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The Hollow Academy

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Summary

Cada 31 de octubre, Hollowmere Academy espera a sus alumnos. Seis jóvenes reciben una invitación a una academia que jamás habían oído nombrar. Allí, los expedientes conocen secretos imposibles, los recuerdos dejan de ser fiables y un reloj permanece detenido a las 11:13. Más de un siglo atrás, diecisiete personas desaparecieron. Los registros aseguran que solo había dieciséis. Ahora, seis nombres nuevos han aparecido en el expediente. En Hollowmere, la pregunta no es qué se esconde entre sus muros, sino qué quedará de ti cuando la academia termine de evaluarte. MEMORIA NON MORITUR. La memoria no muere.

Genre
Horror
Author
ravenink
Status
8h ago
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo 1

Hollowmere, 31 de octubre de 1901

La primera campanada sonó a las once y trece.

El doctor Alistair Wren levantó la cabeza mientras avanzaba por el corredor del ala oriental, frente a una hilera de retratos cuyos rostros había aprendido a reconocer durante los últimos catorce años. Afuera, la lluvia golpeaba los ventanales con una insistencia casi humana; el viento se filtraba por las juntas de la piedra y hacía temblar las llamas de los candelabros, proyectando sombras que parecían deslizarse por los muros.

La campana volvió a sonar.

Una sola vez.

Wren bajó la mirada hacia el reloj de bolsillo que sostenía entre los dedos. Las once y trece. La aguja no había avanzado ni un segundo. Cerró el reloj con un chasquido seco y reanudó la marcha, aunque algo en su interior se había quedado detenido junto con el mecanismo.

A esas horas, Hollowmere debería haber estado en silencio. Los alumnos dormían en el ala residencial; los profesores, en sus habitaciones. Las puertas del archivo central permanecían cerradas desde el comienzo de la noche, y las dependencias inferiores llevaban semanas clausuradas por orden suya. Sin embargo, desde hacía tres días, alguien caminaba por los pasillos después de medianoche. Alguien que no aparecía en los registros de vigilancia. Alguien que respondía cuando se pronunciaba un nombre, incluso cuando ese nombre pertenecía a una persona muerta.

Wren llegó al vestíbulo principal.

La academia se alzaba a su alrededor como una catedral construida para una religión que nadie recordaba haber practicado. Las columnas de piedra oscura ascendían hasta perderse entre las sombras del techo, y sobre la entrada el gran reloj permanecía inmóvil, sus manecillas clavadas en las once y trece. Debajo, una puerta entreabierta conducía al archivo central.

El doctor se detuvo. No recordaba haberla dejado así.

Empujó la puerta con la mano enguantada. El olor a papel viejo, polvo y madera húmeda lo recibió desde el otro lado. Las estanterías se extendían hasta el fondo de la sala, cargadas de expedientes, libros de registro y cajas numeradas; las lámparas de gas proyectaban círculos de luz amarillenta sobre las mesas, dejando los rincones sumidos en una oscuridad demasiado densa.

Todo parecía estar en su sitio.

Salvo el libro que descansaba abierto en el centro de la mesa principal.

Wren se acercó despacio. Reconoció la cubierta de cuero negro, el sello de la academia grabado en el centro e incluso la mancha de tinta que él mismo había dejado en una esquina muchos años atrás.

Era el registro original del Proyecto HOLLOW.

No debía encontrarse allí.

Lo había guardado bajo llave en las dependencias inferiores, junto con los informes que jamás permitiría que abandonaran el edificio. Pasó una página y después otra. Los nombres aparecían ordenados por fecha, acompañados de observaciones, evaluaciones y anotaciones escritas con distintas caligrafías. Algunos estaban tachados; otros habían sido cubiertos con tinta negra. En varios lugares, el papel mostraba marcas de raspado, como si alguien hubiera intentado borrar algo sin conseguirlo del todo.

Wren llegó al último registro.

Diecisiete expedientes.

Diecisiete nombres.

