Capítulo 1 - Una nueva vida
El universo era inmenso — tan inmenso que innumerables mundos nacían y desaparecían sin que nadie llegara jamás a conocer su existencia.
En uno de esos planetas olvidados por la historia habitaba una especie poco desarrollada. No poseían grandes ciudades ni tecnología avanzada; su única riqueza era la paz con la que vivían cada día. Los niños corrían libremente entre los campos, riendo sin preocupaciones, mientras los ancianos compartían historias alrededor del fuego y los hombres salían a cazar para asegurar el alimento antes del anochecer. Era una vida sencilla, pero suficiente.
Aquella tarde no parecía distinta de las demás. Catorce niños se habían reunido en una amplia llanura para jugar algo parecido al voleibol, y entre risas y gritos de emoción, la pelota cruzaba una y otra vez por encima de una red improvisada con cuerdas.
—¡Pásala! —gritó uno de ellos, saltando para recibir el balón.
Las carcajadas llenaban el ambiente, hasta que una voz rompió la tranquilidad.
—¡¿Qué es eso?! —gritó una niña que mantenía la vista al cielo observando algo.
Todos levantaron la vista.
En lo más alto del cielo comenzaron a aparecer enormes fragmentos de luz, brillando con tal intensidad que parecían pequeñas estrellas descendiendo lentamente sobre el planeta. Los habitantes salieron de sus hogares para contemplar aquel espectáculo — jamás habían visto algo semejante.
Entre la multitud se encontraba un anciano llamado Besmont. Al observar aquellas luces, una sensación de inquietud le recorrió el cuerpo.
—Niños... vuelvan a sus casas de inmediato.
Los pequeños obedecieron, aunque no todos. Una niña permaneció inmóvil, incapaz de apartar la mirada del cielo, una suave sonrisa dibujándose en su rostro.
—Se ve... muy hermoso...
Sin embargo, un hombre del pueblo sintió un escalofrío. Algo no estaba bien.
Mientras todos observaban fascinados, decidió acercarse lentamente al lugar donde las luces estaban descendiendo. El resplandor se hizo cada vez más intenso.
Entonces...
Las luces tocaron la superficie. El silencio se apoderó del lugar.
Del interior del resplandor emergió una figura gigantesca. Medía cerca de dos metros de altura y vestía una armadura tan brillante que parecía haber sido forjada con diamantes. Cada paso que daba transmitía una autoridad imposible de describir.
El hombre del pueblo tragó saliva y reunió el valor suficiente para hablar.
—Bienvenid...
No alcanzó a terminar la palabra. En un solo movimiento, el desconocido desenvainó su arma. Un destello cruzó el aire. La cabeza del hombre cayó al suelo antes de que su cuerpo comprendiera que había muerto.
El grito de terror de los presentes rompió el silencio. La niña que un instante antes sonreía quedó completamente paralizada; su expresión de admiración se desvaneció, dando paso al miedo más profundo que había sentido en toda su vida.
El gigantesco guerrero observó a la multitud con absoluta indiferencia. Después habló con una voz fría y autoritaria.
—Aniquílenlos a todos.
—
Aquella especie, tan tranquila e insignificante para el resto del universo, desapareció en cuestión de minutos.
No había supervivientes. Su misión había terminado.
Sin pronunciar una sola palabra, aquellos seres abandonaron el planeta entre los mismos destellos de luz con los que habían llegado, dejando atrás un mundo convertido en cenizas.
A miles de años luz de aquel lugar…
—
Un niño de cabello negro, piel clara, abrió lentamente sus ojos negros. La luz que entraba por la ventana lo obligó a cubrirse el rostro con una mano antes de incorporarse sobre la cama. A su alrededor, decenas de niños de distintas edades comenzaban a levantarse para iniciar un nuevo día.
—¿Cómo te llamas? —preguntó un niño de cabello color chocolate, ojos azules y piel clara, acercándose con una sonrisa amistosa.
