CAPÍTULO UNO
EL REINO DE THIRE
El Reino de Thire alguna vez había sido llamado la joya azul del continente. Los antiguos poemas hablaban de sus puertos iluminados como constelaciones sobre el mar, de bosques eternamente verdes que descendían desde las montañas hasta playas de arena blanca, y de barcos reales atravesando el océano bajo banderas plateadas, visibles incluso en noches de tormenta. Thire no era simplemente un país; era un diálogo inacabado entre el hombre y el océano.
En su apogeo, el reino fue el faro del mundo. Sus ciudades resplandecientes, construidas con una piedra calcárea que absorbía la luz del sol para devolverla en suaves destellos irisados al atardecer, parecían flotar sobre las olas. La capital, con sus muelles de cristal reforzado y torres de telecomunicaciones esculpidas como agujas de marfil, alguna vez albergó a los navegantes más audaces del continente, hombres y mujeres que cruzaban los mares bajo el amparo de la tecnología de vanguardia y la sabiduría ancestral de las estrellas.
La costa era el alma de Thire. Sus acantilados no eran meras barreras geológicas, sino murallas de obsidiana y basalto que caían abruptamente hacia un mar tan profundo que los mapas satelitales modernos todavía marcaban como "aguas de misterio". Las playas de arena nívea, tan fina que parecía polvo de hueso, se extendían en los valles donde el bosque se encontraba con la sal.
Y los bosques... los bosques de Thire eran un ecosistema aparte. En el interior, donde el terreno se elevaba hacia las cordilleras escarpadas, los árboles se entrelazaban formando un dosel tan denso que el mediodía parecía un crepúsculo perpetuo. Eran bosques de coníferas gigantescas cuyas ramas, cargadas de musgo azulado, susurraban con el viento salino que viajaba tierra adentro. Allí, en los valles escondidos por la niebla, se encontraban los restos de antiguas aldeas techadas de cobre, ahora cubiertas por la enredadera y el olvido, conectadas por carreteras de asfalto que, a pesar de los años, aún conservaban la elegancia de su trazado original.
Sin embargo, la modernidad en Thire había comenzado a marchitarse. Los puertos, que antes latían con el frenesí de naves de carga automatizadas y superyates de lujo, ahora presentaban un silencio mecánico. Las pantallas holográficas que debían anunciar los precios del mercado bursátil en la plaza central parpadeaban con estática, mostrando anuncios publicitarios de décadas pasadas. Los parques públicos, donde antes brillaban fuentes de luces LED controladas por inteligencia artificial, ahora lucían secos, con el agua estancada reflejando únicamente la decadencia de los rascacielos de acero y cristal que los rodeaban.
Thire era una joya oxidándose en la vitrina de la historia. Un reino que, pese a sus edificios inteligentes y su red de fibra óptica de alta velocidad, se sentía más antiguo que la propia tierra sobre la que descansaba. Era un lugar donde lo digital y lo ancestral se rozaban, donde un servidor de datos cuántico podía estar alojado en una cripta de piedra tallada hace milenios, y donde los habitantes, al mirar el horizonte, todavía temían que el océano se tragara lo poco que les quedaba de luz.
Ahora, en cambio, Thire sobrevivía sostenido por recuerdos. El viento salado seguía golpeando las murallas costeras; las olas continuaban rompiendo contra los acantilados negros; los mercados mecánicos aún abrían al amanecer. Pero, detrás de aquella belleza, permanecía escondida una decadencia imposible de ignorar. Las calles cercanas al puerto principal estaban llenas de edificios abandonados. Las redes de pesca se reparaban una y otra vez con drones obsoletos, pues ya no había presupuesto para reemplazarlas. Los comerciantes extranjeros llegaban cada vez menos. Los nobles seguían organizando bailes lujosos y galas benéficas mientras los campesinos comenzaban a abandonar aldeas enteras en busca de trabajo en otros reinos.
Y, en el centro de todo aquello, elevándose sobre la costa como un recuerdo arrogante de tiempos mejores, estaba el Palacio de Thire. Una construcción inmensa de piedra gris azulada integrada con paneles de cristal y estructuras vanguardistas, rodeada por jardines antiguos y terrazas que daban directamente al océano.
El palacio seguía siendo magnífico. Las torres, coronadas por cúpulas de cristal fotovoltaico, reflejaban la luz del amanecer. Los corredores interiores estaban decorados con mármol oscuro, pantallas panorámicas apagadas y vitrales marítimos que representaban antiguas guerras navales. Las lámparas de diseño dorado continuaban encendiéndose cada noche, como si el reino todavía nadara en opulencia.
