Capítulo 1
Enzo.
La habitación olía a sangre, orina y miedo. Di una calada a mi cigarrillo, iluminando parcialmente mis ojos. Solté el humo, pero no logró disimular el hedor metálico de la sangre.
Mis hombres seguían golpeando sin piedad al hijo de puta que estaba atado a una silla. Cada golpe sonaba seco, no había rabia en ellos, solo oficio.
El rostro de la maldita rata estaba hinchado. Moco y sangre chorreaban por su nariz y boca.
Me quedé parado en el rincón más oscuro, con una mano en el bolsillo y el saco abierto, dejando ver la culata de mi arma. Observé. Esperé.
—Suficiente.
Mi voz fue baja, pero lo suficientemente alta para que los golpes se detuvieran. Tiré el cigarrillo al suelo y lo aplasté con la suela.
Metí las manos en los bolsillos del pantalón y caminé hasta él. Me detuve a unos pasos y miré a uno de los esbirros. Un leve movimiento de mi cabeza bastó. Se acercó, agarró al ladrón del cabello y le levantó la cabeza.
El tipo me reconoció. Sus ojos se abrieron de terror y forcejeó con las cuerdas, pero era inútil. Ya era demasiado tarde para intentar escapar.
—¿Dónde está la mercancía?
Mi voz continuaba baja, no hacía falta levantar la voz. El miedo hacía el trabajo sucio.
—Yo no... yo no sé nada señor Moretti... —su voz temblaba, rota. Las fosas nasales del tipo se ensancharon. Mentía. Apreté la mandíbula.
Mentir en este mundo es una ofensa. Y las ofensas se pagan.
Saqué mi arma sin prisa, sintiendo el peso y el metal frío como una extensión de mí. La apoyé en su frente.
El tipo empezó a sollozar, sentí un ruido de goteo y miré al suelo, el maldito se orinaba.
—Por favor, tengo hijos, una esposa.
—Deberías haberlos recordado antes de robar a la famiglia.
Apreté el caño del arma con más fuerza contra su frente.
—¡No, por favor...!—el disparo sonó en toda la habitación. Seco. Sangre y sesos salpicaron la pared. El cuerpo se desplomó contra la silla, aún atado.
—Limpien todo esto. Y que se corra la voz: quien toque lo que es de los Lombardi, quien le falte el rispetto a la famiglia, es hombre muerto. —ordené mientras salía.
Debía hablar con Vittorio. Esto se estaba saliendo de control. Ya era el cuarto que nos robaba mercancía.
Al salir de la habitación el aire fresco me golpeó el rostro llevándose parte del hedor a muerte. Guardé mi arma y acomodé mi saco.
Subí al Maserati negro y me dirigí a la mansión.
Hoy era el compromiso de Alessia con la basura de Adrián Azzio.
Apreté la mandíbula hasta que me dolieron los dientes. Él no le llegaba a los talones. Demonios, quería quebrarle todos los huesos con solo verlo cerca de ella. Pero lo haría despacio, disfrutando de cada maldito segundo, para que entendiera el precio de ponerle las manos encima a algo que no le pertenecía. Aunque yo tampoco tuviera derecho a reclamarla.
Alessia Lombardi. La hija del Don. Suave, hermosa e imposible.
Mi maldita debilidad.
Si Vittorio supiera lo que sentía por su princesa, me habría cortado las pelotas sin pensarlo dos veces. Y yo lo entendería. Porque en este mundo, el deseo no justifica la traición. La famiglia siempre va primero. Siempre.
Al llegar a la mansión, me dirigí al despacho de Vittorio. El lugar era un hervidero de gente, el personal preparaba el lugar para la fiesta de esa noche.
Me crucé con Silvina que llevaba un vestido largo de lentejuelas, me sonrió y se sonrojó.
—¿Vas a ponerte eso?—le pregunté para molestarla.
Ella puso los ojos en blanco. Me sacó una sonrisa de lado. La chica tenía carácter, se lo tenía que reconocer.
—Es para la señorita Alessia. La señora María se lo envía—dijo haciendo una mueca. Extendió el vestido, demonios el escote de esa cosa era un insulto.
Aquello iba a atraer demasiadas miradas.
—Suerte con eso—dije sabiendo que Alessia no aceptaría nada de su madrastra.
Ella sonrió y se alejó a paso cantarín.
Yo seguí mi camino hasta el despacho de Vittorio.
Golpeé la puerta una vez y escuché un "Adelante." Abrí la puerta y entré.
—Vittorio, tenemos que hablar.
Vittorio estaba detrás del escritorio, me miró serio, y señaló a la mujer de la esquina, que me sonreía complacida.
Carolina Vatel.
Mierda.
Alessia se comprometía esa noche. Y yo también, aunque por conveniencia, con la mujer que me sonreía desde el rincón.
La famiglia siempre cobraba su precio.
Y yo siempre lo pagaba.
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A tí, querido lector. Gracias por detenerte en mi historia. Esta hecha con mucho esfuerzo y amor. Y por eso sólo deseo saber si te gusta. Es muy importante para mí. No pido mucho, con una manita 👍, soy feliz 😁.
Nuevamente, gracias 🙌.








