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Tu mundo en llamas

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Summary

"Ella es su debilidad, su perdición y su único mundo. Y si alguien se atreve a tocarla, está dispuesto a quemar el imperio entero." Olivia sabe muy bien lo que es nacer entre sangre, lujos y secretos. Su vida está escrita bajo las reglas de la mafia: cenas elegantes con capos peligrosos, alianzas de poder y la constante amenaza de una bala enemiga. Pero el verdadero peligro para ella nunca fueron sus rivales, sino Alessandro. Él es su mejor amigo, el heredero de una de las familias aliadas más poderosas, y el hombre más posesivo y protector que existe. Para Alessandro, Olivia lo es absolutamente todo: cuida de ella con fervor, la inunda de regalos extravagantes, vestidos de alta costura y flores, y vigila cada uno de sus pasos con celos enfermizos. Todos saben que cruzar la línea con ella es firmar su sentencia de muerte. Olivia lleva años enamorada en secreto de su mejor amigo, cansada de morderse los labios cada vez que él la mira como si fuera intocable. Una noche, cansada de la tensión y guiada por el deseo, cruza la línea y lo besa. Alessandro no se aparta. Le sigue el juego, la devora y, sin pensarlo dos veces, le exige lo que siempre ha sido suyo: que sea su novia. Entre cenas de negocios donde se cierran pactos mortales, los pasillos de una mansión custodiada por su fiel dóberman, Ares, y una pasión tan oscura como incontrolable, ambos descubrirán que cuando dos mundos.

Status
1h ago
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1. El peso de la corona

El champán burbujeaba en la copa de cristal tallado, pero el verdadero veneno de la noche estaba sentado justo a mi lado.

Alrededor de la mesa larga del reservado, los hombres más peligrosos de Roma y Nápoles reían con la misma falsedad con la que brindaban. Las cenas de la mafia nunca eran solo cenas; eran tableros de ajedrez donde cada copa de vino escondía una advertencia y cada apretón de manos, una sentencia de muerte. Mi padre conversaba con el capo de los Rossi sobre rutas de importación y puertos seguros, mientras mi madre asentía con esa elegancia gélida que nos habían enseñado a portar desde la cuna.

Yo llevaba un vestido de seda negra con la espalda descubierta, una obra de alta costura que me había costado tres horas de pruebas, pero mi mente estaba en otra parte. O, mejor dicho, en otra persona.

Sentado a mi derecha, con la mandíbula tensa y la mirada fija en el jefe de seguridad de los Rossi, estaba Alessandro.

Llevaba un traje oscuro hecho a medida que le sentaba como una armadura, y el simple hecho de que respirara a mi lado hacía que el aire se volviera denso. Alessandro era mi mejor amigo desde que éramos niños, cuando corríamos por los pasillos de mármol de nuestras mansiones mientras nuestros padres negociaban alianzas de sangre. Pero los niños crecen, los secretos cambian de forma y la línea entre la hermandad y la perdición se vuelve tan fina que te corta al tocarla.

—Deja de mirarle el cuello al imbécil de los Rossi —murmuré para que solo él pudiera escucharme, inclinando mi copa hacia mis labios—. No va a atreverse a mirarme dos veces.

Alessandro giró lentamente la cabeza hacia mí. Sus ojos oscuros se clavaron en los míos, brillando con esa chispa de posesividad enfermiza que solo yo conocía en su totalidad. No le hizo falta hablar para que supe exactamente lo que estaba pensando: si respira cerca de ti, le arranco la garganta.

—No le estoy mirando el cuello, Olivia —su voz salió baja, ronca, rozando mi oído con una lentitud deliberada—. Estoy calculando por dónde le entraría una bala si vuelve a girarse hacia este lado de la mesa.

Solté un suspiro entre divertido y exasperado. Alessandro era protector hasta el punto de la locura. Si por él fuera, me metería en una caja de cristal dentro de nuestra mansión, custodiada por Ares —nuestro imponente dóberman que me esperaba en casa como si fuera un dios de la guardia— y rodeada de cada capricho imaginable. No pasaba una semana sin que apareciera en mi habitación con ramos gigantescos de rosas, joyas que quemaban de carísimas o vestidos que parecían sacados de una pasarela, solo porque "le gustaba cómo me quedaban al sonreír".

Y lo peor —o lo mejor— era que cada uno de esos gestos me encantaba.

Estaba irremediablemente enamorada de él. Llevaba años ahogándome en este sentimiento, tragándome las palabras cada vez que me abrazaba con esa fuerza protectora que asustaba a cualquiera que se nos acercara. Éramos fuego y pólvora, y alguien iba a terminar quemándose.

