Personalizar legibilidad
Aa

Cassius Du Bennet: ciervo sometido

Todos los derechos reservados ©

Sinopsis

Los regímenes van y vienen Las campanas doradas caerán El complot de las casas iniciaran Provocando una caída celestial. Vacilando en la sombra buscará Una venganza sin igual Callando tempestad Una advertencia te dirá.

Genero:
Fantasy/Romance
Autor/a:
Mickeal
Estado:
En proceso
Capítulos:
2
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

CAPITULO 1



Capitulo 1

Un destino perdido.





En todo el vasto Imperio es bien sabido que el actual ministro de Guerra y Asuntos Exteriores se rehúsa con gran vigor a contraer matrimonio por tercera ocasión. No es la falta de pretendientes lo que detiene la acción, pues cada mañana llegan a su residencia misivas con los sellos de distintas familias nobles, en las cuales se detalla lo beneficioso de un nuevo compromiso. A cada una de ellas responde con la cortesía y determinación que lo caracterizan.

Redacta de puño y letra una breve pero elocuente explicación del motivo por el cual rechaza las propuestas: ha sido sentenciado por los designios del Forjador o por el hechizo de una bruja a que su linaje permanezca solo hasta el fin de los tiempos. Pues su camino no está trazado de la mano de alguien, sino marcado por la ausencia. Ya una vez su estirpe fue desgarrada por fuerzas que no perdonan, con una presión tan escalofriante que aún resuena en los pasillos del palacio. No ha de condenar a nadie más a ese mismo peso.

Así se dice en los salones de los palacios, se murmura en los mercados abarrotados, y los cronistas llenan páginas enteras en gruesos volúmenes dedicados a exaltar su figura. Lo presentan como un hombre justo, casi santo, misericordioso incluso en medio de la desgracia. Narran hazañas y actos de bondad con tal convicción que lo hacen dudar de sus propios recuerdos. En ocasiones, hasta se llega a cuestionar lo que sabe de ese hombre.

Pero ninguno de esos escribas conocía la verdad. Una realidad que no adornan los libros ni flota en los brindis de la nobleza. Estaba enterrada, húmeda y silenciosa, bajo capas de olvido, vergüenza y miedo. La llamaban maldición, como si todo lo ocurrido fuera obra del azar o de alguna fuerza maligna. Pero no era una maldición. Era algo más profundo y más cruel.

Cada esposa del ministro había muerto por su propia mano. No fue el destino quien las arrancó de este mundo. Fue él. Él mismo, con sus actos, con su indiferencia calculada, con esa voz suave que sabía dónde herir sin levantarla. Nunca necesitó violencia abierta. Su poder era más sutil: lentamente quebraba a quien lo rodeaba, las dejaba vacías, las convertía en sombras de sí mismas. Hasta que no quedaba nada de lo que alguna vez fueron.

Y mientras el mundo lo aclamaba, mientras la historia lo volvía mármol y leyenda, él cargaba con lo que realmente ocurrió. Un recuerdo que nadie quería oír, porque la verdad, cuando incomoda, siempre halla quien la silencie. Las personas no indagan por su propia cuenta lo ocurrido y muchos menos tienen preguntas; prefieren quedarse con el hombre que lidera tropas y guía a la victoria, que con un hombre ruin por segunda ocasión.

El gran ministro siempre trató de jugar a ser un dios, a que sus órdenes se cumplieran sin la más mínima demora. Pero el destino, caprichoso, se le salió de las manos. Entonces intentó silenciar las voces que podían cantar, aunque fuera al menor descuido, su verdadera existencia. Él se enteró de la verdad por ellos. Lo hizo por la forma en que lo miraba cuando creía que dormía. Porque es el hijo que la muerte no alcanzó, y al que ha intentado silenciar desde entonces, viéndolo caer, poco a poco.

Es por eso que Vereno se mantiene siempre cerca de su padre. No por cariño al menos no del tipo que otros niños sienten, sino por necesidad. Lo observa con la atención de quien sabe que un parpadeo puede costar caro. Sigue sus gestos, sus silencios, incluso la manera en que bebe el té o cómo guarda los papeles importantes. Al principio, lo hacía porque quería entenderlo. Con el tiempo, empezó a hacerlo para anticiparlo.

