Prólogo
¿Qué es lo que queda cuando un imperio cae? Detrás de las risas de júbilo y la esperanza de un nuevo amanecer… ¿Qué queda?
Cuando se mira hacia atrás, se pueden ver miles de muertes en el campo de batalla, nobles siendo castigados por apoyar al emperador, colgados o ejecutados en la guillotina, daba igual…
Los pasillos del palacio estaban cubiertos de sangre y gritos no sólo de nobles, sino de sirvientes que trabajaban ahí para sobrevivir día con día; cuadros en llamas que servirían para la hoguera donde serían quemadas las hijas de la familia real.
¿Qué queda cuando un imperio es hecho añicos para que otro reclame el poder? Cenizas y gritos, caídas como un dominó de familias y personas cercanas a la realeza. El derroche de dinero era equivalente a las almas condenadas.
Uno a uno, cayeron y fueron exhibidos en las entradas del palacio a excepción del emperador.
¿Y después?
Las llamas se alzan con malicia descarada hacia sus espectadores, el que una vez fue su hogar ahora quedaba en brasas calientes, siendo un ataúd con los huesos de sus hermanas y amigos, todo se perdió tan fácil como derribar una torre de bloques de madera, el humo negro y el olor a carne quemada se llevaban sus gritos y los ocultaban entre las risas y sollozos de alegrías de los ajenos.
—No tengo nada —La sangre se derramó en el suelo y la risa del demonio se hizo aún más estridente—, pero te entrego mi alma a cambio de lo que quiero.
—La última del imperio caído, acepto mientras firmes mi contrato.
El demonio de los llamados sangrientos contestó a la petición, no había marcha atrás.