Pero incluso allí podían verse las grietas: tapices envejecidos, sirvientes menos numerosos, alas enteras cerradas para ahorrar energía eléctrica y guardias usando trajes ceremoniales restaurados demasiadas veces. La corona estaba muriendo lentamente. Y todos lo sabían.
La sala del consejo real permanecía en un silencio sepulcral aquella mañana. Las enormes ventanas automatizadas estaban abiertas de par en par, dejando entrar el rumor sordo del mar y la brisa helada mientras el rey observaba las tabletas y los documentos impresos dispersos sobre la mesa central de caoba.
El rey Arthur de Thire era un hombre alto, de cabello oscuro ya mezclado con un plateado prematuro. Conservaba una presencia imponente, aunque la fatiga de los últimos años había hundido sus ojos. Habría sido un gran gobernante. Simplemente, había nacido demasiado tarde. A su lado permanecía la reina Catherine, elegantemente vestida con un traje sastre de seda azul profundo. Su belleza seguía siendo notable pese al paso del tiempo, pero era su mirada lo que imponía un respeto inmediato: fría, calculadora, terriblemente inteligente. La reina comprendía los estados financieros y el flujo de divisas del reino mucho mejor que la mayoría de los ministros de economía y, por eso mismo, sabía que estaban al borde del colapso inminente.
—Las reservas de la tesorería alcanzarán apenas para cubrir los servicios básicos durante el invierno —murmuró uno de los consejero, ajustándose las gafas con manos temblorosas—. La deuda pública ha superado todos los límites permitidos. El rey cerró los ojos un instante, dejando exhalar un largo suspiro. —Ya lo sabemos. Otro noble tragó saliva antes de intervenir: —Si las rutas comerciales marítimas y aéreas continúan desviándose hacia el oeste... —Continuarán haciéndolo —interrumpió la reina con voz gélida y serena—. Los puertos de Thire carecen de la infraestructura automatizada para competir con las metrópolis vecinas. No tenemos capital para actualizar los sistemas.
Nadie respondió, porque la verdad era aplastante. Los buques mercantes y las grandes corporaciones preferían negociar con las enormes flotas privadas de la Casa Bren, la dinastía comercial y financiera más poderosa del continente, más rica que varios reinos juntos. Eran propietarios de astilleros de última tecnología, rutas de transporte internacional, conglomerados tecnológicos y puertos francos. Una dinastía tan antigua y consolidada que ni siquiera los gobiernos democráticos o los imperios vecinos osaban enfrentarlos. Y ahora, ellos estaban dispuestos a salvar Thire a cambio de una sola cosa.
Las pesadas puertas de madera y bronce de la sala se abrieron con suavidad. El mayordomo real avanzó un paso y anunció con voz clara: —Los enviados de la Casa Bren. Todos los presentes en la mesa se pusieron de pie de inmediato. Tres personas ingresaron al salón con una elegancia impecable, luciendo trajes de alta costura en tonos claros aderezados con sutiles bordados marinos dorados, el inconfundible emblema de la flota Bren. El hombre que lideraba la delegación inclinó apenas la cabeza en un gesto medido. —Majestades. La reina fue la primera en romper el hielo: —Lord Montgomery. Bienvenido nuevamente a Thire. Lord Montgomery dibujó una sonrisa de cortesía perfecta. —Siempre es un honor volver a sus tierras, Majestad.
Mentía, y la reina lo sabía. Todos en esa sala sabían que la Casa Bren jamás movía una sola pieza por mero honor; lo hacían por estricto beneficio estratégico. Y aun así, Thire necesitaba desesperadamente el rescate financiero que solo ellos podían ofrecer. Lord Montgomery avanzó hasta la mesa y depositó una carpeta de cristal de datos sobre la superficie.
—La Casa Bren desea expresar nuevamente su firme interés en consolidar y fortalecer la relación entre nuestras casas. El rey sostuvo su mirada con firmeza desprovista de orgullo. —Agradecemos la generosidad de la propuesta. Generosidad. Otra mentira diplomática de la que ambas partes eran conscientes. El acuerdo era brutalmente simple: la Casa Bren absorbería la totalidad de la deuda soberana de Thire, financiaría la automatización y reconstrucción de los puertos del este, reactivaría las rutas comerciales y, a cambio, la única hija de la dinastía, Lysandra Bren, contraería matrimonio con el heredero al trono de Thire, el príncipe Kael.
