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Perdóname por no amarte.

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Summary

La historia de Emily y Enith en "Nith. El error de amarte"

Genre
Drama
Author
sonnie
Status
Complete
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo 1

Siempre me consideré el «error» de mi familia. La oveja negra que, con suerte, conseguía aprobar sus asignaturas.

Era fácil sentirme así teniendo un hermano tan exitoso: titulado como médico cirujano, casado, con un hijo y, para colmo, abstemio. Prácticamente el orgullo de mis padres hecho persona.

Quise ser como él, pero no conseguí entrar a Medicina y terminé conformándome con estudiar en la Facultad de Salud, donde me preparaba para convertirme en enfermera.

No era que odiara mi carrera. Simplemente, no había sido mi primera opción y me costaba aceptar que, una vez más, no había estado a la altura de las expectativas de mi familia.

Fue allí donde la conocí.

La había visto numerosas veces por los pasillos. Era difícil pasar por alto su presencia, tanto por su estatura como por aquella expresión que parecía advertirle al mundo entero que no se acercara.

No tenía intenciones de hablarle. A primera vista, éramos demasiado diferentes y tampoco parecía la clase de persona con la que pudiera mantener una conversación agradable.

Sin embargo, mis planes cambiaron cuando uno de mis amigos empezó a interesarse por ella.

El muy estúpido se quedaba mirándola cada vez que coincidíamos en la biblioteca, incapaz de concentrarse en sus apuntes.

—Ve a pedirle su número de una vez —le dije, dándole un pequeño codazo.

—Es muy linda, pero ¿has visto la expresión que siempre trae? Parece que odia a todo el mundo.

No podía contradecirlo.

Otros habrían dicho que tenía la expresión de alguien que había vivido treinta vidas amargadas en el cuerpo de una joven. De hecho, no recordaba haberla visto con un gesto diferente.

Ni siquiera una sonrisa.

—Iré yo —anuncié, levantándome con decisión.

—¿Qué? ¿Estás loca? Si haces eso, me voy.

—Espérame en la puerta, llorón cobarde. Observa cómo se hace.

Me alejé antes de que pudiera protestar.

A medida que me acercaba, empecé a encontrarla cada vez más atractiva. Tenía facciones finas y marcadas, una piel pálida y el cabello oscuro, tan lacio que parecía no necesitar un cepillo.

Aun así, no era mi tipo. Tampoco me interesaba «robarle» la chica a mi amigo.

Solo quería demostrarle que hablar con una mujer bonita no era una hazaña imposible.

—Hola, disculpa —saludé al llegar a su lado.

Le ofrecí mi sonrisa más amigable, que contrastó bastante con la mirada que me dedicó al levantar la cabeza de su libro.

No dijo nada.

Esperó a que explicara qué necesitaba, con una ceja ligeramente arqueada que la hacía parecer todavía más antipática.

Solté una risita nerviosa y sentí que mis mejillas comenzaban a calentarse.

—Tengo un amigo al que le pareces muy linda. ¿Te gustaría darle tu número?

Suspiró con evidente fastidio.

Cerró el libro, cuya portada reconocí como una de las lecturas obligatorias de Medicina, y se puso de pie.

Tuve que retroceder un poco para mirarla a la cara.

Sabía que era alta, pero nunca la había tenido tan cerca.

—No. No me interesan los chicos. Y, si me disculpas, tengo cosas que hacer.

Sin esperar una respuesta, recogió sus pertenencias y comenzó a caminar hacia la salida.

Pasó junto a mi amigo sin siquiera voltear a verlo.

Me quedé observándola hasta que desapareció por la puerta, con una sonrisa que fue creciendo conforme asimilaba sus palabras.

«¿Conque lesbiana, eh?... Interesante»

No sabía si lo había dicho en serio o si solo pretendía quitarle todas las esperanzas a mi compañero, pero, de pronto, sentí curiosidad por comprobarlo.

Me acerqué a él y le di unas palmaditas en el hombro, como si estuviera ofreciéndole mis condolencias.

—Es lesbiana. Mala suerte, amiguito. Ahora me encargo yo.

—¿Cómo que te encargas tú?

—Como lo oyes.

—¡Pero si acabas de decir que no te gustaba!

