Capítulo 1
Tropes ☘
Acoso - Obsesión - Inner voice - LGTBQ+
Mi interés por lo sobrenatural comenzó a una edad temprana. Cuando conocí el concepto de la magia, sentí que el único límite era la imaginación. Guiada por este intrigante descubrimiento, me vi impulsada a buscar todo lo relacionado con ese mundo. Tuve suerte cuando la industria cinematográfica mostró interés por este género; el entretenimiento se llenó de películas, novelas y todo tipo de mercancía digna de mi atención. No fui exigente con las áreas en las que se enfocaron, pues era un tema con mucha tela para cortar. Mi pasatiempo favorito se enfocó en historias de vampiros, hombres lobo, arcángeles e incluso demonios. No fue una sorpresa la reacción de mi madre cuando descubrió lo que me motivaba a terminar mis deberes. Pronto, sus limitaciones como madre responsable enjaularon mi obsesión. Pero no hay mal que dure cien años, ni cuerpo que lo resista: mi adolescencia y la rebeldía que la acompaña derribó barrote por barrote la jaula de mi madre. Con el tiempo, ella aceptó mis gustos extraños.
A principios del verano, regresé a casa después de terminar mi registro en la universidad. Encontré a mi madre inconsciente en el suelo de la cocina. Una vez ingresada en urgencias y trasladada a la UCI, mi mundo se vino abajo. Ella se encontraba en estado crítico. No podía procesar cómo era posible que estuviera tan mal si siempre había gozado de buena salud. Los días se convirtieron en meses. El diagnóstico de su enfermedad parecía inalcanzable. Su fuerte espíritu era la razón que me mantenía en pie, pero no podía decir lo mismo de su cuerpo. Tras largos días en vela, la angustia que consumía poco a poco mi esperanza finalmente me lo arrebató todo. ¡Qué irónico es el mundo! Los brotes fervientes de vida que florecían en los árboles lucían tan radiantes en esta temporada, llenos de vitalidad, rebosantes de color y aromas refrescantes. En cambio, ella, quien luchó con todo lo que tenía en esa fría cama de hospital, se marchitó hasta el punto en que no pudo soportar más.
En la noche siguiente a su funeral, aún seguía llorando hasta el cansancio. El insomnio no me permitía escapar de la realidad; era como si mi cuerpo siguiera en guardia, tal como lo estuvo durante todos esos meses en el hospital. Mi hermana Giselle, quien intentaba darme palabras de ánimo, parecía aún más frágil que yo. Para ella fue devastador, pues tuvo que seguir trabajando sin descanso para cubrir los gastos médicos pendientes. Sentí que estaba siendo desconsiderada, deseaba darle consuelo a mi hermana —lo único que me quedaba—, pero ni siquiera podía conmigo misma. Con suerte probaba un bocado durante el día y la razón era mi madre. Recuerdo que ella observaba con preocupación cuando me disponía a cuidar de ella en el hospital, pensaba en qué sería de mí cuando ya no estuviera. Yo quería decirle que no tenía de qué preocuparse, que solo debía pensar en ella y su salud, pero era imposible engañarla.
Fue en un momento como ese cuando quise romper el ciclo de dolor, hablando de cualquier tema que pudiera sacarnos de la cruda realidad. Tenía que encontrar la forma de hacer más amena la situación, pero no me imaginé que ese deseo terminaría desembocando en una conversación cómica sobre mi futuro y mi vergonzosa relación con lo sobrenatural.
—Debes prometerme que, si llego a morir, seguirás con tu vida y no perderás el tiempo llorando como una Magdalena. Y ni se te ocurra meterte en nada oscuro, Señorita, yo conozco a mi gente. No quiero enterarme en la otra vida de que mi hija está en el infierno. No, señor.
—¡Mamá! ¡Las enfermeras te van a escuchar! —mascullé mientras sentía las mejillas arder.
La imagen de la expresión que hizo mi madre ese día, durante esa ridícula conversación, terminó siendo uno de mis tesoros más preciados. Aunque me reprendió e imaginó una película a partir de una idea que llegó al azar, en mi corazón deseaba con todas mis fuerzas que ella siguiera haciéndolo. Que nuestros días de reproche cotidiano continuaran con normalidad, como siempre lo había sido. Pero tal parece que todo lo bueno tiene su fin.
