A la mitad
¿Cuándo lo de siempre dejó de ser lo de siempre?
Las cosas importantes no suelen romperse de golpe. Cambian despacio, casi sin ruido, hasta que un día ya no son lo que creíamos.
Don Cruz arrastraba sus dolencias desde hacía años, mezcladas con el olor a tierra húmeda del amanecer.
Primero fueron los dedos, entumidos por el frío de la madrugada; luego las piernas, y cuando la espalda se negó a inclinarse para ordeñar las vacas, supo que había llegado el momento de heredar el negocio a su hijo: un hombre joven, de mirada amistosa, que había crecido viendo a su padre salir con el sol a vender leche.
—Toño, mijo, ordeña las vacas, cuela la leche y ve a venderla. Yo no podré ir hoy.
—¿Cómo no, pa’? —respondió Antonio, tomando los recipientes aún impregnados del olor a leche fresca y haciendo lo que había visto hacer a su padre toda la vida.
Cargó la mula con cuatro perolas, las de cada día, y comenzó su recorrido por las calles empedradas que serpenteaban el pueblo.
Doña Azucena dejó que le llenara la jarra, pero lo hizo con desconfianza. No era por ver al hijo en lugar del padre, sino porque notó algo distinto en la leche: un espesor que no supo nombrar, pero que le inquietó.
Antonio percibió el gesto. Dudó un instante, como si fuera a decir algo, pero decidió no darle mayor importancia y siguió adelante, jalando a la mula, que aceptaba el camino con resignación.
Con los días, poco a poco, comenzó a notar que vendía menos y que las quejas aumentaban.
El sonido de la leche en las perolas medio llenas jamás le había molestado tanto.
—La leche está muy grasosa —decían algunos.
—Cae pesada a la panza —murmuraban otros.
—No sabe igual.
—Se ve diferente.
—Hace mucha nata.
—Tiene demasiada espuma.
Antonio cambió el alimento de las vacas, que rumiaban sin distinción, sustituyó las perolas que durante años habían acompañado a su padre y hasta empezó a cargar él mismo los recipientes para evitar agitar la leche.
Aun así, los reclamos se volvieron cada vez más extraños.
—La leche me provocó dolor de cabeza.
—Después de tomarla no veo bien.
—Creo que la leche ya no es leche; quién sabe qué será.
Tras muchos días de decepciones y malas caras, Antonio decidió acercarse a su padre, a quien había evitado por vergüenza de su fracaso.
En el corredor de la casa, sentado en la mecedora de palma, don Cruz aguardaba, como si lo estuviera esperando.
—Ya no quieren la leche, pa’, y no sé por qué, si es la misma de siempre.
—¿Qué te dicen, mijo? —preguntó don Cruz.
Antonio le explicó todas las quejas y los cambios que había intentado. Nada había funcionado. Entonces, su padre le pidió que le sirviera un poco.
La observó unos instantes, mientras la espuma descendía, y la probó. Luego miró a su hijo.
—Ya sé cuál es el problema, Toñito. Lo que pasa es que esta es leche… pura leche.
Antonio frunció el ceño, sin entender del todo.
—Pues… ¿no es eso lo que has vendido siempre?
—Ay, mijo… con el tiempo y sin planearlo le fui agregando agua. Un poco al principio, cuando las vacas no daban suficiente; otro poco después, cuando algunas se enfermaron y dejaron de dar; otro tanto cuando a la gente ya no le alcanzaba para pagarla. Y así, de a poco en poco, hoy en día la mitad es agua y la otra mitad leche… o tal vez menos.
Antonio quedó perplejo. Lo entendió todo, pero le parecía increíble; más aún, que la gente no se hubiera quejado.
Esa tarde se quedó pensando qué debía hacer.
Seguir con la media leche que su padre vendía.
Insistir en la leche pura.
Arriesgarse.
A la mañana siguiente, Antonio lavó las ubres de las vacas como cada día. Ordeñó y coló la leche dos veces, como siempre.
Antes de salir, miró el pozo por un instante; luego las perolas y a su padre.
Todo parecía normal.
Antonio no lo estaba.