El muchacho lo observó unos segundos antes de responder.
—¿Yo...? Me llamo Azrael...
El otro niño sonrió.
—Mucho gusto. Yo soy Iván.
Ambos permanecieron en silencio unos instantes, hasta que Iván volvió a hablar.
—¿Cómo terminaste aquí?
Azrael bajó la mirada y, cerrando los ojos, comenzó a tener horribles recuerdos: una casa en llamas. Llevándose una mano a la frente, alzó lentamente la mirada.
—Mi casa... Mi hogar, todo fue destruido por la gran tormenta —dijo, soltando unas pequeñas lágrimas—. Y mis padres... Mis padres están muertos.
El ambiente se volvió pesado. Iván desvió la vista un momento.
—Lo siento mucho... —Luego intentó sonreír—. Espero que mi familia haya logrado sobrevivir.
Antes de que ninguno pudiera decir otra palabra, una mujer apareció en la entrada del dormitorio. Era una de las cuidadoras del orfanato.
—¡Niños! Ya es hora de comer.
Azrael se levantó de la cama y miró a Iván.
—Vamos, Iván. —mencionó mientras se levantaba lentamente.
Caminaron juntos por los largos pasillos del enorme orfanato hasta llegar al comedor, un salón repleto de mesas de madera donde los demás niños ya comenzaban a sentarse. Iván señaló una mesa vacía.
—Sentémonos allá.
Apenas habían tomado asiento cuando un niño de cabello blanco, piel clara y unos extraños ojos completamente negros se acercó con cierta timidez.
—¿Puedo sentarme con ustedes?
Azrael con un rostro apagado, pero sonriendo ligeramente.
—Claro... Adelante.
El muchacho con gran timidez tomo asiento.
—¿Cómo te llamas? —preguntó Iván
—Shirsley —mencionó con la voz casi baja mientras observaba a Azrael e Iván.
Hubo un pequeño silencio. Entonces Shirsley habló con un tono algo confundido.
—La verdad... no recuerdo nada.
Iván frunció el ceño.
—¿Te golpeaste la cabeza?
Shirsley negó lentamente.
—No... simplemente no recuerdo absolutamente nada. —Bajó la mirada hacia la mesa—. Ni siquiera sé por qué olvidé todo...
Azrael intentó tranquilizarlo.
—Seguro recuperarás la memoria con el tiempo.
En ese momento apareció María, llevando varias bandejas de comida.
—Aquí tienen, niños.
Los tres comenzaron a comer mientras conversaban tranquilamente. Sin embargo...
Un fuerte estruendo hizo temblar todo el comedor.
—¡BAM!
La puerta fue abierta de una violenta patada. Todos los niños levantaron la vista de inmediato. Un hombre vestido con uniforme militar, de cabello rojo y ojos amarillos como rayos amarillos permanecía de pie en la entrada — su sola presencia imponía respeto. Dio unos pasos hacia el frente y habló con voz firme.
—¡Atención!
El comedor quedó completamente en silencio. El militar observó a todos los presentes antes de presentarse.
—Mi nombre es Roz. Soy general de las Fuerzas Félix, y tengo el honor de presentarme ante ustedes.
Hizo una breve pausa.
—Como ya saben, el tornado que azotó la ciudad fue una de las peores catástrofes de nuestra historia. Miles de personas perdieron la vida.
Azrael apretó los puños al recordar a sus padres.
Uno de los niños levantó la mano con inseguridad.
—Señor... ¿qué pasará con nosotros ahora que somos huérfanos?
El general permaneció unos segundos en silencio. Luego comenzó a hablar con una seriedad que hizo que todos prestaran atención.
El general Roz recorrió el comedor con la mirada. Su expresión era seria, pero en sus ojos podía percibirse una mezcla de determinación y compasión. Respiró profundamente antes de comenzar su discurso.
—Todos ustedes son huérfanos desde hoy. Han sido víctimas del tornado que destruyó gran parte de la ciudad... pero hay algo que ninguno de ustedes sabe.