Tiempo después, terminé mudándome con mi hermana Giselle, al norte del país. Ella trabaja como secretaria en una renombrada empresa de textiles. Su trabajo le ha permitido tener una importante lista de contactos, lo que la llevó a comprarse una casa en un condominio poco arrendado en el cual terminamos viviendo juntas.
—¡Ciabel, me voy, volveré mañana!
Su grito se filtró con dificultad por las paredes de la habitación, pero gracias a la intensidad pude escucharlo sin problemas.
—¡Cuídate mucho!
Menos mal que, ya me había adaptado a estar sola. Entendía que el trabajo de mi hermana consumía demasiado su vida y que, debido a eso, nuestro tiempo juntas se reducía con frecuencia. Ahora me encontraba acomodando mi pequeña colección de libros en la estantería que ella me compró con mucho amor.
Ordené el último libro de la saga Lo que nunca entendí de ti y di por terminada la tarea.
Qué tristeza, ya se acabaron tus libros.
—No es solo tristeza, Conciencia, es mi fin.
Aparte de Giselle, mi Conciencia era mi única amiga. Desde que tengo memoria, recuerdo haberla escuchado intervenir en mi vida. Cuando quise preguntar si eso era igual para todos, creyeron que se trataba de un amigo imaginario; luego comprendí que no era normal en absoluto. Tuve que esconder mi condición por miedo a que pensaran que se trataba de alguna enfermedad mental. Por extraño que pareciera, estaba segura de que ella era real y de que yo no estaba loca.
—Luego compraré más.
Me fijé en el despertador que estaba sobre la mesa de noche. Seis y cinco de la mañana. Como de costumbre, hoy también contaba con un buen inicio de día. Mi madre solía levantarse a las seis de la mañana; ponía música para hacer las labores de la casa y no le importaba mucho que mi sueño se viera interrumpido por eso. Se justificaba diciéndome que era yo quien decidía tener un horario de sueño tan desordenado. Pobre de mí cuando me oía quejarme con que el día no me rendía: era seguro que me sacaría el tema en cara, diciendo que ella ya me había enseñado qué hacer para aprovechar el tiempo al máximo. El continuo recordatorio terminó calando en mí y, sin tener otra alternativa, tuve que adoptar su horario. Ahora para mí es normal despertar temprano, aunque eso no quita el hecho de que deba acostarme pronto si no quiero caer rendida de sueño.
¿A qué horas es que comienzas a acosar al “vampiro” ese?
—A las siete.
Sigo pensando que el supuesto vampirito te va a decepcionar.
—Por favor, no comiences a molestar con eso otra vez.
Apreté con fuerza la sábana que estaba doblando. En este momento aún cuento con la esperanza de encontrar algo diferente a la decepción. Después de la muerte de mi madre, pasé alrededor de casi un año intentando adaptarme a su ausencia. Después de mucho esfuerzo, reuní el valor para continuar con mi vida. Tuve que volver a realizar el examen de ingreso de la universidad. Debía prepararme para poder hacerme responsable de mí misma. Giselle me consoló todos estos meses, con preocupación en su corazón me pidió que aplazara el estudio hasta que me sintiera lista; no quería que yo me sobreesforzara y eso terminara siendo más perjudicial para mi salud física y mental. Me negué varias veces, admito que fui caprichosa. Conocía mejor que nadie que era un intento apresurado por abandonar mi propia realidad.
Cuando llegó el momento de revisar los resultados de admisión, fue un alivio saber que fui admitida, pero ahora me enfrentaba a una nueva dificultad: ¿qué carrera iba a estudiar?
Antes de que mi madre enfermara pensé que un trabajo de oficina, con un horario poco esclavizante, sería una buena opción. En esta nueva ocasión pensaba igual. Pero cuando revisé con más detalle el plan de estudios encontré un camino diferente: la antropología. En los artículos de visualización masiva de las facultades que la universidad exponía en su web apareció el proyecto de grado de un estudiante que le apasionaba la historia. Realizó una exhaustiva investigación sobre la importancia de las creencias e ideologías de grupos indígenas de la zona. En el marco teórico se ilustraron ritos de magia y su impacto en la sociedad. Estaba tan intrigada que me leí todo el estudio; mi anhelo por entender la magia renació cual fénix de sus cenizas. Esta era la carrera que mi pequeña yo había aspirado a estudiar.