Ya ha sucedido antes. Tres veces. Siempre empieza igual: con una palabra amable, con una mirada que no encaja, con una sombra que se desliza demasiado rápido por el pasillo. Vereno ha aprendido a reconocer esas señales. No tiene un nombre exacto para lo que siente, pero lo llama “la cuerda floja” a ese momento en que todo parece normal, pero algo en el aire cambia, como si el mundo se inclinara un poco, apenas lo suficiente como para que alguien pueda caer.

Desde pequeño, Vereno ha convivido con una sensación constante, una inquietud que nunca termina de disiparse. Quizá por eso logra conservar la calma cuando está con su padre: al tenerlo delante, puede anticipar sus acciones, calcular posibles amenazas. Como el ministro suele permanecer largas horas en su despacho, Vereno se ha apropiado discretamente de una esquina del lugar. Es un refugio silencioso, casi sagrado, donde todo parece estar en su sitio, dispuesto con precisión. Cada objeto transmite orden, y cada detalle sugiere recogimiento y reflexión.

Sobre una mesa de té, junto a la ventana que da al jardín, reposan algunos volúmenes dispuestos con cuidado. No son numerosos, pero sí elegidos con atención: ensayos históricos, textos de filosofía clásica y discursos políticos anotados a mano. En ocasiones, mientras Vereno se concentra en la lectura, su padre entra sin anunciarse, toma asiento en una de las butacas tapizadas y lo observa con expresión impenetrable, ejerciendo una vigilancia rígida, como si escrutara cada movimiento en busca de fallos invisibles.

Permanecer cerca de su padre tiene sus ventajas. No se trata solo de la seguridad que le brinda poder vigilarlo, sino de las conversaciones que alcanza a oír, fragmentos de poder envueltos en palabras cuidadosamente pronunciadas. Son diálogos que la mayoría mataría por escuchar, o al menos por captar una frase, un nombre, una fecha. Vereno, sin necesidad de espiar, simplemente está ahí. En su rincón. Invisible.

Por eso no se inmuta cuando la puerta cruje con ese sonido seco que anuncia la entrada de alguien. El hombre que atraviesa el umbral lo hace con paso firme. Lleva un uniforme impecable, sin una arruga, sin una mota de polvo. Su cabello, perfectamente peinado hacia atrás, brilla aún, como si acabara de humedecerlo, sin que una sola hebra desafíe el orden impuesto. Sus movimiento parece medido, casi ensayado. Se detiene frente al ministro, la espalda recta como una lanza, la mirada fija, imperturbable. Todo en él, desde la rigidez de su postura hasta la frialdad de su rostro transmite una sola cosa: control absoluto.

—Su Excelencia, hace unos momentos, varios hombres se presentaron en las puertas exteriores —informó con su voz apagada, esa que siempre suena como si nada fuera realmente urgente y todo le diera igual. Es de los caballeros que más le agrada entre los que se hospedan dentro del palacio, con el cargo de Comandante militar.

—Si no es Su majestad, el emperador, despídelos —. Ordenó el ministro con frialdad.

El único al que le permitía interrumpirlo era al soberano del reino; cualquier otro, si no había sido convocado, era rechazado sin contemplaciones. Sus tareas eran demasiado importantes como para perder el tiempo con interrupciones triviales. Un solo retraso en su despacho podía significar vidas perdidas. Sus órdenes marcaban el avance de las guarniciones y garantizaban que las provisiones llegaran a tiempo a los guerreros en el frente. No había margen para errores, ni para visitas imprevistas.

Aún con la orden el hombre no se movió, como si intentará decir más, los labios se le abrieron un poco y se los humedeció, para continuar

—Dice ser el príncipe Corvus, su excelencia —anunció el comandante.

Bastó ese solo nombre para que el ministro levantara el rostro y mirara fijamente a los ojos del comandante, impresionado. Era una expresión poco común en su padre, lo que a Vereno le resultó divertido: sus ojos se abrieron con asombro, casi extasiados, como si jamás hubiera imaginado escuchar ese nombre de labios ajenos.

Vereno no sabía quién era ese hombre, por lo que solo pudo seguir la conversación con creciente interés. Inclinó con ligereza la cabeza, movido por una auténtica curiosidad. Sin embargo, fue él quien terminó con una expresión de espanto cuando su padre rompió en una carcajada tan genuina que resultaba contagiosa.

—¿Un príncipe exiliado exige audiencia? —murmuró preguntando a la nada entre risas roncas, golpeando la madera de la mesa con las palmas abiertas—. Veamos qué quiere el principito.

