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Pecado romano

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Summary

En las altas esferas de Roma, la alta sociedad se alimenta de champán, trajes de alta costura y acuerdos sellados con sangre. Olivia pertenece a la realeza del bajo mundo: una dinastía mafiosa donde cada cena de negocios, cada banquete con aliados y cada brindis oculta una sentencia de muerte. Ella conoce las reglas del juego, pero hay un peligro al que nunca quiso ponerle freno. Su refugio siempre ha sido Alessandro, el heredero de la familia aliada, su mejor amigo y, desde hace años, su perdición. Protector hasta la obsesión, celoso y posesivo con cada centímetro de su vida, Alessandro vigila a Olivia como si fuera lo único sagrado en su mundo corrupto. Y para él, ella lo es todo. Entre las paredes de su imponente mansión custodiada por su fiel dóberman, Ares, el lujo, las flores y los costosos regalos son solo el recordatorio de que Alessandro le daría el cielo con las manos. La línea entre la amistad y el pecado se rompe una noche cuando Olivia toma la iniciativa y lo besa. Lo que empieza como un impulso se convierte en un pacto inquebrantable: Alessandro no solo le sigue el juego, sino que le exige ser su novia oficial, su reina y la dueña absoluta de su vida. Sin embargo, en su mundo el poder exige descendencia. Mientras el padre de Olivia presiona por un heredero que asegure el imperio, Alessandro tiene las prioridades muy claras: todo a su tiempo.

Status
35 mins ago
Chapters
2
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1. El pulso de roma

El aroma a puro costoso, vino tinto de cosecha exclusiva y el perfume empalagoso de las esposas de los capos llenaba el comedor privado del restaurante más selecto de Roma. Desde fuera, la gente solo veía la fachada de un establecimiento reservado para la alta aristocracia italiana. Desde dentro, éramos la mafia en su estado más puro: negociando territorios entre bocado y bocado, sonriendo con falsedad mientras calculábamos mentalmente el precio de la cabeza de quien teníamos enfrente.

A mi lado, la postura impecable de mi padre imponía el respeto que todos en esta mesa le debían. Me mantenía erguida, luciendo el vestido de alta costura que Alessandro me había hecho llegar esa misma tarde a la mansión. Era de un negro azabache, ceñido al cuerpo, de tela sedosa que contrastaba con el verde de mis ojos y la melena cayéndome en ondas sobre los hombros.

Sentí una mirada ardiente sobre la piel de mi escote antes de que una mano grande, cálida y firme se posara disimuladamente sobre mi muslo, ocultada por la mantelería de lino.

No tuve que mirar para saber de quién era.

Alessandro.

Su pulgar empezó a trazar pequeños círculos sobre la tela de mi vestido, enviando una corriente eléctrica que me hizo contener el aliento. Eché un vistazo de reojo. Con su traje a medida, el cabello oscuro perfectamente peinado y la mandíbula marcada, parecía un dios tallado en mármol. Pero detrás de esos ojos oscuros habitaba una posesividad implacable.

Uno de los socios de la familia Mancini, un tipo demasiado joven y engreído para su propio bien, llevaba diez minutos hablando de más y mirándome más de lo debido. Podía sentir la tensión acumulándose en los hombros de Alessandro. Su agarre en mi muslo se volvió un poco más firme, una advertencia silenciosa que solo yo podía descifrar.

A él no le gustaba que nadie mantuviera la vista sobre mí más de tres segundos. Y a mí, aunque jamás lo admitiría en voz alta delante de los demás, me fascinaba esa devoción tan salvaje y posesiva.

—El acuerdo con las rutas del norte queda sellado, entonces —declaró mi padre, elevando su copa de cristal—. Y sobre el futuro... bueno, ya sabes a qué me refiero, Alessandro. Olivia necesita darme un heredero pronto. La familia necesita continuidad, un nieto que asegure nuestro legado en Roma.

El ambiente en la mesa pareció congelarse un segundo. Sentí el pulso de Alessandro acelerarse contra mi piel, pero en su rostro no se reflejó más que una compostura absoluta.

