Entidades desconocidas
Hombres planeta
Ayla es una joven de veintidós años, solitaria, a quien no le importa convivir con los demás ni escuchar a nadie. Es feliz saliendo al campo o al bosque. No tiene celular y tampoco le importa. Vive sola en un departamento pequeño, está llena de deudas y no se lleva bien con nadie. Vive en su propio mundo.
Es oficinista. Se levanta todos los días a las seis de la mañana y su jornada termina a las diez de la noche. Sin ganas, hace lo que tiene que hacer porque debe hacerlo. Sueña con un mundo de fantasía donde no haya horarios ni exista su gerente gruñón con mal aliento.
En sus días de descanso, camina por un bosque cerca de su ciudad. No tiene miedo ni siente nada. Sale con la ropa sucia, el pelo largo, negro y despeinado, las ojeras cada vez más marcadas, un cigarrillo en una mano y una botella de alcohol barato en la otra.
Un día, ebria y harta de todo, se queda dormida.
Al despertar, encuentra a un hombre muy extraño. Parece hecho de Luna; literalmente, no tiene piel humana ni ojos. Tiene un rostro, pero es tan extraño que Ayla sabe que algo anda mal. Y así es: ya no está en su dimensión.
Se encuentra en la dimensión de los hombres planeta, como ella los llamaría. Nadie sabe qué son ni de dónde vienen. Allí existen seres con formas humanoides cuya supuesta piel parece estar hecha de galaxias y planetas.
—¿Qué es esto? ¿Son los planetas cobrando vida? ¿Es un sueño?
El hombrecillo que parece hecho de Luna la observa y le entrega un pequeño objeto que parece una minúscula estrella. Ella se la come y se transforma en una galaxia. Ya no es Ayla, la humana.
—¡Oh! ¡¿Qué es esta sensación?! ¡Floto, soy inmensa, pero no peso!
El hombrecillo de la Luna está dentro de ella y pasea por su forma galáctica.
—¡Hey, hey! ¡Oye! ¿Me entiendes?
Él voltea y, de pronto, le aparece un rostro. Se adapta para parecer humano.
—Sí, Ayla, te entiendo.
Ayla siente un mar de emociones, principalmente miedo.
—¿Qué eres? ¿Qué quieres de mí?
—Ayla, no busco nada de ti. No eres nada para mí. Estás en mi dimensión porque Belerofonte así lo quiso.
—¿Belerofonte? ¿Quién?
—No entiendes, Ayla. Por eso debes ser una galaxia durante mil años.
—¿¡Qué!? ¿Mil años?
—Eres una humana que no sabe nada del tiempo ni de cómo funcionan las dimensiones. Ni siquiera sabes elegir un buen alcohol.
Intenta parecer humano y hacer bromas.
Ayla sigue sin entender nada.
—Solo explícame por qué debo estar aquí durante mil años.
—Ayla, mil años de ustedes equivalen a diez minutos de nosotros.
Se ríe con una risa muy extraña.
—Solo espera a que venga. Él te explicará qué haces aquí y para qué nos sirves.
—Está bien —responde Ayla, muy asustada, fingiendo una sonrisa torcida.
Pasan los mil años que, en ese lugar, equivalen a diez minutos. Finalmente, llega Belerofonte. Su piel parece estar hecha de Saturno; también es gaseoso y adopta una apariencia humanoide para que Ayla pueda comprenderlo. Resulta bastante extraño, sobre todo porque ella ha sido convertida en una galaxia.
—Hola, Ayla. Soy Belerofonte. Te diré por qué estás aquí.
Ayla piensa que parece más maduro que el hombrecillo de la Luna.
—Sí, por favor. Explícame.
—Estás aquí porque nosotros, cada cien mil años, hacemos esto por diversión. Cazamos humanos tontos y nos divertimos con sus muertes. ¡Ja, ja, ja! ¿Lo hice bien? —le pregunta al hombrecillo—. El otro humano nos enseñó eso.
Ayla no sabe qué está pasando, por qué está allí ni si lo que escucha es verdad o si simplemente se trata de uno de sus malos chistes.
Ella solo alcanza a decir:
—¿Qué?
—Sí, Ayla. Nosotros somos eternos, inteligentes, podemos transformarnos y viajar por toda la galaxia. Prácticamente somos tus dioses, mejores que tu dios. Al menos nosotros respondemos tus preguntas.
Vuelve a reírse de una manera extraña.
—La muerte y el dolor de ustedes son nuestro entretenimiento y nuestra diversión. Lo hacemos cada vez que nos aburrimos. No eres la única especie con la que nos divertimos así; hay miles. Pero ustedes tienen una forma particular de dar lástima. Esta vez pensé en divertirme mucho más y quiero que sobrevivas en mi dimensión.
—Respira, Ayla —le dice el hombrecillo de la Luna—. Lo necesitas para vivir, ¿no?
Y vuelve a reírse.
—¡Qué desagradables son! Solo se burlan del dolor. Ni siquiera saben nada de los humanos —contesta Ayla.
—Mira, ya te lo dije: tu dolor es nuestra diversión —responde Belerofonte—. Tú no entiendes el aquí y el ahora, ni el pasado ni el ayer. Tu vida es más ridícula que la de esos seres que llaman moscas... ¿Sí se llaman así? —le pregunta al hombrecillo de la Luna.
Él contesta:
—Oye, no estoy interesado en ese tipo de insectos. Sabes que me gustan las arañas.
—¡Ah, sí! Me acuerdo de cuando te convertiste en una.
Ayla escucha la conversación y se pregunta mentalmente:
«¿Cómo que se convirtió en una? ¿De qué hablan?».
