Prólogo
El universo visible nunca fue un lugar pacífico. Las primeras civilizaciones capaces de mirar más allá de su propio mundo y comprender que no estaban solas aprendieron pronto una lección sencilla: donde existe la conciencia nacen intereses, y donde hay intereses, el conflicto acaba encontrando sitio. Muchas guerras empezaron por miedo o por escasez. Otras porque una civilización quiso llegar antes que sus vecinos a un mundo fértil, una ruta gravitacional o una fuente de energía capaz de sostenerla durante milenios.
Las civilizaciones más antiguas se extendieron entre las estrellas y, con el tiempo, aquella expansión se volvió peligrosa. Colonizaron sistemas y agotaron mundos mientras construían flotas capaces de alterar órbitas planetarias. Las propias leyes de la naturaleza acabaron utilizándose como armas: hubo singularidades lanzadas contra sistemas enemigos y estrellas encerradas en estructuras diseñadas para la guerra. Algunas especies terminaron destruyendo aquello que pretendían conquistar. Ninguna salió indemne. Cuando dos civilizaciones capaces de manipular estrellas combatían sin límites, vencer podía significar apenas sobrevivir un poco más que el adversario. Los mundos podían reconstruirse y las flotas reemplazarse, pero algunas regiones quedaban dañadas durante generaciones: rutas que dejaban de ser transitables, planetas que se volvían inhabitables. Mucho después, sus descendientes seguían peleando por razones que apenas recordaban.
Las especies más antiguas acabaron haciendo una cuenta incómoda: si cada disputa seguía creciendo hasta movilizar ejércitos enteros, tarde o temprano no quedaría nada que proteger. De ahí nació el sistema de Campeones.
Cada galaxia elegiría a un representante capaz de reunir todo el potencial de las civilizaciones bajo su protección. No ejercería autoridad política; intervendría cuando la diplomacia hubiera fracasado y una guerra amenazara con arrastrar sistemas enteros. Cuando dos potencias agotaran cualquier posibilidad de acuerdo, sus Campeones podrían combatir en lugar de enviar flotas contra mundos habitados. Una vida asumiría un riesgo que, de otro modo, recaería sobre millones. Nadie pretendía que aquello fuera justo. Después de lo ocurrido, bastaba con que destruyera menos.
Durante mucho tiempo funcionó. Las guerras continuaron, aunque muchas se detuvieron antes de alcanzar el punto de no retorno. Hubo Campeones venerados y otros convertidos en armas que convenía vigilar. Algunos murieron defendiendo civilizaciones que, unas generaciones después, apenas recordaban sus nombres.
El Consejo Galáctico surgió para mantener aquel equilibrio. La Vía Láctea era demasiado extensa y sus civilizaciones demasiado distintas para responder a una sola voluntad. Había especies adaptadas a atmósferas letales para otras, imperios cuya historia abarcaba la muerte de varias estrellas y mundos jóvenes que apenas comenzaban a mirar más allá de sus propios cielos. La autoridad del Consejo dependía, sobre todo, de una idea compartida: si la galaxia se acercaba demasiado al desastre, alguien intentaría impedir el último paso.
En la Vía Láctea, esa responsabilidad terminó asociada a un nombre.Eryx.
Durante siglos apareció en tratados, memoriales y archivos que la mayoría de las civilizaciones nunca llegaría a consultar. Para algunos era un héroe. Otros lo consideraban una amenaza tolerada porque resultaba útil. Quienes alguna vez lo habían visto colocarse entre dos flotas enemigas solían tener más dificultades para elegir una sola descripción. Su trabajo tenía poco de pacífico. Había detenido guerras sin utilizar su arma y entrado en sistemas condenados al colapso para sacar de allí acuerdos cuando otros esperaban encontrar ruinas. También había combatido amenazas capaces de alterar la gravedad de lunas enteras.
Seguía vivo...Y el Consejo se había acostumbrado a ello...Ese era el problema.
Eryx había sido concebido como una última precaución, pero con los siglos terminó formando parte de la estabilidad galáctica. Mientras apareciera cuando las cosas se torcían, resultaba fácil aplazar una pregunta bastante desagradable: ¿qué ocurriría el día en que encontrara algo que no pudiera detener?
Los primeros indicios parecieron errores de instrumentación. Un observatorio de frontera perdió durante diecisiete segundos el registro de una estrella que seguía visible. Cuando volvió a medirla, la masa calculada ya no correspondía con su radiación. En otra ruta, varias naves que habían partido juntas llegaron con diferencias temporales imposibles. Una figuraba en los registros como si hubiera alcanzado su destino antes de salir. Los incidentes más extraños nunca llegaron a los informes públicos. La materia, la energía, el tiempo y la causalidad seguían siendo medibles, pero los resultados ya no coincidían entre sí. Una ruta podía permanecer abierta y conducir a destinos distintos; una causa dejaba de corresponder al efecto esperado.
Al Consejo le costó aceptar que todos aquellos incidentes pudieran tener un mismo origen. Las doce civilizaciones fundadoras habían sobrevivido a guerras y colapsos estelares. Incluso esas catástrofes obedecían a reglas conocidas. Aquello todavía no. El universo estaba siendo desacoplado.
Algunos consejeros comenzaron a revisar archivos sellados de civilizaciones anteriores al orden galáctico. Encontraron relatos dañados y observaciones científicas descartadas siglos atrás, junto con referencias a una ausencia que no se parecía a la muerte. Ningún documento demostraba que aquellos sucesos antiguos y las anomalías recientes fueran lo mismo. Pero las coincidencias empezaban a acumularse.
El Consejo discutió qué hacer con la información. Alertar a las grandes civilizaciones permitiría preparar defensas, aunque también podía provocar movilizaciones y acusaciones antes de que existiera siquiera un enemigo identificable. Guardar silencio evitaba ese peligro, pero tenía un precio evidente: tiempo. Eligieron observar. Compararían mediciones e intentarían averiguar si los incidentes compartían un origen. Quizá los Campeones todavía pudieran bastar cuando apareciera algo concreto contra lo cual actuar.
Mientras tanto, la Vía Láctea continuó con su rutina. Los mercados orbitales abrieron y las colonias enviaron informes de producción mientras los diplomáticos seguían discutiendo por fronteras antiguas. En sistemas remotos, los científicos corregían fallos cada vez más frecuentes sin saber que otros laboratorios encontraban problemas parecidos. Los registros siguieron acumulándose.
Aún no había una frontera que cerrar ni un adversario al que exigir explicaciones. El Consejo conocía bien los procedimientos para responder a una guerra. Para aquello todavía no tenía ninguno y, siguió esperando.