Los niños guardaron absoluto silencio.
—Ese tornado no fue un desastre natural.
Un murmullo recorrió el comedor. El general continuó hablando con firmeza.
—Alguien lo provocó.
Uno de los niños levantó la mano con nerviosismo.
—¿Fueron... los monstruos del infierno?
Roz asintió lentamente.
—Así es.
El miedo comenzó a reflejarse en el rostro de muchos. Shirsley observó a Azrael con curiosidad.
—¿Qué son los monstruos del infierno?
Azrael volvió la mirada hacia él, y con voz baja respondió.
—Son criaturas de enorme inteligencia y un poder aterrador. Dicen que viven más allá de nuestro mundo y que, de vez en cuando, ascienden a la superficie para sembrar el caos y destruir ciudades enteras.
Iván apretó los puños.
—Los odio... —Luego levantó la vista con esperanza—. Pero al menos tenemos a los dioses. Ellos siempre nos protegerán.
Shirsley volvió a fruncir el ceño.
—¿Quiénes son los dioses?
Iván lo miró sorprendido.
—¿De verdad no recuerdas nada?
Shirsley negó con la cabeza.
—No...
Azrael respondió en su lugar.
—Los dioses son seres que están más allá de nuestra imaginación. Gracias a ellos nuestra civilización sigue existiendo. Todos creen que algún día descenderán para salvarnos cuando llegue una gran amenaza.
Shirsley permaneció pensativo. Había demasiadas cosas que desconocía de aquel mundo.
Entonces la poderosa voz del general volvió a resonar por todo el comedor.
—¡Escúchenme bien! A partir de este momento tienen dos caminos.
El general caminó lentamente entre las mesas mientras hablaba.
—Pueden quedarse en este orfanato, viviendo el resto de sus vidas lamentándose por lo que perdieron... —Hizo una breve pausa—. ...o pueden venir conmigo.
Sus palabras comenzaron a llenar de entusiasmo el ambiente.
—Únanse a las Fuerzas Félix. —Su voz resonó con fuerza—. Conviértanse en soldados. ¡Luchen contra los monstruos del infierno que destruyen nuestros hogares! Serán ustedes quienes protejan a este mundo.
El general colocó una mano sobre su pecho.
—Yo... Roz Loston...
Los niños escuchaban atentamente.
—...les doy oficialmente la bienvenida a las Fuerzas de Élite Félix.
Durante un instante reinó el silencio. Después, una enorme ovación estalló en todo el comedor. Los niños comenzaron a gritar con emoción; algunos levantaban los puños, otros aplaudían, e incluso había quienes lloraban. Habían perdido a sus familias. Habían perdido sus hogares. Sin embargo, por primera vez desde la tragedia, sentían que pertenecían a algún lugar.
Iván sonrió con decisión.
—Me uniré a las Fuerzas Félix. —Apretó el puño—. Quiero hacerme fuerte... y acabar con esos monstruos.
Shirsley también levantó la mano.
—Yo iré con ustedes.
Azrael los observó a ambos unos segundos. Finalmente, sonrió.
—Entonces... yo también.
El general asintió, satisfecho.
—Muy bien. —Se dio la vuelta y caminó hacia la salida—. Síganme.
Los más de doscientos niños abandonaron el comedor detrás del militar. Mientras avanzaban por los largos pasillos del orfanato, Azrael no dejaba de mirar a Shirsley — había algo en él que le resultaba extraño. Finalmente decidió preguntar.
—Oye... ¿por qué tienes los ojos así?
Shirsley lo miró confundido.
—¿Mis ojos?
—Sí.
—¿Qué tienen?
Iván rebuscó entre sus bolsillos y sacó un pequeño espejo.
—Mírate.
Shirsley tomó el espejo sin entender. Cuando observó su reflejo...
Sus ojos se abrieron por completo.
—¡¡¡AAAAAH!!!
