

—Por favor, Alexander.

—Solo quiero entender.

Me detuve.

Aquellas palabras...

No eran una exigencia.

Eran una súplica disfrazada de orgullo.

Me giré lentamente.

Alexander estaba a unos pasos.

Sus ojos recorrieron mi rostro.

—¿Alguna vez pensaste en mí?

La pregunta me dejó sin aliento.

—¿Qué?

—Durante esos siete años. ¿Alguna vez pensaste en lo que me habías hecho?

Sentí una lágrima deslizarse por mi mejilla.

La limpié rápidamente.

—Todos los días.

Alexander pareció sorprendido.

Por un momento ninguno habló.

—Entonces, ¿por qué nunca regresaste?

Mi garganta se cerró.

Porque tenía miedo.

Porque sabía cosas que él desconocía.

Porque la última vez que intenté contarle la verdad, alguien me demostró hasta dónde estaba dispuesto a llegar.

Pero no podía decirle nada de aquello.

—Lo siento —susurré.

Alexander negó lentamente con la cabeza.

—No sabes cuánto odié escuchar esas palabras en mi imaginación.

Lo miré.

—¿Qué?

—Durante años pensé en lo que dirías si alguna vez volvía a verte. Imaginé explicaciones. Excusas. Incluso imaginé que me dirías que habías dejado de amarme.

Sentí que las piernas comenzaban a temblarme.

—Alex...

—Pero nunca imaginé que simplemente me dirías que lo sientes.

Una segunda lágrima cayó por mi mejilla.

Él la observó.

Su expresión se suavizó durante un instante.

Después volvió a endurecerse.

—Dime una cosa.

No respondí.

—¿Me amabas?

El mundo pareció detenerse nuevamente.

Lo miré.

Y durante un segundo vi al muchacho de veinte años que me había besado bajo la lluvia.

Al que me había prometido que siempre estaríamos juntos.

Al que había dejado esperando en una estación de tren sin saber que jamás llegaría.

—Alexander...

—Solo responde.

Su voz tembló ligeramente.

—¿Me amabas de verdad?

Sentí que el pecho me dolía.

Porque aquella era la pregunta más cruel que podía hacerme.

Y también la más sencilla.

—Sí —respondí.

Él cerró los ojos.

—Entonces no entiendo nada.

Yo tampoco podía soportarlo.

Me giré hacia mi apartamento.

—Tengo que irme.

Alexander no intentó detenerme.

Pero antes de que llegara a la puerta, volvió a hablar.

—Valeria.

Me quedé inmóvil.

—No voy a perseguirte.

Cerré los ojos.

—Lo sé.

—Pero tampoco voy a fingir que no existes.

Sus palabras me hicieron girar ligeramente la cabeza.

Alexander permanecía junto al ascensor.

Con las manos dentro de los bolsillos.

La mirada fija en mí.

—Si algún día decides contarme la verdad, te escucharé.

Sentí que una pequeña esperanza comenzaba a abrirse paso dentro de mi pecho.

Hasta que añadió:

—Pero no esperes encontrar al mismo hombre que dejaste hace siete años.

No respondí.

Entré a mi apartamento.

Cerré la puerta.

Y finalmente me permití llorar.

Alexander Hayes

Valeria Bennett estaba de regreso.

Repetí aquellas palabras mentalmente mientras observaba la puerta del apartamento 1204.

No podía creerlo.

Había pasado siete años intentando olvidarla.

Siete años convencido de que, si alguna vez volvía a verla, no sentiría absolutamente nada.

Y allí estaba.

Con el corazón golpeándome las costillas y una rabia que no sabía dónde colocar.

Me dirigí hacia el ascensor.

Presioné el botón.

Después lo volví a presionar, como si eso pudiera hacer que llegara más rápido.

—Maldita sea.

Me pasé una mano por el rostro.

Había cambiado.

Valeria ya no era aquella muchacha de veinte años que se reía de cualquier tontería.

Su rostro parecía más delgado.

Su mirada más triste.

Y había algo en su manera de hablar que no lograba comprender.

Miedo.

Eso era.

Había visto miedo en sus ojos.

Pero ¿miedo de qué?

¿De mí?

Aquella posibilidad me molestó más de lo que esperaba.

Jamás le había dado razones para temerme.

Ni siquiera después de lo que hizo.

El ascensor llegó.

Entré.

Marqué el piso catorce.

Mientras subía, saqué el teléfono y busqué un contacto.

Ethan.

Mi mejor amigo contestó después del tercer tono.

—Si me estás llamando para cancelar la cena de mañana, te advierto que mi hermana va a matarte.

—La vi.

Hubo un silencio.

—¿A quién?

Miré mi reflejo en las puertas del ascensor.

—A Valeria.

Ethan no respondió inmediatamente.

—¿Valeria Bennett?

—No conozco a otra.

—¿Dónde?

—En mi edificio.

—¿Qué?

—Se mudó al doce.

Escuché un ruido al otro lado de la línea.

—Espera un momento. ¿Me estás diciendo que Valeria, la misma Valeria que desapareció hace siete años, vive ahora dos pisos debajo de ti?

—Exactamente.

—Eso tiene que ser una broma.

—Ojalá.

Ethan guardó silencio.

Después preguntó:

—¿Hablaron?

Solté una risa amarga.

—Si a eso se le puede llamar hablar.

—¿Qué te dijo?

Miré hacia el techo.

—Que lo sentía.

—¿Y?

—Que no podía explicarme por qué se fue.

Ethan suspiró.

—Alex...

—No empieces.

—No he dicho nada.

—Conozco ese tono.

—Solo pienso que quizás hay algo que no sabes.

Apreté la mandíbula.

—Eso es bastante evidente.

