Una pequeña esperanza - Acción
Alyce fregaba los utensilios que acababan de usar sus señores en la gran cena que habían organizado. Como simple criada, su única función dentro de aquel palacete era obedecer las órdenes del orondo Conde de Sanguís y de la Condesa de Marguís, dueños de una amplia sección de tierras productivas en la meseta de Fansis. Ella, hija de unos prisioneros de guerra, había dedicado su miserable vida a servir a unos ricachones que mataron a sus padres y ni siquiera conocían su nombre. Le hervía la sangre el solo pensar en ellos.
Mientras acababa de fregar, uno de los guardias personales del Conde se le acercó por detrás. Era un hombre alto, casi una cabeza más que la pobre Alyce. Puso sus manos sobre la cintura de la joven qué, nerviosa, dió un respingo y se tensó completamente.
— Una mujer como tú no debe ser sirvienta de la casa, si no de otros placeres más banales...
La voz del hombre, ronca y áspera, sonaba muy cerca del oído de la atemorizada criada que apenas había acabado de fregar. Las manos del guardia comenzaron a bajar, tocando las zonas íntimas de una mujer inocente y pura, poniéndola aún más nerviosa. En un acto reflejo, su mano buscó algo en la pila dónde había estado lavando los restos de la cena, agarrando un cuchillo. No se lo pensó dos veces: se dió la vuelta y clavó el improvisado arma en el cuello de un hombre en cuyos ojos se veía la sorpresa.
Su cuerpo no tardaría en caer al suelo, dando un golpe sordo contra la piedra de la sala. No había tiempo para pensar. Haciendo de tripas corazón, Alyce cogió las llaves que colgaban de la cintura del hombre que acababa de matar y salió corriendo. Atravesó una puerta de madera, bajó unas escaleras rápidamente. Los bucles rubios se colaban en su línea de visión, pero eso no frenaba su carrera. Y llegó a la puerta.
Las llaves. Las llaves abrían la puerta que le daría la libertad. No lo dudó un segundo. Mientras los pasos y gritos de otros guardias se oían de fondo, ella abrió aquel enorme portón. Apoyando su cuerpo, entornó la puerta. Sus ojos vislumbraron entonces el camino de tierra que se alejaba del palacete. Reanudó su carrera mientras los guardias se acercaban. El aire. El césped. El cielo azul.
Una flecha en la espalda que acabó con su última esperanza.