Su grito hizo que todos se detuvieran. El general Roz regresó de inmediato.
—¿Qué ocurre aquí?
Shirsley levantó el espejo con las manos temblorosas.
—¡Mis... mis ojos! ¿Por qué se ven así?
Roz tomó suavemente su rostro para observarlos de cerca. Durante unos segundos permaneció completamente en silencio. Después habló con un tono diferente.
—Jamás había visto unos ojos como estos...
Azrael quedó maravillado. Nunca había visto algo tan hermoso.
Roz soltó lentamente el rostro del muchacho.
—Tal vez seas un niño destinado a grandes cosas. —Luego recuperó su seriedad—. Pero no le des demasiada importancia. En este mundo existen muchas clases de ojos.
Se dio la vuelta.
—Ahora continúen caminando.
Los niños obedecieron. Ninguno imaginaba que aquella extraña mirada sería, algún día, una de las mayores incógnitas de su historia.
—
Después de abandonar el orfanato, el grupo caminó durante varias horas por las calles de una ciudad abandonada: edificios derrumbados, calles cubiertas de escombros y hogares reducidos a cenizas. Ninguno de los niños decía una palabra; solo caminaban detrás del general Roz.
Al cabo de un largo recorrido, una enorme construcción apareció frente a ellos. Todos levantaron la cabeza. El edificio era tan gigantesco que parecía tocar el cielo; sus paredes estaban formadas por un extraño metal gris oscuro que reflejaba la luz del sol, y en la parte superior ondeaba una enorme bandera con el emblema de las Fuerzas Félix.
Los niños quedaron completamente maravillados. Uno de ellos rompió el silencio.
—¿Acaso... este es el hotel de los dioses?
Algunos comenzaron a reír. El general Roz sonrió levemente.
—No. —Se giró para observarlos—. Este es el cuartel principal de las Fuerzas Félix.
Sus enormes puertas estaban recubiertas por adornos dorados que les daban un aspecto imponente. Comenzaron a abrirse lentamente, un profundo sonido metálico resonando por todo el lugar. Los niños entraron uno tras otro.
Nada más cruzar la entrada, una extraña máquina de color plateado emitió un destello sobre cada uno de ellos, escaneándolos de pies a cabeza. Azrael observó el aparato con curiosidad.
—¿Qué será esa cosa?
Nadie supo responder.
Una vez dentro, un soldado vestido con un impecable uniforme gris señaló varias mesas donde otros militares esperaban con documentos.
—¡Formen una fila! Pasarán de uno en uno.
Todos los niños, al escuchar su orden, obedecieron, poniéndo en fila.
Mientras esperaban su turno, Azrael observó cómo el primer niño respondía varias preguntas. Se inclinó hacia Iván.
—¿Les están preguntando sus nombres y esas cosas?
Iván, justo delante de él en la fila, asintió.
—Parece que sí.
Azrael miró a Shirsley.
—Será mejor que intentes recordar algo antes de que llegue tu turno.
Shirsley suspiró.
—Lo intentaré...
La fila avanzó lentamente. Finalmente, Iván fue llamado. El soldado levantó la vista de sus documentos.
—Nombre.
—Iván Casthes, señor.
—Edad.
—Catorce años, señor.
El militar escribió rápidamente. Después volvió a levantar la mirada.
—Dime, niño... ¿cuál es tu mayor sueño?
Iván permaneció pensativo unos segundos. Luego respondió con firmeza.
—Mi mayor sueño... es convertirme en alguien muy fuerte e importante.
El soldado cerró el cuaderno.
—Pues has venido al lugar indicado para convertirte en un soldado. —Hizo una pequeña pausa—. Nada más.
Escribió una última línea.
—A partir de este momento eres el soldado número ciento ochenta y cuatro. —Le señaló la salida—. Puedes retirarte. Siguiente.
Azrael respiró profundamente. Ahora era su turno. Caminó hasta colocarse frente al escritorio.
—Nombre.
—Azrael Blesh, señor.