—Todo a su tiempo, Don Vito —respondió Alessandro con voz grave, pausada y envuelta en un dominio absoluto que hizo callar al resto de la mesa—. Olivia y yo haremos las cosas bien. Primero será la boda, como corresponde. Y el heredero vendrá cuando nosotros lo decidamos, ni un día antes.

Mi padre lo observó durante un par de segundos, midiendo el calibre de su respuesta, antes de dejar escapar una leve sonrisa de aprobación y asentir con la copa. Nadie en esta ciudad le hablaba a mi padre con esa firmeza, excepto Alessandro. Porque él no solo era el hijo de la familia más aliada y poderosa de la nuestra; era mi protector, mi sombra y el dueño de cada uno de mis pensamientos.

Una hora más tarde, el motor del deportivo de Alessandro rugía mientras nos adentrábamos por el camino privado de piedra que conducía a nuestra mansión en las afueras de Roma. El silencio dentro del coche era denso, cargado de esa tensión latente que siempre nos acompañaba cuando nos quedábamos a solas.

En cuanto el vehículo se detuvo frente a la gran entrada, los portones se abrieron y una silueta imponente corrió a recibinos.

Ares.

Nuestro dóberman, negro como la noche y con el pelaje brillante, latió con fuerza al ver bajar a Alessandro, pero en cuanto me vio poner un pie fuera del coche, corrió hacia mí moviendo el cuerpo entero.

—Hola, mi chico lindo —murmuré agachándome para acariciar su cabeza de orejas erguidas. Ares pegó su hocico a mi mano, guardándome la espalda como siempre lo hacía.

—Entra, Ares —ordenó Alessandro con voz baja. El perro nos echó una última mirada obediente y trotó hacia el interior de la mansión.

Nos quedamos solos en el enorme vestíbulo iluminado por la luz tenue de las lámparas de araña. El sonido de mis tacones resonó contra el suelo de mármol hasta que la espalda me chocado suavemente contra una de las columnas.

Alessandro ya estaba allí. Se acercó despacio, acortando el espacio entre los dos hasta que su cuerpo casi tocaba el mío. Su aroma a madera, tabaco y perfume caro me envolvió por completo.

—Ese imbécil de la mesa no dejó de mirarte en toda la noche —susurró, inclinándose hasta que su aliento cálido me rozó la oreja. Su mano subió desde mi cintura hasta mi cuello, sujetándome con una firmeza posesiva que me hizo suspirar—. Si vuelve a ponerte los ojos encima, Olivia, le juro a Dios que no llegará vivo a la próxima reunión.

Sonreí despacio, elevando la mirada para cruzarme con la suya. Sus ojos estaban oscuros, encendidos por esos celos que siempre lo consumían cuando se trataba de mí.

—Es tuyo el derecho de enfadarte —murmuré, rozando mis dedos por la solapa de su chaqueta—. Pero yo solo estaba mirándote a ti.

No esperé a que hablara. Me incorporé sobre las puntas de mis tacones, llevé una mano a su nuca y lo besé.

Fue un beso impulsivo, cargado de todo el deseo reprimido durante la cena. Al principio, Alessandro se tensó por la sorpresa, pero duró apenas un fracción de segundo. Un gruñido bajo se escapó de su garganta y tomó el control de inmediato. Su mano se enredó en mi cabello, pegándome más a él mientras correspondía el beso con una intensidad voraz, profunda, reclamando mi boca como si le perteneciera desde el origen de los tiempos.

Cuando nos separamos a duras penas, ambos respirábamos agitadamente. Sus labios estaban entreabiertos, sus pupilas dilatadas.

—No tienes idea de lo que me haces, Olivia —dijo con la voz rasgada, pegando su frente a la mía mientras me rodeaba la cintura con ambos brazos, aprisionándome contra él—. Eres mi novia. Eres mi mundo entero, ¿lo sabes, verdad? No hay nadie más para mí.

—Lo sé —susurré, acariciándole la mejilla mientras sentía el latido desbocado de su corazón.

