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CALESSIA

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Summary

En un mundo de civilizaciones ancestrales, reinos poderosos, territorios desconocidos y secretos olvidados, una joven llamada Calessia está destinada a convertirse en una de las figuras más extraordinarias de la historia. A sus quince años, su origen permanece envuelto en misterio, al igual que su verdadera conexión con el Primer Dragón. Mientras descubre un mundo mucho más antiguo y extenso de lo que imaginaba, comenzará a enfrentarse a fuerzas que amenazan el equilibrio de las civilizaciones. Entre leyendas, criaturas extraordinarias, conflictos políticos, poderes ancestrales y verdades enterradas durante generaciones, Calessia deberá descubrir quién es realmente y qué significa su existencia para el destino del mundo. Sin embargo, el mayor misterio no será su origen, sino la civilización perdida que podría revelar la verdad sobre los dragones y el nacimiento de una era olvidada. Esta es la historia de su ascenso: el camino de una joven hacia el legado de la Maestra Dragón.

Genre
Fantasy
Author
Zykrath
Status
6h ago
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
16+

La voz bajo la piedra

ARCO I — LAS RUINAS QUE RECUERDAN


La mañana en que la piedra pronunció su nombre comenzó con un cielo demasiado quieto.

Calessia lo advirtió antes que nadie.

Desde la ventana de su habitación podía contemplar las colinas que rodeaban Lindegris, una pequeña comunidad situada en los Distritos Exteriores de Vaeloria. Las viviendas de piedra y madera se extendían alrededor de una plaza irregular, mientras que los campos cultivados se perdían entre suaves elevaciones cubiertas de hierba. Más allá se alzaba el bosque septentrional, una inmensa extensión de árboles antiguos cuyos troncos oscuros parecían guardar secretos más viejos que los propios reinos.

A esa hora, el viento acostumbraba a descender desde las colinas. Movía los tendederos, agitaba las copas de los árboles y levantaba pequeñas nubes de polvo sobre los caminos. Aquella mañana, sin embargo, no se movía una sola hoja.

Tampoco se escuchaban los pájaros.

Calessia apoyó los dedos sobre el marco de la ventana y observó el horizonte. No sabía explicar qué le inquietaba. El paisaje era el mismo de siempre, las colinas no habían cambiado de lugar y ninguna tormenta amenazaba con cubrir el cielo. Aun así, había una sensación extraña en el ambiente, como si el mundo estuviera conteniendo la respiración.

—Si continúas mirando por la ventana, llegarás tarde —dijo una voz a su espalda.

Mara estaba junto a la mesa, preparando un pequeño paquete de comida. Envolvía pan de cebada, algunas frutas y un trozo de queso en un paño limpio. Había criado a Calessia desde que la encontró siendo muy pequeña, y conocía demasiado bien la costumbre de la muchacha de distraerse observando cualquier cosa que despertara su curiosidad.

—El bosque está silencioso —respondió Calessia.

—Los bosques no hablan.

—No he dicho que hablen.

—Entonces deja de mirarlo como si esperases que te contestara.

Calessia sonrió ligeramente, aunque no apartó los ojos del horizonte.

—No hay pájaros.

Mara levantó la cabeza.

—¿Qué?

—No se escucha ninguno. Normalmente hay decenas sobre los tejados a esta hora.

La mujer se acercó a la ventana. Observó el exterior durante unos segundos y después cerró parcialmente las cortinas.

—Tal vez encontraron comida en otra parte.

—Todos al mismo tiempo.

—Los animales tienen sus propias razones.

Calessia se volvió hacia ella. Conocía aquella manera de responder: Mara no quería continuar la conversación. Sin embargo, había algo en su expresión que no encajaba con una simple preocupación por llegar tarde.

La mujer parecía nerviosa.

—¿Ocurre algo? —preguntó Calessia.

—No.

—Entonces, ¿por qué estás mirando hacia el bosque?

Mara bajó la vista hacia el paquete de comida.

—Porque llevas demasiado tiempo junto a la ventana. Ponte la túnica y desayuna.

