Create New List
Share with your friends
Customize readability

Hija de la luna

All Rights Reserved ©

Summary

Sylver Delannoy no conoce nada más allá del deber, su personalidad, su propia magia fueron moldeadas para ser la heredera del la diosa Ghael, la luna misma. Ella no debería desear a nadie que no fuera su prometido el inquisidor, mucho menos a un hijo del sol Ghrian, pero cuando se ven obligados a luchar como un frente común para evitar una guerra contra las sombras, en inevitable que las chispas no surjan entre ambos. sin tan solo ella no fuera tan soberbia y él no fuera tan testarudo, quizá entonces podrían evitar que la maldición de amarse caiga sobre ellos y uno de los dos muera de forma horrible...pero ellos no saben eso, aun.

Genre
Fantasy
Author
Sara
Status
20 mins ago
Chapters
1
Rating
n/a
Age Rating
18+

Capítulo 1

“Escuchen bien, jóvenes oídos. Esta historia no comienza con una guerra. Comienza con un amor. Y no todas las historias de amor terminan en un felices para siempre, algunas... termina en ruptura.”

Hace quinientos inviernos, cinco dioses caminaron sobre Nymhira. Eran hermanos. Hijos del Universo. Tejedores del Primer Telar.

Cada uno dominaba un hilo del Kaelym — ese tejido invisible que une todo lo que respira, arde, sueña o muere.

Ghrian, el Sol, con su Hilo Áureo. Arael el Guerrero, con el Hilo de fuego. Ashara la del Espejo, con el Hilo de Niebla. Lizeo el Creador, con el Hilo de acero. Y Ghael, la Luna, guardiana del hilo del alma.

Juntos formaron el Telar Celestial. Y de su unión nacieron los clanes errantes: mestizos de estrella y carne.

Luego vino Tir.

La última. Hermosa, salvaje, incontenible. Tir tejía con hilo verde como el musgo — Y sus criaturas, los humanos,orcos,sombras y monstruos, nacieron sin Kaelym. Sin inmortalidad. Sin hilo.

“Abandonados”, decía ella.

Los dioses ofrecieron dones para coser ese vacío. No sabían que estaban hilando su propia soga al cuello.

Bajo un cielo sin luna, Tir los retorció. Rasgó el Telar. Y del desgarro nació el Hilo Quebrado — una hebra sin armonía, sin compasión, hecha solo de hambre.

Los clanes ardieron. Las ciudades cayeron. Los dioses vacilaron, porque era su hermana. Pero cuando vieron a sus hijos morir, eligieron el combate y así la guerra de la Rueca rota inició.

La batalla rompió el Telar para siempre.

Tir fue sellada. Los dioses se disolvieron

Y los clanes sobrevivieron con lo que quedó. Pero muchos de ellos perdieron el acceso al kaelym, manteniendo un manna bajo apenas útil para su supervivencia.

El Clan Lunar guarda aún el último hilo sin corrupción. Pero incluso él tiembla... porque las sombras regresan, y el eclipse se acerca.

“El Kaelym aún canta, aunque la canción esté rota. Y los Tejedores del Destino... duermen bajo nosotros.”El amanecer apenas asomaba detrás de las torres blancas del castillo cuando sentí que el día, por fin, me sonreía después de tanto.



Hoy cumpliría mi rol político. Y por primera vez en mucho tiempo, ese peso no me asfixiaba. Me llenaba de ilusión. Podía sentirlo en la piel, en el temblor emocionado de mis manos, en el calor que me subía por el pecho cada vez que pensaba en lo que estaba a punto de suceder.

Hoy sería mi boda.

Por más extraño que sonara, por más político que fuera el acuerdo, yo estaba emocionada. De verdad lo estaba.

Desde niña me había imaginado este día: los estandartes plateados ondeando al viento, los clanes reunidos después de siglos de silencio, aunque fuera solo por esto, por mí. Y Sael esperándome al final del camino, con su cabello negro azabache y esa expresión sobria que solo yo sabía leer después de décadas conviviendo juntos.