La carcajada se fue apagando de a poco, siendo reemplazada por una expresión que mezclaba sarcasmo con una curiosa expectación. Aún sonriendo, se pone de pie con una energía que sorprende para su edad y camino hacia la salida de su despacho, su capa ondeante con cada paso que daba como si aún estuviera marchando en las fronteras por un poco de territorio.

Vereno, que lo había observado todo con el ceño fruncido, no se movió de inmediato. Permaneció sentado unos segundos más, procesando la escena. Le fascinaba cómo su padre podía pasar de una risa burlona al porte imponente de un caballero en cuestión de segundos. A veces, esa dualidad lo confundía; otras, lo aterraba, porque sabía la letalidad del ministro en el campo de batalla, había ganado cinco guerras desde que llegó a su puesto.

Fue entonces cuando su padre, ya en el umbral, se volvió sobre sus talones y le hizo una seña seca con el dedo índice, indicando que se colocara a su lado para que lo siguiera. No era una invitación, sino una orden tácita. Después de todo, algún día Vereno tendría que presentarse a los rigurosos exámenes del Imperio, y, si todo marchaba según lo esperado, cargar con el peso del legado familiar. Su padre había llegado a su puesto de esa manera, sucediendo al suyo. El ciclo debía continuar.

Vereno se levantó con algo de desgana, pero con la consciencia plena de que esas eran las lecciones silenciosas de su padre: no todo se enseña con palabras. Ajustó el cinturón de su túnica, echó una última mirada a la sala dejando atrás la tranquilidad de sus libros y salió tras él, con el eco de las botas de su padre marcando el ritmo del deber.

Como buen hijo, respetuoso y obediente, marchó a su costado, esforzándose por no quedarse demasiado atrás. El ministro caminaba con decisión, con ese paso firme y autoritario que solo un líder veterano podía adoptar sin esfuerzo. Vereno, en cambio, debía dar pequeños saltos para mantenerse a su lado, mientras su túnica le estorbaba al mover los brazos, obligándolo en ocasiones a gesticular de forma torpe o ridícula. Sin embargo, no se quejaba. No debía.

Detrás de ellos, el comandante los seguía en silencio. Apenas y podía disimular una sonrisa torcida cada vez que trastabillaba. No era una sonrisa amable. Era una mueca cargada de juicio, de sorna apenas contenida. El niño lo sintió. Lo supo en cuanto se atrevió a girar la cabeza, impulsado por el ruido seco del crujir de botas sobre el mármol. No estaban solos. Otros dos generales marchaban detrás del comandante, y sus miradas tenían el mismo brillo irónico, como si su presencia les resultara ridícula, una farsa digna de burla.

Pero él no bajó la mirada. La sostuvo, con el ceño levemente fruncido, como si eso bastara para igualar el respeto que su padre imponía con sólo respirar. Sabía que cada paso era una prueba. No solo para él, sino para el nombre que llevaba. Y los hombres que lo miraban sabían también que en algún momento sería alguien tan importante como el ministro. Por eso en ocasiones se permitían medirlo con los ojos, como si juzgaran una espada aún sin forjar, una en la que apenas se elegía el material usado.

Al llegar al exterior de la fortaleza, el aire cambió. Había viento. Un carruaje los esperaba al pie de las escalinatas: enorme, oscuro, cubierto con cortinas gruesas de lino rojo. A simple vista podía parecer una choza de sirvientes por sus proporciones, pero tenía una elegancia sobria, casi imperial. El brillo del metal pulido, los detalles tallados en la madera, y los emblemas grabados en las puertas hablaban de una autoridad que no necesitaba ostentación para hacerse respetar.

El niño se detuvo un instante frente a la puerta del carruaje: demasiado alta para él, pero insignificante para su padre, cuya estatura descomunal parecía desafiar al cielo mismo. Aquel hombre no solo imponía por su altura, sino por la forma en que llenaba el espacio a su alrededor. Una montaña de carne, hueso y voluntad, de esas que no se escalan, solo se respetan.

Uno de los generales, que llevaba una barba canosa y una cicatriz cruzándole la mejilla, le extendió el brazo para ayudarlo a subir. Era un gesto obligado, más por protocolo que por cortesía. Pero el niño lo interpretó como una nueva forma de burla. ¿Acaso creía que no podía subir por sí solo?