Alessandro sonrió, esa sonrisa afilada y llena de suficiencia que reservaba solo para mí. Me tomó de la mano y me guió hacia las escaleras que subían a las habitaciones principales, mientras Ares nos seguía a unos pasos de distancia.

—Tu padre quiere un heredero —murmuró Alessandro al oído mientras subíamos paso a paso, su mano apretando la mía con posesión absoluta—. Pero primero te voy a hacer mi esposa. Y luego te voy a hacer mía cada noche hasta que no recuerdes ni tu propio nombre.

Nos detuvimos en el descansillo del segundo piso. La mansión estaba en completo silencio, salvo por las pisadas suaves de Ares, que se echó sobre la alfombra a unos metros de distancia, montando guardia con la cabeza entre las patas.

Las palabras de Alessandro todavía resonaban en el aire, cargadas de esa promesa posesiva que me hacía arder la sangre. Su mano en mi cintura quemaba a través de la seda del vestido, y la mirada intensa con la que me observaba era la de un hombre dispuesto a reclamar todo lo que consideraba suyo.

Sonreí despacio, disfrutando del poder que tenía sobre él. Me acerqué un paso más, acortando la distancia hasta que mi pecho rozó el suyo. Llevé una mano a su nuca, jugando con los mechones oscuros de su cabello, e incliné la cabeza hacia su oído.

—Que mi padre espere a la boda para el heredero si quiere... —susurré con voz pausada y sensual, dejando que mi aliento cálido le erizara la piel del cuello—. Pero tú no vas a esperar. Quiero que me folles esta misma noche, Alessandro.

Sentí cómo todo su cuerpo se tensaba al instante. Su respiración se detuvo por un segundo antes de volverse pesada y agitada. Su agarre en mi cadera se volvió tan firme que casi dolía, pegándome violentamente contra su cuerpo de modo que no quedara ni un milímetro de aire entre los dos.

—No me tientes, Olivia... —gruñó contra mi cuello, su voz cayendo una octava más baja, áspera y llena de una necesidad voraz que ya no intentaba esconder—. Sabes perfectamente que si entro a esa habitación contigo esta noche, no te voy a dejar dormir ni un solo segundo.

—Esa es exactamente la idea —le respondí al oído, mordiéndole suavemente el lóbulo de la oreja antes de mirarlo a los ojos, desafiándolo con una sonrisa juguetona.

La cordura de Alessandro pareció romperse en ese mismo instante. Sin decir una sola palabra más, me agarró de los muslos y me levantó en brazos sin el menor esfuerzo. Solté una pequeña risa ahogada mientras rodeaba su cintura con mis piernas y me agarraba de sus hombros.

Alessandro caminó con paso decidido hacia nuestra habitación, empujando la puerta de madera maciza y cerrándola de un golpe seco tras de nosotros.

El pestillo de la puerta retumbó en el silencio de la habitación, dejándonos aislados del resto del mundo, envueltos en la penumbra iluminada únicamente por la luz dorada que entraba por el gran ventanal con vistas a los jardines de la mansión.

Alessandro no me bajó al suelo. Me llevó directamente hacia la enorme cama de matrimonio y me depositó sobre el colchón con una mezcla de firmeza y delicadeza. Antes de que pudiera acomodarme, su cuerpo alto e imponente ya se erguía sobre mí, desabrochándose la corbata con movimientos rápidos y precisos para tirarla al suelo sin romper el contacto visual en ningún segundo.

—Eres insaciable, mia regina —murmuró con esa voz áspera que me erizaba la piel.

—Solo contigo —le respondí, apoyando los codos sobre la colcha y mirándolo desde abajo mientras mis ojos recorrían cada detalle de su figura.

Se quitó la chaqueta del traje y empezó a desabrocharse los botones de la camisa blanca, dejando al descubierto el torso marcado, salpicado por algunas cicatrices que contaban la historia de la vida que llevábamos en las sombras de Roma. Cuando la prenda cayó a los pies de la cama, Alessandro se inclinó sobre mí, atrapándome entre sus brazos mientras sus labios buscaban mi cuello con una voracidad salvaje.