Calessia no insistió. Se apartó del marco y terminó de vestirse. Ajustó su cinturón, guardó una pequeña herramienta en la bolsa y tomó el objeto ovalado que siempre llevaba consigo.

Era una pieza oscura, lisa y ligeramente pesada. Tenía una línea plateada que la atravesaba desde un extremo hasta el otro. No parecía hecha de hierro ni de ninguna piedra que Calessia hubiera visto en los alrededores. Sus bordes estaban desgastados, pero la superficie no presentaba grietas.

Mara decía que aquel objeto había estado con ella cuando la encontró.

Nunca había sabido explicar de dónde procedía.

—No lo lleves hoy —dijo la mujer al verlo.

Calessia levantó una ceja.

—¿Por qué?

—Porque podrías perderlo.

—Nunca lo pierdo.

—La semana pasada dejaste tu bolsa junto al pozo.

—Pero el objeto seguía dentro.

—Porque lo encontré antes de que alguien lo recogiera.

Calessia guardó la pieza.

—No voy a perderlo.

Mara se acercó y le acomodó la bolsa sobre el hombro. Sus dedos permanecieron un instante sobre el cierre.

—Y no vayas al bosque septentrional.

La muchacha frunció el ceño.

—No tenía pensado hacerlo.

—Prométemelo.

—¿Por qué tendría que ir allí?

—Calessia.

La firmeza de su voz hizo desaparecer la sonrisa de la muchacha.

—Te lo prometo.

Mara asintió, aunque no pareció tranquilizarse.

Calessia salió de la casa poco después.


Lindegris comenzaba a despertar.

Los comerciantes levantaban sus puestos en la plaza, los trabajadores se dirigían a los campos y varias familias preparaban carros para transportar mercancías hacia las aldeas vecinas. La comunidad no era grande ni especialmente próspera. Se encontraba lejos de las principales rutas comerciales y apenas recibía visitas de funcionarios de la Corona Alta.

Los Distritos Exteriores eran territorios extensos, pero olvidados por quienes gobernaban desde las ciudades centrales. Los caminos se reparaban cuando resultaba necesario para el comercio, los puestos de vigilancia permanecían escasamente abastecidos y muchas comunidades dependían de sus propios habitantes para resolver cualquier problema.

Lindegris no era una excepción.

Calessia conocía a casi todos sus habitantes. Saludó al panadero, ayudó a una anciana a levantar una cesta y se detuvo unos instantes junto al puesto de herramientas.

—Llegas tarde —comentó Daren, uno de los pastores del asentamiento.

—Todavía no he llegado tarde.

—Eso es lo que dices todos los días.

—Y todos los días termino mis tareas.

Daren soltó una carcajada.

—Algún día descubrirás que no puedes dedicarte a perseguir preguntas y esperar que el trabajo desaparezca por sí solo.

—Si las preguntas fueran menos interesantes, quizá tendría más tiempo.

—Las preguntas no alimentan a las cabras.

—Pero pueden evitar que terminen comiéndose algo venenoso.

El pastor negó con la cabeza, divertido.

Mientras Calessia continuaba su camino, escuchó una discusión cerca de la fuente.

Dos hombres examinaban unas marcas encontradas junto al arroyo. Uno sostenía que pertenecían a un animal grande; el otro aseguraba que eran simples deformaciones del terreno.

—No son huellas de oso —intervino una anciana que permanecía sentada cerca de ellos—. Mi abuela hablaba de marcas semejantes cuando los dragones todavía cruzaban los cielos.

Uno de los hombres soltó una risa.

—Los dragones no cruzan nuestros cielos desde hace siglos.

—Eso dicen los que nunca han visto uno.

—Y tú tampoco has visto uno, abuela.

—No necesito verlo para saber que existieron.

Calessia redujo el paso.

La palabra dragones siempre conseguía despertar su interés.

