La chica del barandal
Y al mirarla a los ojos, no sabía nada. Sus pupilas estaban dilatadas, no se movían ni un solo milímetro, fijas estaban también en mí, con una sonrisa amarga. Sus dientes poco se asomaban. El cabello, en una pequeña coleta, se acomodaba. Y cuando por fin dijo algo, solamente fue "adiós."
Sábado 15 del mes de octubre del año 2025, un año antes de aquel último mirar.
Las celebraciones en el rancho eran de lo más espectacular. Caravanas llenas de peregrinos llegaban a la comunidad, como miles de hormigas que acaban de encontrar un pedazo de pan: niños, jóvenes, ancianos, perros y uno que otro animal, todos cantando y rebosando. Yo solamente estaba sentado en un banquillo. La alcancé a mirar, sentada igual que yo, en un viejo barandal, observando su teléfono a cada rato y mirando a su alrededor, buscando algo. Nadie tomó plática con ella en toda esa tarde, aunque parecía esperar a alguien.
Del barandal se levantó y fue hasta mi puesto, donde yo vendía tacos y jugos a quien quisiera por ahí pasar.
—Buenas noches, ¿qué precio tienen? ¿Puedo comer aquí?
—Claro, por supuesto, tome asiento. Las órdenes son a veinte.
—Traiga cuatro tacos y un vaso de agua, de la que usted prefiera.
Conversando un rato, me señaló que con su padre venía en aquella ocasión.
—Fue a buscar el baño hace ya más de tres horas y no lo veo por ningún lado. Me ha dejado a solas.
—Tranquila, debe de haber una larga fila, porque solamente hay dos o tres baños en la capilla.
Increíble era su forma de hablar. Un timbre su voz tenía en cada sílaba, y movía las manos cada que una idea cruzaba por su mente, como un rayo surcaba su cabello, para así darme más información de la que podría darme solamente su voz.
—¿Llevas mucho tiempo en la peregrinación? ¿Todavía van a seguir otro rato más, o ya para mañana ya te vas?
—Sí. Lo que pasa es que venimos en busca de un favor. Hacemos la peregrinación por la salud de mi mamá, que en el rancho está con una grave enfermedad, y creo que esto la podría ayudar, o es lo que dice mi papá. No lo sé. Siento que las opciones se nos acaban de terminar, y esto no sirve para no desalentarnos y seguir con la frente en alto.
No me había dado cuenta, pero ella era muy hermosa. Tenía unos ojos almendrados y unas cejas muy negras, de piel canela, aunque más blanca que la mía. Cuando ella me extendió su mano para pagarme por el plato, noté que en su dedo tenía un lunar, y aunque feo, creo que sostenía muy bien con sus largos dedos.
Después de esa noche pensé que no la volvería a ver. La peregrinación había transcurrido como de costumbre. Uno o dos días hubo de fiesta y de mucha muchedumbre. Los peregrinos entraban y salían: unos regresaban a sus casas, otros andaban para irse a otra comarca. De la joven no supe más, ni siquiera su nombre pude recordar, o recordar si se lo pregunté aquella noche donde su padre no aparecía por ningún lado.