—Esta noche no hay reglas —susurró contra mi piel, descendiendo a mordiscos suaves por la clavícula hasta encontrar la cremallera trasera de mi vestido—. Ni tu padre, ni los negocios, ni la mafia. Solo tú y yo.

El sonido de la cremallera bajando resonó en la estancia, y la seda negra cedió, permitiendo que sus manos cálidas y grandes se posaran directamente sobre mi piel desnuda. Un estremecimiento me recorrió entera cuando me acarició los costados con una posesividad implacable, recordando con cada toque a quién le pertenecía.

—Dilo, Olivia —exigió en mi oído, subiendo de nuevo hasta mi boca, su aliento pesándome en los labios—. Dilo antes de que pierda el control por completo.

—Soy tuya, Alessandro —susurré, enredando mis dedos en su cabello oscuro y tirando de él para unir nuestros labios en un beso ardiente, hambriento y definitivo—. Hazme tuya esta noche.

Mis dedos se clavaron en sus hombros desnudos en cuanto sentí el peso de su cuerpo aplastándome contra el colchón. Alessandro no esperó ni un segundo más. Con un movimiento brusco y decidido, terminó de arrancar la seda de mi vestido, dejándome completamente expuesta ante su mirada abrasadora.

Sus ojos oscuros me recorrieron despacio, desde los pechos que subían y bajaban al ritmo de mi respiración agitada, hasta el centro de mis piernas. La devoción salvaje en su rostro era casi aterradora, la mirada de un hombre que contemplaba el único tesoro por el que estaría dispuesto a matar a cualquiera.

—Mírate... —gruñó con la voz rota, pasándose la lengua por el labio inferior mientras su mano grande bajaba por mi vientre plano hasta meterse entre mis muslos—. Estás empapada para mí, Olivia.

El roce de sus dedos contra mi coño me sacó un gemido agudo que resonó por toda la habitación. Me arqueé instintivamente buscando más contacto, mientras él me acariciaba con una firmeza brutal, hundiéndome dos dedos de golpe para medir lo húmeda y apretada que estaba.

—A-Alessandro... —jadeé, clavando las uñas en sus brazos tensos.

—Dime qué quieres —exigió, pegando su boca a la mía mientras sus dedos no dejaban de moverse dentro de mí, haciendo un ruido húmedo que me volvía loca—. Pídemelo.

—Te quiero dentro —supliqué entre besos desesperados, rozando mi cadera contra la suya—. Méteme la polla ya, por favor...

Una sonrisa afilada y llena de posesión se dibujó en sus labios. Se quitó los pantalones de un solo tirón, dejando al descubierto su polla enorme, erguida y palpitante de necesidad. Rozó la cabeza de su miembro contra la entrada de mi coño, torturándome unos segundos con la cercanía, haciéndome saber que tenía el control absoluto de mi cuerpo.

—Eres mía, mia regina. Toda mía —sentenció en mi oído.

Sin más miramientos, Alessandro empujó la cadera hacia delante, hundiéndose de un solo golpe directo hasta el fondo.

El impacto me sacó un grito ahogado que apagó devorándome la boca. Mi coño lo abrazó con una estrechez casi dolorosa, adaptándose al grosor de su polla mientras él comenzaba a embestirme con una fuerza salvaje, ritmo constante y posesivo, haciendo retumbar el cabecero de la cama contra la pared.

Cada embestida retumbaba en mi pecho, sacándome gemidos que se ahogaban contra sus labios. Alessandro mantenía un ritmo duro, implacable, sujetando mis caderas con ambas manos para que no pudiera moverme ni un milímetro, asegurándose de que cada golpe llegara hasta lo más profundo.

—Dios, Olivia... estás tan apretada —gruñó contra mi cuello, apretando los dientes mientras la vena de su frente se marcaba por el esfuerzo de no correrse tan rápido. Su polla me llenaba por completo, rozando ese punto exacto que me hacía perder el juicio con cada movimiento.

—Más fuerte... —le rogué con la voz entrecortada, clavándole las uñas en la espalda trazando marcas rojas sobre su piel—. Alessandro, más fuerte.