En Lindegris existían muchas historias sobre aquellas criaturas. Algunas hablaban de bestias colosales que podían incendiar montañas; otras describían seres inteligentes que poseían territorios, ciudades y leyes propias. Había relatos sobre dragones que habían establecido pactos con pueblos humanos y otros que gobernaban regiones enteras sin permitir que ningún reino se acercara a sus dominios.

Pero ninguna de aquellas historias coincidía por completo.

Los registros disponibles en la pequeña sala de lectura del distrito mencionaban a los dragones como criaturas de una era remota. Los describían como seres poderosos, aunque no explicaban demasiado sobre su organización ni sobre las razones de su desaparición.

Calessia había leído aquellos textos varias veces.

Siempre encontraba el mismo problema: los documentos terminaban justo cuando comenzaban a volverse interesantes.

—¿Qué opinas tú? —preguntó la anciana al descubrir que escuchaba.

Calessia se acercó.

—¿Sobre los dragones?

—Sobre si existieron.

—Creo que sí.

—¿Y por qué?

La muchacha miró las marcas del suelo.

—Porque hay demasiadas historias, construcciones y registros que hablan de ellos. Sería extraño que todos hubieran inventado lo mismo.

El hombre de mayor edad se cruzó de brazos.

—Las historias cambian con el tiempo.

—Los registros también pueden cambiar —respondió Calessia—. Eso no significa que todo sea mentira.

La anciana sonrió.

—Tienes una cabeza difícil de convencer.

—Solo cuando las respuestas no tienen sentido.

El pastor negó con la cabeza.

—Ten cuidado con lo que buscas, muchacha. Hay historias que sería mejor dejar enterradas.

Calessia miró hacia el bosque septentrional.

—¿Como cuáles?

Nadie respondió.

La conversación terminó poco después, pero aquella última advertencia permaneció en su pensamiento.


Durante el resto de la mañana, Calessia ayudó a ordenar herramientas en el almacén comunal. Intentó concentrarse en el trabajo, aunque varias veces volvió a mirar hacia las colinas.

El silencio continuaba.

A media mañana, una vibración recorrió el suelo.

Fue tan breve que apenas pudo distinguirla. Una caja se desplazó unos centímetros sobre una repisa y varias herramientas chocaron entre sí.

Calessia levantó la cabeza.

—¿Lo has sentido?

El hombre que trabajaba al otro lado del almacén continuó ordenando los objetos.

—¿Qué cosa?

—El suelo.

—Habrá pasado algún carro.

—No había ninguno.

—Entonces serían las vigas.

La muchacha se acercó a la puerta. Observó la calle y no encontró ningún vehículo.

Unos minutos después, volvió a ocurrir.

Esta vez, una taza cayó de una repisa y se rompió contra el suelo.

El trabajador se volvió con el ceño fruncido.

—Eso sí lo he escuchado.

Calessia se agachó para recoger los fragmentos.

—No ha sido el viento.

—Nadie ha dicho que lo fuera.

—¿Crees que fue un temblor?

El hombre miró hacia el techo.

—Si lo fue, ha sido pequeño.

La muchacha no respondió.

Había sentido algo más que una vibración. Durante un instante, el sonido le había parecido una nota grave, casi musical, que surgía desde muy abajo.

Como si una campana gigantesca hubiera sonado bajo la tierra.

Al mediodía terminó sus tareas y salió del almacén. En lugar de regresar directamente a casa, tomó el sendero que bordeaba los campos.

No pensaba acercarse al bosque. Había prometido no hacerlo, y sabía que Mara se preocuparía si descubría que había desobedecido. Solo quería observar las colinas desde una elevación cercana.

El camino atravesaba pastizales y pequeñas formaciones rocosas. Desde allí podía contemplar casi todo Lindegris. Las viviendas parecían pequeñas bajo la extensión del cielo, y las personas que caminaban por la plaza apenas se distinguían como figuras en movimiento.

Calessia se detuvo junto a un poste de señalización caído.

Más allá se encontraba el bosque septentrional.

Entre sus árboles sobresalían varias piedras verticales. Los habitantes las llamaban los Dientes Viejos, aunque nadie sabía quién había elegido aquel nombre. Eran estructuras oscuras, irregulares en apariencia, pero demasiado altas para ser simples formaciones naturales.