Con un ademán seco, apartó la mano ofrecida de un manotazo y, apretando los labios con fuerza, apoyó un pie en el estribo. Se impulsó con decisión, aferrándose a los bordes de la puerta para poder subir. Lo hizo como pudo, tragándose el dolor del esfuerzo, cuidando que su túnica no se enganchara ni su rostro revelara debilidad. Nadie se burlaría de él por necesitar ayuda. No mientras su padre estuviera mirando.

Una vez dentro, se sentó con la espalda erguida, como si con ello pudiera ganar estatura o, al menos, imponerse con algo de nobleza. Guardó silencio. El carruaje inició la marcha, deslizándose con un vaivén casi hipnótico, mientras la estructura de madera crujía de forma tenue con cada giro de las ruedas.


Frente a él, su padre ocupaba su lugar con la solemnidad de una estatua tallada en granito. No hablaba; parecía absorto, tal vez meditando sobre el encuentro que les aguardaba. Se dirigían al príncipe, a quien se le había negado el acceso por la puerta principal. Como las propiedades del ministro abarcaban territorios vastos similar a un pequeño reino, el recorrido debía hacerse en carruaje: más lento que montar a caballo, pero indispensable para cruzar los caminos cubiertos de nieve que envolvían la provincia.

Una vez frente a las imponentes murallas, el carruaje se detuvo con un crujido seco. Vereno descendió con un pequeño salto, aterrizando a un lado de su padre. Sus pies se hundieron en la nieve blanda, y la capa se arrastró tras él, dejando un rastro oscuro sobre el manto blanco. No era algo que sucediera al caminar por los pasillos pulidos de la residencia; aquí, la nieve se aferraba a los bordes del tejido con obstinación. La de su padre no corría mejor suerte, aunque nadie se atrevería a decirlo en voz alta.

Del otro lado de la reja, un grupo de hombres aguardaba, visiblemente incómodos. Sus túnicas eran ligeras, hechas para climas cálidos, lo que dejaba poco espacio a la duda: no pertenecían a esa región. Probablemente venían de un reino del sur, donde la nieve es apenas una leyenda.

El carruaje que los había traído también hablaba por ellos. Una estructura torpe, extraña, como una mala copia de los modelos del norte. Había sido construido por manos que jamás pisaron tierras frías, eso era evidente. Mal diseño, materiales equivocados, proporciones erradas. Parecía más una declaración de ignorancia que un vehículo digno de un príncipe, pero si perfecto para uno que fue exiliado.

Las rejas de metal se abrieron con lentitud, accionadas por los guardias que las custodiaban, en señal de cortesía tras la orden del ministro. Sin embargo, aun así, no les permitieron avanzar. Nadie cruza sin que su padre lo autorice. Y es raro que él lo haga. Solo unas pocas personas tienen ese privilegio: Su Majestad y un puñado de ministros que podrían contarse con una sola mano y aún sobrarían dedos.

—Querido primo, cuánto tiempo sin verte —anunció el ministro con una sonrisa tan falsa que dolía verla.

Vereno se tensó de inmediato. Giró la cabeza hacia su padre, con el ceño fruncido. ¿Primo? ¿Desde cuándo tenía familia? Y peor aún, ¿desde cuándo estaba vinculado tan directamente con el Emperador? De pronto, todo cobraba sentido: las bromas afiladas, los comentarios temerarios que su padre lanzaba sin preocuparse por las consecuencias. Claro. Nadie decapita a un hombre con sangre imperial.

—Desde que me ayudaste a escapar, primo —replicó el desconocido, siguiéndole el juego con la misma sonrisa cargada de veneno, el mismo tono que su padre acababa de usar.

Vereno sintió que el mundo tambaleaba bajo sus pies.

No solo había sido exiliado: había huido. Y su padre, su propio padre, lo había ayudado. Si eso se sabía, no solo habría cabezas rodando; habría una purga. Los hombres que seguían a Corvus, los que aún creían en la ilusión de poder, podrían caer como moscas lo cual, por un lado, sería conveniente. Pero por otro todo lo construido, su legado, su futuro podría derrumbarse.

Pero al Ministro no le afectaron en lo más mínimo sus palabras. Apenas se encogió de hombros, como si acabaran de preguntarle por el clima.

—¿A qué has venido?

—Sabes muy bien por qué estoy aquí.

Vereno no entendía de qué hablaban, pero en el fondo algo se removía, una advertencia silente que pronto se revelaría.

—He venido a reclamar lo que me pertenece por derecho —añadió el forastero con voz firme.

