Días sin ilusión
¿Cuánto puede soportar una persona que vive en la monotonía?
Para Einar, esa respuesta era algo que no deseaba averiguar. A sus veintisiete años tenía la sensación de ya haber experimentado todo el cansancio posible, pues la sensación de que su vida se había vuelto una repetición de los mismos días, cada vez se hacía más sofocante.
Cada mañana despertaba con el sonido de su despertador, se preparaba apresuradamente y salía rumbo al trabajo. Pasaba la mayor parte del día frente a un escritorio, atendiendo pendientes que parecían multiplicarse a cada hora y soportando las constantes quejas de su jefe y compañeros que, a su parecer, eran tan incompetentes como para resolver los problemas por ellos mismos.
Al terminar su jornada, regresaba a casa con el cansancio acumulado, por tener que soportar a esas personas que se hacían llamar sus compañeros de trabajo y la cabeza llena de preocupaciones: las cuentas por pagar, los problemas en el trabajo y aquella molesta sensación de no estar haciendo nada bien con su vida.
No era que tuviera una vida particularmente desafortunada, sino que, simplemente, todo parecía salir mal.
Aquella tarde no había sido la excepción, ya que, después de haber recibido una reprimenda injustificada de su jefe y discutir con uno de sus compañeros de trabajo, Einar abandono el edificio lleno de frustración, su rostro reflejaba su molestia y su mandíbula pagaba el precio.
Camino hasta la parada del autobús, su vista se fijó en el cielo, las nubes y su tono gris oscuro, amenazaban con arruinar aún más su día.
—¡Genial! Justo lo que necesitaba —murmuró al descubrir que comenzaría a llover.
En su camino de regreso a casa, notó que las calles comenzaban a llenarse de calabazas iluminadas, telarañas artificiales y pequeñas figuras de fantasmas que colgaban de las ventanas. Algunos negocios exhibían sombreros de bruja, máscaras y esqueletos de plástico. Incluso había niños que paseaban con sus padres buscando el disfraz perfecto para la noche del treinta y uno.
Así es, se acercaba Halloween.
Nunca había sentido demasiado entusiasmo por aquella celebración, pensaba que esa celebración no correspondía al lugar donde vivía, tan solo la pasaba por alto.
De pequeño le había gustado disfrazarse y salir a pedir dulces, pero con el paso de los años había dejado de encontrarle sentido. Ahora le parecía una festividad más, una excusa para gastar dinero en adornos que terminarían guardados durante otros doce meses. Además, tenía cosas mucho más importantes de las que preocuparse.
Al llegar a casa, dejó las llaves sobre una pequeña mesa y se quitó los zapatos, encendió la televisión, calentó algo de comida y se sentó en el sofá. La típica rutina al llegar a casa.
El cuarto era tan silencioso y solo resonaban las voces del programa transmitido en la televisión que, por alguna razón, Einar ni siquiera veía. Su atención estaba fija en el reloj de la pared de enfrente.
Terminó de cenar, recogió los platos y se dispuso a dormir pensando que mañana sería otro día. Probablemente igual que el anterior.
Al día siguiente, en el camino a su trabajo, escuchó una voz que lo hizo detenerse:
—¡Joven, joven! ¡No se vaya todavía!
Giró su mirada hacía la persona que hablaba. A unos metros había una pequeña mesa cubierta con un mantel oscuro y sobre ella había diversos objetos antiguos: anillos, collares, broches, pequeñas cajas de madera y relojes de distintas formas y tamaños.
Detrás de la mesa se estaba una anciana de cabello blanco, con un abrigo largo y un pequeño sombrero color morado.
—¿Me habla a mí? —preguntó Einar, señalándose.
—¡Por supuesto! No veo a ningún otro joven por aquí.
La anciana sonrió, dejando al descubierto algunos dientes faltantes.
—Acérquese joven, tengo cosas maravillosas. Quizá encuentre algo que le haga falta.
—Lo siento, señora, pero tengo prisa.
—¡Todos tienen prisa! Siempre corriendo de un lado a otro, como si el mundo fuera a terminar mañana.
La anciana soltó una carcajada un poco escalofriante al mismo tiempo que acomodaba algunos de sus objetos de la mesa. Einar estuvo a punto de marcharse, pero algo sobre la mesa llamó su atención.
Era un reloj de bolsillo plateado, de apariencia antigua. Algunos grabados delicados en la cubierta y la cadena brillante lo decoraban. Se acercó y lo tomó entre sus manos con mucho cuidado.
Al abrirlo, descubrió que, el reloj estaba detenido una hora antes de las doce, y a parte, había una pequeña brújula, que extrañamente no señalaba al norte.
—¡Ah! Veo que ha encontrado algo interesante.
—¿Es un reloj o una brújula?
—Las dos cosas, querido. Aunque no funciona como imaginas.
Einar observó la pequeña aguja. Se movía lentamente, girando sobre sí misma sin detenerse en ninguna dirección.
—Parece que está descompuesto.
—¡De ninguna manera! Está haciendo exactamente lo que debe hacer.
—¿Y qué se supone que debe hacer?
La anciana sonrió, y se recargo ligeramente sobre la mesa.
—Encontrar el camino hacia donde necesitas estar.
Einar levantó una ceja.
—Llévatelo. Creo que te vendrá bien.
—No creo que necesite una brújula, señora.
Einar permaneció unos segundos observando el objeto. No sabía por qué, pero había algo en él que le resultaba extrañamente llamativo. Quizá los grabados o aquella pequeña brújula que no se detenía.
—Está bien. Me lo llevaré.
—¡Excelente elección!
La anciana envolvió el reloj en un pequeño pañuelo de terciopelo negro y se lo entregó. Einar guardó el objeto en el bolsillo de su chaqueta y se despidió con un gesto de la mano.
Mientras se encontraba en su trabajo, mantuvo su atención en ese extraño reloj-brújula. Pudo notar que a veces la flecha se movía con rápides y en otras más lento.
Fue entonces, cuando al terminar su cansado día de trabajo, lo observó:
La aguja se había detenido hacia un punto fijo. Se mantuvo en la misma posición durante el resto de la tarde, y con ella, la curiosidad en Einar había despertado.







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