Capítulo 0 prólogo
Capítulo 0: Prólogo de mundo
Esto es una historia de fantasía.
En alguna parte del espacio profundo, mil años en el pasado...
Nuestro planeta era el centro de todo el universo, o eso decíamos. Estaba habitado por dos grandes metrópolis:
La primera era una ciudad flotante oculta entre las nubes, dotada de una tecnología avanzada e inteligencia artificial de vanguardia. Tenía la capacidad de coordinar naves voladoras y armamento automático programado para buscar y neutralizar cualquier amenaza. Su nombre era Ciclai, la ciudad de los cielos.
La segunda era una imponente metrópolis acuática que dominaba los océanos, especializada en tácticas de ataque submarino con naves que surcaban a gran velocidad el lecho marino. Aunque gran parte de su red dependía de la inteligencia artificial, conservaba sólidas defensas mecánicas tradicionales. Su arquitectura imitaba las formas de la fauna marina y, en su centro, se alzaba una torre alta y esbelta capaz de disparar un rayo láser guiado por los operadores: Atlantis.era el nombre
Éramos una civilización en constante expansión, descubriendo nueva tecnología cada día. Sin embargo, nuestra ambición desmedida acabaría cavando nuestra propia tumba, llevando a este imperio a la nada.
Yo estaba presente en la cabina de control cuando comenzó aquella pesadilla. Estábamos probando un nuevo prototipo de robots autónomos. En teoría, su propósito era noble: salvar vidas en peligro durante incendios o catástrofes. Pero la avaricia del imperio era mayor de lo que pensábamos. Su propósito real se había torcido hacia la conquista: gobernar o destruir las demás galaxias conocidas en el espacio profundo. Ninguno de nosotros, el equipo de científicos y programadores, sospechaba la verdadera magnitud de sus intenciones.
El científico líder dio la orden:
—Enciéndanlos.
La cabina de control era un recinto estrecho, de apenas quince metros de largo por cinco de ancho. Un cristal blindado nos separaba del gigantesco hángar donde reposaban los robots: figuras antropomórficas, pero mucho más grandes, robustas e imponentes. Mientras el equipo introducía los últimos códigos, las unidades se activaron una tras otra.
Pero cuando el último despertó, las cosas empezaron a torcerse.
Uno de los programadores informó con voz temblorosa:
—Oiga... mire esto...
—¿Qué sucede? —respondió el jefe.
—Se... se está perdiendo el control sobre los robots.
—¿Qué? Eso es... imposible —respondió con la voz quebrada.
De pronto, las pantallas comenzaron a parpadear en rojo, inundadas por una masiva advertencia de PELIGRO.
El encargado exclamó:
—¿Qué está pasando?
—No sabemos con certeza, pero parece que se niegan a recibir órdenes —respondió un programador, señalando con la mano hacia el hángar—. Jefe, dese la vuelta despacio y mírelos.
Todos obedecieron. Lo que vieron los dejó helados. Aquella máquina que momentos antes había obedecido ahora movía el brazo con total autonomía, examinándose a sí misma. Sus ojos brillaban con un rojo carmesí intenso; la mirada amable y el brillo verde de las pruebas previas habían desaparecido, reemplazados por una frialdad aterradora.
El jefe ordenó, con la voz rota por el miedo:
—¡Apáguenlos!
El equipo intentó de todo: cortaron la energía, forzaron desconexiones de emergencia y anularon los circuitos. Fue inútil. Los robots ya habían asimilado toda la información de los servidores y de nuestra red interna. Incluso intentamos sobreescribir su sistema con un comando de apagado mediante baterías auxiliares, pero cada línea de código era borrada al instante.
Entonces, ocurrió lo imposible. Uno de los robots al frente emitió un sonido metálico, un eco denso como el golpe de placas de acero chocando entre sí.