La cena por fin terminó entre falsas sonrisas y promesas de negocios futuros. Cuando subimos al coche blindado rumbo a casa, el silencio entre los dos se volvió espeso, casi eléctrico. El chófer nos dejó en la entrada de la mansión y, en cuanto las grandes puertas de roble se cerraron a nuestras espaldas, Ares corrió a recibirnos, moviendo la cola antes de sentarse junto a mis pies como una sombra fiel.

—Voy a servirme un trago —dijo Alessandro, desabotonándose los dos primeros botones de la camisa y caminando hacia el minibar del salón con pasos tensos.

Dejé el bolso sobre la mesa auxiliar y lo seguí. Mis tacones resonaban contra el suelo de mármol. El alcohol corría por mis venas, dándome el valor que llevaba años reprimiendo.

Cuando llegó a la mesada, me detuve justo frente a él, invadiendo su espacio vital. Alessandro se quedó inmóvil, con la botella de whisky a medio levantar en la mano. Sus ojos oscuros se abrieron un poco más al verme tan cerca, capturando el brillo de las lámparas de araña.

—Olivia... —empezó a decir, con esa voz profunda que siempre lograba desestabilizarme.

No le dejé terminar.

Di el último paso que faltaba, alcé la mano para enredar mis dedos en el cuello de su camisa y lo besé.

Fue un choque de urgencia y años de tensión acumulada. Esperé, por una fracción de segundo, que se apartara, que recordara las reglas no escritas de nuestra amistad, que pusiera la distancia que nuestros padres llevaban años esperando.

Pero Alessandro no se apartó.

Al contrario. Su respiración se quebró contra mis labios. La botella de whisky cayó sobre la alfombra con un golpe sordo, y sus manos grandes y firmes me rodearon la cintura con una desesperación feroz, pegándome a su cuerpo como si temiera que fuera a evaporarme. Me devoró los labios con una intensidad salvaje, un hambre oscura que llevaba demasiado tiempo contenida, sabiendo exactamente a lo que sabía: a peligro, a pecado y a todo lo que me pertenecía por derecho.

Cuando por fin nos separamos un poco para tomar aire, mi pecho subía y bajaba con violencia. Sus ojos me miraban fijos, dilatados, con la respiración agitada y una sonrisa torcida, peligrosa y triunfante cruzando sus labios.

—Llevas años queriendo hacer eso, preciosa —murmuró él, con los dedos aferrados a mi cadera, marcándome como si ya fuera suya de verdad.

—Tú tampoco te has quedado atrás, Alessandro —respondí con la voz temblorosa, incapaz de apartar la mirada de su boca.

Él se inclinó un poco más, rozando su nariz con la mía, y su voz sonó como una sentencia de la que ya no había escapatoria:

—Se acabó el juego de ser solo tus amigos, Olivia. Desde hoy eres mía. Mi novia, mi dueña y mi maldito mundo entero. No voy a dejar que te vayas a ningún lado.

Y al mirarlo en medio de esa mansión oscura, rodeada de sombras y sangre, supe que no quería que me salvara de ningún fuego; quería arder con él hasta el final.

El eco de sus palabras todavía vibraba en el silencio del salón, mezclándose con el parpadeo tenue de las luces doradas. Alessandro no me dio tiempo ni a procesar del todo la magnitud de lo que acababa de pasar. Sus manos, firmes y posesivas, se deslizaron desde mi cintura hasta entrelazar sus dedos con los míos, como si sellara un contrato invisible del que ya no existía cláusula de escape.

—Ven —murmuró, con esa autoridad natural que commandaba tanto en las mesas de negocios de su padre como en su propia vida.

No me soltó ni cuando caminamos hacia los amplios sofás de terciopelo oscuro frente al ventanal que daba a los jardines privados de la mansión. Ares, nuestro dóberman, nos siguió con paso elegante y silencioso, tumbándose a los pies de Alessandro como un guardián fiel que conocía perfectamente su lugar.

Nos sentamos juntos, aunque "juntos" se quedaba corto; Alessandro me atrajo hacia su regazo sin la menor hesitación, acomodándome contra su pecho de una manera tan natural que demostraba cuánto tiempo llevaba deseando exactamente eso. Apoyé la cabeza sobre su hombro, sintiendo el ritmo constante y fuerte de sus latidos bajo la tela de la camisa. El aroma de su locura —madera, tabaco caro y ese perfume ambarino que siempre usaba— me envolvió por completo.

—¿En qué estás pensando? —preguntó él en un soplo, mientras una de sus manos trazaba círculos lentos y posesivos por mi espalda desnuda, justo donde terminaba el escote del vestido de seda.