Había crecido con él. Había aprendido a confiar en él con la misma naturalidad con la que había aprendido a respirar. Para mí, Sael no era solo el Inquisidor del clan de la Luna. Era mi amigo de la infancia, mi protector, el hombre al que conocía mejor que a nadie en este mundo o en el siguiente.

Y ahora, mientras mis damas ajustaban mi vestido, después de haber peinado mi cabello negro hasta dejarlo brillante como agua de noche, sentí que ese futuro por fin se acercaba. Podía sentir el aire de la libertad acariciándome el pelo. Con la boda también vendría la posición de Luna, y con ella, por fin, nadie volvería a decirme qué podía o no podía hacer. Nadie me castigaría de nuevo por hablar de más, por reír demasiado fuerte, por tener una opinión que no le pertenecía a nadie más que a mí. Nadie estaría por encima de mí.

Sael me lo había prometido. No más cadenas.

El vestido era enorme, pomposo, digno de la heredera de Ghael. Capas y capas de tul blanco perlado formaban una silueta etérea, casi flotante, como si en cualquier momento fuera a elevarme del suelo. Bordados con hilos iridiscentes dibujaban constelaciones y símbolos sagrados de nuestra diosa. La falda se abría como una luna llena extendiendo su luz; el corsé, ajustado y perfecto, resaltaba cada línea de mi cuerpo. Me miré al espejo y por un instante no me reconocí. Parecía una princesa sacada de una leyenda. Una aparición.

Cuando una de mis damas colocó el broche ceremonial —una media luna de cristal lunar pulido, un artefacto antiquísimo que perteneció a la diosa Ghael— no pude evitar sonreír. Me vi ahí, envuelta en luz blanca, y me imaginé caminando hacia él.

Sael.

¿Cómo se vería en ese momento?

Días antes lo había visto probándose el traje nupcial: negro como la noche sin estrellas, con bordes plateados bordados con florituras tradicionales de su clan. Le sentaba bien sobre ese cuerpo trabajado y esbelto, como si la oscuridad misma hubiera sido cosida para él. Sobre el pecho amplio llevaba un emblema que yo misma había bordado con mis propias manos: una luna creciente.

Me mordí el labio, nerviosa, emocionada, con un cosquilleo bajo la piel que no sabía nombrar del todo. Quería verlo ya vestido así. Quería que me mirara. Que me viera, por una vez, como algo más que su deber.

—Mi lady, ya llegaron los primeros clanes —anunció una de las sirvientas, sacándome de mis pensamientos.

Corrí hacia el ventanal enorme que daba al jardín donde se celebraría la ceremonia. El corazón me latía con una emoción tan pura que dolía.

Las carpas con telas blancas ya estaban levantadas; los músicos afinaban sus instrumentos, y esa melodía distante me pareció la más hermosa que había escuchado en mi vida. Más allá, los clanes errantes cruzaban los portones: los Eruditos, hijos del dios Lizeo de Mercurio, caminando con esa elegancia calculada que los caracterizaba; las melenas pelirrojas del clan de Marte, del dios Arael, ya estaban tomando asiento entre risas y voces graves. No esperaba al clan de la diosa Venus, Ashara —era sabido que jamás salían de su territorio—, aunque al menos tuvieron la delicadeza de rechazar por escrito la invitación y enviar un regalo. De los humanos ni hablar. Jamás eran invitados a ningún evento. Eran los parias de este mundo, y una parte fría de mí, en ese momento, ni siquiera se detuvo a pensar en ellos.

Todos avanzaban con banderas, armaduras ceremoniales y expresiones solemnes. Pero entonces vi un escudo que no cuadraba entre los demás. Una bandera blanca con un sol dorado.

Contuve el aliento.

Solo había visto ese escudo en los libros. Era el clan del Sol. El del dios Ghrian.

