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Eres mi Condena - omegaverse

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Summary

Emir Smith jamás ha conocido la libertad. Criado entre los muros de La Organización y considerado un omega defectuoso, nunca imaginó que alguien pudiera elegirlo. Hasta que Anatoly Bessonov, un despiadado jefe de la mafia, aparece en su vida y le ofrece todo aquello que siempre le fue negado. Para Emir, Anatoly será su primer amor; para Anatoly, Emir se convertirá en su mayor obsesión. Pero cuando la traición destruya todo lo que construyeron, el alfa descubrirá que ni todo su poder será suficiente para recuperar al omega que perdió. Porque algunas heridas no se curan con un «perdóname».

Status
4h ago
Chapters
10
Rating
n/a
Age Rating
18+
This is a sample

Capítulo 1

Sentía como el frio de sus dedos se esparcía por todo su cuerpo, como el adormecimiento en su piel le hacía sentir como si volara, como un ángel… Muchas veces le habían dicho que lo era. Un ángel hermoso y roto, pero sin valor alguno. Emir lo sabía muy bien, había aprendido a vivir con ello desde que tenía memoria, así que sabía que este adormecimiento solo duraría unos minutos, antes de volver a su martirio.

Había aprendido a distinguir los sonidos del lugar incluso cuando mantenía los ojos cerrados. Conocía el chirrido de las ruedas de los carritos metálicos, el golpeteo de los zapatos contra el suelo y aquel ruido particular que hacía las cerraduras cuando alguien introducía una llave. Había días en los que deseaba perder el oído, porque entonces no tendría que escuchar los gritos que atravesaban las paredes ni las suplicas de aquellos que todavía conservaban la esperanza de que alguien se apiadara de ellos.

Él había dejado de suplicar hacía mucho tiempo.

El frio continuaba extendiéndose por sus extremidades mientras permanecía tendido sobe el colchón, con los parpados entreabiertos y la respiración y la respiración tan pausada que apenas podía distinguir el movimiento de su propio pecho. No sabía cuánto tiempo había transcurrido desde que el administraron la última inyección, aunque suponía que no demasiado. Todavía sentía aquel desagradable sabor metálico en la lengua y una pesadez en los músculos que le impedían moverse.

—¿Sigue vivo? —preguntó una voz masculina al otro lado de la puerta, acompañada por el sonido de unas llaves.

—Desgraciadamente —respondió otro hombre, cuya voz Emir reconoció de inmediato—. El médico dijo que debíamos reducir la dosis. Al parecer, su organismo está comenzando a desarrollar resistencia.

Emir cerró los ojos antes de que abrieran la puerta. Había aprendido que fingir que estaba dormido le evitaba preguntas y, en ocasiones, algún golpe innecesario. No siempre funcionaba, pero prefería intentarlo antes que enfrentarse a los hombres que entraban a su habitación.

—No entiendo por qué seguimos desperdiciando medicamentos con este —comentó el primero mientras se acercaba a la cama—. Ni siquiera sirve para lo que fue creado.

—Eso tendrás que preguntárselo a los superiores. A mi me pagan por mantenerlo respirando y asegurarme que cumpla con sus obligaciones.

Una mano áspera le sujetó el mentón y giró su rostro hacía la luz. Emir contuvo el impulso de apartarse, soportando la presión de aquellos dedos contra su mandíbula mientras el hombre examinaba sus pupilas.

—Abre los ojos, número diecisiete. Sé que estas despierto.

Emir obedeció lentamente. La claridad de la claridad le provoco una punzada detrás de los ojos, obligándolo a parpadear varias veces antes de conseguir enfocar el rostro del guardia.

—Buenos días —murmuró, con la garganta reseca, viendo como el hombre soltaba una carcajada.

—Míralo, todavía conserva sus modales. Levántate, tenemos trabajo para ti.

Emir intento incorporarse, pero sus brazos cedieron bajo su propio peso. El mareo que lo invadió le revolvió el estomago y tuvo que sujetarse del borde del colchón para evitar caer al suelo. Uno de los guardias suspiro con evidente impaciencia mientras el otro observaba la escena sin mostrar intención alguna de ayudarlo.

