Capítulo 1
Milán, Italia.Siete años atrás.
La primera vez que Willow Anderson pensó que podía perder a Caesar Alexandrovitch, todavía no sabía que aquella noche terminaría perdiéndolo de verdad.
El salón principal de la residencia Alexandrovitch resplandecía bajo cientos de lámparas de cristal. La luz dorada se deslizaba por las columnas de mármol, los espejos ornamentados y los vestidos de diseñador que llenaban la estancia. Una orquesta tocaba al fondo mientras los invitados conversaban con copas de champán entre los dedos, intercambiando sonrisas cuidadosamente ensayadas y comentarios que, con frecuencia, significaban mucho más de lo que aparentaban.
Era una de esas noches en las que todo debía salir perfecto.
Una gala benéfica organizada por una de las familias más influyentes de Europa. Una reunión de apellidos importantes, acuerdos discretos y personas que parecían haber nacido sabiendo cómo comportarse delante de una cámara.
Willow odiaba aquel tipo de eventos.
No porque le molestara vestir elegante, ni porque le incomodara estar rodeada de gente. Lo que detestaba era aquella sensación de encontrarse en un lugar donde todo el mundo parecía interpretar un papel. Las sonrisas, los cumplidos, las conversaciones vacías. Incluso las miradas tenían algo calculado.
Se acomodó uno de los pendientes y observó su reflejo en el cristal de una ventana. El vestido que había elegido no era precisamente el más discreto de la velada, pero tampoco pretendía serlo. Se había recogido algunos rizos rojos detrás de las orejas, aunque varios mechones ya habían escapado de su sitio.
—Tienes cara de querer incendiar el salón.
La voz conocida a su espalda consiguió arrancarle una sonrisa.
—Estoy considerando mis opciones.
Caesar apareció junto a ella con una copa en la mano. Vestía un traje oscuro que le sentaba demasiado bien, como si aquellas reuniones hubieran sido diseñadas exclusivamente para él. Su expresión era la de siempre: tranquila, algo distante, con esa seguridad natural que a Willow le había resultado irritante durante años.
Y, aun así, bastaba con que estuvieran solos para que dejara de parecer el heredero Alexandrovitch.
Volvía a ser Caesar.
Su Caesar.
—Intenta no hacerlo —murmuró él—. Mi familia ha invertido bastante dinero en esta noche.
—Qué pena. Tenía pensado empezar por las cortinas.
Él soltó una risa baja.
Willow sonrió, satisfecha consigo misma. Aquello era lo que más le gustaba de estar con él: no necesitaba esforzarse. Podía burlarse de su apellido, de su familia o de su expresión perpetuamente seria y Caesar siempre encontraba la manera de seguirle el juego.
Llevaban años funcionando así.
Desde que eran adolescentes, habían construido un mundo pequeño dentro de uno demasiado grande. Había mensajes a horas absurdas, bromas que nadie más entendía, tardes interminables y silencios que jamás resultaban incómodos. Willow conocía sus gestos, sus manías y hasta la forma en que apretaba la mandíbula cuando algo le preocupaba.
Caesar, por su parte, sabía distinguir cuándo ella estaba enfadada de verdad y cuándo solo necesitaba que alguien le siguiera la corriente.
Eran inseparables.
Al menos, eso era lo que todos creían.
—¿Has comido algo? —preguntó él.
Willow lo miró de reojo.
—¿Acabas de preguntarme si he comido?
—Sí.
—Qué romántico.
—No era una propuesta.
—Menos mal. Ya estaba preparando mi discurso de rechazo.
Caesar negó con la cabeza, aunque la comisura de sus labios se elevó ligeramente.
—Ven. Hay comida en la terraza.
—¿Y perderme toda esta maravillosa conversación sobre inversiones y filantropía?
—Sobrevivirás.
Él le ofreció el brazo. Willow lo aceptó sin pensarlo.
Era un gesto habitual. Tan natural que ninguno de los dos se detuvo a considerar lo que podría parecer desde fuera.
Ninguno de los dos reparó en la mirada que los siguió desde el otro extremo del salón.
La noche avanzó entre fotografías, saludos y conversaciones que Willow olvidaría antes de llegar a casa.
Caesar tuvo que atender a varios invitados y acompañar a su padre durante parte de la velada. Ella aprovechó para escapar hacia uno de los pasillos laterales, donde el ruido de la orquesta llegaba amortiguado.
Sacó el teléfono del pequeño bolso que llevaba y comprobó la hora.
Tenía un mensaje sin responder de Caesar, enviado unos minutos antes.
No desaparezcas.
Willow sonrió.
No prometo nada.
La respuesta llegó casi inmediatamente.
Willow.
Caesar.
Quédate cerca.
Ella observó la pantalla durante unos segundos.
Había algo en aquella conversación que le produjo una sensación extraña. Algo cálido y, al mismo tiempo, dolorosamente familiar. Últimamente, aquellos pequeños gestos parecían significar más de lo que deberían.
Había empezado a notar cosas que antes prefería ignorar.