Un silencio pesado y denso flotó en el aire. La reina tomó la palabra con suavidad calculada: —¿La Casa Bren mantiene entonces exactamente las mismas condiciones contractuales? —Así es, Majestad —Lord Montgomery activó la pantalla de cristal, desplegando los términos del tratado—. La unión será reconocida formalmente por todas las cortes y gobiernos del continente. Los fondos de inversión comenzarían a transferirse inmediatamente tras la firma y la ceremonia oficial. Uno de los ministros soltó un largo suspiro de alivio. Aquello significaba la supervivencia del reino. Al menos, por ahora. El rey observó el holograma del sello dorado de la Casa Bren resplandeciendo sobre el documento principal. —Y Lysandra... ¿está al tanto de todo esto? ¿Ha aceptado voluntariamente? Lord Montgomery permitió que una pequeña y enigmática sonrisa apareciera en sus labios. —La joven señorita Lysandra siempre cumple con los deberes y deseos de su familia. Es una joven sumamente comprensiva.
La reina intercambió una breve mirada con su esposo. Ambos conocían a Lysandra, y precisamente por eso el asunto no era tan sencillo como Lord Montgomery lo pintaba. Porque la muchacha no era simplemente una heredera hermosa o educada en las mejores academias del mundo. Era alguien intrigante, dotada de una inteligencia aguda, una observación minuciosa y una naturaleza difícil de descifrar o manipular. La habían conocido dos años atrás durante una cumbre comercial y su recuerdo permanecía intacto en la memoria de los reyes. —Lysandra Bren es... una joven extraordinaria —comentó la reina despacio. Lord Montgomery no respondió de inmediato. Guardó un segundo de silencio antes de asentir levemente. —La joven señorita posee muchas virtudes, Majestad.
Muchísimas más de las que ustedes jamás podrían llegar a imaginar, pensó Montgomery para sus adentros. Porque ni siquiera la todopoderosa Casa Bren comprendía del todo la verdadera naturaleza de Lysandra.
Muy lejos de Thire, en la costa occidental del continente, Lysandra observaba el inmenso océano desde el balcón acristalado de una residencia futurista erigida sobre los acantilados. El viento marino agitaba suavemente su cabello blanco, haciendo que algunas hebras con reflejos dorados resplandecieran bajo la luz dorada de la tarde como hilos de luz solar. Sus ojos de un matiz violeta profundo y poco común recorrían distraídamente el puerto privado que se extendía abajo, donde supercargueros automatizados y yates de diseño avanzado partían hacia diversos rincones del globo. Todo aquel imperio tecnológico y comercial pertenecía a su familia. Barcos, tecnología, finanzas, poder geopolítico.
LOS LINAJES EN CONFLICTO: LA CASA BREN Y LA CASA REAL DE THIRE
La Casa Bren, los amos indiscutibles del comercio marítimo global, no habitaba en fortalezas de piedra ni en torres de marfil aisladas, sino en una arquitectura vanguardista de cristal, titanio y acero que se fundía de manera armónica con el horizonte marino. A diferencia de las antiguas dinastías que se escondían tras barreras inexpugnables y escoltas armadas, los padres adoptivos de Lysandra, Lord Eugene y Lady Eleanor Bren, poseían una riqueza tan descomunal que el dinero había dejado de ser un fin para convertirse simplemente en un medio.
Eran personas de una humanidad desconcertante. A menudo se les podía ver caminando por los muelles privados sin comitivas ostentosas, no para auditar las ganancias, sino para escuchar atentamente los relatos de los capitanes de ultramar y los ingenieros navales. Eleanor, con su porte aristocrático de reina sin corona, podía pasar horas en sus laboratorios e invernaderos analizando la biotecnología marina; mientras que Eugene, un hombre sobrio y visionario, solía cenar en los mismos comedores que los operarios de los astilleros, prescindiendo por completo de la rigidez de las jerarquías sociales.
Amaban a Lysandra con una ferocidad que rozaba lo desesperado. No era únicamente el hecho de haberla rescatado del abismo en su infancia —un secreto sepultado bajo el más estricto de los confidenciales—, sino la devoción genuina que sentían por aquella joven que, a pesar de su naturaleza enigmática y distante, siempre les devolvía una calidez sincera.
Fueron los propios ojos de Lysandra —especialmente tras sus breves visitas a las golpeadas costas de Thire años atrás— los que inclinaron la balanza para esta alianza. Fue Lysandra quien, con una madurez impropia de su edad, les había presentado la decadencia de Thire no como una oportunidad de adquisición financiera, sino como un patrimonio humano e histórico que necesitaba ser salvado. "No estamos comprando un reino, padre", solía decir Lysandra, con la mirada perdida en las olas. "Estamos evitando que su historia se pierda para siempre en el olvido". Y sus padres, incapaces de negarle nada a su hija, habían orquestado aquella monumental maniobra económica no por ambición desmedida, sino para complacer el profundo e insondable instinto de protección que guardaba la joven.
