Capítulo 1
Lo que sentí fue miedo, mucho miedo.
Me era imposible ponerme de pie, no solo sentía miedo, también un fuerte escalofrío.
La criatura se fue acercando cada vez más a mí con paso lento y tambaleándose como si fuera un niño que recién aprendía a caminar. A medida que se me aproximaba, sentía un fuerte olor a orégano quemado. Mi respiración se entrecortaba, la cabeza me daba vueltas, todo iba de mal en peor.
Pude observar cómo su cabeza se estiraba de forma violenta, adquiriendo una forma cilíndrica. En la punta de esta última se encontraba un apéndice bucal, el cual se abría mientras la cabeza se ensanchaba al doble, luego al triple, y posteriormente al cuádruple.
Todo estaba perdido, había llegado el final.
Antes de continuar, quisiera relatar cómo es que llegué hasta este punto.
Mi nombre es Léa y esta es mi historia.
Me pasé el último año de mi vida quemándome las pestañas de tanto estudiar, pero valió la pena, pude ingresar a una universidad pública y con una nota sobresaliente. Papá había ahorrado durante mucho tiempo para que asistiera a una universidad privada, pero no quería ocasionarle más gastos, ya que la escuela privada en la que estudié le costó un buen dineral y varios quebraderos de cabeza.
Cuando les comuniqué la buena noticia, mamá me abrazó fuertemente y luego se puso a bailar y canturrear por toda la sala. Papá, por el contrario, puso su enorme mano derecha sobre mi hombro, me miró fijamente con sus ojos azules, sonrió y dijo: «Buen trabajo, princesa, buen trabajo».
No obstante, sabía que papá se traía algo entre manos, porque lo vi encerar y pulir el auto como un maniático hasta que quedó como un espejo. Además, cuando me acerqué a su habitación, me percaté de cómo buscaba su mejor camisa de entre todas las que tenía en el closet.
Al anochecer, mientras subía una selfie a Instagram y escuchaba mi playlist tumbada en el sofá, papá se acercó. Al notar su presencia me quité rápidamente los AirPods y le presté atención.
—¿Qué haces aquí, princesa? Ve a tu habitación a cambiarte de ropa.
—¿Cambiarme de ropa? ¿Para qué?
—Hoy es una noche muy especial y debemos celebrar.
Tenía 19 años en aquel entonces y, a pesar de ello, salir con mis padres me producía una gran emoción, como si fuera una niña pequeña. Dejé el móvil y los AirPods en el sofá y me fui a mi habitación para cambiarme de ropa. Me puse un vestido azul y estampado, junto con zapatos negros con tacón, pendientes plateados y un brazalete del mismo color.
Una vez que estuve lista, abandoné mi habitación y descendí las escaleras con sumo cuidado debido a los tacones. En la planta baja me esperaban papá y mamá, ambos vestidos elegantemente para una ocasión tan especial. Mamá tenía puesto un vestido de fiesta color celeste que combinaba perfectamente con su cabello ondulado color almendra. Papá se veía realmente bien, siempre me pareció un hombre muy atractivo. Tenía el cabello corto y de un color azabache (gracias al tinte), pero lo que más llamaba la atención eran sus ojos, de un color azul intenso, que no habían perdido su expresividad con el paso del tiempo. Él llevaba puesto un traje negro, una camisa blanca y una corbata de color vino.
Nos dirigimos los tres en el auto de papá a un restaurante internacional situado a una hora de nuestra residencia. Aquel restaurante era sumamente importante para la familia, ya que el abuelo con frecuencia llevaba a la abuela, a papá y a la tía Jazmín a cenar hace muchos años. Papá le había propuesto matrimonio a mamá en ese mismo restaurante y ahora sería el lugar para la cena por mi ingreso a la universidad. No solo eso, aquella noche Frank Sinatra iba a cantar… bueno, en realidad era de un hombre que cantaba como él.
Una vez en el restaurante, después de que el Maitre nos acompañó a nuestra mesa previamente reservada, nos sentamos a esperar el primer plato. Mientras hablamos y reíamos con las ocurrencias de papá, el sumiller se acercó a nuestras copas para servir vino. Después de que terminó su tarea, se retiró haciendo una reverencia. Papá aprovechó que las copas estaban servidas para ofrecer un brindis. Se puso de pie y con la copa en la mano, dijo lo siguiente:
—Hoy quiero brindar por mi princesa, mi hija Léa, que acaba de ingresar a la universidad.
Mamá y yo nos miramos la una a la otra, soltamos una pequeña carcajada, alzamos nuestras copas y las chocamos suavemente con la copa de papá al ritmo de un ¡Salud!
Papá se sentó y le dio un sorbo al vino, a continuación, me dijo lo siguiente.
—Me haces muy feliz princesa. Solo espero verte pronto acompañada de un chico alto, guapo y muy galante. Después de eso podré morir tranquilo.
Lo siento por papá, pero Melody era una chica y yo estaba profundamente enamorada de ella.
