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A la pequeña le gusta deslizar su mano por mi cabeza, lo hace con mucho cuidado e intenta no rozar demasiado mis órganos auditivos. Suele realizar esta actividad todas las mañanas; siempre en forma consistente y repetitiva, como esperando alguna respuesta de mi parte, lo sé porque puedo percibir los pensamientos superficiales de su mente y sé que está esperando algo, pero no sé exactamente qué. Tengo que admitir que es la mejor parte de mi día y lo espero con ansias. Este hábito ha hecho mucho más soportable mi convivencia con los otros sujetos. Detestables sujetos. Son cuatro.
Primero está la progenitora, un espécimen mórbidamente obeso con exceso de vello facial que solía maltratar a la pequeña con horrendos rugidos y obligándola a realizar las tareas menos dignas. A ella la maté primero. Fue después de que haya obligado a la pequeña a dormir en la intemperie. La atrapé cuando quiso tirarse sobre su lecho para descansar; la destripé con mis garras y luego me comí sus entrañas.
Los siguientes fueron los cosanguíneos de la pequeña. En repetidas ocasiones trataron de herirme con explosivos a base de pólvora, como si un invento tan primitivo pudiese dañarme. Se convirtieron en mis presas cuando practicaban extraños saltos y giros mientras se balanceaban sostenidos de un cilindro que colgaba del techo de la carpa en la que habitaban y daban sus ominosos espectáculos. Atrapé al primero con mi tentáculo superior mientras se suspendía en el aire, lo arrastré hacia mis fauces mientras sollozaba pidiendo por su hórrida madre. El otro, después de ver cómo el cuerpo de su hermano se trituraba entre mis interminables dientes, hasta no ser más que una masa amorfa dentro mi sistema digestivo que se encontraba expuesto, intentó huir despavorido hacia la salida más próxima, pero eso sería inútil. Con un salto me ubiqué por encima de su cabeza y me dejé caer con la boca abierta, engulliéndolo vivo.
Esa misma noche fui en busca del padre. Él era el más abominable de todos; solía transformar su rostro con químicos de distintos colores y soltar incesantemente su insoportable carcajada en frente de otros humanos que lo observaban y reían con él. Los únicos que no seguían este ritual eran los más pequeños, los cuales sentían un profundo temor por este ser horrendo. Cuándo nadie lo observaba, el transformado tenía como costumbre encerrarse con la pequeña y practicar actos indecibles. Nada de lo que yo le hice a él y a su asquerosa descendencia se compara con lo que él le hacía a la pequeña. Fui a buscarlo a su mugrienta guarida, me hice paso entre la niebla de humo que salía de su boca rojiza, todavía manchada por los químicos. Me paré frente a él, le mostré mi verdadera forma y me regocijé al ver como sus facciones se deformaban del horror. Después de desprender sus extremidades con mis garras, procedí a comerme su piel con cuidado, tratando de mantenerlo vivo durante todo el proceso.
Al día siguiente, otros humanos se presentaron con la intención de buscarle un hogar a la pequeña, ahora huérfana. Mientras ellos hablaban entre sí y le hacían preguntas, ella me sostenía entre sus brazos realizando sus habituales caricias, las cuales eran más suaves de lo normal.
Durante este pequeño lapso, descubrí qué era lo que ella esperaba durante todo este tiempo que yo dijese. Así que aguardé a que hubiese un momento de silencio para decirle, finalmente:
- Miau








