La Cuota
El pasto estaba altísimo y se perdía a la vista.
Un sendero abierto a la fuerza por ruedas de madera cortaba la llanura. La carreta rechinaba con cada piedra. El conductor agitaba las riendas y el caballo obedecían por costumbre, no por fuerza. Atrás, entre sacos y cajas que saltaban con cada bache, el único pasajero se desenvolvía como podía para no golpearse.
—¿Lograremos llegar antes de que caiga la noche? —preguntó.
—Es posible. Quiero cruzar. No me gusta este lado de la muralla.
—Tiene razón, caballero... estos monstruos malditos dan miedo.
—No todos... hay que aceptar que sus mujeres son las más bellas del mundo... ese cabello rojo fuego y sus ojos cafés...
—Se refiere a las lobas... yo me refería a las gatas... las prefiero rubias y de ojos claros...
—No las he visto... desearía conocer alguna.
—Estoy planeando ir a Otán por negocios, tengo unas especies que creo se venderán muy bien ahí... ¿quiere acompañarme? Así conocería un par de gatas... ahí las hay por todos lados...
—Sabe que tengo miedo a que una de ellas me coma... tener una amistad con esas razas es jugar con la muerte, tienen la capacidad de acabar con uno en un suspiro...
—Jajajaja, son humanos como nosotros... sí, un poco quisquillosos, pero al fin humanos...
La muralla ya podía verse.
Casi diez metros de altura. Negra por la humedad. Un solo paso fronterizo. Estaban dejando atrás la zona de las Tres Lagunas y entrando a la Tierra del Exilio.
El conductor miró al cielo. Aún claro. Suspiró aliviado.
Fue entonces cuando el caballo relinchó.
No fue un relincho de cansancio. Fue un grito. Se encabritó, hizo perder el control de las riendas y la carreta se ladeó.
De entre la maleza, sin hacer ruido, salió.
Un lobo. Un huargo del alto de su hombro. El lomo erizado, los colmillos amarillos, los ojos clavados no en los humanos, sino en el caballo.
No dudó. Saltó al cuello de la bestia y lo destrozó al instante. El crujido se escuchó por encima del rechinar de la madera.
Silencio.
El huargo levantó el hocico ensangrentado, miró a los dos humanos que temblaban abrazados a la carreta, y habló.
—Ustedes pueden marcharse... la cuota de carne para pasar ha sido pagada.
Soltó una carcajada que no era risa humana.
Y se volvió a adentrar en la maleza, arrastrando el cadáver del caballo como si no pesara nada, dejando el surco del pasto aplastado detrás de él.
Los dos hombres entendieron con miedo cual era su posición en Dathdalia.

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