No podía ser. ¿Habían decidido entablar relaciones diplomáticas ahora, después de cinco siglos de silencio absoluto entre nuestros pueblos? Sonreí, casi sin poder creerlo. Mi boda parecía un buen augurio. Verlos ahí, reunidos, aunque fuera por mí, hizo que mi corazón latiera con una fuerza que me subió hasta la garganta. Por un instante, me sentí importante. Me sentí, por primera vez en años, como si el destino no fuera tan cruel conmigo.

Fue entonces cuando la puerta se abrió de golpe.

Una de mis damas entró casi sin aliento, pálida, con los ojos muy abiertos.

—Mi lady... —su voz temblaba tanto que apenas podía entender las palabras—. Debe venir inmediatamente. El Inquisidor... él... acaba de llegar. Está cubierto de sangre. Todos ellos lo están. Y no viene solo.

Sentí que el aire desaparecía de mis pulmones de golpe, como si alguien me hubiera arrancado el pecho.

—¿Sael? ¿Herido? —la pregunta salió rota, quebrada antes siquiera de terminar de formarse.

—No lo sé, mi lady.

No esperé ninguna explicación más. No me importó el corsé a medio ajustar, ni los broches que aún colgaban sueltos contra la tela. Salí corriendo con las capas de tul siguiéndome como una estela de luz moribunda. Mis pies descalzos golpearon el mármol helado mientras cruzaba pasillo tras pasillo, bajaba escaleras a toda velocidad, y las runas grabadas en las paredes reaccionaban a mi angustia, encendiéndose a mi paso como si el castillo entero sintiera lo que yo sentía.

El aire se había llenado de murmullos. Las sirvientas cuchicheaban entre ellas con las manos sobre la boca; los guardias se movían inquietos de un extremo a otro de los pasillos, y desde el ala este llegaban ecos de voces graves y tensas. No podía quitarme de la cabeza la imagen que la dama me había dejado grabada a fuego: Sael, cubierto de sangre.

Sael rara vez volvía herido. Su poder era temido y reconocido incluso por los ancianos del clan. Si algo había logrado lastimarlo, tenía que ser algo terrible. Algo que yo no quería ni imaginar y que, sin embargo, no dejaba de imaginar con cada paso que daba.

Cuando llegué a la puerta del despacho del Inquisidor, no dudé ni un segundo. Empujé la madera con tanta fuerza que el golpe retumbó contra las paredes de piedra como un trueno.

Lo vi y me detuve en seco.

Sael estaba recargado contra el escritorio, sosteniendo con una mano una herida vendada que aún dejaba escapar sangre fresca. Su traje de novio —ese mismo traje negro que yo había imaginado toda la semana, ese emblema bordado por mí— estaba destrozado de un costado, justo sobre el abdomen, como si lo hubieran quemado. Estaba sucio, como si se hubiera arrastrado por un charco de algo peor que lodo.

Contuve el jadeo en la garganta. Ahí estaba él, de pie, respirando con pesadez, cubierto de sangre seca mezclada con sangre fresca, y por primera vez en toda mi vida sentí verdadero miedo al mirarlo.

A su lado, también ensangrentado, estaba mi hermano. Alessandro. Que debía estar abajo, en el jardín, junto a los demás invitados, esperando para acompañarme al altar. No era sangre normal la que manchaba más su ropa; una parte era más oscura de lo natural, casi negra, espesa como alquitrán.

Y junto a ellos había un tercer hombre.

Un joven de cabello dorado largo, con un traje blanco bordado en hilos de oro, bañado en sangre igual que los demás. Sus ojos —dorados, imposibles, como si hubieran robado la luz del amanecer que yo había admirado hacía apenas unos minutos— se posaron en mí con una incomodidad instantánea, como si supiera, antes que nadie, que yo no debía estar ahí.

Y aun así no pude apartar la mirada.

Supe de inmediato a qué clan pertenecía, aunque jamás había visto uno en persona. Un hijo del Sol. Ahí, respirando el mismo aire que yo, a un palmo de distancia, cuando jamás un hijo de la Luna había estado tan cerca de uno del Sol desde hacía generaciones enteras.