—No puedo levantarme todavía —explicó Emir, procurando que su voz no sonara desafiante—. Si me permiten descansar un poco, podre hacerlo.

—¿Desde cuando decides cuanto tiempo necesitas descansar? —preguntó el guardia, inclinándose hasta quedar frente a él.

—No estoy decidiendo nada, señor. Solamente estor diciendo que mis piernas todavía no responden bien.

El hombre lo contempló durante unos segundos antes de incorporarse. Emir creyó que iba a marcharse, pero entonces sintió que lo sujetaban del brazo y lo obligaban a ponerse de pie. Sus rodillas temblaron inmediatamente y tuvo que apoyarse contra pared para mantenerse erguido.

—Tienes diez minutos para arreglarte. Hoy vendrán visitantes y no quiero verte arrastrándote por los pasillos como un animal enfermo.

Aquello consiguió despertar su atención. Los visitantes no eran habituales en aquella sección del edificio. Cuando llegaban, los pasillos se limpiaban con mayor cuidado, los empleados recibían instrucciones especiales y los omegas que todavía eran considerados valiosos desaparecían durante varias horas. Emir nunca había tenido permitido acercarse a esas reuniones, aunque en ocasiones le ordenaban llevar bandejas de comida o recoger las copas después de que los invitados se retiraban.

—¿Vendrán compradores? —pregunto antes de poder contenerse.

El guardia volvió la cabeza hacía él.

—Eso no es asunto tuyo.

—Lo sé, señor. Disculpe.

—Y procura mantener la boca cerrada cuando estes trabajando. No queremos que alguno de nuestros invitados tenga que soportar tus preguntas estúpidas.

Emir asintió y espero hasta que ambos hombres abandonaron la habitación. Solamente entonces permitió que su expresión se contrajera por el dolor que le recorría las piernas. Se sentó nuevamente en el colchón y comenzó a frotarse las rodillas, intentando recuperar la sensibilidad antes de que transcurrieran los diez minutos que le habían concedido.

A veces se preguntaba que habría sido de él si los resultados de sus evaluaciones hubieran sido diferentes. Recuérdala vagamente las expectativas que habían depositado sobre su nacimiento, las conversaciones de los médicos y el entusiasmo con el que registraban cada pequeño cambio en su organismo. Durante sus primeros años había recibido una alimentación especial, atención constante y una educación que, según decían, debía prepararlo para convertirse en alguien extraordinario.

Después llego la manifestación de su genero secundario y, con ello la decepción.

Era un omega dominante, una clasificación que normalmente habría despertado un enorme interés entre los miembros de La Organización. Sin embargo, su mutación había resultado tan insignificante que los especialistas terminaron considerándolo un fracaso. Los informes que antes llenaban paginas enteras comenzaron a reducirse a unas pocas observaciones y, finalmente, dejaron de llamarlo por el nombre que ellos mismos le habían puesto.

Ahora era solamente diecisiete, un sirviente al que mantenían con vida porque todavía podía limpiar habitaciones, transportar bandejas y obedecer órdenes.

Emir se levanto nuevamente, esta vez con mayor cuidado, y camino hasta el pequeño lavamanos instalado junto a la puerta. El agua estaba helada, pero se la llevo al rostro varias veces hasta conseguir despernarse. Cuando alzó la mirada hacia el espejo, encontró unos ojos cansados que parecían pertenecer a alguien mucho mayor.

Se observo durante unos instantes antes de apartar la vista. No le gustaba contemplarse demasiado, especialmente cuando recordaba las palabras que no de los médicos había pronunciado años atrás, creyendo que él no podía escucharlo.

Habían dicho que era hermoso, pero que la belleza no servá de nada cuando el cuerpo no podía ofrecer aquello para lo que había sido deseñado. Emir, que entonces todavía era lo bastante pequeño para creer que las personas podían cambiar de opinión, había pasado años intentando demostrarles que estaban equivocados.

Aunque ahora había dejado de intentarlo, sabía que nunca serviría para nada, que su fin estaba cada vez mas cerca y su existencia solo había sido un error.