A pesar de haber crecido rodeada de lujos desmedidos y la más alta tecnología, Lysandra nunca había sentido un verdadero interés por el poder o los negocios. Prefería la tranquilidad de la biblioteca, los manuscritos antiguos, la literatura clásica, el aprendizaje de lenguas extintas y el estudio de la fauna marina que los viejos marineros juraban haber vislumbrado en las profundidades durante las grandes tormentas.
—Sabía que te encontraría aquí —dijo una voz suave a sus espaldas. Lysandra esbozó una leve sonrisa, sin llegar a darse la vuelta. —Madre.
Lady Eleanor Bren se acercó con pasos pausados. Era una mujer de una elegancia innata, vestida con un diseño sobrio de alta costura, de mirada serena y una inteligencia brillante. Lysandra había heredado de ella esa compostura inquebrantable, aunque no compartieran lazos de sangre. Eleanor no era su madre biológica; nunca lo había sido. Y, sin embargo, la amaba con una ferocidad capaz de mover montañas.
Lysandra apoyó los brazos sobre la barandilla de cristal del balcón. —Entonces... la negociación se ha cerrado, ¿verdad? Eleanor guardó silencio durante unos instantes antes de responder con voz baja: —Sí, mi vida. —¿Deberé casarme con el príncipe de Thire? —Es el acuerdo al que hemos llegado. Es necesario para formalizar el rescate.
Lysandra volvió la cara hacia el océano, contemplando la espuma blanca rompiendo contra las rocas. En su rostro no había indignación ni tristeza. Solo un estado de contemplación profunda. Aquella reacción siempre inquietaba a quienes la rodeaban, pues Lysandra rara vez actuaba movida por el impulso. Ella observaba, analizaba y comprendía mucho más de lo que dejaba entrever.
—Thire se está desmoronando —murmuró con voz pausada. —Así es. —Y nosotros compraremos su salvación. Eleanor dejó escapar un leve suspiro. —No lo digas en esos términos, Lysandra. Sabes por qué lo hacemos.
La joven se giró finalmente para mirarla. Sus ojos violetas parecieron capturar la luz del atardecer de una manera casi irreal. Incluso tras todos estos años, Eleanor no podía evitar sentir un sutil escalofrío al fijar la vista en la intensidad de esa mirada. Porque no eran unos ojos comunes. No eran ojos del todo humanos.
Lysandra ladeó ligeramente la cabeza. —¿Crees que llegará a amarme? ¿O que yo lo amaré a él? La pregunta tomó por sorpresa a Eleanor, quien parpadeó un segundo antes de responder: —Apenas lo conoces, Lysandra. Ni siquiera han hablado formalmente. —Entonces la respuesta es no —concluyó ella con calma. Eleanor le dedicó una sonrisa nostálgica y llena de ternura. —El afecto no siempre responde a la lógica, querida. A veces surge en los lugares más insospechados.
Lysandra permaneció en silencio, volviendo la vista hacia el horizonte salino. La brisa marina volvió a agitar sus cabellos claros. Había una aura singular en torno a ella, una serenidad casi palpable que parecía alterar el ambiente a su alrededor. Era como si el propio mar reaccionara de manera sutil a su presencia; como si perteneciera más al abismo acuático que a la propia tierra firme.
Desde su infancia había manifestado particularidades inexplicables: la fauna marina tendía a concentrarse cerca de las orillas cuando ella caminaba por la playa; podía sumergirse bajo el agua durante periodos de tiempo que desafiaban cualquier capacidad pulmonar humana; y poseía una empatía emocional alarmantemente precisa.
Además, la Casa Bren jamás olvidaría lo ocurrido años atrás: el océano frente a la residencia se había agitado con una furia inusitada, levantando marejadas violentas sin que existiera tormenta, viento ni alteración meteorológica alguna en los radares. Desde aquel evento, sus padres adoptivos habían sellado la información bajo la más estricta confidencialidad. Nadie debía descubrir jamás el verdadero origen de Lysandra. Ni siquiera la propia joven.
Eleanor extendió la mano y le acarició la mejilla con suma delicadeza. —El príncipe Kael posee una presencia fuerte y un carácter firme. Sabrá ser un escudo para ti si la situación lo requiere. Lysandra dejó escapar una risa baja y melódica, un sonido suave que se perdió en el viento. —Madre... te aseguro que no soy yo quien necesita ser protegida. Eleanor no replicó. En el fondo de su corazón, tampoco estaba del todo segura de lo contrario.