—Belerofonte —dice Ayla.
Él responde:
—Ayla, ¿de qué te sorprendes? Te convertimos en una galaxia.
Se ríe espantosamente.
—Pero te voy a describir cómo fue aquel día. Fuimos a tu dimensión. El plan era robar humanos. Estábamos en el bosque donde te encontramos; es nuestro favorito. Allí tenemos nuestro portal número nueve. Bueno, sin tantos rodeos, llegamos, vimos ese insecto y, al instante, supimos todo de él. Fue asombroso, incluso más que ustedes, los humanos. Pero ellos no sufren de una manera tan divertida como ustedes. Bueno, bueno, le estoy dando demasiadas vueltas al asunto. ¡Ya parezco humano! En fin, nos regresamos a nuestra dimensión y Naureth —sí, así se llama a quien tú nombras el hombrecillo de la Luna— quedó tan fascinado que cambió su forma. Lo hizo de una manera tan increíble que acabó con cinco galaxias enteras.
—¿Cómo hizo eso? Las arañas son muy pequeñas —pregunta Ayla.
Belerofonte responde:
—¡Oh, me encanta que tengas curiosidad! Ya casi nadie la tiene. Todos llegan llorando o se mueren de la impresión.
Se ríe con desdén.
Ayla solo lo mira con asco. El miedo comienza a apagarse dentro de ella y vuelve a sentirse vacía. Ahora solo puede pensar en un trago de alcohol barato.
Belerofonte continúa contando:
—Bueno, te explicaré. Naureth no se convirtió en una araña pequeña e indefensa. Decidió convertirse en una araña de un tamaño incomprensible y adquirió todas sus habilidades. Envolvía las galaxias hasta destruirlas.
Naureth interviene:
—Recuerda que absorbí tres y aplasté dos.
—¡Ah, sí! ¡Qué exquisito fue eso! Ayla, ¿te imaginas lo divertido que fue? Matamos cientos de millones.
—¿Cómo, si eran galaxias? —responde Ayla.
—¡Ja, ja, ja! ¡Tonta! En las galaxias hay planetas y, en los planetas, vida. Eres estúpida —dice Belerofonte entre risas.
—No, solo pensaba que únicamente existíamos los humanos —responde ella.
—Ay, Ayla, eres tan graciosa. Son tan egoístas que creen que son los únicos en este vasto universo. Claro que no. Hay muchísimas especies. De hecho, se me ocurre algo: vas a competir con otras especies. Quien gane podrá pedirnos lo que sea. Mientras tanto, diviértanme un poco, que estoy muy aburrido.
—¿Son como yo? —pregunta Ayla.
—No, tonta. Ya los conocerás.
Mientras tanto, Ayla siente cómo un planeta orbita alrededor de lo que deberían ser sus pechos.
«¿Qué rayos es esto? ¡Qué sensación tan rara! Ya no soy humana y, aun así, siento como si lo fuera».
—Tranquila —dice Belerofonte—. Aún conservas tu conciencia humana, así que no te percibes como una galaxia y sigues sintiendo como una humana. Así de fácil. Y el que ronda por tus «pechos» es Bolonio. ¡Ja, ja, ja! Ese tonto es un amante de la perversión.
«Qué enfermos están. Creo que más que nosotros, los humanos», piensa Ayla.
—No somos enfermos, Ayla —dice Belerofonte.
—Ya veo. También puedes saber lo que pienso, ¿verdad? ¿Por qué preguntas cosas tan tontas, Ayla? —responde ella, imitando su tono.
—Bueno, en cuanto a mí, me presento. Soy Bolonio y no soy un enfermo, como piensas. Soy un obsesionado con el cuerpo humano.
—Bolonio, eres un enfermo —interviene Naureth—. Tú ni siquiera estudias anatomía. Además, ¿recuerdas cómo te convertiste en piel humana y, cuando te aburrías, simplemente salías de aquel cuerpo después de matarlo al instante?
—Sí, lo recuerdo. Fue tan agradable —responde Bolonio.
—Bueno, ya es suficiente charla. Que empiece la diversión —dice Belerofonte.
De repente, la voz y la apariencia de Belerofonte cambian. Ya no parece amigable ni conserva su forma humanoide. Se vuelve abstracto e irradia un poder tan inmenso que Ayla vuelve en sí y siente un miedo auténtico.
Es realmente aterrador.
Sin embargo, aquella no es más que su apariencia falsa, al igual que su forma humanoide. Su verdadera forma sigue siendo desconocida. Es abstracto y gaseoso, y habla con una voz tan seria que se escucha por todo el cosmos. Es como lo que alguno de ustedes habría imaginado si Dios le hablara de repente.
La oscuridad es imponente. Los planetas flotan sin rumbo. El frío habría quemado los huesos de Ayla si todavía tuviera un cuerpo humano. Está suspendida en la nada, frente a un ser desconocido en todos los sentidos.
No es un monstruo, tampoco un animal, una persona o un extraterrestre como los imaginamos. Es algo que no tiene explicación.
—Ayla —dice con un tono fuerte, pero serio—, te convertiré en algo más: un cuerpo que te ayudará a superar estos juegos. Toma esta estrella.
Aquella estrella servía para cambiar de forma y contenía una pequeña parte del poder de Belerofonte.
Ayla, sin pensarlo, la toma. Tiene mucho miedo. Comprende que, aunque aquellos seres intenten parecer humanos, no lo son. No sabe qué son ni qué quieren realmente, y esa incertidumbre la angustia mucho más.





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