°||°

El comedor principal se encontraba en el ala norte del edificio, separado de las habitaciones donde vivían los sujetos de experimentación. Emir llego cuando los empleados terminaban de colocar los manteles sobre las mesas, y una mujer de cabello recogido entrego inmediatamente un carro lleno de vajillas.

—Lleva esto al salón de recepciones y después regresa por las copas —ordenó sin siquiera mirarlo—. Y ten cuidado con la porcelana. La ultima vez rompiste un plato.

—Fue hace tres meses —respondió Emir mientras acomodaba las manos sobre el carrito.

La mujer alzó la mirada con expresión severa.

—¿Qué dijiste?

—Qué tendré cuidado, señora —ratifico rápidamente.

Ella continúo observándolo durante unos segundos antes de señalarle la puerta. Emir empezó a empujar el carrito, agradeciendo en silencio que las ruedas no estuvieran demasiado deterioradas. Todavía le dolía las piernas, aunque al menos había conseguido recuperar suficiente fuerza para caminar sin tambalearse.

El salón de recepciones estaba mucho más iluminado que el resto del edificio. Grandes ventanales permitían contemplar los jardines exteriores, cuidadosamente mantenidos para ofrecer y una apariencia de tranquilidad que contrastaba con lo que ocurría detrás de las puertas cerradas. Había flores frescas sobre las mesas y varias botellas de licor.

Mientras acomodaba los platos, escuchó voces procedentes del despacho contiguo. La puerta estaba entreabierta y reconoció inmediatamente al director de las instalaciones, un hombre que rara vez abandonaba su oficina y cuya presencia bastaba para que los guardias enderezaran la espalda.

—No podemos permitirnos otro incidente —decía el director con evidente irritación—. Los últimos resultados ya han generado demasiadas preguntas.

—Entonces deberían haber sido más cuidadosos con los informes —respondió una voz desconocida.

Emir dejó de mover los platos.

No era habitual escuchar a alguien dirigirse al director de aquella manera. La mayoría de los visitantes procuraban mostrarse respetuosos, incluso cuando estaban en desacuerdo con sus decisiones. Sin embargo, aquel hombre hablaba con una tranquilidad que resultaba casi insolente.

—Le aseguro que todo está bajo control —insistió el director.

—Eso mismo me dijeron la última vez.

Se produjo un silencio incómodo, seguido por el sonido de una silla desplazándose contra el suelo. Emir volvió rápidamente a su trabajo, temiendo que alguno de los hombres apareciera y lo encontrara escuchando una conversación que no le correspondía.

No obstante, alcanzó a oír una última frase antes de que cerraran la puerta.

—El señor Bessonov no ha venido hasta aquí para escuchar excusas.

Emir frunció ligeramente el ceño mientras colocaba la última copa sobre la mesa. Aquel apellido no le resultaba familiar, aunque tampoco tenía motivos para conocerlo. Su mundo se limitaba a las instalaciones, los empleados y las órdenes que recibía diariamente.

Terminó de acomodar la vajilla y retrocedió para comprobar que todo estuviera en su lugar. Estaba a punto de regresar a la cocina cuando descubrió una pequeña mancha de sangre en el mantel, justo donde había apoyado una de sus manos.

Bajó la mirada hacia sus dedos y comprobó que la piel alrededor de sus uñas se había abierto nuevamente.

—Maldición —susurró, buscando desesperadamente algo con lo que limpiar la tela.

No encontró nada.

Intentó cubrir la mancha con una servilleta, pero el movimiento solamente consiguió extenderla. Sintió que el corazón comenzaba a latirle con fuerza mientras calculaba cuánto tiempo faltaba para que llegaran los invitados. Si alguien descubría que había manchado uno de los manteles preparados para la recepción, difícilmente le permitirían explicarse.

—¿Qué estás haciendo?

Emir se sobresaltó tanto que estuvo a punto de derribar una copa.

Al volverse encontró a un hombre de traje oscuro detenido junto a la entrada del salón. No llevaba el uniforme de los empleados ni la identificación que utilizaban los médicos, y su postura relajada indicaba que no estaba acostumbrado a solicitar permiso para entrar en ninguna habitación.