—Algún día papi, algún día —dije para salir del paso, ya que no quería malograrle la noche. Papá era un hombre maravilloso, estaba convencida de que me comprendería cuando le explicara a mamá y a él mi “situación” con Melody.
Una hora después, al degustar el segundo plato, el cantante comenzó a entonar “Stangers in the night”. Papá estaba muy complacido, el cantante lo hacía muy bien, era casi comparable al original.
Yo no soy conocedora de la discografía de Sinatra, a lo mucho cuando papá canturrea: “Strangers in the night”, puedo responderle: “Two lonely people,
we were strangers in the night”. No obstante, después de ver a papá tan entusiasmado, decidí añadir dicha canción a mi playlist de Spotify.
Cuando el hombre terminó de cantar, todos estallaron en aplausos y vítores, incluidos los de papá, que aplaudía a rabiar mientras derramaba unas cuantas lágrimas. Imagino que recordaba al abuelo, él fue el responsable de su pasión por Sinatra.
Finalmente, llegó la hora que estaba esperando, la hora del postre. El mesero llegó con las copas de tiramisú en una bandeja y mientras ponía la mía delante de mí, casi se la arrebaté de las manos. Una vez que tuve la copa con el postre tan ansiado entre mis manos, metí la cuchara, saqué un poco de tiramisú y me llevé la cuchara a la boca. Se los aseguro, no he probado otro igual como el que hacen en aquel restaurante.
El cantante se puso de pie dispuesto a entonar una nueva canción, en esta ocasión se trataba de My Way, una de las preferidas de papá.
Todo iba de maravilla, el cantante dominaba perfectamente todos los temas de Sinatra. Cuando iba por la tercera estrofa de esa canción, sucedió algo muy extraño: su voz empezó a sonar un tanto distorsionada, como si saliera de una vieja radio de los años 50. No solo eso, parecía que la canción no estaba acorde con el movimiento de sus labios. En otras palabras, la música tenía un retraso de unos segundos.
Todos los presentes, incluido papá, comenzaron a lanzar pifias, algunos lo insultaron, pues pensaban que estaban siendo engañados y que aquel cantante solo se dedicaba a hacer playback.
Aquel hombre siguió cantando, hasta que, visiblemente angustiado, dejó de cantar y le dedicó unas palabras al público a través del micrófono, con el propósito de tranquilizar los ánimos.
—Estimado público, yo… estoy… Dios mío, ¿qué está ocurriendo?
El hombre dejó caer el micrófono al suelo, le temblaban los labios y estaba en shock. Mientras pronunciaba todo lo anterior, sus palabras también se oían distorsionadas y con segundos de retraso.
Papá, mamá y yo nos miramos totalmente desconcertados ¿Qué estaba sucediendo en aquel lugar?
En ese momento, giré mi cabeza hacia una de las ventanas, y noté que una especie de sombra se observaba a través del cristal, estaba situada a unos 50 metros frente a la ventana.
—¡Papá, mira lo que está ahí afuera! —grité con desesperación mientras señalaba en dirección donde estaba la criatura.
—No es nada, princesa, a lo mejor es un payaso que se ha disfrazado para asustar a la gente.
Cuando papá terminó de hablar, se llevó rápidamente la mano a la garganta ¡Su voz también sonaba distorsionada! La criatura empezó a acercarse a la ventana, era de color negro y caminaba torpemente.
Al ver nuestra reacción, muchos de los presentes, incluidos el Maitre y algunos meseros, se agolparon frente a todas las ventanas para ver a la criatura. Esta estaba cada vez más cercana y, aunque afuera estaba un poco oscuro, pude ver que su cuerpo parecía recubierto de gruesas y oscuras costras.
Súbitamente, un escalofrío nos invadió a todos los presentes, además de que el ambiente parecía cargado y con un fuerte olor a orégano quemado.
El salón comenzó a llenarse de numerosos gritos, el Maitre ordenó que se cerraran todas las puertas del lugar. Empecé a desesperarme, odiaba quedarme encerrada en algún lugar.
Miré de nuevo por la ventana y vi que la criatura seguía al frente como a 30 metros, pero se había detenido. Se quedó en esa posición durante 10 minutos, luego giró a la derecha y se fue rengueando lentamente, hasta que desapareció de nuestra vista.
A los 15 minutos, los escalofríos y el olor a orégano quemado desaparecieron. El Maitre solicitó a todos los presentes que no abandonaran el restaurante, ya que habían llamado a la policía y querían tomar las declaraciones correspondientes. A papá no le gustó la idea, notó como mi rostro y el de mamá estaban inundados por el pánico, por lo que se abrió paso a empujones para sacarnos a las dos de aquel lugar.
Con un temple impresionante, nos condujo con delicadeza hasta el estacionamiento. Abrió la puerta del auto y me invitó a subir mientras esbozaba una dulce sonrisa. Luego hizo lo mismo con mamá. En el trayecto a casa, no se mencionó lo ocurrido en el restaurante.
¿Qué ocurrió en realidad?