Diecisiete personas que habían participado, de una forma u otra, en la evaluación final.

Pero la lista oficial de desaparecidos contenía dieciséis.

El doctor se quedó inmóvil. Había comprobado aquellas cifras tantas veces que podía recitarlas de memoria. Había revisado las declaraciones, las habitaciones, los libros de asistencia y las fotografías tomadas durante la última semana de octubre.

Dieciséis personas.

Siempre dieciséis.

Entonces, ¿por qué había diecisiete expedientes?

Pasó la página.

El último registro no contenía un nombre. Solo una palabra, escrita con una tinta tan oscura que parecía absorber la luz.

INEXISTENTE.

Wren sintió que se le tensaban los dedos. Debajo de aquella palabra había una anotación que no reconoció.

La identidad permanece incompleta. La evaluación debe continuar.

La caligrafía era suya.

No recordaba haberla escrito.

Cerró el libro de golpe. El sonido resonó por toda la sala y pareció prolongarse entre las estanterías, como si el archivo lo devolviera desde una distancia imposible.

Desde algún lugar detrás de los anaqueles llegó un ruido leve.

Un roce.

Como papel arrastrándose sobre piedra.

—¿Quién está ahí?

Su voz se perdió entre los estantes.

Nadie respondió.

Wren rodeó la mesa y avanzó hacia el fondo del archivo. Conocía cada rincón de aquella sala, cada pasillo estrecho y cada puerta de servicio. Había pasado años convencido de que ningún espacio de Hollowmere podía sorprenderlo.

Aquella noche, sin embargo, encontró una puerta que no figuraba en los planos.

Era estrecha, de madera ennegrecida, sin pomo ni cerradura visible. Sobre el marco había una pequeña placa de latón.

No tenía número.

El doctor dejó de respirar durante un instante. La regla segunda del reglamento de admisión prohibía a los alumnos acceder a cualquier aula cuya puerta careciera de numeración. Él mismo había redactado aquella norma.

Nunca había explicado por qué.

Apoyó una mano sobre la madera.

Desde el otro lado llegó un golpe.

Wren retiró la mano.

Un segundo golpe.

Después, silencio.

—No debería ser posible —murmuró.

La puerta se abrió hacia dentro.

Al otro lado había una escalera descendente que no recordaba haber visto nunca. Los peldaños desaparecían en una oscuridad espesa, interrumpida por una tenue luz al fondo. El aire que ascendía desde allí era frío y olía a tierra mojada, como si la academia hubiese abierto una herida hacia un lugar enterrado mucho antes de que sus cimientos fueran colocados.

Wren sacó una pequeña linterna del bolsillo y comenzó a bajar. Contó los escalones por costumbre, aferrándose a la precisión como a una última forma de cordura.

Doce.

Veinticuatro.

Treinta y seis.

Al llegar al último, levantó la mirada.

La sala inferior era más grande de lo que permitía el espacio ocupado por la academia. Las paredes estaban cubiertas de estanterías metálicas, archivadores y paneles de cristal. Sobre una mesa descansaban fotografías, hojas de observación y varios cilindros de grabación, todos dispuestos con una pulcritud casi ceremonial.

En el centro había una silla.

Frente a ella, un espejo alto cubierto por una tela blanca.

Wren se acercó a uno de los paneles. Reconoció las anotaciones del experimento de 1893, el primero que había producido resultados que no podían explicarse mediante los procedimientos empleados. Habían intentado reconstruir una identidad a partir de recuerdos escritos, testimonios contradictorios y registros personales.

Al principio, solo obtuvieron respuestas fragmentarias.

Después, la figura había comenzado a formular preguntas.

Preguntas que nadie le había enseñado.

Preguntas sobre personas que no estaban presentes.

Preguntas sobre los investigadores.

Y, finalmente, preguntas sobre sí misma.

Wren recordó la última sesión. Recordó la voz al otro lado del cristal y el modo en que todos los presentes habían fingido no oír el segundo tono que vibraba debajo de sus palabras.