Emir bajó inmediatamente la cabeza.

—Disculpe, señor. Estaba terminando de preparar la mesa.

—Te pregunté qué estabas haciendo.

El omega apretó los dedos contra la servilleta ensangrentada. Durante un instante consideró mentir, pero sabía que la mancha seguía siendo visible y que cualquier explicación falsa solamente empeoraría las cosas.

—Me corté la mano y ensucié el mantel —confesó finalmente—. Iba a cambiarlo antes de que llegaran los invitados.

El desconocido permaneció en silencio. Emir sintió su mirada sobre él, aunque no se atrevió a levantar la cabeza para comprobarlo.

—Entonces cámbialo —respondió el hombre.

Emir parpadeó, sorprendido por la sencillez de aquella respuesta.

—Sí, señor. Ahora mismo.

Se apresuró a recoger las servilletas, pero cuando intentó retirar el mantel, el mareo regresó con tanta intensidad que tuvo que sujetarse del borde de la mesa. Una de las copas se tambaleó peligrosamente y el hombre extendió una mano para impedir que cayera.

—¿Estás enfermo? —preguntó, observándolo con mayor atención.

—No, señor. Solamente estoy un poco cansado.

—Tienes el aspecto de alguien que lleva varios días sin dormir.

Emir no supo qué responder. Aquella observación no era incorrecta, pero tampoco tenía intención de explicarle a un desconocido las razones de su agotamiento. Se limitó a sonreír débilmente, esperando que el hombre perdiera el interés y le permitiera continuar trabajando.

Sin embargo, el desconocido no se marchó.

—¿Cómo te llamas?

La pregunta lo desconcertó todavía más que las anteriores. Hacía tanto tiempo que nadie le preguntaba su nombre que, por un instante, estuvo a punto de responder con el número que utilizaban para identificarlo.

—Emir, señor —contestó finalmente.

El hombre lo contempló durante unos segundos, como si estuviera intentando recordar algo.

—¿Emir qué?

El omega sintió que se le secaba la garganta. No sabía qué responder a aquello. Había tenido un apellido alguna vez, al menos eso suponía, pero no recordaba haberlo utilizado. En los documentos de La Organización solamente figuraba su nombre, acompañado por una serie de números y clasificaciones médicas.

—Solamente Emir —murmuró.

El desconocido no insistió. Se limitó a observar la pequeña herida de su mano antes de dirigir nuevamente la mirada hacia su rostro.

—Ve a curarte eso, Emir. Alguien más puede cambiar el mantel.

—No puedo, señor. Me ordenaron terminar de preparar el salón.

—¿Quién te lo ordenó?

Emir vaciló. No quería involucrar a la encargada de la cocina, especialmente porque sabía que terminaría pagando las consecuencias si ella descubría que había mencionado su nombre.

—No importa —respondió cuidadosamente—. Puedo hacerlo.

El hombre pareció considerar aquella respuesta durante unos instantes, pero antes de que pudiera decir algo más, la puerta del despacho se abrió y el director apareció acompañado por otros dos hombres.

—¡Señor Bessonov! —exclamó al descubrirlo junto a la mesa—. No sabía que había salido del despacho. Estábamos buscándolo.

Emir sintió que el estómago se le contraía.

Bessonov.

Era el mismo apellido que había escuchado minutos atrás, pronunciado con respeto y preocupación.

El desconocido giró lentamente hacia el director.

—Su empleado está herido —comentó, señalando despreocupadamente la mano de Emir—. Debería enviarlo a descansar.

El director miró al omega y su expresión se endureció inmediatamente.

—Por supuesto. Nos encargaremos de eso.

Emir conocía demasiado bien aquella sonrisa. Bajó la cabeza todavía más y comenzó a retroceder, deseando desaparecer antes de que el director encontrara alguna razón para reprenderlo delante de los visitantes. Sin embargo, cuando estaba a punto de alcanzar la puerta, escuchó nuevamente la voz del hombre.

—Emir.

Se detuvo de inmediato.

—¿Sí, señor?

—No olvides curarte la mano.

El omega asintió sin levantar la mirada.

—Gracias, señor Bessonov.

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