—En que si mi padre se entera de esto antes de que termine el mes, probablemente intentará exiliarte a Sicilia o dispararte en una rodilla —respondí con una media sonrisa, aunque mi voz no tenía ni una pizca de miedo real.

Alessandro soltó una carcajada baja, un sonido áspero y gutural que retumbó contra mi mejilla.

—Que lo intente —replicó con total frialdad, aunque sus labios se curvaron en una sonrisa arrogante—. Tu padre sabe perfectamente que si me toca, se queda sin su mejor aliado en el norte de Italia. Y lo más importante... —hizo una pausa, y su mano se detuvo en mi cintura, apretándome con la intensidad justa para recordarme quién mandaba allí—, sabe que no hay fuerza en este mundo capaz de arrancarte de mis manos, Olivia. Lo intentó una vez cuando teníamos dieciséis años y casi le quemo el despacho principal.

Era cierto. Desde que éramos adolescentes, la posesividad de Alessandro hacia mí había rozado lo obsesivo. Mientras los demás chicos del clan intentaban acercarse a mí en las fiestas o en las reuniones de familias mafiosas, terminaban misteriosamente alejados con la sutil pero letal advertencia de que cruzar mi camino significaba cavar su propia tumba. Y yo, lejos de asustarme, siempre había encontrado un refugio retorcido y adictivo en esa protección desmedida.

—Mañana por la mañana llegará un paquete para ti —cambió de tema de repente, con un tono de voz que mezclaba la ternura y esa faceta caprichosa que tenía de regalarme el mundo entero—. Hablé con el sastre en Milán. Vi un abrigo de cachemira blanca que te quedaría perfecto para las próximas reuniones de invierno con los Moretti. Y mandé a pedir ese ramo de rosas rojas que te gusta tanto; llegarán a la entrada antes de que bajes a desayunar.

Negué con la cabeza, una sonrisa inevitable escapándose de mis labios mientras jugaba con los gemelos dorados de su camisa.

—Alessandro, mi vestidor ya parece el escaparate de una boutique de lujo en Via Condotti. Si sigues comprándome ropa, voy a necesitar otra ala entera de la mansión solo para mis zapatos.

—Que la construyan entonces —dijo él sin dudar ni un segundo, enterrando el rostro en mi cuello y aspirando mi aroma con una desesperación silenciosa—. Todo lo que hay en este imperio es mío, Olivia. Y lo único que me importa es que mi mundo —besó suavemente la piel sensible detrás de mi oreja, haciéndome estremecer— luzca exactamente como se merece.

Me giré un poco entre sus brazos para sostenerle la mirada. En sus ojos oscuros ya no quedaba rastro del frío heredero de la mafia que había sentado a la mesa con los Rossi hacía apenas una hora; solo había una devoción feroz, casi salvaje, dirigida exclusivamente hacia mí.

Llevábamos años bailando en el borde del abismo, fingiendo ser solo los mejores amigos mientras el fuego crecía bajo nuestros pies. Pero ya no quedaban caretas. Éramos sangre, poder, secretos y una debilidad compartida que nos destruiría o nos coronaría como los reyes indiscutibles de nuestro propio infierno.

Y, sinceramente, no quería estar en ningún otro lugar que ardiendo a su lado.

El peso de sus palabras seguía flotando en el ambiente cuando un chasquido seco rompió la atmósfera. Ares levantó las orejas de golpe, irguiendo su imponente lomo oscuro. Alessandro no se movió de inmediato, pero sentí cómo cada músculo de su espalda se tensaba al instante. La calidez juguetona de hacía unos segundos se evaporó por completo, dando paso al depredador que siempre habitaba en él.

—Alguien está en la linde de los jardines traseros —murmuró Alessandro con la voz helada, sin apartar los ojos del ventanal.

—El sistema de seguridad no ha pitado —repusí en voz baja, incorporándome despacio sobre el sofá.

—No pita si conocen el código de anulación de los Rossi —respondió él, deslizándome con suavidad hacia atrás antes de ponerse de pie.

En un movimiento limpio y acostumbrado, Alessandro sacó la Beretta que llevaba oculta en la funda sobada bajo la chaqueta del traje. El sonido del cerrojo al cargarse resonó en el salón con una precisión espeluznante. Ares se colocó a su lado, enseñando los colmillos en un rictus silencioso, esperando la orden de su dueño.

Alessandro se giró hacia mí un segundo. Se acercó rápidamente, me tomó del cuello con su mano libre y me estampó un beso corto pero posesivo en los labios.

—Quédate detrás de mí, Olivia. Si alguien da un solo paso en esta casa sin mi permiso, no va a salir caminando.