Una vez que ingresé en la facultad de ciencias sociales y me matriculé en el primer semestre de antropología, la paciencia fue mi primer obstáculo. Antes de adentrarme en mi verdadero interés, debía adquirir las herramientas necesarias para estudiarlo de forma adecuada. En este punto de mi vida, sabía que mi alocado deseo por averiguar si el mundo sobrenatural era real había mermado casi por completo; sin embargo, por lo menos podría conocer más sobre la fascinante magia de las antiguas civilizaciones.
Fue ahí cuando recordé que, en el pasado, solía espiar a niños con comportamientos poco comunes para corroborar mi hipótesis de que se trataba de seres sobrenaturales. Aunque debo admitir que también lo hacía porque me parecían lindos. Lamentablemente, descubrí que no tenían ninguna relación con lo sobrenatural: solo eran chicos diferentes a los demás.
Mi ambición poco moral murió con el pasar de los años, o eso fue que lo pensé hasta que lo conocí a él: Josh Moore. En mi veintiuna primavera sobre esta tierra quise concentrarme de lleno en mis estudios, pasaba más tiempo en el campus de la universidad que en mi casa. En medio de mi estricta rutina apareció él, como si su presencia se tratara de un evento oculto de un videojuego.
Aquel día decidí despejar la mente y me acomodé a leer bajo los árboles que rodeaban la biblioteca universitaria. Tras una larga lectura, cerré el libro y me dispuse a descansar. Fue entonces cuando observé a lo lejos un grupo de jóvenes jugando a lo que parecía ser rugby. En un extremo, destacó la figura de un chico alto. Por un pequeño instante, una extraña sensación me recorrió por dentro: algo no encajaba. Fruncí el ceño y culpé a mi pésimo hábito de sueño.
Decidí dar por terminado mi descanso e intentar ignorar lo sucedido. Pero ya era demasiado tarde; por más que intentaba concentrarme, los ojos se me iban continuamente del libro a la cancha. Mantuve esa lucha interna apenas unos minutos, hasta que lo acepté: si debía saciar mi curiosidad para continuar con mis deberes, lo haría y asunto concluido.
Llegar hasta allí fue sencillo, pues la cancha cuenta con gradas abiertas al público. Nadie notó mi presencia; todos estaban en lo suyo. Fingí hacer lo mismo, actuando como si me importara poco el entorno mientras me enfocaba en él. El contraste entre él y sus compañeros era evidente: mientras los demás sudaban y se veían agotados, él parecía recién llegado. Su piel, blanca como los lirios, daba la impresión de nunca haber tenido siquiera indicios de acné. Sus ojos, azules como el cielo, deslumbraban bajo la luz del sol.
En mi pecho se encendió la llama del deseo. Quería saber más de él; no importaba cómo, tenía que averiguar más. Cuando noté aquel obsesivo deseo que florecía cual mala hierba en tierra fértil, me fui de ahí. No podía permitir que esos comportamientos inmaduros dirigieran mi futuro a estas alturas de mi vida.
Sin embargo, aquellos encuentros de aire clandestino debilitaron mi determinación a medida que se repetían uno tras otro. La gota que derramó mi autocontrol cayó un día de lluvia, mientras buscaba refugio para mí y los libros que traía de la biblioteca. Terminé tras una pequeña bodega que daba hacia el bosque del campus. Aguardaba a que escampara cuando, a través de los árboles, divisé la figura de una persona. La lluvia caía con tanta fuerza que no logré distinguir de quién se trataba, pero sí escuché con claridad el crujido de la madera al romperse. Abracé la mochila contra mi pecho pensando que podría tratarse de un árbol a punto de caer, tal vez porque estaba podrido o porque un rayo había caído sobre él. Me resguardé en el otro extremo de la bodega sin perder de vista la vegetación, hasta que al rato emergió la figura del mismo muchacho que perturbaba mis días. Su enojo era palpable: avanzaba con firmeza mientras mantenía el puño derecho apretado. Aunque estaba segura de que me había visto, actuó como si yo no existiera. En cuanto cesó la lluvia, me acerqué al punto donde estaba parado: un imponente árbol lucía un cráter recién hecho en el centro del tronco. Me pregunté si había sido él.
Después de ese incidente, sin darme cuenta, comencé a compartir con frecuencia los mismos espacios que él. Me engañaba a mí misma diciendo que era una simple casualidad, pero me estaba engañando descaradamente. Fue mi Conciencia la que terminó enfrentándome:
Ciabel, no te hagas la que no sabes. Aunque no sé con certeza lo que pasa por tu mente, conozco tus emociones.