Escuchar mi súplica fue como echar gasolina al fuego. Soltó un juramento en italiano y me enganchó una pierna sobre su hombro, cambiando el ángulo para hundirse aún más hondo. Las embestidas se volvieron frenéticas, salvajes. El sonido del choque de nuestros cuerpos y el ritmo húmedo de su polla entrando y saliendo de mi coño inundaban la habitación, compitiendo con el sonido de nuestra respiración agitada.

Me tenía totalmente a su merced. La forma en que me miraba mientras me poseía —con esa mezcla de adoración absoluta y posesión enfermiza— me empujaba directamente al abismo.

—Mírame —ordenó con voz de mando, sujetándome la barbilla con dos dedos para obligarme a fijar mis ojos verdes en los suyos—. Mírame mientras te me corres en la cara, mia regina. Quiero ver cómo te rompes para mí.

El placer me explotó en el vientre como una ola abrasadora. Mi coño empezó a contraerse violentamente alrededor de su miembro, atrapándolo en oleadas de espasmos insoportables. Grité su nombre con las pocas fuerzas que me quedaban, arqueando la espalda mientras mi cuerpo entero temblaba bajo el suyo.

Ver mi orgasmo lo llevó al límite. Alessandro dio dos embestidas brutales más, hundiéndose hasta la raíz, y dejó salir un gruñido gutural antes de correrse dentro de mí con una sacudida violenta. Sentí la calidez de su semen llenándome por completo mientras él se dejaba caer sobre mí, buscando mi boca para sellar nuestro pacto con un beso denso, cargado de sudor, placer y una lealtad que ni la propia muerte en Roma podría romper.

Nuestros cuerpos quedaron entrelazados sobre las sábanas desordenadas, intentando recuperar el aliento en medio del silencio que volvía a apoderarse de la habitación. Alessandro se apoyó sobre sus codos para no dejar caer todo su peso sobre mí, dedicándose a apartar con delicadeza los mechones húmedos de mi rostro mientras sus ojos oscuros me examinaban con una devoción absoluta.

—¿Estás bien, mia regina? —preguntó con la voz aún rasgada por el esfuerzo, rozando sus labios contra mi frente.

—Mejor que bien —sonreí despacio, rodeando su cuello con mis brazos para mantenerlo cerca—. Eres insaciable, Alessandro.

Él dejó escapar una risa baja y engreída que retumbó contra mi pecho. Se acomodó a mi lado, jalando las sábanas para cubrirnos a los dos, y me pegó firmemente contra su costado. Su mano rodeó mi cintura con una posesividad instintiva, reclamando su lugar como si incluso durante el descanso temiera que alguien pudiera alejarme de él.

A través de la puerta entreabierta de la habitación, escuchamos el suave trote de Ares acercándose. El dóberman asomó la cabeza, echó una mirada rápida para asegurarse de que todo estaba en orden y se echó en la alfombra al pie de nuestra cama, apoyando el hocico sobre sus patas delanteras.

—Ares nos vigila el sueño —murmuré, acariciando el brazo tatuado de Alessandro.

—Nadie entra a esta mansión sin que yo lo sepa, Olivia. Y menos a esta habitación —dijo, bajando la vista para mirarme con esa intensidad firme que lo caracterizaba—. Mañana tenemos que hablar con tu padre sobre la fecha de la boda. No voy a esperar meses para que lleves mi apellido de manera oficial.

—¿Tan impaciente estás? —le provoqué, trazando círculos en su pecho.

—Cuando se trata de asegurar lo que es mío, siempre —respondió con total seriedad, besando la punta de mi nariz—. Le dejé claro a Don Vito que las cosas se harían a nuestro ritmo, pero la boda no se negocia. Serás mi esposa pronto. Y el resto de Roma tendrá que aprender a inclinarse ante los dos.

Me acurruqué contra él, sintiendo el latido constante y firme de su corazón bajo mi mejilla. Entre la protección implacable de Alessandro, la lealtad de las familias y el peligro constante que rodeaba nuestro imperio en Roma, sabía que no había ningún otro lugar en el mundo donde quisiera estar.

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