I
Huele a menta y te da paz, la albahaca. Y las salsas, pues no son lo mismo sin ella, qué queréis que os diga. Su verdor también es adictivo. Incluso a las moscas embelesa. Las más suertudas la palman de tanto querer olerla. Adormecidas, se olvidan de volar, de comer se olvidan; de todo es que se olvidan, pegaditas a su frescura. Cosas del querer. Los quereres matan. Una muerte dulce y nada fría, ajena a la que infligen esas malignidades encerradas en tubos. Dícese insecticidas. Miserables. Es lo que tiene vivir con una sola vocación. El crimen como limpieza, étnica o no. Y a las demás, de las menos suertudas hablo, pues a las demás las pone a tiro la yerbita. Algunas, desgraciadas, caen atontolinadas al suelo. Patalean bocarriba, como si quisieran ver mejor lo que se les viene encima. Buaj, qué asco eso de machacar una mosca con el pie, aun calzado, por supuesto. Los tres milímetros y medio de carne de mosca, camino de Flatland, suenan fatal. En la geometría del aplastamiento, siempre dura demasiado; siempre ya es demasiado. El ángulo planta del pie, planta del suelo, es poco menos que imperceptible para los humanos. Yo ya lo percibo como un océano de tiempo. Así fue como comprendí al Conde, por primera vez. Qué triste.
[Cruach.]
No, no:
[Chruac.]
No, qué va, a ver…, a ver si contándolo se siente algo mejor; no, peor, algo peor. La pasta de mosca se filtraba por la suela y reñía al pezuño, no al zapato, por la vida recién birlada. Ya entonces me sonaba a reproche de ojos saltones, esmerilados. Ahora puedo confirmarlo. El repelús invadía mi cuerpo. La resurrección imposible me atormentaba. Innecesario. Lo de resucitar está sobrevalorado, una mera reencarnación idealizada. Y vuelvo con la albahaca. Que a mí no me afectaba así, quiero decir, que me afectaba asá. Ventajas de la adicción; te vuelve más tolerante. Yo, la olía y me excitaba, y enloquecía; y ahora, pues igual. Algunas cosas no cambian; otras solo en las formas. Me pego cada una… El batimiento de mis alas adquiere vida propia y a un muro directo que me voy. Siendo que para mí todo son muros, pues eso. Que no, que no tiene maldita la gracia, ni la mínima de un payaso; la del borrachín que se la pega, la del que se da un buen trompazo, vamos. Si te dieras un castañazo a estas velocidades, ni tus cachitos te encontrarías; así, que no te rías. Pero, bueno, he aprendido a convivir con estos percances; y con ese otro que es el crimen anodino de un bichejo alado, crimen. Crimen y percance. Como alguna vez lo fuera el del bichejo atrapado en ámbar dominicano, un punto abismal que me miraba, y quieto me miraba. Y yo a él, como humano, como mosca, yo a él lo miraba. En una ocasión hasta lo vi cimbrearse. O al menos, y esto es seguro, al ámbar hecho olas en su interior, fruto de sus rebeldes alas. Se veía tan hermoso… Y en otra ocasión me pareció verlo llorar, incluso. Alucinaciones. Una lágrima negra detenida, un fantasma materializado, o un insecto atrapado en un ovoide anaranjado. ¿Qué más da? Lo veía, lo veo, con sus reflejos más caribeños que imposibles. Tan borroso, que confundo a esa mosca con un ansia pretérita, la eternidad disfrutando del dolor, de ser dolor. Y no lo veo, nada de eso veo, cuando la biología de la mosca invade mi conciencia, que es la mente que sigue a la carne, y no al revés. Y me siento algo mejor. Lo de importarnos un comino las unas a las otras está bien. Aquí te pillo, y aquí te como, o aquí te follo. Fin. Los animales políticos son muy complicados, con su conciencia y su moralidad, siempre doble o única de doble rasero.