En cualquier otra circunstancia me habría quedado absorta en él. Era idéntico a las estatuas que adornaban los templos del dios Ghrian, como si lo hubieran esculpido en mármol dorado y luego, por descuido de algún dios menor, le hubieran dado vida. Su presencia parecía calentar el aire mismo del despacho, en un contraste tan brutal con el frío que emanaba de la situación que por un instante absurdo, vergonzoso, sentí que el estómago se me apretaba de una forma que nada tenía que ver con el miedo. Lo miré solo a él, apenas un latido, distraída de la sangre, distraída del horror, distraída de todo lo demás. Y por ese único instante odié a mi propio cuerpo por reaccionar así en medio de aquel infierno.

Pero todo eso se desvaneció en cuanto avancé un paso hacia Sael y mi pie tropezó con algo húmedo en el suelo.

Sangre. Más sangre, de un color extraño, casi como petróleo, que se extendía sobre la piedra. Se impregnó en el bajo de mi vestido al instante. La falda que minutos antes había sido perfecta, blanca, sagrada, se tiñó de un rojo oscuro y sucio que subía por la tela como una mancha viva.

—Sael... —susurré, con la voz destrozándose antes de terminar la frase—. ¿Qué ha pasado? ¿Estás bien?

Él levantó la mirada hacia mí. Y yo me quedé completamente quieta, porque no era una mirada que me resultara desconocida. Más de una vez había visto esa expresión suya. Dura. Afilada. Impenetrable y furiosa, como una puerta cerrada con siete llaves distintas.

—Silver, no deberías estar aquí. Sal de inmediato —ordenó, sin soltar el costado de su herida, con esa voz de mando que usaba con todos menos, hasta ahora, conmigo.

Algo dentro de mí se quebró al escucharlo hablarme así.

—¡Acabo de ver llegar a los clanes, y ahora tú estás cubierto de sangre! —grité, con la voz temblando entre el miedo y una rabia que no sabía que tenía guardada—. ¡¿Qué quieres que haga?! ¿Que finja que no lo veo? ¿Que vuelva a mi cuarto a esperar como una muñeca de porcelana mientras tú te desangras?

—Ella tiene derecho a saber —murmuró Alessandro, cansado, limpiándose un hilo de sangre del cuello.—Después de todo arruinamos su día —Se quitó el saco sin ningún cuidado, manchando aún más mi vestido cuando la tela salpicó cerca de mí.

Sael apretó la mandíbula con tanta fuerza que pude ver el músculo tensarse bajo su piel pálida. Finalmente habló.

—Las Sombras atacaron la frontera norte. Nos emboscaron. Tuve que ir de emergencia. —Su voz sonaba baja, controlada, pero yo lo conocía demasiado bien como para no notar el temblor apenas perceptible que la recorría por debajo—. Descubrieron que los hijos del Sol llegarían hoy para unirse a nosotros.

Parpadeé, sin entender del todo, con el corazón latiéndome tan fuerte que temí que todos en la habitación pudieran oírlo.

—¿Unirse? ¿Por... por la boda?

Vi cómo Alessandro y el hombre de ojos dorados intercambiaban una mirada. Una mirada que reconocí de inmediato: la de quienes deciden en silencio si deben o no contarte la verdad completa.

Sael cerró los ojos un instante, como si necesitara reunir fuerzas para lo que iba a decir.

—Por el hijo bendito de la Tierra, Silver.

El frío me invadió de golpe, como si me hubieran arrojado a un lago congelado en pleno invierno. El hijo bendito de la profecía. Aquel que tendría el poder para destruir a todos los clanes, o para unirlos de nuevo como antes de la guerra de la Rueca Rota.

Había leído sobre eso en libros antiguos que mi institutriz me obligó a memorizar palabra por palabra, línea por línea, hasta que las repetía dormida. Historias. Mitos. Jamás pensé, ni por un segundo, que fuera algo posible en mi propio tiempo. Algo tan cercano a mí.