—No voy a esconderme, Alessandro —dije, alcanzando la pequeña navaja táctica que siempre llevaba oculta en la liga de mi vestido de seda—. También es mi casa.

Una sonrisa oscura y llena de orgullo se dibujó en la comisura de sus labios al verme armada.

—Eso es lo que me vuelve loco de ti, mia regina —dijo con la voz rasgada, tomándome de la mano con fuerza mientras avanzábamos en la penumbra hacia las puertas de cristal del jardín.

Las sombras de la noche se extendían sobre el césped perfectly cortado. La cena con los Rossi no había sido solo una reunión diplomática; había sido una cortina de humo. La guerra que llevábamos años evitando acababa de golpear la puerta de nuestra mansión.

Pero mientras sentía el agarre firme de Alessandro envolviendo mis dedos y el latido de su corazón al ritmo del mío, supe una cosa con absoluta certeza: las familias rivales podían intentar quemar nuestro imperio, pero Alessandro ardería antes de permitir que me tocaran un solo cabello.

Y yo estaba más que dispuesta a ayudarle a quemarlos a todos.

La corredera de cristal del ventanal se deslizó con un murmullo apenas perceptible que la noche tragó de inmediato. El aire frío de la madrugada nos golpeó de golpe, cargado con el olor a tierra mojada y pino de los jardines de la mansión.

Alessandro avanzaba con una precisión quirúrgica, la Beretta firme en su mano derecha mientras su vista escrutaba cada rincón de la oscuridad. A su lado, Ares se movía como una sombra negra y letal, con el pelaje erizado y un gruñido sordo vibrando en su garganta. Yo pisaba los talones de Alessandro, con los sentidos tan agudizados que el latido de mi propio corazón sonaba como un tambor en mis oídos. La navaja fría contra mi muslo era un recordatorio constante de que ya no éramos los niños que corrían por estos pasillos; éramos herederos de un mundo donde la piedad se pagaba con la vida.

—Allí —susurré, apretando ligeramente el antebrazo de Alessandro.

Entre los matorrales de hortensias blancas, junto a la fuente de piedra que presidía el centro del jardín, una silueta oscura intentaba tantear el panel de control secundario del sistema de seguridad. Llevaba el rostro cubierto con un pasamontañas y un abrigo largo que no lograba disimular la rigidez de alguien entrenado para matar.

Alessandro no lo dudó ni medio segundo.

—Quieto —bramó con una voz que helaría la sangre al mismísimo diablo.

El intruso se giró con una rapidez felina, sacando un arma con silenciador, pero antes de que pudiera levantarla, Alessandro dio la orden que Ares esperaba:

—Ataca.

El doberman se lanzó como un proyectil negro sobre el césped. En una fracción de segundo, el sonido del metal chocando contra el suelo se mezcló con el grito ahogado del hombre cuando Ares se le echó encima, derribándolo contra los arbustos con una fuerza descomunal y clavando sus fauces enguantadas en el brazo armado.

Alessandro se movió con la misma velocidad, cubriendo los diez metros de distancia en un par de zancadas. Le pisó el pecho al intruso con la suela de los zapatos de diseño, apuntándole directamente entre los ojos con la Beretta sin que le temblara un solo músculo.

—Muy torpe para ser de los Rossi —espetó Alessandro, con una mueca de desprecio absoluto en el rostro—. O muy estúpido por creer que podíais entrar en mi casa y marcharos con vida.

Me acerqué despacio, sosteniendo mi navaja lista por si aparecía alguien más. El hombre bajo el pie de Alessandro se atragantó, intentando respirar entre el peso del mafioso y la presión del dóberman que le inmovilizaba el brazo.

—Dile a tu jefe que la próxima vez que quiera enviar un mensaje, mande a alguien que sepa desactivar una alarma de verdad —le dije con voz gélida, inclinándome ligeramente hacia él—. Y dile que se prepare, porque lo que vamos a devolverle va a ser mucho peor que una simple visita nocturna.

Alessandro bajó la mirada un segundo hacia mí, y a pesar de la tensión del momento, un destello de orgullo y pura fascinación cruzó sus ojos oscuros. Luego, sin apartar el cañón de la frente del intruso, murmuró con esa calma aterradora que lo definía:

—Se acabó el juego, Olivia. Tráeme el teléfono del despacho. Vamos a organizar la cena de mañana... pero esta vez, los platos principales los ponemos nosotros.

Le sostuve la mirada, con una sonrisa salvaje curvando mis labios. El fuego acababa de empezar, y nosotros éramos los dueños de la hoguera.

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