Friday Midnight Oil — Oct 31
El olor de las lámparas de aceite me lleno el suspiro de tu abrazo, frío...
Sentí cada uno de tus pensamientos vacíos de mi, tu espalda esculpida bajo la llema de mis dedos me quiso recordar el porqué te elegí. Fue mera codicia estar en tus brazos, era una necesidad carnal, nada más que eso. Tu mirada vacía me buscó mientras tus manos me tomaban de la cintura, con esa presión que me cortaba la respiración en nuestros primeros besos.
Una despedida anticipada, sin dudas, nadie sospechaba mi partida prematura.
La presión de tu pecho en el mío me recordó lo insostenible que era nuestro camino. Me despedí entonces de todos, sin decir hasta nunca, ni hasta luego. Todos los compañeros con los que aprendimos, sosteniendo palabras bajo tinta y sobre papel, esperando la melodía metálica de la campana de las 12 que ya conocíamos para liberarnos del deber.
Me puse el pelo detrás de las orejas mientras la piel me pellizcaba con prisa, y me fui cautelosa.
Cruce los colores marrones de la puerta principal, pesada y de roble barnizado.
Coloqué el hechizo sobre de mi cuerpo, de adentro hacia afuera, nunca de afuera hacia adentro.
-Sin ojos que me miren sin juicio que me persigue.- Dije en un pensamiento lento y efímero.
Comencé a quitarme cada pieza de ropa lentamente y sin reparo, sin prisa pero con el entusiasmo de mis siguientes pasos.
------- EN EDICIÓN
Me senté en la orilla de las escaleras de la entrada y Una canoa donde una pareja de tiempo andaba sobre de las aguas transparentes que rodeaban el campus, mis pies dezcalsos ya dentro del agua se detuvieron antes de bajar el ultimo escalon para sumergirme en las transparentes aguas del rio que nos rodeaba. El no supo, no tuvo idea, su mirada adelante en el camino que el agua les llevaba, sin embargo la peli castaña una mujer de tez morena clara, me miro en complicidad, sin sonrisa, sin develar mi identidad, solo me miró por un momento y continuo mirando adelante.
Al ver que nadie más venía finalmente me adentre en el agua helada, mi piel desnuda erizadam con un escalofrío placentero que me daba libertad, permití que el agua me arrastrara suavemente y la corriente correcta cogio mi cuerpo justo del lado izquierdo del campus ese canal que corría suave pero con fuerza, lento pero perfecto. Me puse boca arriba confiando plenamente en su corriente y el agua me llevó, no se durante cuanto tiempo, el cielo se fue coloreando solito, el naranja se acercaba impertinente, sin terminar de colorear sus rosas sobre de mi frente y una nave viajera, rápida, una nave de inteligencia ingeniera, un muchacho apuesto y de ojos alegres, me miró desde arriba
- Por fin! Eres tú. Te he estado buscando por todas partes.
La mujer que le acompañaba, su madre era bella refinada y con un atuendo ligero y un sombrero blanco que le quedaba en juego. Ella miró hacia abajo y me miró sin juicio alguno. El soltó una escalerita que bajaba hasta donde estaba yo.
Me detuve con las manos entre rocas y musgo delicado a mis lados. Le miré con ingenuidad y a la vez incredula.
- Pero no me conoces.- Le dije sin desdén
- Eres el amor de mi vida por supuesto que se quien eres.
Cuando sus pies tocaron el suelo junto al canal que parecía haberse detenido suavemente conmigo lo miré fijamente.
- ¿Cuantos años tienes?
Su cuerpo comenzó a cambiar inmediatamente. Su madre tendría casi mi edad y el parecía más joven de lo ordinario, ningún hechizo que el se hiciera pudiera ocultar la mirada de un niño.
- Doce. Me dijo casi arrepentido. Per el entusiasmo inocente de nuestro encuentro no aprecía haber desaparecido.
