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Un destino fuera de la corona

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Summary

En un mundo donde las marcas de nacimiento determinan quién está destinado a compartir tu vida, encontrar a tu alma gemela es cuestión de destino. Johan siempre supo quién era la persona destinada para él: Diego, el príncipe heredero del reino. Sin embargo, había un pequeño problema que jamás podría ignorar: ambos eran hombres. Durante tres años, Johan decidió mantener su marca en secreto, mientras Diego buscaba desesperadamente a una mujer que pudiera ocupar su lugar a su lado. Pero el destino tenía otros planes. Cuando una casualidad revela la verdadera identidad de su alma gemela, Diego tendrá que enfrentarse a una realidad que contradice todas las tradiciones de su familia. Entre secretos, expectativas reales y sentimientos inesperados, ambos descubrirán que encontrar a la persona destinada no significa que el camino hacia el amor sea sencillo. Porque el destino puede elegir a quién amar, pero no puede decidir cuánto estás dispuesto a luchar por ese amor.

Genre
Lgbtq,Romance
Author
XIO
Status
few sec ago
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

Capítulo 1: El destino equivocado

En aquel mundo, el destino tenía una forma muy particular de manifestarse.

Al cumplir quince años, cada persona recibía una marca en alguna parte de su cuerpo. No existían dos marcas iguales, excepto entre aquellas personas que estaban destinadas a encontrarse: las almas gemelas.

Era una tradición tan antigua como la propia monarquía. Dos personas, una misma marca y un vínculo que, según las creencias, ninguna distancia ni circunstancia podía romper.

Durante generaciones, las parejas destinadas habían sido hombres y mujeres. Nadie cuestionaba aquella costumbre. Al menos, no hasta entonces.

La familia real tenía sus propias tradiciones. Era reservada, conservadora y extremadamente estricta con sus costumbres, a diferencia del resto del reino, que había evolucionado hacia una sociedad moderna.

Por eso, cuando el príncipe heredero cumplía quince años, comenzaba oficialmente la búsqueda de su alma gemela. Sin embargo, aquella búsqueda no era precisamente discreta.

La familia real convertía el acontecimiento en un espectáculo público. Cientos de jóvenes se presentaban ante la corona asegurando ser la persona destinada al príncipe. Algunas eran sinceras; otras, simplemente buscaban conseguir un lugar en la familia real.

Las falsas marcas eran descubiertas con facilidad y sus portadoras terminaban protagonizando situaciones bastante vergonzosas.

El príncipe Diego llevaba tres años esperando.

A sus dieciocho años, la presión era mayor que nunca. Según las leyes tradicionales de la corona, debía contraer matrimonio al alcanzar esa edad. Su familia esperaba que encontrara pronto a la mujer que compartiría con él el futuro del reino.

Pero había un pequeño detalle que nadie había considerado.

Su alma gemela no era una mujer.

Y Johan lo sabía desde hacía tres años.


Johan pertenecía a una de las familias más poderosas y adineradas del reino. Su apellido era conocido en los círculos empresariales y su presencia no pasaba desapercibida en ningún lugar.

Estudiaba en la universidad y trabajaba como modelo para importantes marcas internacionales. Su rostro aparecía en revistas, campañas publicitarias y enormes carteles repartidos por la ciudad.

Acostumbrado a recibir atención, tenía una personalidad segura, un tanto consentida y bastante despreocupada por las opiniones ajenas.

Sin embargo, había algo que jamás había compartido con nadie.

El día de su decimoquinto cumpleaños, al igual que todos los jóvenes de su edad, recibió su marca de alma gemela.

La reconoció inmediatamente.

Era idéntica a la que aparecía en los registros públicos del príncipe Diego.

Su primera reacción fue pensar que debía existir algún error.

¿Cómo podía ser posible?

Él era un hombre.

Durante semanas evitó hablar del tema. Con el paso de los meses, dejó de buscar explicaciones y terminó aceptando lo inevitable: su alma gemela era otro hombre.

Y no cualquier hombre.

Era el futuro rey.

Johan decidió guardar silencio. No tenía intención de convertirse en el centro de atención de todo el reino ni de provocar un escándalo que involucrara a su familia.

Además, nadie sospechaba de él. La búsqueda estaba dirigida exclusivamente a mujeres y, para el resto del mundo, la posibilidad de que el príncipe estuviera destinado a un hombre simplemente no existía.

Así habían pasado tres años.

Hasta aquel día.


El estudio fotográfico estaba lleno de movimiento.

Johan participaba en una sesión para la revista Vogue. Había pasado toda la mañana entre cambios de vestuario, indicaciones del fotógrafo y constantes destellos de cámaras.

Llevaba un conjunto elegante, acompañado de una bufanda de seda que había insistido en conservar durante toda la sesión.