—Edad.
—Catorce años.
El soldado anotó la información. Luego hizo la misma pregunta.
—¿Cuál es tu mayor sueño?
Azrael sintió que los nervios le recorrían todo el cuerpo. Si digo una tontería... seguro se burlará de mí. Su mente comenzó a buscar desesperadamente una respuesta. ¿Qué digo...? ¿Qué digo...?
De pronto, una idea apareció en su cabeza. Levantó la mirada.
—Mi mayor sueño... es llegar a convertirme en un Monarca.
Durante unos segundos hubo silencio. Después...
El soldado soltó una fuerte carcajada.
—¡Ja, ja, ja, ja!
Varios militares giraron la cabeza para observar qué ocurría. El hombre no podía dejar de reír.
—¿Un Monarca? —Sacudió la cabeza mientras seguía riendo—. Si ese es tu sueño, muchacho... quién soy yo para impedírtelo.
Escribió algo en el registro.
—Soldado número ciento cuarenta y cinco. —Le entregó una pequeña placa metálica—. Siguiente.
Azrael tomó la placa sin responder. Mientras caminaba hacia donde estaba Iván, este sonrió con diversión.
—Vaya sueño elegiste.
Azrael se encogió de hombros.
—Fue lo primero que se me ocurrió.
Ambos dirigieron la mirada hacia el siguiente de la fila. Shirsley avanzó lentamente hasta quedar frente al soldado.
—Nombre.
—Shirsley, señor.
El militar levantó una ceja.
—¿Apellido?
Shirsley bajó la cabeza.
—Lo siento... no lo recuerdo.
El soldado dejó de escribir.
—¿Cómo que no lo recuerdas?
—Desde la catástrofe... perdí todos mis recuerdos.
El militar guardó silencio unos instantes. Finalmente volvió a escribir.
—No importa. —Arrancó una placa metálica y se la entregó—. Desde hoy eres un soldado de las Fuerzas Félix.
Miró nuevamente el registro.
—Número siete.
Shirsley observó la placa con cierta sorpresa.
—¿Número... siete?
Antes de que pudiera hacer otra pregunta, el soldado levantó la voz.
—¡Siguiente!
Shirsley se reunió con Azrael e Iván. Los tres observaron las placas que ahora llevaban en las manos.
—¿Y ahora qué hacemos? —preguntó Iván.
En ese momento, un oficial apareció frente al grupo.
—Todos los nuevos reclutas irán al patio trasero. Esperarán allí nuevas órdenes.
Los niños comenzaron a caminar nuevamente. Sin saberlo, acababan de dar el primer paso hacia una vida que jamás imaginaron vivir.
Los niños obedecieron de inmediato. Los nuevos reclutas caminaron siguiendo las indicaciones del oficial. Tras atravesar varios pasillos y cruzar una enorme puerta metálica, llegaron al patio trasero de la base.
El lugar era inmenso. Había varios campos de entrenamiento, pistas de obstáculos, edificios destinados a distintas divisiones militares y soldados que entrenaban sin descanso. Algunos practicaban combate cuerpo a cuerpo; otros disparaban armas que los niños jamás habían visto. Todo transmitía disciplina. Todo transmitía poder.
Los doscientos trece niños permanecieron inmóviles, observando aquel lugar con asombro.
Un oficial se acercó a un soldado que sostenía una carpeta.
—¿Cuántos niños llegaron?
El soldado revisó rápidamente la lista.
—Doscientos trece, señor.
El oficial guardó silencio unos segundos. Luego negó lentamente con la cabeza.
—Increíble... —Miró a los niños—. ¿Tan devastadora fue aquella tormenta?
Apretó los puños con rabia.
—Malditos monstruos...
Los pequeños intercambiaron miradas. Muchos bajaron la cabeza al recordar todo lo que habían perdido.