La forma en que Caesar la miraba cuando creía que ella no se daba cuenta. La facilidad con la que encontraba excusas para estar a su lado. La manera en que sus conversaciones se prolongaban incluso cuando ya no quedaba nada importante que decir.
Y, sobre todo, aquella incomodidad absurda que sentía cuando otra chica se acercaba demasiado a él.
No tenía derecho a ponerse celosa.
No eran pareja.
Ni siquiera habían hablado de lo que había entre ellos.
Quizá porque ninguno quería ser el primero en arriesgarse a perderlo todo.
Willow guardó el teléfono y regresó al salón. Sin embargo, antes de llegar a la entrada, escuchó unas voces procedentes de una pequeña sala contigua.
Reconoció una de ellas.
La de Caesar.
Se detuvo.
—No puedes seguir dejando que esto continúe —dijo una voz femenina.
Willow no reconoció a la mujer, pero su tono era lo suficientemente familiar como para sugerir que conocía bien a la familia.
—No es el momento —respondió Caesar.
—Nunca es el momento contigo.
—He dicho que no.
Hubo un silencio.
Willow debería haberse marchado. No tenía intención de escuchar una conversación privada, pero algo en la tensión de aquellas voces la mantuvo inmóvil.
—¿Y ella? —preguntó la mujer—. ¿Qué piensas hacer con Willow?
El corazón le dio un pequeño vuelco.
—No la metas en esto.
La respuesta fue inmediata.
Demasiado inmediata.
—Entonces deja de comportarte como si fuera algo más que una amiga.
Willow sintió que el estómago se le encogía.
No quería escuchar el resto.
No quería quedarse allí, escondida detrás de una puerta, intentando descubrir qué significaba aquella conversación. Y, sin embargo, sus pies no parecían dispuestos a moverse.
—No sabes de qué estás hablando —dijo Caesar.
—Sé perfectamente lo que está pasando.
Otro silencio.
Después, la voz de Caesar sonó más fría.
—Willow no tiene nada que ver con mis asuntos familiares.
Aquellas palabras deberían haberla tranquilizado.
No lo hicieron.
Porque, por primera vez, Willow tuvo la sensación de que había una parte de la vida de Caesar en la que nunca había tenido permitido entrar.
Se apartó antes de escuchar algo más.
No quería enfrentarlo allí. No delante de su familia, de los invitados ni de todas aquellas personas que parecían estar esperando cualquier oportunidad para convertir una conversación privada en un espectáculo.
Se dijo que hablarían después.
Siempre hablaban después.
La encontró en una de las galerías superiores.
Caesar había conseguido escapar de sus obligaciones y la buscaba desde hacía varios minutos. Cuando la vio junto a la barandilla, con el teléfono entre las manos y la mirada perdida en los jardines iluminados, sintió que algo no estaba bien.
—Te estaba buscando.
Willow no se volvió inmediatamente.
—Qué honor.
Él se acercó.
—¿Qué ocurre?
—Nada.
—No me digas que no pasa nada cuando llevas toda la noche evitando mirarme.
Willow soltó una pequeña risa sin humor.
—No sabía que estabas tan pendiente.
Caesar frunció el ceño.
—Willow.
Ella finalmente lo miró.
—¿Hay algo que quieras contarme?
—¿Sobre qué?
—No lo sé. Quizá sobre todo lo que parece estar pasando a mi alrededor y de lo que nadie se molesta en hablarme.
La expresión de Caesar cambió.
—¿Qué has oído?
Aquella pregunta fue suficiente para que Willow comprendiera que sí había algo.
—Así que hay algo.
—No he dicho eso.
—Tampoco has dicho que no.
Él dejó la copa sobre una mesa cercana.
—No es tan sencillo.
Willow bajó la mirada hacia sus manos.
—Nunca lo es contigo.
Caesar guardó silencio.
Por un instante, ella quiso decirle todo. Quiso preguntarle qué significaba para él, si alguna vez había pensado en ellos como algo distinto, si aquellas miradas que intercambiaban cuando nadie los observaba eran reales o si solo existían en su imaginación.
Pero no lo hizo.
Porque había otra cosa.
Algo que había encontrado unos minutos antes, cuando recibió un mensaje de un número desconocido.
Un documento.
Una conversación privada.
Y una serie de archivos que parecían demostrar que Caesar había ocultado información relacionada con su familia, información que podía poner en peligro a varias personas. Entre ellas, a alguien cercano a Willow.
Había intentado convencerse de que debía existir una explicación.
Tenía que existir.
Pero el mensaje que acompañaba los archivos había sido claro.
Pregúntale cuánto sabe realmente. Y pregúntale por qué ha permitido que te utilicen.
Willow levantó la mirada.
—¿Me has mentido?
Caesar se quedó inmóvil.
—¿Qué?
—Te he preguntado si me has mentido.
—Willow, necesito que me expliques qué está pasando.
—No. Esta vez quiero que respondas tú.
Él la observó con una mezcla de desconcierto y creciente irritación.
—No sé de qué me estás acusando.
—¿Hay algo de tu familia que me hayas ocultado?