En el Palacio de Thire, la atmósfera era radicalmente opuesta. —¡Me niego rotundamente! ¡No pienso pasar por esto! La voz del príncipe resonó con fuerza en las paredes de su amplio despacho privado. El rey lo contemplaba con los brazos cruzados y una paciencia colmada, mientras la reina permanecía sentada con elegancia cerca de los ventanales que daban al puerto.
Kael caminaba a zancadas de un extremo a otro del salón, semejante a una tormenta contenida a punto de estallar. Era alto, de complexión atlética e imponente, poseedor de un atractivo marcado y peligroso. Su cabello azabache caía de forma desordenada sobre su frente y sus ojos oscuros penetraban con severidad. Cuando su temperamento se alteraba, una densa y abrumadora aura dominante inundaba la estancia, haciendo que el aire se sintiera pesado.
Kael era un hombre de un rango excepcionalmente dominante. Acostumbrado a conseguir lo que deseaba, poseía un orgullo feroz, pero también una destreza estratégica y militar impecable. Desde muy joven se había destacado en el pilotaje, la táctica urbana y el combate cuerpo a cuerpo. Los oficiales de la guardia lo respetaban genuinamente, lo que no había hecho más que acentuar su carácter firme y aristocrático.
—No pueden disponer de mi vida y de mi futuro como si fuera un activo comercial —espetó Kael, deteniéndose en seco frente a su padre. La reina lo miró con helada serenidad. —Podemos hacerlo, Kael. Y lo haremos, porque es nuestro deber con el reino. El príncipe apretó los puños, tensando la mandíbula. —Saben perfectamente lo que siento por Rhina. —Estás cegado por una fijación infantiloide —corrigió el rey con voz firme. —¡Es amor! —No, no lo es. Es capricho —replicó el monarca sin alterarse.
Kael descargó un puñetazo sobre la superficie de la mesa de centro, haciendo vibrar los objetos decorativos. —¡No tienen derecho a venderme! La reina se puso de pie con lentitud aristocrática, encarando a su hijo con la mirada. —Entendemos la gravedad de la situación mejor que nadie. Lo que tú pareces no comprender es que la estabilidad financiera y el futuro de miles de familias en Thire dependen de esta alianza matrimonial. Si la Casa Bren retira sus inversiones, el reino entrará en bancarrota definitiva antes de que termine el año.
Kael soltó una risa amarga y desprovista de humor. —Maravilloso. Conviértanme en la moneda de cambio oficial de la corona. —Mide tus palabras, Kael —advirtió el rey en tono severo. Pero el príncipe estaba demasiado cegado por la frustración para dar un paso atrás. —¿Qué clase de mujer es esta Lysandra Bren para que toda la corte actúe como si fuera la salvación encarnada? La reina sostuvo la mirada de su hijo sin parpadear. —Es exactamente la clase de persona que este reino y tú necesitan. —Yo no necesito nada de la Casa Bren. —Necesitas a alguien que tenga la templanza y el carácter suficientes para estar a tu lado sin dejarse intimidar por tu temperamento —sentenció la reina—. Hemos negociado personalmente con ella. Lysandra posee una agudeza mental superior a la de la mayoría de nuestros consejeros de estado. —Excelente. Entréguenle el trono a ella entonces —ironizó Kael con sarcasmo. —Quizá no sería una mala idea —murmuró la reina con frialdad.
Kael abrió los ojos ligeramente, atónito ante la respuesta. El rey intervino de inmediato para frenar la escalada del conflicto: —Basta. La decisión está tomada y el tratado firmado. El matrimonio se llevará a cabo conforme a lo estipulado.
El príncipe respiró agitadamente, sintiendo la rabia arder en su pecho. —No voy a desplazar a Rhina de mi vida. —Lo que hagas en tu ámbito privado será tu responsabilidad —respondió la reina neutralmente—. Pero si saboteas esta alianza comercial y política, serás el único responsable de la ruina definitiva de Thire.
Sin añadir una sola palabra más, Kael dio media vuelta y abandonó el despacho, haciendo retumbar las pesadas puertas a su paso. El silencio que siguió fue denso. La reina cerró los ojos por un segundo, masajeándose las sienes. —Tiene exactamente tu mismo temperamento —suspiró. El rey soltó un bufido cansado. —Ese es el mayor de nuestros problemas.
En el ala este del complejo palaciego, alejada del bullicio administrativo, Lady Rhina contemplaba el paisaje costero a través de los ventanales de su suite privada. Era una mujer de una belleza delicada, refinada y serena; el arquetipo clásico de la aristocracia tradicional. Sin embargo, en la profundidad de sus ojos claros se ocultaba una sombra de angustia contenida. Sabía perfectamente lo que significaba la inminente llegada de la delegación de la Casa Bren.