—Y no me gusta —respondí, encogiéndome de hombros—. Pero ahora quiero saber si esa cara de amargada es exclusiva para los hombres.

Mi amigo negó con la cabeza.

—Estás enferma.

—Y tú eres un cobarde. Todos tenemos defectos.


Apenas dos días después, volví a encontrarla sentada en la biblioteca.

Estaba sola, como de costumbre, con varios libros abiertos y una libreta llena de anotaciones. Parecía tan concentrada que dudé por un instante si sería buena idea interrumpirla.

La duda no duró demasiado.

Me acerqué a su mesa y ella ni siquiera levantó la cabeza.

—Hola —saludé.

No obtuve respuesta.

Esperé unos segundos, hasta que alzó la vista, me dedicó una mirada cargada de fastidio y regresó su atención al libro.

«Qué ser tan sumamente desagradable».

—Estaba pensando y... ¿qué tal si me das tu número? —insistí.

—Te dije que no me interesan los chicos.

—No es para mi amigo. Es para mí. Me gustaría conocerte.

—No me interesa hacer amigos.

Le sonreí con coquetería.

—Bueno, es que yo no quiero ser tu amiga.

Arqueó ambas cejas.

Por un segundo, creí haber despertado su interés.

Hubo un silencio.

Luego resopló, cerró el libro y comenzó a guardarlo en su bolso.

—Entonces, menos todavía.

Parpadeé, desconcertada.

—Espera, no me refería a...

Pero ya estaba levantándose.

—Que tengas un buen día.

Y se marchó.

Otra vez.

Me quedé junto a la mesa, sintiendo una punzada en el orgullo.

«¿Que tengas un buen día? ¡Ni siquiera me dejó terminar!»

Tal vez había malinterpretado mis palabras y creído que pretendía convertirla en mi novia. Lo cierto era que, en aquel momento, no tenía el menor interés en eso.

Solo quería conocerla.

Bueno, y quizás comprobar si era capaz de hacerla sonreír.

Me senté en la silla que había dejado libre y apoyé los codos sobre la mesa.

Era la primera vez que alguien me rechazaba con tanta facilidad, sin siquiera darme la oportunidad de mostrarle lo encantadora que podía llegar a ser.

«Ella se lo pierde»

Me repetí aquello un par de veces antes de regresar a mis propios asuntos.

Y, durante las semanas siguientes, procuré olvidarme de la chica antipática de Medicina.

Finalicé el primer semestre de mi carrera a duras penas.

No había reprobado ninguna asignatura, aunque tampoco podía presumir de unas calificaciones extraordinarias. Para mí, aquello ya constituía una victoria.

Regresé a mi pueblo para visitar a mis padres durante las vacaciones, pero terminé volviendo antes de lo previsto.

No los soportaba.

Mi madre no tardó ni dos días en preguntarme por mis notas, compararlas con las que obtenía mi hermano a mi edad y recordarme lo mucho que se había esforzado él para convertirse en médico.

Mi padre, por su parte, parecía más interesado en saber si finalmente había decidido tomarme los estudios en serio.

Como si pasarme las noches intentando memorizar nombres de huesos, músculos y procedimientos clínicos fuera una actividad recreativa.

Al tercer día, decidí que ya había tenido suficiente convivencia familiar para el resto del año.

Volví a la ciudad y aproveché los últimos días libres para asistir a fiestas universitarias.

Conocí a estudiantes de distintas carreras de la facultad: Kinesiología, Bioquímica, Medicina y otras cuyos nombres apenas conseguía recordar después de unas cuantas cervezas.

No me quejaba.

Era mucho más divertido que escuchar a mis padres hablar de lo maravilloso que era mi hermano.

Una noche, mientras descansaba en un sofá apartado del ruido, un chico se acercó a mí.

—Hola. ¿Quieres una cerveza?

Miré la lata cerrada que sostenía en la mano.

—¿Gratis?

Soltó una carcajada.

—Claro.

Sonreí.

—Acabas de convertirte en mi persona favorita de esta fiesta.

Acepté la bebida y él se sentó a mi lado.

Comenzamos a conversar.

Me preguntó qué estudiaba y, después de escuchar mi respuesta, me contó que estaba en primer año de Medicina.

Aquello me hizo recordar a cierta persona.