⁂
Aquel verano sin fin me dio por esnifar una albahaca. Vale, vale… Aquel, y el anterior y el anterior; y el anterior hasta donde conservo recuerdo. Insoportable, perpetuo. Esnifarla, qué placer. De tanto esnifarla es que era yo como un pesto alla genovese caminante. Imagínatelo como quieras, menos como un plato de Galerías Preciados con dos patas de pingüino, uno que avanza malamente por un pasillo inquietante. Eso sí, lo imagines como lo imagines, yo era como… mmm, no; yo era un penne rigate con bermudas paramilitares y camisa de bolera. Ahora que lo repienso, de haber sido yo más andante que caminante, hubiera consumado hazañas. Pero no. Además, lo de «caminante» solo suena bien cantado por Machado, y bien bien si por Serrat. Pero tampoco. Yo no sonaba tan bien ni siquiera cuando se acababa por escucharme. Es lo que tiene el silencio, el que te acecha, y te observa y te observa. Y te escucha. Solo lo disfruta uno mismo. Y Solitude. Fueron él y ella, el silencio y… la albahaca, quienes se apoderaron de mí, sobre todo la albahaca. Uummm, es la hija del verano, ¡qué dulce aroma!
Veréis, verás:
Según una teoría, la albahaca te convierte en un basilisco. Para ser más preciso, su consumo intenso y continuado propicia que te crezcan escorpiones en el cerebro. Oye, y que esto no lo digo yo; solo fue que lo experimenté. Decirlo lo dijeron otros. Ya en el siglo tercero antes de Cristo, el filósofo estoico Crisipo recomendó no consumirla: «las cabras se niegan a tocarla, por lo que el hombre también debería evitarla». Esto ya resulta profundamente inquietante. Un bicho capaz de comerse cualquier cosa e incapaz de comer una cosa como la albahaca. El quid es si el Diablo, a quien ese bicho suele representar, padece esa limitación alimenticia. Pero no me quiero ir por estos derroteros. Ya lo pensaré. Dispongo de todo el tiempo del mundo. Retomo. Lo cierto es que, siendo filósofo el tal Crisipo, pues tampoco se debería hacer gran caso de su advertencia. Aunque, por otra parte, siendo que era estoico, pues quizá sí. Porque un estoico siempre tiene algo de razón, siquiera a base de insistir y persistir. Esto no es opinión. Ahora bien, para estar absolutamente convencidos, lo mejor es dejarse de lo que de un algo se dice, y ceñirse al algo en sí. Afuera lo filosófico; adentro lo científico. Porque, sí, ya dentro de este ámbito, Plinio el Viejo, tan lejos como en el siglo primero, puso el dedo en la llaga: «la albahaca machacada, si se cubre con una piedra, engendra un escorpión». En este punto, es evidente que la parte más compleja de la investigación científica sobre la albahaca estaba sembrada. Todo lo demás vendría de corrido. Tan de corrido como que al final lo chupado era reportar casos de un tal padecimiento. Por tanto, no hay que dar más mérito del debido a quienes simplemente se limitaron a eso, a reportar casos de locura por albahaca. Por todos, téngase a Thomas Lupton. En su tratado de A Thousand Notable Things, datado en 1579, escribió: «Un italiano, por oler con frecuencia una hierba llamada albahaca, tuvo un escorpión engendrado en el cerebro, que no solo le atormentó largo tiempo sino que finalmente lo mató… Tened cuidado, pues, vosotros, los que oléis albahaca». Huelga extenderse más. Visto.
Así, que sí, aquel largo verano, inacabado por inacabable, la albahaca con su silencio se apoderó de mí. Bajos modos y maneras inefables siempre lo supe; soberbio, no quise admitirlo. No soy culpable. No es dable la excusa por lo que intrínsecamente pertenece a tu naturaleza. Un uno no puede predicar de sí mismo ser un número, y menos el uno. ¿Cómo podría, pues, pedir perdón por una tal cosa, llamémosla «numerear»? Otro tanto cabe decir de la maldad que te habita; a ti también, no mires atrás, capullín. Si es la de la leona que mata una cría de jirafa, coja, para dar de comer a sus cachorros, ni la felina ni nadie la percibe como tal. La maldad. Y si es la de quien disfruta, y la clave está en el disfrute, viendo cómo saltan los globos oculares de su víctima antes que sus lágrimas, pues tampoco. La maldad. En este caso el monstruo la viste de propósito. Nació para eso porque Alguien o Algo se lo reveló. Oye, y esto no evita el sufrimiento. Haces daño, sabes que haces daño, pero te justificas a ti mismo, con absoluta sinceridad, de que haces daño buscando algún bien que solo está en tu cabeza. Sí, está, y el caso es que está. Después de matar lloras; y después de llorar te consuelas, u olvidas rápido que lloras. El psicópata absoluto es una fantasía, no menos absoluta, tan de los entendidos como de los literatos.







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