—¿Ese... ese humano... realmente nacerá este año? —susurré, con un hilo de voz que apenas reconocí como mía.

El hombre rubio intervino entonces. Su voz era cálida, un intento evidente de calmarme en medio de aquel momento que se despedazaba, pero había una urgencia debajo de esa calma que no lograba disimular del todo.

—No nacerá, mi lady. Ya nació. Está escondida en las montañas de Sulvarya. Las Sombras la están buscando.

Un escalofrío me recorrió la espalda entera, de la nuca hasta la punta de los pies descalzos.

«La están buscando.» Era una ella.

—¿La boda...? ¿La unión...? —tartamudeé, mirándome a mí misma, mi vestido arruinado, y luego a Sael, los dos cubiertos de sangre en lo que debía haber sido el día más feliz de mi vida.

Sael desvió la mirada.

Y ese simple gesto —ese instante minúsculo en el que sus ojos huyeron de los míos— fue suficiente para que yo entendiera que había una verdad entera escondida bajo la superficie de todo esto. Una verdad que llevaban tiempo guardándome.

—¿Qué tiene la boda que ver con esto? —insistí, sintiendo que la rabia me subía por la garganta como fuego líquido.

Alessandro apretó los labios y me miró con una lástima que me dolió más que cualquier grito. Sentí las rodillas debilitarse bajo el peso del vestido, del corsé, de todo lo que aquel día representaba. Pero me mantuve firme. No iba a derrumbarme. No frente a ellos.

Sael respiró hondo, como quien se prepara para saltar de un precipicio.

—Silver... los clanes errantes no confían en nada ni en nadie. Para reunirlos, necesitábamos un motivo. Uno que pareciera completamente inocente. Y la boda de la heredera lunar con el nuevo Inquisidor…

Alessandro se acercó a mí con calma, su cabello plateado —idéntico al de nuestra madre— cayendo sobre su frente sucia de sangre, buscando amortiguar el golpe que ya sabía que venía, buscando sostenerme antes de que cayera.

—Tu boda fue adelantada por esto —continuó Sael—, para traer a los clanes aquí sin levantar sospechas. Para proteger a la humana. Para unir fuerzas sin que las Sombras lo notaran.

“tu” boda, no había un “nuestra”,casi gemí reprimiendo el llanto

—Era el pretexto perfecto —terminé yo, en un susurro tan ahogado que casi no salió de mi propia garganta.

Nadie me contradijo. Nadie dijo que estaba equivocada.

Sentí que el mundo entero se desmoronaba bajo mis pies descalzos, manchados de esa sangre extraña y oscura. Cada palabra que habían dicho me atravesó como una hoja de metal frío, una tras otra, sin pausa.

Usada. Otra vez. Como símbolo. Como una bandera bonita que ondear frente a los clanes. Como un pretexto disfrazado de tul blanco y cristal lunar.

—Entonces por eso la apresuraron —dije, y la voz me temblaba tanto que apenas reconocía mis propias palabras—. Por eso de pronto adelantaron los rituales, las reuniones, por eso tantas visitas inesperadas estas últimas semanas. Yo pensé... —reí, una risa rota, sin ápice de humor real en ella— pensé que era porque Sael asumió el puesto antes de lo planeado. Qué ingenua. Me usaron. Todos ustedes me usaron.

Alessandro estiró la mano hacia mí, con el rostro descompuesto por la preocupación, pero yo di un paso atrás, alejándome de su contacto como si quemara.

—Lo siento, Silver. No queríamos que lo supieras así.

Sael habló con la voz tensa, contenida, como si cada palabra le costara un esfuerzo físico.

—Silver. Necesitábamos mantener las apariencias. Si las Sombras descubrían que había una reunión masiva de clanes, habrían atacado antes. Habrían destruido todo antes de que pudiéramos protegerla a ella.

—¿Y para engañarlas me ofrecieron a mí como adorno? —pregunté, con la mirada clavada en él como una flecha que no pensaba desviarse.