—Me refiero a que tal vez tuvo una razón.

—Todos tenemos razones, Ethan. Eso no significa que podamos desaparecer de la vida de alguien sin decir una palabra.

—Tienes razón.

Su respuesta me sorprendió.

—¿Eso es todo?

—¿Qué quieres que te diga? ¿Que la odies? ¿Que la perdones? No sé qué ocurrió entre ustedes. Tú tampoco.

Me quedé callado.

Porque tenía razón.

Y odiaba que la tuviera.

—¿Qué vas a hacer? —preguntó.

Las puertas del ascensor se abrieron.

Salí al pasillo.

—Nada.

—¿Nada?

—No voy a perseguirla.

—Bien.

—Pero si cree que puede aparecer y desaparecer cuando quiera, está equivocada.

Ethan suspiró.

—Solo procura no volver a perderte intentando entenderla.

No respondí.

Porque había algo que mi amigo desconocía.

Una parte de mí nunca había dejado de esperar a Valeria.

Y aquella noche acababa de descubrirlo.

Valeria Bennett

Eran las dos de la madrugada.

Llevaba casi tres horas mirando el techo de mi habitación.

No podía dormir.

Cada vez que cerraba los ojos, escuchaba la voz de Alexander.

¿Me amabas de verdad?

Me giré hacia un lado.

Después hacia el otro.

Finalmente me levanté.

Caminé hasta la cocina y serví un vaso de agua.

Tenía la garganta seca.

Las manos todavía me temblaban ligeramente.

Había imaginado aquel reencuentro durante años.

En algunos sueños Alexander me abrazaba.

En otros me gritaba.

Pero nunca imaginé que me miraría con aquella mezcla de dolor y desconfianza.

Era peor que el odio.

Porque el odio, al menos, significaba que todavía había algo.

La decepción era diferente.

La decepción era descubrir que la persona en quien más confiabas había sido capaz de romperte el corazón.

Me acerqué al balcón.

La ciudad dormía bajo una lluvia ligera.

Apoyé la frente contra el cristal.

—Lo siento, Alex —susurré.

Lo había dicho tantas veces durante aquellos siete años que las palabras habían perdido su significado.

Mi teléfono vibró sobre la encimera.

Me giré.

Probablemente era mi madre.

O Isabella.

Caminé hacia la cocina y tomé el aparato.

Número desconocido.

Sentí una incomodidad inexplicable.

Abrí el mensaje.

«Pensé que habías aprendido la lección».

Mi corazón comenzó a latir con fuerza.

Me quedé mirando la pantalla.

No.

No podía ser.

Otro mensaje apareció.

«Siete años fueron suficientes para que olvidaras lo que acordamos».

El vaso se deslizó de mis dedos.

Cayó al suelo y se rompió.

Ni siquiera me moví.

Porque reconocía aquellas palabras.

Reconocía aquella forma de escribir.

Y, aunque había cambiado de número dos veces, sabía perfectamente quién podía estar detrás.

El teléfono vibró nuevamente.

«Aléjate de Alexander Hayes».

Sentí que el aire desaparecía de mis pulmones.

Un último mensaje iluminó la pantalla.

«No querrás que termine pagando por tus errores».

Retrocedí hasta chocar contra la encimera.

Durante siete años había hecho exactamente lo que me pidieron.

Me había marchado.

Había cambiado de ciudad.

Había renunciado al hombre que amaba.

Y, aun así, no había sido suficiente.

Miré hacia la ventana.

Después hacia la puerta de mi apartamento.

Alexander estaba a solo dos pisos de distancia.

Tan cerca.

Y al mismo tiempo, más lejos que nunca.

Me llevé una mano a la boca para contener el llanto.

Porque acababa de comprender algo terrible.

La razón por la que había abandonado a Alexander seguía existiendo.

Y esta vez, quizás no bastaría con marcharme para protegerlo.


Let María know what you thought about this chapter!
Love this

0

Love this

Funny

0

Funny

Spicy

0

Spicy

Suspenseful

0

Suspenseful

Emotional

0

Emotional

Profound

0

Profound

Heartwarming

0

Heartwarming

Shocking

0

Shocking

Good Writing

0

Good Writing

Compelling Plot

0

Compelling Plot

Great Character

0

Great Character

Strong Dialog

0

Strong Dialog

Further Recommendations

Bear Shifter Secrets

Karen Nagy: This is a wonderful story with warm, endearing characters. It shows growth and acceptance of individual differences combined to make a strong unit. Loved the characters and enjoyed the writing style. Can't wait to read more!

Read Now
To Catch a Ghost, Part 1

Melissa: I like the nice wolves. I don't like the redundancy of her self loathing.

Read Now
The Easter Bunny

Susan: Nice short story. I liked it

Read Now
The Cursed Alpha's Fifth Luna

Sami13579: Good plot interesting

Read Now
SECRET BILLIONAIRE

Veekay186: I really like the storyline and will recommend it for a relaxing read. It shows love is a sweet light.

Read Now
Going For The Goalie

Willow: I loved this book so much and hope you write a series about it

Read Now
The Iron Crown

trlc: I found myself not skipping chapters as I usually do and thoroughly enjoyed the read.

Read Now
After Letting Go

S: I am absolutely hooked on this novel! The plot is incredibly engaging, filled with twists that keep you turning the pages, and the pacing is perfect. The author has a fantastic writing style that brings the world and characters to life beautifully.The only reason I didn't give it a perfect score acr...

Read Now
Bloodlines

Ingibabes511: Thank you for an amazing feast of wordsmithing excellence. Every tick box was covered somewhere within the story. Loved the characters that appeared in the story and how it played out was beautifully crafted. The nuances and descriptions making this a lovely story to read.💜🥰💜

Read Now