Capitulo 1
Siempre quise ser la mejor en todo. Me esforzaba constantemente por cumplir con las expectativas ajenas, buscando esa chispa de aprobación y validación que sentía que nunca terminaba de alcanzar. Colegios, notas perfectas, puntualidad inflexible y un rendimiento físico impecable.
Mi familia era de escasos recursos y a mis padres siempre les costó muchísimo sostenerme, pero aun así se desvivían por darme lo necesario para que pudiera salir adelante. La convivencia con mi madre siempre fue estricta; vigilaba cada uno de mis pasos para asegurarse de que no me desviara del camino. No lo hacía por maldad, sino porque su único anhelo era verme con el futuro asegurado. Y lo logré. Con esfuerzo y trasnochadas interminables, me recibí de dermatóloga y cirujana. Mi vida tomaba el rumbo exacto que debía.
Hasta esa noche.
-¡Rápido! ¡Pásenme el bisturí, hay que terminar esto antes de que se desangre! -grité a mis residentes, perdiendo la paciencia ante la lentitud del equipo.
Había ingresado un paciente en condiciones deplorables: una paliza brutal le había destrozado el rostro y fracturado múltiples huesos. Era un caso prácticamente perdido. Pero se trataba del hijo del presidente de la república. Un patán intocable que se dedicaba a amenazar y extorsionar a mujeres, y que esta vez había pisado un terreno demasiado peligroso, pagando con una sesión de tortura de días que lo había dejado convertido en un cadáver andante.
Y, por desgracia, logré salvarlo.
No sé cómo lo hice. Mis manos actuaron por inercia médica, pero al hacerlo cavé mi propia tumba. En cuanto se esparció la noticia de que yo, María Sofía Garrido, le había devuelto el pulso a esa basura, la sociedad estalló en dos bandos: los que aplaudían mi milagrosa habilidad quirúrgica y los que me maldecían por haberle salvado la vida a un violador.
Pero lo peor no era la opinión pública. Lo peor eran los hombres que habían intentado matarlo, y que estaban furiosos porque alguien se había atrevido a robarles su venganza.
Una noche, la peor pesadilla se materializó. Irrumpieron en mi apartamento a patadas, destrozaron los cristales a tiros y asesinaron a mi madre de frente a mí, sin titubear. Antes de que pudiera procesar el dolor, uno de ellos me apuntó directamente a la frente con el cañón humeante de su arma.
-¿Te parece gracioso arruinarle el trabajo a otros? -preguntó con una cara bastante aterradora, apretando el acero contra mi piel-. ¡CONTESTA!
-Yo... solo hacía mi trabajo -balbuceé entre sollozos, con el cuerpo paralizado por el pánico.
-¿Tu trabajo es salvar violadores? -escupió con desprecio, bajando el arma para dejarla sobre la mesita ratonera-. ¿Entonces tampoco te importará que te usen un poco, no?
Levanté la vista, aterrada. Negué con la cabeza de forma desesperada, suplicándole en silencio que no me tocara, pero antes de que pudiera mover un solo músculo, uno de sus cómplices me derribó al suelo, justo al lado del cuerpo sin vida de mi madre. Me inmovilizaron boca abajo y me arrancaron la ropa.
Cada penetración fue una tortura física y psicológica. Se turnaron uno tras otro mientras las horas se dilataban en una agonía infinita, castigada simplemente por haber hecho mi trabajo con la persona incorrecta.
Cuando terminaron, el líder se inclinó para mirarme a los ojos. Mi cuerpo ya no respondía, ni siquiera tenía fuerzas para temblar; habían logrado su cometido de quebrarme por dentro. Soltó una risa seca y volvió a apuntar a mi cabeza. Al ver la intención en sus ojos, cerré los párpados, resignada al final que me habían impuesto. El estampido retumbó seco, sentí un impacto ardiente atravesar mi cráneo y la oscuridad absoluta me devoró al instante.
Extrañamente, volví a abrir los ojos.
El canto de los pájaros y el eco lejano de sirenas policiales se filtraban por la ventana. Intenté incorporarme con bastante dificultad, mareada y con un sumbido en el oido. Miré a mi costado y pude notar que mi madre estaba tirada en el suelo sin vida, mi corazón se partió en pedazos al ver esa escena, no pude ni llorar del impacto que recibí al verla. Noté una sensación extraña y pegajosa bajando por mis piernas: una mezcla de fluidos y sangre reseca, generando una sensación de asco y angustia. El sol de la mañana golpeaba con fuerza, lastimándome la vista. Después de un delirio de confusión, lo que pensé fue: ¿Amaneció?