Llevó una mano temblorosa hacia su abdomen. Se sentía vacía. Los diagnósticos de los mejores especialistas médicos del continente habían sido concluyentes años atrás: su condición fisiológica le impedía concebir o dar un heredero a la línea sucesoria. Jamás podría ofrecerle un descendiente a la corona. Además, guardaba un secreto cuidadosamente protegido por su familia: no era una omega de linaje dominante, sino una omega de condición recesiva, una debilidad biológica que la aristocracia conservadora veía con desdén. Kael ignoraba estos detalles técnicos; en su nobleza idealizada, él creía amarla incondicionalmente y haber encontrado en ella a su compañera ideal. Y ella lo amaba a él con una devoción desesperada.
Un suave tono sonó en el panel de control de la puerta antes de que una sirvienta ingresara con una reverencia. —Lady Rhina, el príncipe se dirige hacia aquí. Rhina experimentó una mezcla de alivio y opresión en el pecho. Kael siempre le transmitía una sensación de protección absoluta, aunque fuera consciente de que esa tranquilidad descansaba sobre un terreno frágil.
Apenas unos segundos después, las puertas se abrieron y Kael entró en la estancia. Su postura denotaba una tensión acumulada, con los hombros rígidos y la respiración contenida. Sin embargo, al cruzar su mirada con la de Rhina, la dureza de su rostro pareció suavizarse ligeramente. —Rhina... Ella avanzó rápido hacia él. —¿Qué ha dicho el consejo? Kael la rodeó con los brazos, atrayéndola hacia su pecho con firmeza, como si intentara aferrarse a ella. —Van a llevar adelante el compromiso. Quieren obligarme a casarme con la hija de los Bren. Rhina cerró los ojos despacio, apoyando la mejilla en su hombro. El inevitable desenlace había comenzado. Kael redujo la distancia y fijó sus ojos en los de ella. —No voy a permitir que nos separen. Encontraré la forma de anular esto.
Eran palabras apasionadas, pero ambos sabían la verdad subyacente. Ni siquiera el heredero al trono podía oponerse a la caída económica de todo un Estado. Rhina alzó una mano y acarició con delicadeza la mejilla del príncipe. —Es una alianza de Estado, Kael... Un acuerdo político y económico. —No me importa la política. —Kael... —Te amo a ti —afirmó él con vehemencia. Ella le ofreció una sonrisa melancólica, cargada de una madurez amarga. —Los príncipes rara vez tienen el privilegio de elegir por afecto personal. Kael apretó los dientes, sintiendo la impotencia corroerle el orgullo. —Entonces cambiaré las normas. Rhina quiso creerle. Quiso aferrarse a esa promesa con todas sus fuerzas. Pero conocía de sobra las intrigas de palacio y el peso de las instituciones. Y, por encima de todo, había algo más que la intranquilizaba: los rumores sobre Lysandra Bren.
En las altas esferas y los círculos diplomáticos no se hablaba de otra cosa. Describían a la heredera de la Casa Bren como una joven de una belleza hipnótica, dotada de una inteligencia corporativa brillante y un aura indescifrable. Hablaban de ella como si fuera una figura casi mítica. Y eso, muy a su pesar, le causaba a Rhina un temor profundo e incontrolable.
Días más tarde, la llegada formal de la comitiva de la Casa Bren paralizó la actividad habitual de la capital de Thire. Miles de ciudadanos y curiosos bordearon las avenidas costeras y el puerto comercial para presenciar el acontecimiento. La escala del despliegue era impresionante: la flota comercial Bren parecía un verdadero imperio sobre el agua. Enormes buques de diseño futurista en tonos blancos y dorados surcaban las aguas abriéndose paso entre la niebla salina. El propio rey, acompañado por la guardia de honor, acudió a la terminal marítima real para darles la bienvenida.
Cuando la pasarela principal del buque insignia se desplegó y Lysandra Bren hizo su aparición... un murmullo de asombro recorrió a la multitud antes de transformarse en un silencio absoluto. No vestía ropajes estrafalarios, sino un impecable traje de corte moderno en tonos marfil con sutiles detalles metálicos. Su cabello blanco flameaba suavemente con el viento del puerto, revelando destellos dorados bajo los rayos del sol, mientras que sus singulares ojos violetas examinaban el entorno con una serenidad imperturbable.