Alessandro cerró los ojos, visiblemente herido de verme así, de verme desangrándome por dentro sin que hubiera una sola herida visible en mi piel.

El hijo del Sol, en cambio, me observaba con una expresión que no lograba descifrar del todo. No había lástima en sus ojos dorados, ni tampoco burla. Había algo parecido a la calma, a un alivio extraño que casi me hizo desear cruzar la habitación y abofetearlo, porque todos a mi alrededor parecían destrozados por lo que estaba sintiendo, menos él. El aire del despacho se volvió espeso, casi irrespirable, y su presencia ardiente a un costado me sacudía de una forma que no debería haber sido posible en un momento así. Me miraba como si acabara de entender, en ese instante exacto, quién era yo realmente. Y lo que habían hecho conmigo.

Y lo peor de todo era que, incluso rota, incluso traicionada, —incluso con el corazón hecho pedazos sobre el mármol manchado, una parte diminuta y vergonzosa de mí seguía sintiendo el calor de su mirada como si fuera lo único cálido en toda esa habitación helada.

Tomé aire, tratando desesperadamente de no quebrarme del todo, pero las lágrimas ya me quemaban los ojos, amenazando con desbordarse.

Era demasiada información de golpe. La profecía. Un clan que no se unía a nosotros desde hacía siglos. Una humana escondida en las montañas cuya existencia acababa de arruinar mi boda antes siquiera de que empezara. Decir que estaba decepcionada, que estaba triste, se quedaba corto, muy corto. Me sentía traicionada por todos los que estaban en esa habitación. Sobre todo por Sael. La persona en la que más había confiado en toda mi vida me había dejado vestir como una princesa, adornarme como a un altar, solo para usarme como carnada.

—Déjenme sola —susurré, con la voz tan rota que apenas fue un hilo de sonido.

Y sin esperar ninguna respuesta, sin mirar atrás, salí corriendo de aquel despacho, dejando tras de mí un rastro de tul blanco manchado de sangre oscura y un corazón que ya no sabía cómo volver a unir.

Let Sara know what you thought about this chapter!
Love this

0

Love this

Funny

0

Funny

Spicy

0

Spicy

Suspenseful

0

Suspenseful

Emotional

0

Emotional

Profound

0

Profound

Heartwarming

0

Heartwarming

Shocking

0

Shocking

Good Writing

0

Good Writing

Compelling Plot

0

Compelling Plot

Great Character

0

Great Character

Strong Dialog

0

Strong Dialog

Further Recommendations

PARIS IN THE DARK

Hester: Very good, was short too the point , not lingering on the abuse, pity you didn’t let him step in earlier knowing the abuse was happening, but this is almost real for some women who have gone through it, just wish they could all have a princess at te end of thete tunnel

Read Now
Mystic Wolf

Teresa: The book is well done, brilliant in fact! Z

Read Now
The Full Moon Breeding Club

Gallandro7: I originally added this because it looked interesting and I was curious how the mate process would go. I almost removed it due to several other books ahead of it, but I took an afternoon and read the entire thing in one go.I was pleasantly surprised at how well the book was crafted and that the mate...

Read Now
Silver's Second Chance

Ashley: I enjoyed the story. It was a short one so the fast pace fit. I think something should be put in to show a time jump between paragraphs like a "****" just to make it easier to follow when we skip to the next day week or month. Over all a good read.

Read Now
The Easter Bunny

Susan: Nice short story. I liked it

Read Now
SECRET BILLIONAIRE

Veekay186: I really like the storyline and will recommend it for a relaxing read. It shows love is a sweet light.

Read Now
The Heir's Shadow

lfayenrock: Great love sto. Enjoyed it very much and can’t wait to read more of your books

Read Now
Bear Shifter Secrets

tatianne Ingrid: Adorei cada capitulo! parabens

Read Now
The Orc's Pet

Shawny2222: I really enjoyed this story! I only wish it was longer!

Read Now