¿Quién eres?

La respuesta había sido:

¿Quién necesitas que sea?

El doctor apartó la mirada del panel. No había vuelto a escuchar aquella voz desde entonces.

Hasta esa noche.

—Alistair.

Se quedó helado.

La voz procedía de detrás de la tela blanca. Era tranquila, casi amable, y sonaba exactamente como alguien a quien había enterrado muchos años atrás.

—No —susurró Wren.

La tela se movió.

No había viento en la sala.

—No eres esa persona.

—¿Y cómo puedes estar seguro?

Wren retrocedió un paso. La voz no sonaba enfadada. Tampoco parecía amenazarlo. Hablaba con la paciencia de alguien que esperaba una respuesta correcta, como si la conversación hubiese comenzado mucho antes de que él descendiera por aquella escalera.

Eso era lo que más miedo le producía.

—El experimento terminó —dijo el doctor—. La evaluación ha concluido.

Al otro lado del espejo se oyó un sonido parecido a una risa contenida.

—No.

La pausa que siguió pareció extenderse por la sala, espesando el aire.

—La evaluación acaba cuando dejamos de necesitar respuestas.

Wren miró hacia la escalera.

La puerta por la que había entrado ya no estaba allí.

En su lugar se alzaba una pared de piedra lisa.

Durante unos segundos, el doctor no pudo moverse. Después se obligó a respirar y buscó una salida entre los archivadores. Encontró otra puerta al fondo, abierta apenas unos centímetros.

Al otro lado se extendía un corredor familiar.

El vestíbulo.

El reloj.

Las mismas columnas.

Corrió hacia allí.

Cuando alcanzó la puerta, escuchó un ruido detrás de él: una hoja de papel deslizándose sobre la mesa.

Se volvió.

La sala inferior estaba vacía.

La tela blanca permanecía inmóvil sobre el espejo.

Y, sobre la mesa, había una hoja que no estaba allí unos segundos antes.

Wren se acercó lentamente. La letra era suya.

La evaluación continúa.

Debajo, alguien había añadido una segunda frase.

No permitáis que termine de aprender.

El doctor sintió que el frío le alcanzaba los huesos. Entonces comprendió que el problema nunca había sido lo que habían conseguido reconstruir.

El problema era aquello que habían dejado fuera.

La campana sonó.

Una vez.

Wren levantó la cabeza.

Las once y trece.

El reloj no se había movido.

Y, sin embargo, desde algún lugar de la academia comenzaron a escucharse pasos. Uno. Dos. Tres. Muchos más. Como si decenas de personas estuvieran regresando a sus habitaciones después de una jornada que nunca había terminado.

Wren tomó la hoja y subió las escaleras. No se detuvo en el archivo ni pasó por su despacho; atravesó el vestíbulo y llegó hasta la entrada principal, donde la lluvia golpeaba las puertas de roble con dedos impacientes.

Antes de salir, miró hacia la torre.

En una de las ventanas superiores había una silueta.

No podía distinguir su rostro, pero la figura levantó una mano.

Wren retrocedió.

La silueta hizo lo mismo.

El doctor comprendió que no estaba mirando a alguien al otro lado del cristal.

Estaba mirando su propio reflejo.

Solo que él no había levantado la mano.

La campana volvió a sonar.

Wren abrió las puertas y desapareció en la niebla.

Nadie volvió a verlo.

A la mañana siguiente, el personal encontró el archivo central cerrado, el registro del Proyecto HOLLOW sobre la mesa y diecisiete expedientes alineados en perfecto orden. La lista oficial seguía indicando dieciséis desaparecidos.

En el vestíbulo, el reloj permanecía detenido a las once y trece.

Y en la última página del registro había aparecido una hoja nueva.

Contenía seis nombres.

Uno de ellos era Whitmore.

Debajo, en una letra que ningún miembro del personal reconoció, alguien había escrito:

La evaluación continúa.

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