Los ancianos aseguraban que estaban allí desde antes de la fundación de Lindegris.

Calessia había intentado averiguar su origen en varias ocasiones. Los mapas recientes no las mencionaban y los documentos del distrito apenas contenían una referencia a unas piedras antiguas situadas al norte.

No había encontrado nada más.

Entonces el suelo vibró.

La muchacha miró hacia los Dientes Viejos.

Una pequeña nube de polvo se desprendió de una de las piedras. Después apareció una línea plateada sobre su superficie.

Calessia dio un paso hacia delante.

La luz recorrió una grieta vertical y se extendió por varias marcas que parecían talladas en la roca.

El aire cambió.

Un olor metálico, semejante al que queda después de una tormenta, llegó desde el bosque.

Calessia recordó la promesa hecha a Mara.

Se quedó inmóvil.

Pero entonces escuchó aquella nota grave por tercera vez.

Esta vez fue mucho más clara.

No parecía proceder de las colinas. Surgía desde el subsuelo, desde algún lugar situado directamente debajo de los Dientes Viejos.

La muchacha avanzó.


La abertura estaba oculta entre raíces y maleza.

Calessia tuvo que apartar varias ramas para descubrirla. Era una grieta estrecha, situada en la base de una de las piedras. Sus bordes eran demasiado regulares para ser naturales.

Se agachó y observó el interior.

Un pasadizo descendía en diagonal hacia la oscuridad.

No había señales de herramientas recientes ni huellas en el suelo. La entrada parecía llevar mucho tiempo cubierta por la vegetación.

Calessia pasó los dedos por el borde de la abertura.

Encontró pequeñas marcas grabadas en la piedra.

No eran símbolos que hubiera visto en los documentos del distrito. Algunos parecían líneas curvas; otros recordaban a estrellas o figuras geométricas.

Sacó el objeto ovalado de su bolsa.

La línea plateada permanecía apagada.

La muchacha lo sostuvo frente a la entrada y esperó.

Nada ocurrió.

—Solo voy a mirar —murmuró.

Aquella era una explicación que no habría convencido a Mara, pero Calessia la consideró suficiente.

Buscó una raíz gruesa, aseguró una cuerda alrededor de ella y comenzó a descender.

El pasadizo era estrecho al principio. La luz del exterior se fue reduciendo hasta desaparecer detrás de una curva. Calessia avanzó con cuidado, apoyando una mano contra la pared y utilizando la otra para sostener la lámpara.

El aire era frío.

A medida que descendía, encontró más inscripciones. Algunas estaban acompañadas por figuras aladas. Otras mostraban criaturas de cuerpos largos y cuellos curvos.

Dragones.

No eran representaciones idénticas. Tenían diferencias en sus cuernos, alas, colas y proporciones. Algunos parecían enormes; otros, más pequeños y esbeltos.

Calessia se detuvo frente a una imagen en la que varias criaturas estaban reunidas alrededor de una estructura circular.

No parecían estar luchando.

Una de ellas sostenía algo entre sus extremidades delanteras. Otra inclinaba la cabeza hacia ella. Alrededor había figuras humanoides que parecían participar en la reunión.

La muchacha se acercó.

—¿Qué hacíais aquí? —susurró.

El pasadizo terminó en una cámara subterránea.

Era más grande de lo que esperaba. Varias columnas inclinadas sostenían un techo de piedra oscura, y en el centro se levantaba un arco monumental. Su superficie parecía haber sido tallada en una sola pieza.

No había señales de que aquella estructura perteneciera a ningún reino conocido.

Calessia avanzó despacio.

En el arco se repetían las figuras de dragones y otros seres. Algunas representaciones mostraban construcciones elevadas, puentes y torres que parecían formar parte de una ciudad gigantesca.

La muchacha se acercó a una de las paredes.

Encontró una inscripción que recorría varios metros de piedra. Los símbolos estaban ordenados en líneas regulares, como si alguien hubiera escrito un texto para que pudiera leerse de izquierda a derecha.