Caesar apretó la mandíbula.
—Hay cosas que no puedo contarte.
Willow sintió que algo se quebraba dentro de ella.
No era una confesión. Tampoco una explicación.
Era una puerta cerrándose.
—Entiendo.
—No, no entiendes.
—Entonces explícame.
Caesar dio un paso hacia ella.
—No puedo hacerlo aquí.
—Siempre hay un lugar, una hora o una razón por la que no puedes hablar conmigo.
—Estoy intentando protegerte.
Willow soltó una risa breve, incrédula.
—No necesito que me protejas de la verdad.
Él quiso responder, pero su teléfono vibró.
Una vez.
Después otra.
Caesar bajó la mirada hacia la pantalla. Su expresión se endureció al leer el mensaje. Willow no alcanzó a distinguirlo, pero sí vio cómo sus dedos se cerraban alrededor del dispositivo.
—¿Qué pasa? —preguntó.
—Nada.
—Claro.
—Willow, por favor.
—¿Por favor qué, Caesar?
Él levantó la vista.
—No hagas esto ahora.
Aquellas cinco palabras terminaron de romper algo que ninguno de los dos sabía que todavía estaba intacto.
Willow retrocedió un paso.
—Está bien.
—No he querido decirlo así.
—Pero lo has dicho.
—Escúchame.
—Llevo años escuchándote.
Por primera vez aquella noche, Caesar pareció no encontrar una respuesta.
Ella se marchó antes de que él pudiera detenerla.
El exterior de la residencia estaba frío.
Willow caminó hasta los escalones de piedra, ignorando el sonido de sus tacones y las voces que llegaban desde el interior. El aire nocturno le rozó la piel y consiguió despejarle un poco la cabeza.
Sacó el teléfono.
Había recibido otro mensaje.
Esta vez, el remitente era un contacto que conocía demasiado bien.
Caesar.
No era un mensaje largo. Solo una frase.
No vuelvas a confiar en alguien que no te cuenta toda la verdad.
Willow lo leyó una vez.
Después otra.
No entendió por qué se lo había enviado. Tampoco supo si pretendía advertirla, alejarla o hacerle daño.
Pero, cuando levantó la vista, vio a Caesar en lo alto de los escalones.
La estaba mirando.
No se movió hacia ella.
No la llamó.
Y Willow, que había pasado años creyendo que siempre encontraría el camino de regreso a él, comprendió que aquella vez quizá no sería tan sencillo.
—¿Eso es todo? —preguntó, con la voz más frágil de lo que le habría gustado.
Caesar sostuvo su mirada.
—Ahora mismo, sí.
Ella asintió despacio.
No lloró. No allí.
No delante de él.
—De acuerdo.
Se dio la vuelta y comenzó a caminar.
Caesar permaneció inmóvil.
Había tantas cosas que quería decirle. Tantas explicaciones que necesitaba darle. Pero tenía la cabeza llena de acusaciones, documentos y mensajes que parecían confirmar que Willow había estado involucrada en algo que él no alcanzaba a comprender.
Y, aun así, cuando la vio alejarse, supo que estaba cometiendo un error.
Uno que quizá no tendría oportunidad de corregir.
—Willow.
Ella se detuvo.
Durante un segundo, ninguno habló.
Caesar quiso pedirle que se quedara. Quiso decirle que confiara en él una última vez. Quiso confesarle que llevaba demasiado tiempo enamorado de ella y que aquella noche no debía terminar así.
Pero el orgullo fue más rápido que el miedo.
—Vete a casa —dijo finalmente.
Willow cerró los ojos.
Y siguió caminando.
Aquella noche no hubo despedidas.
No hubo una última conversación ni una promesa de volver a hablar al día siguiente. No hubo explicaciones que pudieran salvarlos ni una confesión que les permitiera comprender cuánto significaban el uno para el otro.
Solo quedaron dos versiones de una misma historia.
Dos personas convencidas de haber sido traicionadas por la única persona en la que habían confiado sin reservas.
Al amanecer, Willow borró la conversación.
Caesar dejó de escribirle.
Los días se convirtieron en semanas. Las semanas, en meses. Y, poco a poco, el silencio ocupó el lugar que antes pertenecía a sus bromas, sus llamadas y sus encuentros improvisados.
Ninguno preguntó por el otro.
Ninguno dio el primer paso.
Y ninguno supo que, mientras intentaban convencerse de que habían dejado atrás aquella amistad, seguían guardando exactamente las mismas cosas: fotografías que no se atrevían a borrar, recuerdos que aparecían en los momentos menos oportunos y palabras que jamás habían tenido el valor de pronunciar.
Porque Willow Anderson y Caesar Alexandrovitch nunca llegaron a ser pareja.
Nunca se besaron.
Nunca se dijeron que se amaban.
Y, sin embargo, aquella noche perdieron algo que ninguno había conseguido encontrar de nuevo.
Siete años después, volverían a encontrarse.
Y descubrirían que algunas heridas no desaparecen con el tiempo.
Solo aprenden a esperar.