—¡Perfecto, Johan! ¡Una última fotografía con la modelo de tu derecha!

Johan sonrió hacia la cámara, adoptando la expresión que le habían indicado.

—Eso es. ¡Excelente!

La sesión estaba llegando a su fin cuando un grupo de hombres vestidos con impecables uniformes ingresó al estudio.

Eran miembros del personal de la corona, acompañados por varios soldados.

El murmullo de los presentes desapareció cuando uno de los mayordomos dio un paso al frente.

—¡Atención! Por orden de la familia real, comenzará una nueva inspección para encontrar a la futura consorte del príncipe heredero.

Johan dejó escapar un suspiro silencioso.

Otra búsqueda.

Las jóvenes presentes fueron llamadas una por una para mostrar sus marcas. Algunas parecían emocionadas; otras, considerablemente nerviosas.

No tardó en comenzar el espectáculo habitual.

Una muchacha fue descubierta utilizando una marca falsa. Otra intentó justificar una diferencia evidente en el diseño. Los soldados terminaron apartándolas mientras el personal de producción observaba la situación con incomodidad.

Johan aprovechó el desorden para retirarse discretamente al vestuario.

Por primera vez en toda la tarde, se sintió aliviado.

Era un hombre. No tenían ninguna razón para buscarlo.


El vestuario estaba mucho más tranquilo que el estudio.

Johan se quitó la ropa de la sesión y se puso una camisa negra de seda. Después tomó su bufanda y la acomodó alrededor del cuello, asegurándose de que la tela ocultara por completo la marca que llevaba cerca de la clavícula.

Se miró brevemente en el espejo.

Todo estaba en orden.

Entonces escuchó unos golpes en la puerta.

—¿Señor Johan? ¿Podría salir un momento, por favor?

Era uno de los asistentes de producción.

—¿Qué sucede?

—El príncipe Diego desea hablar con todos los modelos antes de que se retiren.

Johan cerró los ojos durante un instante.

Perfecto.

Aquello era exactamente lo que necesitaba.

—Enseguida voy.

Tomó aire, comprobó que su bufanda estuviera bien colocada y salió del vestuario.


Cuando regresó al estudio, varias modelos ya habían sido apartadas. Algunas estaban visiblemente avergonzadas y otras intentaban disimular su frustración.

En el centro de la habitación se encontraba el príncipe Diego.

Vestía un traje oscuro hecho a medida. Su cabello estaba perfectamente arreglado y su expresión mantenía esa seriedad característica de los miembros de la familia real.

Era un hombre atractivo, de facciones definidas y mirada penetrante.

A pesar de su juventud, parecía cargar con responsabilidades que superaban su edad.

Johan se quedó entre los demás modelos, observándolo con discreción.

—Tres años —comenzó a decir Diego.

Su voz era tranquila, pero tenía suficiente autoridad para captar la atención de todos.

—Tres años buscando a una persona que parece no existir.

Se pasó una mano por el cabello, dejando escapar un suspiro.

—Mi familia insiste en que tenga paciencia. Supongo que ya he tenido suficiente.

Algunos de los presentes intercambiaron miradas.

Johan permaneció en silencio, acomodándose distraídamente la bufanda.

Sin embargo, aquel pequeño movimiento llamó la atención del príncipe.

Diego interrumpió su discurso.

Sus ojos se detuvieron en el joven que acababa de regresar del vestuario.

—Tú.

Johan levantó la mirada.

¿Yo?

—Sí, tú. El modelo que acaba de salir del vestuario.

El silencio se extendió por la habitación.

Diego dio un paso hacia él.

—Parece que estás más interesado en tu bufanda que en la presencia del príncipe heredero.

Johan mantuvo la compostura.

—Disculpe, majestad.

—Dime tu nombre.

—Johan, su majestad.

—Johan... —repitió Diego, como si quisiera memorizarlo—. Un nombre interesante.

Su mirada descendió brevemente hacia la bufanda.

—¿Por qué llevas una bufanda en un estudio con calefacción?

—Me gusta usarla. Nada más.

Por primera vez en toda la tarde, Diego dejó escapar una pequeña risa.

—Una respuesta bastante sencilla.

Se cruzó de brazos.

—Dime algo, Johan. ¿Alguna vez has sentido que no encajas con lo que los demás esperan de ti?

Johan parpadeó, sorprendido por la pregunta.

—No, majestad. No lo creo.

Diego lo observó durante unos segundos.

—Qué curioso. La mayoría de las personas que están aquí parecen estar interpretando un papel.

Su mirada volvió a la bufanda.

—Aunque tengo la impresión de que tú estás ocultando algo.

Johan sintió que el estómago se le encogía.