No reconocía ninguno.

Sin embargo, una figura se repetía constantemente: un círculo atravesado por tres líneas curvas.

Calessia sacó su objeto.

La pieza estaba caliente.

Lo acercó a la inscripción y sintió una vibración en la palma.

Entonces la cámara se iluminó.

Primero apareció un punto plateado bajo sus pies. Después, varias líneas se extendieron por el suelo y formaron círculos concéntricos. Las columnas comenzaron a emitir un resplandor tenue, y las figuras grabadas sobre el arco parecieron recuperar profundidad.

Calessia retrocedió.

—¿Qué está pasando?

El aire se llenó de un murmullo.

No era el sonido de una multitud ni el roce del viento. Parecía una sucesión de voces lejanas que hablaban en una lengua desconocida.

La muchacha se volvió hacia el túnel.

La salida seguía allí, pero el arco había comenzado a brillar con mayor intensidad.

Una figura apareció en su superficie.

Era un dragón de enormes alas, con el cuerpo rodeado por símbolos que Calessia no podía interpretar. La criatura parecía mirar hacia algún punto situado fuera de la cámara.

Después, el dragón desapareció.

En su lugar surgió el círculo atravesado por tres líneas curvas.

Calessia sintió que el objeto ovalado vibraba con fuerza.

Una presión le recorrió el pecho.

—No debería estar aquí —murmuró.

La respuesta llegó desde la piedra.

—Calessia.

La muchacha se quedó inmóvil.

La voz no parecía humana. Tampoco era un eco. Cada sílaba resonaba en la cámara con una claridad imposible, como si alguien hubiera hablado desde el interior de sus propios pensamientos.

Calessia giró lentamente.

No había nadie.

—¿Quién eres?

El resplandor del arco se intensificó.

—Calessia.

La voz volvió a pronunciar su nombre.

La muchacha sintió un escalofrío.

—¿Cómo sabes quién soy?

Durante unos segundos no hubo respuesta.

Después, el suelo tembló.

Una parte del techo desprendió varios fragmentos de roca. Calessia retrocedió mientras el objeto ovalado emitía una luz plateada que parecía atravesar sus dedos.

Las inscripciones comenzaron a encenderse una tras otra.

El arco produjo un sonido profundo, semejante al movimiento de una puerta gigantesca.

La voz regresó.

Esta vez, las palabras fueron distintas.

—El tiempo de los olvidados ha terminado.

Calessia no comprendió el significado.

No sabía quiénes eran los olvidados, por qué aquella estructura había despertado ni qué relación podía tener ella con un lugar que probablemente llevaba siglos enterrado.

Pero comprendió una cosa: la voz no se había dirigido a cualquier persona.

La había llamado a ella.

Y eso significaba que su presencia no era una casualidad.


El siguiente temblor fue mucho más violento.

Una columna se agrietó y varios fragmentos cayeron cerca de la muchacha. Calessia se cubrió la cabeza y corrió hacia el túnel.

El suelo se inclinó ligeramente bajo sus pies. Tropezó con una piedra, cayó de rodillas y se golpeó la mano contra el suelo. El objeto ovalado escapó de sus dedos y rodó unos centímetros.

Lo recogió de inmediato.

La luz del arco comenzó a apagarse, aunque una línea plateada permanecía encendida en el centro del símbolo.

Calessia alcanzó el pasadizo y subió con desesperación.

La cuerda se había tensado. Trepó apoyándose en las paredes y utilizando las raíces que sobresalían de la roca. Cuando llegó a la abertura, las ramas le arañaron las manos.

Salió al exterior y cayó sobre la hierba.

Durante varios segundos no pudo levantarse.

El bosque ya no estaba en silencio.

Las copas de los árboles se agitaban, aunque el viento apenas soplaba. A lo lejos, una bandada de aves abandonó el bosque y cruzó el cielo en una dirección contraria a Lindegris.

Calessia se incorporó lentamente.

Miró los Dientes Viejos.

La luz había desaparecido.