Poseía un atractivo atípico, casi irreal. Incluso los soldados de la escolta real parecieron contener el aliento por un instante. Lysandra descendió la escalinata con elegancia natural y se detuvo frente a los monarcas, realizando una inclinación perfecta. —Majestades. Es un honor ser recibida en sus tierras. Su voz poseía un tono melodioso, claro y firme. No había en su postura atisbo alguno de sumisión o nerviosismo. La reina la examinó detenidamente: conservaba esa misma aura indescifrable y magnética que recordaba, quizás acrecentada con los años. —Bienvenida a Thire, Lysandra —expresó la reina con amabilidad diplomática. Ella dedicó una leve y educada sonrisa. —El reino conserva una belleza singular. Es fascinante. Lo decía con absoluta sinceridad. Lysandra percibía un encanto particular en la decadencia arquitectónica de Thire, en la fuerza con la que el oleaje golpeaba los acantilados de basalto y en la neblina que envolvía los bosques de coníferas. Había algo melancólico en aquel lugar, y ella siempre había tenido una inclinación natural hacia lo incomprendido.
Momentos después, el príncipe Kael hizo su entrada en la plataforma de recepción. Vestía un uniforme de gala oscuro, erguido, frío e inexpresivo. Cuando sus ojos chocaron por primera vez con la figura de Lysandra, la tensión en el aire se volvió casi tangible. Kael experimentó una sacudida interna involuntaria. No se había imaginado encontrarse con alguien así. No esperaba esa mirada violeta penetrante, ni esa calma absoluta que parecía desarmar cualquier intento de intimidación. Lysandra sostuvo la mirada del príncipe sin pestañear. En ese instante, una ráfaga de brisa marina llevó consigo la esencia omega de Lysandra: un aroma refinado, profundo, con notas salinas y florales de una intensidad asombrosa. Un rasgo inequívoco de una omega de linaje dominante superior. El aroma impactó directamente en los instintos de alfa de Kael, provocando un chispazo de irritación en su orgullo.
Lysandra inclinó ligeramente la cabeza, rompiendo el silencio. —Príncipe Kael. Kael mantuvo la postura rígida y respondió con un tono seco y distante: —Lysandra. La rivalidad entre ambos se instauró en cuestión de segundos, siendo evidente para los presentes. La reina observó la escena disimulando una ligera satisfacción; al menos Kael no se mostraba indiferente.
Lysandra continuó analizando al príncipe en silencio: era un hombre sumamente atractivo, orgulloso, visceral a pesar de su fachada de compostura militar, y cargado de una profunda soledad no declarada. Fue lo primero que la joven Bren percibió en él. Kael, por su parte, solo podía pensar en una cosa: aquella omega representaba una amenaza directa a su control. Por primera vez en su vida, comprendía la insistencia de sus padres en cerrar ese compromiso. Lysandra Bren no era alguien fácil de doblegar. Parecía tener la capacidad inherente de alterar todo a su alrededor sin necesidad de elevar la voz.
Ocho años atrás.
El Gran Salón del Palacio de Thire relucía bajo la luz de gigantescas arañas de cristal y paneles holográficos que proyectaban constelaciones sobre el techo de mármol. Se celebraba la Cumbre Marítima del Continente, un evento de gala donde la alta aristocracia y los magnates corporativos exhibían su opulencia. Entre la multitud de adultos diplomáticos, los sirvientes circulaban con bandejas de champán y bocadillos de lujo.
Lysandra caminaba con sigilo por uno de los pasillos laterales del ala oeste, alejada de la música estruendosa y los discursos políticos. Su vestimenta infantil de gala le resultaba incómoda, pero lo que realmente buscaba era escapar del bullicio. Llegó a un pequeño salón de descanso donde se exhibía una maqueta detallada de un antiguo galeón del siglo XIX, protegida por una cubierta de acrílico. Estaba absorta observando los diminutos detalles de la madera cuando escuchó pasos firmes acercándose.
—No deberías estar aquí sola, enana —dijo una voz infantil pero marcadamente autoritaria. Lysandra se giró despacio. Frente a ella estaba el príncipe Kael. Lucía un impecable traje ceremonial de cadete real, con los hombros erguidos y una postura que pretendía imitar a la de los oficiales adultos. Su mirada ya poseía esa arrogancia natural de los herederos de la corona. —Solo estaba mirando el barco —respondió Lysandra con timidez, manteniendo la voz baja. Kael caminó alrededor de la maqueta con las manos cruzadas a la espalda, evaluando a la pequeña de cabello claro y rostro angelical. —Este salón es privado. Pertenece a la familia real —declaró Kael con superioridad—. Pero puedo dejarte quedar si me ayudas con algo. Lysandra parpadeó, ajustando las mangas de su vestido. —¿Con qué? Kael sacó del bolsillo de su chaqueta una pequeña esfera metálica con una luz roja parpadeante: un dispositivo de broma que emitía un sonido ensordecedor y humo inofensivo. —Quiero que la pongas debajo de la mesa del mayordomo principal, en el salón de banquetes —dijo Kael con una sonrisa traviesa y desafiante—. Él siempre me regaña por correr en los pasillos. Si lo haces tú, nadie sospechará. Lysandra observó el objeto y luego miró a Kael a los ojos, negando suavemente con la cabeza. —No. Eso asustará a los sirvientes y arruinará la comida. Está mal. Kael frunció el ceño, molesto por la negativa de alguien más joven y de menor estatura que él. —No te estoy preguntando si quieres. Te lo estoy ordenando. Soy el príncipe heredero de Thire. —Mis padres dicen que los títulos no sirven para obligar a la gente a hacer cosas malas —replicó Lysandra con voz firme a pesar de su timidez.