Nuestra conexión es bastante condicional. Ella puede hablarme, percibir mis emociones pero no puede acceder a mis pensamientos directamente. Es como si ella estuviera enjaulada dentro de una habitación de mi mente. Desde su encierro, puede expresarse, mirar hacia el exterior pero nunca alcanzarlo. Mis pensamientos permanecen en un lugar diferente al suyo, por lo que debo transmitirlos de manera consciente si quiero que ella me escuche incluso si no hablo en voz alta.
—No sé de qué hablas —fingí nuevamente.
¡Ciabel, por favor! Si sigues haciéndole caso a tu instinto terminarás por obsesionarte otra vez. ¡Lo sabes!
La discusión continuó por un largo tiempo. Fingí demencia hasta el límite. No quería decirlo porque estaría aceptando que volví a caer en mis tentaciones insensatas. No fue hasta que en una de mis aventuras siguiendo a Josh, con el alcohol recorriendo mi cuerpo, finalmente lo admití.
—Oh, vamos, Conciencia. No es tan malo. Solo estoy teniendo un sano esparcimiento —bufé con torpeza. Mis labios dibujaban sonrisas desajustadas sin motivo aparente.
De mitómana a borracha. Vamos en decadencia.
Esa noche llegué a casa por mis propios medios sin sufrir ningún daño. Tras admitir mi profunda realidad, comencé a seguir a Josh con un plan más elaborado: ya no había vuelta atrás.
Pasé mi mano por la sábana de la cama. El pliegue que había apretado con anterioridad conservaba unas leves arrugas. Miré mi mano con incredulidad; cómo era posible que mis delgados dedos tuvieran tanta fuerza.
Mientras tú te miras la mano a son de quién sabe qué, he llegado a la trágica conclusión de que estás loca. Sigo sin entender tus extrañas creencias. Esos bichos no existen. Más importante aún: ¿qué te hace pensar que está bien lo que haces?
—Ya hablamos del tema, Conciencia. No te voy a responder nada.
Continúe con mi rutina matutina. Me cambié para salir a la universidad pero me desvié hacia la casa de Josh. Faltando diez minutos para las siete me escondí cerca de su casa.
—Él siempre es tan puntual, a las siete en punto ya está cerrando la puerta detrás de sí. ¿Será que es una de las razones por las que creo que es un vampiro?
Es lo más ridículo que has dicho. Que la gente de este país llegue siempre tarde no significa que ser puntual te haga anormal.
—Bueno, esta vez te doy la razón —posicioné mi diestra sobre mi mejilla y lamenté internamente la obsesión que tendía a nublar mi juicio.
A veces debo reconocer que aún hay esperanzas contigo.
No era un comentario del que deba sentirme orgullosa pero viviendo de ella es mucho. Pasé del pensamiento y seguí esperando. A las siete, Josh salió de su casa, subió a su camioneta negra y arrancó hacia la universidad.
¿Cómo carajos es que tiene una camioneta? ¿Cómo es posible que no te parezca raro que ese cacorro ya cuente con semejante vehículo?
—¿Cuál es la necesidad de llamarlo cacorro? ¿Podrías jalarle más al respetico? Gracias.
Hum. De nada.
Volviendo a lo importante, Josh siempre toma la misma calle, yo opto por caminar porque no todos cagamos plata como Josh... Cof, cof, perdón. Decía que lo hago más por la salud, ya saben, siempre sanos, nunca insanos. Aunque no puedo negar que en otras ocasiones hice de delincuente juvenil y tomé prestada la moto de mi hermana para seguirlo aún sin tener licencia de conducir.
Volviendo a las semanas donde lo seguí con tanta cautela, noté que nunca tomó un desvío. Con la plena confianza sobre mi previa información, me abstuve de seguirlo camino al campus.
En el momento que pase por la puerta principal de las instalaciones supe que todo marcharía con normalidad. La mañana emprendió vuelo con rapidez, ni me percaté de la velocidad con la que pasó el tiempo.
Ya en casa, preparé un almuerzo sencillo que acompañé con un delicioso jugo de lulo. Después de almorzar, caí rendida en la cama y dormí profundamente.