- Yo soy una mujer y tu eres un niño. Es imposible que sea yo. - Le miré suavemente con una sonrisa amable y presente. - Alguna día llegará seguramente. Pero no soy yo, yo no soy ella, la que buscas. Y la que llegará en algunos años... tendrás que ser paciente.
Sus ojos reflejaron un corazón partido sin embrago aprendiendo, comprensivo. Sin decirnos una palabra más la madre me miro con una tenue sonrisa, en silencio partieron y permití que el canal de nuevo me llevera a mi destino, antes de que el atardecer se hiciera verdaderamente presente llegue al final, a una fuente, de agua del río, fría, transparente. Cristalina emanaba y corría en una fuente hecha por hombres de piedra gris y detalles con olanes permanentes.
Un hombre maduro sin camisa miró mi cuerpo desnudo, no me cubrí, ni sentí miedo, le ignoré por completo y miré a mi alrededor, había llegado a un lugar extraño, un espacio que no conocía y en el que quería explorar. Mire al hombre y sali del agua, sus ojos miraron cada detalle, mis pezones, mis curvas, mis estrias, mis piernas y mi cabello humedo, no de perdió de ningún detalle y en su mirada llena de deseo me dijo
- Eres hermosa.
No le presté atención alguna, su intención no era lo suficientemente fuerte como para que yo pudiera decirle o hacerle. Caminé por las alfombras suaves bajo mis pies, miré a mi alrededor y vi mesitas con mandiles blancos y sillas acolchonadas dando la bienvenida. Sin un solo comensal una mesita de postres apareció delante de mi caminé hacia ella y el camino lentamente detrás de mi su distancia me hacía permitirme no poner atención a su presencia, tomé un plato y el pastel suave relleno de mermerala roja callo sobre del piso, me reí, fui torpe y sin embargo no desperdiciaría ni una sola pizca de ese postre. Me agaché a recoger ¿lo y lo puse de nuevo en mi plato. El estaba parado con su propio pastel blanco mirandome desde el otro lado, sonrío sin que pudiera darme completamente cuenta, fue casi un gesto de presencia y nada más, tomó el tenedor y se llevo el pastel a la boca. Probé el mío con la mano, chupandome los dedos y asintiendo mientras agracedía el dulce manjar que seducía mis sentidos, un hombre de traje negor y moño en el cuello limpiaba la mesa de la barra de bebidas, me acerqué pronta a saludarle y platicamos como si fueramos viejos amigos de toda la vida, me reí y miré las botellas y las copas especiales de cada bebida y aquel hombre de vez en cuando disfrutando su postre me veía. El pianista comenzó a tocar una melodía conocida y así cómo si fuera una niña fui a la alfombra y bailé y canté hasta que cada vuelta risa y tonadita me envolvió.
Su ojos volvieron a mirarme, sentado en uno de los escalones de la alfombra, ahora sin deseo, solo con cariño, con admiración, había algo más en su mirada que no sostenía la primera vez que puso sus ojos sobre mi. Me levanté del piso y recargue mis codos sobre una jardinera alta donde las platitas humedas vivas, frescas y verdes reposaban, las miré y con un hechizo rápido y eficaz me puse un vestidito negro, corto con olanes blancos, y botones negros, la tela suave y con un corte levantado en el cuello. Por primera vez se acercó a mi posó sus ojos en mi rostro, y luego en todo.
-¿Y ese vestido de donde salió?
Por primera vez lo miré, miré sus labios, su barba, sus pestañas y su sonrisa suave y nada exigente.
-De mi imaginación.
Su mano se puso sostuvo tenue mi mejilla, su rostro me buscaba aunque me tenía justo enfrente, la ternura de sus dedos sobre de mi piel me hizo curvarme como un gato sobre su palma. Miré sus ojos ambar y parecía ser tan delicado, como si le urgiera no romperme. Su otra mano colocó mi cabello negro detrás de la oreja.

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