La respuesta encendió la impaciencia de Kael. Dando un paso al frente, atrapó con fuerza el brazo de Lysandra, apretando su muñeca para obligarla a sujetar la esfera metálica. —Vas a hacerlo. No te vas a ir de aquí hasta que aceptes —espetó Kael, aplicando más presión para doblegar la voluntad de la niña. Lysandra sintió el agarre en su brazo. Intentó soltarse, pero la fuerza física de Kael era superior. Sin embargo, en lugar de romper a llorar o asustarse, Lysandra dejó de forcejear. Levantó la cabeza lentamente y fijó la mirada directamente en los ojos del príncipe.
En ese instante, algo insólito ocurrió. El color violeta de los ojos de Lysandra pareció oscurecerse e intensificarse, alcanzando un matiz púrpura profundo mientras un destello dorado vibró en el centro de sus pupilas, semejante a un chispazo eléctrico. La temperatura del pasillo pareció descender de golpe y el pulso ambiental se volvió extrañamente pesado.
Lysandra habló. Su voz no sonó como la de una niña de ocho años, sino como un eco distante y ancestral que resonó en la cabeza de Kael: —TERMINA CON ESTO.
La orden golpeó el sistema nervioso de Kael como una descarga eléctrica. Un frío helado le recorrió la espina dorsal y sus músculos se tensaron hasta quedar completamente paralizados. La fuerza en sus dedos desapareció instantáneamente, soltando el brazo de Lysandra. Kael se quedó inmóvil como una estatua de piedra, incapaz de mover un solo dedo, de parpadear o de emitir sonido alguno. Sus ojos permanecieron fijos en el vacío, atrapados en un trance absoluto.
Lysandra se acomodó la manga del vestido con serenidad, observó al príncipe inmovilizado durante un segundo y, sin decir una palabra más, dio media vuelta y caminó a paso tranquilo hacia la salida del salón, desapareciendo por el corredor iluminado.
...
Varios minutos después, Kael parpadeó de golpe, tomando una bocanada de aire agitada como si acabara de salir a la superficie tras sumergirse en agua helada. Miró a su alrededor, desorientado. Estaba de pie junto a la maqueta del galeón. Se frotó la cabeza, sintiendo una ligera pesadez en los templos. La esfera de broma seguía en el bolsillo de su chaqueta. —¿Qué... qué estaba haciendo? —murmuró para sí mismo, parpadeando con confusión.
No recordaba absolutamente nada de los últimos minutos. Tenía la extraña sensación de haber estado hablando con alguien, pero su mente estaba completamente en blanco. Pensó que tal vez simplemente se había quedado dormido de pie o soñando despierto por el cansancio de la gala ceremonial.
Sacudió la cabeza para despejarse y decidió regresar al Salón Principal. Al ingresar entre los invitados, vio a sus padres conversando cerca de la entrada con los representantes de la Casa Bren. Se acercó a ellos a paso rápido.
—Madre —dijo Kael, llamando la atención de la reina. La reina Catherine se giró hacia él. —¿Dónde estabas, Kael? Íbamos a presentarte formalmente a la hija de Lord Eugene. Kael frunció el ceño con curiosidad. —¿A quién? —A la joven Lysandra —intervino el rey Arthur—. Pero sus padres acaban de disculparse. La niña no se sentía muy bien por el viaje marítimo y prefirieron retirarse temprano a su embarcación para que descansara. Kael dirigió la mirada hacia las puertas de cristal del palacio, observando a lo lejos las luces de la escolta de la familia Bren alejándose por la avenida principal hacia el puerto. —Una niña enfermiza... —murmuró Kael para sí mismo con cierto desdén, ajustándose el cuello del uniforme—. Da igual.
Sin darle mayor importancia, se dio la vuelta para buscar algo de beber, ignorando por completo que la niña a la que acababa de descartar era la misma que, minutos atrás, había congelado su voluntad con una sola mirada.