Un fuerte sonido de trompetas rompió el silencio. Todos dirigieron la vista hacia el centro del patio. El general Roz caminaba hacia una alta plataforma construida con enormes bloques de piedra, la bandera de las Fuerzas Félix ondeando a un costado, movida por el viento. Subió lentamente los escalones hasta colocarse frente a todos los niños.
Observó cada uno de sus rostros. Algunos estaban asustados. Otros parecían decididos. Muchos todavía no podían creer que, apenas unas horas antes, lo habían perdido absolutamente todo.
El general respiró profundamente. Su voz resonó por todo el patio.
—¡Escúchenme bien!
El silencio fue absoluto.
—Desde hoy... —Hizo una breve pausa—. ...ustedes son soldados.
Las palabras quedaron flotando en el aire.
—No nos importa de dónde vienen. —Su mirada recorría lentamente a los niños—. No nos importa si antes eran hijos de nobles... si pertenecían a una familia importante... o si no eran absolutamente nadie.
Bajó la voz.
—Eso quedó atrás.
Señaló la enorme base que se levantaba detrás de él.
—En esta organización aprenderán a convertirse en cazadores de monstruos.
Su tono volvió a endurecerse.
—Los monstruos del infierno fueron quienes provocaron la catástrofe que destruyó la ciudad de Venirmehs.
Muchos niños apretaron los puños. Azrael sintió cómo la imagen de sus padres aparecía nuevamente en su mente.
Roz continuó.
—Todos ustedes fueron víctimas de aquel ataque. —Su voz adquirió un tono de orgullo—. Pero hoy... hoy dejarán de ser víctimas.
El viento hizo ondear la enorme bandera.
—Aquí abandonarán el pasado. Aquí construirán un nuevo futuro. Y algún día... serán ustedes quienes protejan a este mundo.
El general colocó una mano sobre su pecho.
—¡Yo... Roz Loston... les doy oficialmente la bienvenida a las Fuerzas Félix!
Los niños, al escucharlo, no pudieron evitar levantar nuevamente las manos y gritar con emoción y entusiasmo. Algunos lo hacían con gran felicidad, otros con determinación y otros con agradecimiento.
—
Luego de tal bienvenida, los niños seguían en el campo de entrenamiento, esperando nuevas órdenes.
Mientras caminaba, Azrael comenzó a sobre pensar las cosas que acaba de vivir «¿Seré capaz de vivir aquí?» Pensó mientras miraba al suelo buscando una respuesta.
Iván notó su expresión y le dio un ligero golpe en el hombro.
—No pongas esa cara.
Azrael lo miró.
—¿Qué?
—Parece que vas a echarte a llorar.
Iván sonrió.
—Este es el primer paso para convertirnos en alguien importante. —Apretó el puño con entusiasmo—. Y también para acabar con esos monstruos.
Shirsley asintió con la cabeza.
—Si este es nuestro destino... —Miró la enorme base que tenían frente a ellos—. Entonces debemos seguir adelante.
Azrael permaneció unos segundos en silencio. Finalmente levantó la vista.
—No sé qué me espera en este lugar... —Sus ojos reflejaban determinación—. Pero haré lo que sea necesario para vengar la muerte de mis padres.
Iván bajó lentamente la mirada.
—Yo... ni siquiera sé si los míos siguen con vida.
Shirsley soltó una pequeña risa.
—Al menos ustedes recuerdan que tienen padres.
Los dos lo miraron. Shirsley se encogió de hombros.
—Yo ni siquiera sé si alguna vez tuve una familia.
Hubo unos segundos de silencio. Después, los tres comenzaron a reír.
—¡Ja, ja, ja, ja! —rieron los tres con gran entusiasmo.
Aquellas risas eran sinceras. Quizá porque, por un momento, lograron olvidar el dolor que llevaban dentro. O quizá porque, sin darse cuenta, acababan de encontrar algo mucho más valioso.
Una amistad.
Y aunque ninguno de ellos lo sabía…
Aquel día marcaría el inicio de una historia
que cambiaría el destino de todo el universo.