—No sé a qué se refiere, su majestad.

—Quizás tengas razón.

Diego se enderezó y miró a los mayordomos.

—Terminen con la inspección.

Johan soltó discretamente el aire que había estado conteniendo.

Creyó que aquello había terminado.

Pero estaba equivocado.


El personal comenzó a abandonar el estudio. Algunos asistentes recogían los equipos mientras los modelos se preparaban para marcharse.

Johan aprovechó el movimiento para acercarse a la salida.

—Johan.

La voz del príncipe lo detuvo.

Se giró inmediatamente.

—¿Necesita algo más, su majestad?

—No tienes por qué hablarme con tanta formalidad. No estamos en una ceremonia.

—Disculpe. Es la costumbre.

Diego se acercó un poco más.

—¿Siempre eres tan cuidadoso con lo que dices?

—Solo intento ser educado.

El príncipe sonrió ligeramente.

Johan comenzó a sentirse incómodo. Necesitaba marcharse antes de que aquella conversación se prolongara demasiado.

Justo cuando iba a despedirse, un asistente que transportaba una caja de equipos pasó apresuradamente entre ambos y chocó accidentalmente contra su hombro.

—¡Lo siento!

Johan perdió el equilibrio por un instante.

Su bufanda se deslizó de su cuello y cayó al suelo.

Todo ocurrió demasiado rápido.

El joven bajó inmediatamente la mirada, pero ya era tarde.

Diego había visto la marca.

Aquella figura.

Aquellos trazos.

Era exactamente la misma que llevaba en su propio cuerpo.

Durante unos segundos, el príncipe permaneció inmóvil.

Su expresión cambió por completo. La seguridad que había mantenido durante toda la tarde desapareció, sustituida por una mezcla de incredulidad y desconcierto.

Johan reaccionó rápidamente y llevó una mano hacia su cuello para cubrir la marca.

—Lo siento, su majestad. No fue mi intención...

No pudo terminar.

—Espera.

La voz de Diego sonó diferente.

Ya no tenía el tono distante del príncipe heredero.

Johan se quedó quieto.

Diego recogió la bufanda del suelo y volvió a mirar la marca.

—No puede ser...

Su respiración se volvió irregular.

—Tres años —murmuró—. Llevo tres años buscando esta marca.

Johan no sabía qué responder.

—Su majestad, yo...

—Mírame.

Johan levantó lentamente la cabeza.

Los ojos de Diego estaban fijos en él.

—¿Desde cuándo tienes esa marca?

El joven tragó saliva.

—Desde que cumplí quince años.

Diego abrió ligeramente los ojos.

Quince años.

La misma edad en la que él había recibido la suya.

La misma marca que había estado buscando durante todo ese tiempo.

—Entonces... eres tú.

Johan bajó la mirada.

—Yo...

—Eres mi alma gemela.

No era una pregunta.

Era la respuesta que había esperado escuchar durante tres años.


Diego se acercó lentamente, todavía intentando asimilar lo que acababa de suceder.

—Todo este tiempo estuve buscando a una mujer —dijo, soltando una pequeña risa de incredulidad—. Mi familia organizó inspecciones, revisó cientos de marcas y rechazó a innumerables personas.

Miró nuevamente a Johan.

—Y tú estabas aquí.

Johan permaneció en silencio.

No sabía si sentirse aliviado, asustado o simplemente confundido.

—¿Por qué nunca dijiste nada? —preguntó Diego.

—Porque sabía lo que significaba.

—¿Y qué significa?

Johan levantó la mirada.

—Que soy un hombre, su majestad.

Diego guardó silencio.

Por primera vez, Johan pudo observar algo parecido a la vulnerabilidad en el rostro del príncipe.

—Lo sé —respondió finalmente—. Puedo verlo.

Una sonrisa pequeña apareció en sus labios.

—Y, sinceramente, creo que mi familia tendrá algunas dificultades para aceptar la noticia.

Johan soltó una risa nerviosa, aunque desapareció casi inmediatamente.

—Esto va a causar muchos problemas.

Diego lo observó con atención.

—Probablemente.

Después extendió una mano y tomó la de Johan con delicadeza.

—Pero no pienso fingir que no te he encontrado.

Johan miró sus manos entrelazadas y después volvió a mirar al príncipe.

—¿Y ahora qué sucederá, su majestad?

Diego sonrió.

—Primero, vas a dejar de llamarme su majestad cuando estemos solos.

Hizo una pequeña pausa.

—Y después tendremos que descubrir cómo explicarle al reino que mi alma gemela es un hombre.

Johan no pudo evitar sonreír.

Por primera vez en tres años, ya no tendría que esconder su marca.

Pero encontrar a su alma gemela quizás sería mucho más complicado de lo que había imaginado.

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