La alarma de mi teléfono móvil anunció que ya era hora de levantar mi trasero de la comodidad que me ofrecía el colchón. Esbocé una sonrisa mientras intentaba calmarme: hoy seguiría a Josh hasta el final. A partir de sus actividades logré construir un horario en donde hallé un patrón interesante: los días martes, miércoles y viernes salía de su casa sin falta a las diez de la noche. Hasta ahora no me había atrevido a seguirlo porque me resultaba riesgoso, pero después de tres meses acumulé la confianza suficiente para hacerlo.
A las nueve y media de la noche me vestí con un conjunto negro y faltando diez minutos salí hacia su casa. El viento de la noche me acariciaba el rostro, relajando mi nervioso corazón. La Conciencia interrumpió mi tranquilidad como solo ella lo puede hacer:
Ese man le va a salir gay. Ojo de loca no se equivoca.
—¿No que yo era la loca? Deje de inventar tanta película, Conciencia, es lo último que pasaría.
Uno nunca sabe, no más digo.
Mientras ignoraba a la Conciencia y estando cerca de la casa de Josh, pude ver su camioneta arrancar. Le seguí inmediatamente.
El nuevo camino por el cual transitaba no me era familiar en absoluto, pero poco me preocupaba. Mi interés estaba centrado en el destino al que Josh quería llegar; hoy descubriría algo importante, lo sentía.
El recorrido fue corto, Josh se detuvo frente a una casa de dos plantas. La desolada calle despertó un molesto escalofrío en mí, solo se escuchaba el motor de su camioneta y el de mi moto.
Con cuidado apagué la moto. Si Josh en verdad es un vampiro ya se habrá percatado de que estoy aquí.
En ningún momento se giró para revisar el lugar, eso me alivió un poco, pero tenía en cuenta que las posibilidades de que él fuera un vampiro mermaban.
¿Y cómo sabes que los vampiros tienen los sentidos más sensibles que un humano común y corriente? Mira muchas películas, Mija.
—Cierra la boca.
Me escondí detrás de un muro mientras suplicaba que la fastidiosa de la Conciencia guardara silencio, al mismo tiempo, esperaba con ansias a la persona que abriría la puerta de la casa.
Josh tocó el timbre y esperó. Él vestía unos jeans negros con una camiseta blanca que le quedaba muy bien, la chaqueta de cuero le hacía honor a su fría personalidad. El estúpido está bien lindo, pa’ qué.
Señoras y señores, les pido un minuto de silencio. Hoy veremos cómo Ciabel pierde toda esperanza.
—Usted es muy cansona, en serio.
Esta vez lo dejaré pasar porque sé que vas a estar mal.
—Lo que tu digas.
Blanqueé los ojos con irritación. Con razón últimamente el cabello se me está cayendo tanto, estúpida Conciencia.
Con algo de molestia volví a prestar atención a Josh. El sonido de un candado al abrirse me alertó. La puerta se abrió de a poco y las yemas de mis dedos hicieron presión en la pared que me escondía. La silueta de un hombre alto apareció por el umbral. Una bata blanca de baño colgaba sobre sus hombros morenos, su cuerpo bien trabajado salió a relucir con la luz de la luna, y créeme que no estoy exagerando.
¡Ush! ¿Y ese bizcocho de dónde salió?
Con pasos seguros Josh se acercó y ladeó la cabeza. Los rasgos finos del moreno se acentuaron cuando la defectuosa lámpara pública se encendió, como quien anuncia que aún seguía con vida. El chico imitó el mismo gesto de Josh con su hermosa carita tallada por los mismísimos dioses.
Sin embargo, no fue su belleza la que me quitó el aliento. Cuando sus pasos se detuvieron a unos centímetros de Josh, contemplé su cuerpo balancearse hacia él para envolverlo en un abrazo lleno de pasión; sus labios se estamparon con desesperación en los de Josh.
La escena provocó que mi alma saliera de mi cuerpo: caí en el suelo, no me importó el dolor que este débil acto provocó en mí. Después de semejante momento, observé cómo entraban a la casa con una enorme sonrisa en sus labios. Josh se movió con travesura y nalgueó al morenazo.
¡Ja, ja, ja, ja! Hijueputa, ¡lo sabía! ¡Sabía que era gay!
—No lo puedo creer…
Continuará (ꈍヮꈍ) ♡
Este capítulo tiene una dinámica que puede confundir un poco, pero espero aclararles más adelante a detalle la conexión que tiene Ciabel y su Conciencia. De igual forma pueden preguntar :3/