Y entonces, el futuro llegó.

Estaba allí por el trono. Eso era innegable.

—Aquí no lo vas a conseguir —dijo su padre, con una frialdad que helaba el aire. Podía ser cruel, sí, pero su lealtad a la corona era férrea, casi suicida.

—Te han mentido, Cassius. Yo soy el legítimo heredero. Nací antes que mi hermano. La ley es clara: el primogénito hereda el trono —. Sentencia con furia en su voz, le habían quitado un gran legado.

El nombre de su padre resonó en la sala como un golpe. Vereno no lo había oído en años, no desde que la segunda esposa del ministro murió. Una mujer a la que, en algún momento, llamó madre.

—Nadie te va a creer —espetó Cassius con voz baja, pero cortante como acero.

—No necesitan creerme —respondió el desconocido, y esta vez su sonrisa era pura amenaza, despojada de toda cortesía—. Solo necesito que escuchen. Una chispa basta para encender la hoguera.

Dio un paso al frente, su voz envolvía la sala como humo espeso.

—Hay ministros que lo detestan. Odian que intente gobernar con amor, con justicia. Tú sabes tan bien como yo que eso no basta. Afuera, en las fronteras, los enemigos se agrupan como buitres, esperando el mínimo error para invadir. Y mientras tanto, son tus hombres los que mueren… los que se desangran por defender un imperio que ya no inspira miedo, solo lástima.

Terminó su discurso con una calma que helaba la sangre. Pero Cassius, como una estatua tallada por la guerra, no mostró ni una grieta de duda.

—¿Y tú? —preguntó, seco como hojas quemadas por el frío invierno—. ¿Qué pretendes hacer con el reino?

—Devolverle su grandeza —dijo el hombre sin titubear—. Quiero que vuelva a ser lo que fue cuando mi padre reinaba. El Imperio se extendía como una tormenta. Nadie se atrevía a alzar la voz contra nosotros. Tú estabas ahí, Cassius. Luchaste a su lado. Sabes de lo que hablo.

Y lo sabía. Vereno lo notó en sus ojos, en ese destello que cruzó por su rostro por menos de un segundo. Su padre había estado allí, doce años atrás, cuando el antiguo Emperador cayó en batalla… el mismo día en que su madre murió.

Un reino perdido. Una corona manchada. Y ahora, un fantasma regresaba a reclamarla.









Capítulos
1. CAPITULO 1
¡Cuéntale a Mickeal lo que piensas sobre este capítulo!
Me encanta

1

Me encanta

Divertido

0

Divertido

Picante

0

Picante

Suspense

0

Suspense

Emotivo

0

Emotivo

Profundo

0

Profundo

Alentador

0

Alentador

Impactante

0

Impactante

Bien escrito

0

Bien escrito

Trama absorbente

0

Trama absorbente

Buenos personajes

0

Buenos personajes

Diálogos potentes

0

Diálogos potentes

Otras recomendaciones

Destino Secreto

Karin Rogowski: Gut geschrieben und beschrieben. Die Charaktere und Situationen sind stimmig und nehmen einen gefangen. Mich hat das Buch ab der ersten Zeile fasziniert, genau wie die anderen Bücher davor. Sehr guter Schreibstil und eine sehr gute Übersetzung, nebenbei bemerkt. Dankeschön, dass Du Deine Bücher ...

Leer ahora
Die Wölfe von Welby

maryketteler: Ich bin von diesem Roman sehr angetan. Es handelt sich um eine wunderschöne Geschichte, die durch ein tolles Happy End abgeschlossen wird.

Leer ahora
 Mehrfach zurückgewiesene Gefährtin

Silvia: Sehr schön geschrieben, mit Spannung von Anfang bis Ende. Tolle Geschichte .

Leer ahora
A Blessing in Disguise

Roxann: This was an amazing book. The characters and plot were amazing and you are an awesome writer. Every book I have read by you is just amazing. I thank you and on to the next ❤️

Leer ahora
Sweet Caroline

Doridoo: I really enjoyed this story and had trouble putting it down at 2:00 in the morning but couldn’t read more due to blurry eyes! I even reread the chapter I left on so I could relive it again. The story had me tear up and gasp in parts. I Look forward to more stories from this author. Now I need to ca...

Leer ahora
The Grumpy Next Door

Rikke: It’s a nice feel good story. It’s funny, romantic and absolutely perfect for a Saturday morning with your morning coffee.

Leer ahora