Las piedras parecían tan antiguas e inmóviles como siempre. La abertura seguía allí, aunque ahora una fina línea plateada recorría su borde.

La muchacha sacó el objeto ovalado.

La línea que lo atravesaba brillaba débilmente.

No sabía qué hacer con él. Tampoco podía regresar a casa y fingir que no había ocurrido nada.

Mara le había pedido que no se acercara al bosque porque algo le preocupaba. Ahora Calessia comenzaba a sospechar que la mujer conocía una parte de aquel secreto.

Emprendió el regreso.

Mientras descendía por el sendero, escuchó una última vibración bajo sus pies. Fue breve, pero bastó para que se detuviera.

No hubo voz.

Solo un sonido profundo que pareció recorrer las colinas desde un extremo hasta el otro.

Calessia apretó el objeto contra su pecho.

En la distancia, Lindegris continuaba con sus actividades. Los habitantes caminaban por las calles, los comerciantes recogían sus puestos y el humo de varias chimeneas ascendía sobre los tejados.

Nadie sabía lo que había ocurrido bajo las piedras.

Cuando llegó a casa, Mara estaba junto a la puerta.

Su expresión cambió en cuanto vio el estado de la muchacha.

—¿Qué te ha pasado?

Calessia bajó la mirada hacia sus manos raspadas.

—Encontré algo.

Mara no preguntó qué.

Observó el objeto que sobresalía de la bolsa y palideció.

—¿Dónde has estado?

La muchacha levantó los ojos.

—En los Dientes Viejos.

La mujer cerró lentamente la puerta.

—Te pedí que no fueras allí.

—Lo sé.

—¿Entraste?

Calessia asintió.

Mara permaneció inmóvil.

—¿Qué había dentro?

La muchacha respiró hondo.

—Una cámara. Un arco de piedra. Había imágenes de dragones y símbolos que nunca había visto. La estructura se iluminó cuando me acerqué.

—¿Y después?

Calessia sostuvo el objeto ovalado entre ambas manos.

—Una voz pronunció mi nombre.

Mara retrocedió un paso.

—¿Qué voz?

—No lo sé. No parecía humana.

—¿Qué dijo?

Calessia recordó las palabras. Seguían resonando en su memoria con la misma claridad que cuando las había escuchado bajo tierra.

—Dijo que el tiempo de los olvidados había terminado.

Mara se llevó una mano a la boca.

Durante unos instantes ninguna de las dos habló.

Calessia observó a la mujer y comprendió que aquella frase significaba algo para ella, aunque no supiera exactamente qué.

—Mara —dijo—, ¿qué son los olvidados?

La mujer no respondió.

Miró hacia la ventana, hacia el bosque septentrional y las colinas que se extendían más allá.

Después cerró las cortinas.

—No vuelvas a ese lugar.

—Necesito saber qué es.

—No comprendes lo que has despertado.

—Entonces explícamelo.

Mara bajó la mirada hacia el objeto ovalado.

—Ojalá pudiera.

Calessia quiso insistir, pero la expresión de la mujer la detuvo. No era simple preocupación. Era miedo.

Y, por primera vez, tuvo la certeza de que Mara no había estado ocultándole una historia por vergüenza o por indiferencia.

Había estado intentando protegerla de algo.

Algo que acababa de encontrarla.

Muy por debajo de los Dientes Viejos, la cámara recuperó su oscuridad.

El arco monumental permaneció inmóvil. Las inscripciones dejaron de emitir luz y las figuras de los dragones volvieron a parecer simples relieves tallados en piedra.

Sin embargo, una marca continuó encendida.

El círculo atravesado por tres líneas curvas.

Una vibración recorrió la estructura y descendió hacia las profundidades, más allá de las cámaras conocidas, más allá de los pasadizos construidos por manos humanas.

Allí, detrás de una pared que ninguna herramienta había conseguido atravesar, algo respondió.

No despertó por completo.

No abrió los ojos.

Pero escuchó.

Y, después de siglos de silencio, una memoria olvidada reconoció el nombre de Calessia.

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