No sabía por qué. Habían pasado meses desde nuestro último encuentro y, aunque seguía viéndola ocasionalmente por la facultad, ya no había intentado acercarme.

Sin embargo, la curiosidad regresó de golpe.

—Oye, tú... ¿De casualidad no conoces a una chica que es... alta, delgada, de cabello oscuro y lacio, pálida como una hoja de papel y que siempre lleva cara de amargada?

El chico frunció el ceño, pensativo.

—¿Hablas de Enith Zaharie?

—¿Enith Zaharie? —repetí, saboreando el nombre.

—Sí. Esa chica que siempre está sola con un libro.

—¡Sí, ella! —exclamé, emocionada—. ¡Esa misma!

Por fin sabía cómo se llamaba.

Enith.

Era un nombre bastante peculiar.

Le quedaba bien.

—Pues... como tal, no la conozco —admitió—. Solo tenemos el mismo horario de clases y es compañera de trabajo de un amigo mío. ¿Por qué?

—Por nada. Es que ella es como... un poco misteriosa, ¿no crees?

—Sí que lo es. Nadie sabe nada de ella. Solo que es becada y que tiene dieciséis o diecisiete años, como mucho.

—¿Dieciséis?

—Eso dicen.

«¿Dieciséis?»

Aquello sí que no me lo esperaba.

Siempre pensé que era de mi edad, quizás incluso un poco mayor, por su altura y aquella expresión de mujer cansada de la vida.

—Sé que se queda hablando con los profesores después de clase —continuó él—. No me sorprendería que les hiciera ciertos «favores» para conseguir las calificaciones que tiene.

Lo miré.

La sonrisa desapareció de mi rostro.

Había enfatizado la palabra «favores» de una manera tan desagradable que no necesitaba ninguna explicación para comprender a qué se refería.

Hice una mueca de asco.

—Cierra la puta boca.

El chico parpadeó.

—¿Qué?

—¿«Favores»? Mierda, se nota que le tienes envidia. Está todo el jodido día en la biblioteca, ¿no te parece que por eso tiene buenas calificaciones, imbécil?

Me observó con las cejas alzadas, sorprendido por mi reacción.

—Oye, tranquila. Solo estaba diciendo...

—Una estupidez. Sí, ya te escuché.

Me alejé antes de escuchar su respuesta.

Atravesé la sala, esquivando a un grupo de estudiantes que bailaban demasiado cerca de una mesa repleta de vasos, y salí al patio.

El aire fresco me recibió con una agradable bofetada.

Me senté en uno de los escalones y abrí la lata.

Di un trago largo.

«Así que una cerebrito, ¿eh?... Sí, me lo esperaba»

Solté una risita.

«Mierda, qué aburrida debe ser. Y yo aquí, defendiéndola»

Me resultaba absurdo haberme enfadado tanto por alguien con quien apenas había intercambiado unas cuantas palabras.

Ni siquiera podía decir que Enith me cayera bien.

Era antipática, cortante y parecía disfrutar haciendo sentir incómodas a las personas que intentaban hablarle.

Volví a beber.

«Enith Zaharie»

Ahora que conocía su nombre, me pregunté qué más podría averiguar sobre ella. De dónde venía. Porqué había ingresado tan joven a la universidad. Si no tenía amigos o simplemente prefería estudiar sola.

Y, sobre todo, por qué parecía estar enojada todo el tiempo.

Quizás no estaba enojada.

Tal vez esa era su expresión natural.

La idea me hizo reír.

Me imaginé a Enith recibiendo un premio, soplando las velas de su cumpleaños o acariciando un cachorro con aquella misma cara de absoluto desprecio.

Casi me atraganté con la cerveza.

—¿Qué te causa tanta gracia?

Levanté la vista.

Una de las chicas que había conocido aquella noche se encontraba frente a mí, sosteniendo un vaso de plástico.

—Nada. Estaba pensando en una persona.

—¿Tu novio?

—No tengo novio.

—¿Novia?

—Tampoco.

—Ah... ¿Entonces alguien que te gusta?

Consideré la pregunta durante unos segundos.

—No. Para nada.

La chica me observó con una sonrisa incrédula.

—Claro.

Solo rodé los ojos y miré hacia el jardín.

«Enith Zaharie»

Ese nombre no saldría de mi mente tan fácil.

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