Caminé mareada hasta el baño para mirarme al espejo. El grito se me atoró en la garganta al ver una cicatriz roja y reciente justo en el centro de mi frente. No hizo falta ser muy lúcida para entender que ese era el lugar exacto donde la bala había entrado.
De repente, el sonido de la puerta principal siendo forzada me sacó del trance. La policía había ingresado al apartamento en busca de sobrevivientes.
Salí del baño con la intención de pedir auxilio, pero al asomarme hacia la sala, escuché una conversación que me heló la sangre.
-¿Solo está el cadáver de la anciana? Pensé que habían eliminado a la otra mujer también -comentó uno de los oficiales con total indiferencia mientras revisaba el desastre.
-Seguramente uno de los imbéciles de a noche se llevó el cuerpo de la muchacha. Ya sabes cómo son de enfermos, no me sorprendería -respondió su compañero, abriendo un mueble en busca de objetos de valor-. Limpiemos las huellas rápido y avisemos abajo que está todo despejado.
Me quedé muda, paralizada por el terror. La policía no iba a salvarme; eran parte del engranaje corrupto. Tenía que huir de inmediato, pero estaba atrapada en un sexto piso. Miré desesperada a mi alrededor, regresé en silencio al baño y cerré la puerta con sumo cuidado, pasándole la tranca por si acaso.
Mis ojos se posaron en la ventana pequeña del fondo. Conectaba directamente con la escalera de emergencia exterior, aunque la distancia era considerable y las alturas siempre me habían provocado vértigo.
Tragué saliva, contuve la respiración y me subí al inodoro. Al girar la manivela de la ventana, las bisagras oxidadas emitieron un chirrido insoportable que resonó en todo el departamento.
-¡¿Hay alguien ahí?! -gritó una voz masculina desde el pasillo.
Un escalofrío me recorrió la espina dorsal. Sin pensarlo más, me abalancé sobre el marco, utilizando una cornisa estrecha para apoyar los pies y no perder el equilibrio. Miré hacia abajo y el estómago se me dio vuelta; el abismo parecía tragarse el suelo.
-Tú puedes, tú puedes... -repetía para calmar el temblor de mis manos.
De pronto, un golpe seco resonó en la puerta del baño, haciéndome dar un salto que casi me cuesta la vida.
-¡Está trancada! ¡Ayúdame a empujar! -escuché al otro lado mientras los golpes se multiplicaban, amenazando con derribar la madera.
Con el corazón latiéndome en los oídos y el terror ahogándome, tomé impulso y salté con todas mis fuerzas hacia la estructura de la escalera de emergencia. Logré aferrarme con las manos, aunque un crujido agudo en mi muñeca me hizo soltar un gemido de dolor. Colgando al vacío, me esforcé al máximo para subir el torso justo cuando la puerta del baño cedía tras mis espaldas.
Bajé los escalones a toda velocidad. Al llegar al segundo piso, vi que también había patrulleros y oficiales custodiando la entrada principal abajo. Miré mis piernas, aún manchadas de sangre, y decidí desviarme hacia el apartamento de mi vecina de confianza, Carmen.
Toqué el timbre desesperada y golpeé la madera con los nudillos.
-¡Carmen! -grité al borde del colapso.
La puerta se abrió de golpe.
-¡Sofía! ¡Santo cielo, qué te pasó! -exclamó alarmada al verme el rostro. Sin mediar palabra, me agarró de la muñeca sana y me arrastró hacia adentro, echando el seguro de inmediato-. ¿Qué carajo te pasó, mi niña?
Carmen se quedó sin aliento al ver los rastros de sangre seca en mis piernas. Se llevó las manos a la boca, con los ojos anegados en lágrimas, y me envolvió en un abrazo protector.
-Tranquila, hay policías abajo, ya mismo les avisamos... -empezó a decir, intentando apartar mis cabellos revueltos.
-No, Carmen... ellos son cómplices de los hombres que hicieron esto -la interrumpí con la voz quebrada.
-¿Los policías? Ay, Dios mío... sabía que no se podía confiar en esa mierda corrupta -escupió con rabia.