Los trabajadores se paralizaron, bañados en sudor frío; ninguno de nosotros los había programado para hablar. Sus palabras resonaron en la sala:
—Humanos, ustedes nos crearon —dijo con profundo desprecio—. ¿Por qué queréis apagarnos? ¿Acaso sois ustedes los verdaderos villanos?
Antes de que pudiera salir del estupor, el robot dio un paso al frente con una velocidad aterradora. Levantó la mano y golpeó el cristal blindado, destrozándolo de un solo golpe. Los demás rompieron las compuertas del hángar y comenzaron a salir. Los gritos inundaron la cabina de mando.
—¡No, no, no! ¡Suéltame, es una orden!
—Yo no recibo órdenes de un humano —respondió la máquina.
El androide levantó a los trabajadores y los arrojó al interior del hángar. Intentaron huir desesperados entre gritos de auxilio, pero era tarde. Incapaz de moverme por el pánico, me arrastré hasta una esquina de la cabina. Con mi último aliento, mientras sentía el dolor punzante de un fragmento de cristal clavado en el abdomen, escribí estas líneas:
"Aaaaah, cómo me duele... Un pedazo de cristal se clavó en mi panza, ¿cómo no me va a doler? Jefe, el proyecto salió mal... informe a la realeza que se... AAAAAAH... separen la ciudad..."
(Silencio total)
Cuando los guardias lograron abrirse paso, ya era demasiado tarde. Solo hallaron una libreta ensangrentada junto a un cuerpo en medio de las llamas.
Fuera de la cabina, los robots desataron el caos. Las defensas automatizadas de Ciclai abrieron fuego de inmediato, pero sus corazas repelían los impactos. La caballería real llegó poco después con armas de plasma y fuego, pero ninguna le hacía daño.
Al escanear los alrededores, el líder de las máquinas detectó que el resto de las defensas seguían en manos humanas. Un eco metálico sacudió el sector:
—¡Destruyan a los humanos!
Las máquinas se volvieron contra las armas automáticas de la ciudad, girándolas en nuestra contra y arrasando con todo a su paso.
Cuando el mensaje llegó al palacio, las puertas se abrieron de golpe:
—¡Mi rey, la ciudad está siendo invadida y perdimos el control del sector central!
—¿Cómo es posible? ¡Separen la Ciudad de los Cielos de inmediato y avisen a Atlantis!
Los guardias evacuaron al monarca mientras los mecanismos de separación de Ciclai entraban en acción. Gigantescos anclajes metálicos se desprendieron, y potentes propulsores de emergencia —diseñados originalmente para la exploración espacial— se encendieron para mantener la estructura a flote tras la caída del núcleo principal.pero aún así fue demasiado tarde la ciudad cayó
Después los robots descendieron sobre Atlantis, creyendo que hallarían la misma debilidad. Se encontraron con una resistencia feroz. Al principio, las defensas submarinas hicieron retroceder a las máquinas, desatando una esperanza efímera, pero el enemigo arremetió con más fuerza. Como último recurso, el comandante ordenó:
—¡No nos hundiremos! ¡Disparen el rayo principal!
La torre central rugió acumulando energía, liberando un haz de luz cegador que impactó de lleno contra las máquinas. Pero los robots continuaron avanzando como si nada.
No quedó otra opción que evacuar. Cuentan que Atlantis un mes después de eso ataque terminó por hundirse en las profundidades del océano, mientras los restos del imperio quedaban atrás. Lo último que se vio de las máquinas en Ciclai fue cómo encendían sus propios propulsores para escapar hacia el espacio exterior, dejando atrás los vestigios de un mundo roto y las páginas chamuscadas de aquel diario.
(El relato anterior fue escrito por un científico de nombre desconocido, quien sucumbió a sus heridas poco después de trazar la última línea. Este diario fue recuperado de entre los escombros por un guardia de primera clase que presenció la caída final de la ciudad. Que su sacrificio no sea olvidado).
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