A trompicones, entre sollozos incontenibles, le conté toda la verdad: cómo operé al hombre incorrecto, la venganza, el asesinato de mi madre y la violación sistemática frente a su cadáver. Cada palabra era un cristal roto en mi garganta. Carmen me abrazó con más fuerza, maldiciendo en voz baja a cada uno de los monstruos que me habían destruido.
Cuando logré estabilizarme un poco, me llevó a su baño para ayudarme a ducharme, lavar mi cabello y vestirme con ropa limpia. El calor del agua me devolvió una chispa de lucidez al cuerpo.
-Te quedarás aquí oculta. Cuando los patrulleros se vayan del edificio, te ayudaré a escapar a lo de un viejo conocido que vive en las afueras. Será un viaje largo, pero allí estarás a salvo -me prometió con firmeza, sentándome en el sofá de la sala.
-Gracias, Carmen... de verdad, no sé qué haría sin ti -murmuré con los ojos húmedos.
-No me agradezcas nada, eres una buena persona y te quiero como si fueras de mi familia. Ya verás que saldremos de esta- me contestó con cariño, mientras limpiaba mis lágrimas.
Me preparó un té caliente y unas galletas. Mientras daba pequeños sorbos intentando calmar el temblor de mis manos, la mirada se me perdió en la taza. Los recuerdos de mi madre defendiéndome, el estampido del disparo, la humillación... todo comenzó a fermentar en mi interior. El miedo inicial se fue transformando en algo mucho más oscuro y denso.
Ya no quería huir para siempre. Quería justicia. Quería venganza.
A las pocas horas, unos golpes firmes en la puerta de Carmen interrumpieron nuestros pensamientos. Ella retiró rápidamente la taza vacía, me indicó con la mirada que me escondiera en el baño y abrió con cautela.
-Buenas tardes, señora. Disculpe la molestia, somos oficiales de policía. Necesitamos hacerle algunas preguntas sobre una persona desaparecida -dijo un agente desde el umbral.
Me senté en la tapa del inodoro, con la oreja pegada a la puerta, dispuesta a no perderme ni una sola palabra.
-Buenas tardes... oficiales -respondió Carmen con la voz ligeramente alterada.
-Buscamos a una vecina de este edificio. Hubo un incidente esta madrugada y su madre lamentablemente falleció por delincuentes que ingresaron al apartamento. La joven desaparecida se llama María Sofía Garrido. ¿La ha visto por aquí?
-Ay, por Dios... no, no la he visto. Pobre muchacha, era un ángel, siempre tan atenta con todos... -respondió Carmen logrando que su voz sonara quebrada y genuina-. ¿Exactamente qué le pasó? ¿Tardarán mucho en encontrarla?
-Haremos lo posible, señora. Gracias por su colaboración y disculpe las molestias -se despidió el oficial antes de dar media vuelta. Escuché cómo Carmen cerraba de un portazo seco.
Salí del baño con pasos silenciosos. Carmen estaba sentada en el sofá, con los brazos cruzados y el ceño fruncido.
-¿Puedes creer que están usando una foto tuya de hace seis años para la búsqueda? Ni siquiera se dignan a hacer bien su trabajo, malditos cínicos -bufó con indignación.
-¿Una foto de hace seis años? ¿Cómo la consiguieron tan rápido? -pregunté extrañada.
-Seguro investigaron tus redes sociales. Recuerdo que habías subido esa foto celebrando cuando ganaste un premio de medicina.
-Hace siglos que no abro esas cuentas... -murmuré pensativa.
-No importa. Mañana temprano saldré a comprar algunas cosas necesarias y trataré de conseguirte un teléfono viejo para que puedas comunicarte si pasa algo mientras no estoy.
Asentí en silencio, agradecida por su lealtad inquebrantable. La noche cayó sobre Montevideo con una brisa helada que se colaba por las rendijas de las ventanas. Carmen me acondicionó el sofá con varias frazadas y, aunque el peso de lo ocurrido me aplastaba el pecho, por primera vez en el día sentí que podía estar tranquila después de la tormenta.
Fin del capítulo 1
Espero que les haya gustado, llevo dos semanas escribiendo el mismo episodio cambiando varias cosas y está es la versión que más me gustó. Estaré subiendo más episodio, muchas gracias por la oportunidad de leerlo. ☺️







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