Los niños que domaron la noche

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Sinopsis

¿Qué pasaría si en el mundo de hoy, después de una pandemia, sobrevivieran sólo los niños? Un grupo de niños y adolescentes procuran vivir en un mundo desolado  Sobrevivir a las últimas reglas que les dejaron... Sobrevivir a los recuerdos descompuestos... Sobrevivir a ellos mismos... No hay nada más inspirador que la vida real.

Genero:
Scifi/Action
Autor/a:
Andrea Senna
Estado:
En proceso
Capítulos:
7
Rating
n/a
Clasificación por edades:
18+

Regla número 1: Olvida tu nombre

"Venimos a este mundo a perderlo todo"

Isabel Allende, en tiempos de pandemia.

PRIMERA PARTE

REGLAS

Regla número 1/ Olvida tu nombre

Neñé llegó corriendo hasta la casa, pateó la puerta para luego cerrarla de un portazo. Nino y Cani lo miraron, el primero con curiosidad, Cani trató de poner su típica cara de reproche, pero fracasó, como generalmente lo hacía al tratarse del más pequeño del grupo. Neñé ignoró a ambos y pasó corriendo a toda velocidad escaleras arriba. Nino y Cani se miraron extrañados. El encuentro de sus miradas duró poco, porque inmediatamente recorrieron el mismo entrar violento de Minos, que con furia comenzó a recorrer el lugar, buscando, como si estuviera en plena caza.

– ¿Dónde está ese pequeño demonio? – gritó enfurecido.

Nino y Cani se miraron nuevamente, ahora cómplices, ahora comprendiendo toda la secuencia.

–¿Qué hizo esta vez?– preguntó Nino.

– Volvió a interferir.

–¿Qué estabas tratando de cazar? –preguntó Cani sin poder evitar que la diversión se resbalara de su rostro.

–Un gato.

–No lo hemos visto –mintió Cani.

Minos salió de la casa todavía bufando. Nino soltó una risita divertido, volvió a concentrarse en afilar sus flechas y Cani siguió tensando el arco, y asegurando los nudos en silencio.

–Después no te quejes cuando te acusen de favoritismo– le dijo Nino a Cani luego de un silencio con sonrisas a medio camino, cuando terminó de afilar las flechas y comenzó a amontonarlas en el pequeño soporte de madera–. Y tenés que dejar de contarle cosas de antes, es tu culpa que sepa que los animales alguna vez fueron mascotas... además de que va en contra de las reglas de Augusto.

—Neñé es un niño, todavía no entiende cómo es este mundo– se excusó Cani–. Y Augusto ya no está para seguir imponiendo sus reglas.

–Todos somos niños– replicó Nino– y si seguís protegiéndolo no va a durar mucho, ¿sabés eso, no? tiene que entender cómo es este mundo– soltó un suspiro– y esas reglas son las que nos han mantenido con vida hasta ahora.

Cani suspiró. Sabía que Nino tenía razón, pero no pretendía decírselo, darle la razón no lograría que no dejara de presionarla y todavía no estaba preparada para ser cruel con Neñé. Tomó su arco, un atado de flechas y se levantó sin hacer contacto visual con Nino.

–Voy a cazar palomas– se limitó a responder.

Salió de la casa que estaban ocupando esas semanas. Todo se veía igual de desolado y roto que siempre, la degradación de las calles que los primeros años le había llamado tanto la atención, ahora se volvía parte de la monotonía. Así todo, no pudo evitar sentir el vacío estrujándole el estómago, no pudo evitar sentir el recuerdo rascándole la nuca. Pero como de costumbre, se guió a sí misma en la necesidad de ignorarlo, esa era otra costumbre demasiado arraigada: mirar y analizar el ambiente sin observar en profundidad, sin alcanzar los significados detrás de la decadencia.

Miró hacia el horizonte, el atardecer no demoraría en llegar. Apuró el paso hacia el sur, sabía que había una arboleda importante en lo que en otro tiempo debería haber sido un parque. Rogó que todos ya estuvieran camino a casa. Estar de noche afuera era peligroso e iba contra de las reglas.

Cuando llegó hasta los árboles sonrió, esa era definitivamente la hora perfecta para cazar pájaros, todos se arremolinaban y peleaban entre las ramas, preparándose para la noche. Por lo tanto, poca atención le prestaban a la humana que les apuntaba con flechas desde abajo. Lanzó una, dos, tres, hasta cinco veces. Cayeron tres grandes palomas atravesadas por las saetas cuidadosamente afiladas. Se sonrió, realmente cada vez se volvía mejor en eso. Tomó las aves y se dirigió de vuelta a casa. Pasó junto a unos juegos oxidados que todavía se podían distinguir a pesar de la maleza crecida, definitivamente ese había sido un parque, se sorprendió al descubrir que aún quedaba un columpio en pie. Quizás podría traer a Neñé antes de que se fueran. Sonrió ante la visión, pero después se reprochó a sí misma. Nino tenía razón, no podía seguir tratando a Neñé como un niño de los viejos tiempos, a pesar de tener cinco años y ser el más pequeño del grupo, debía aprender a sobrevivir, como cada uno de ellos.

Recorrió a trote el camino de vuelta a casa, mientras las aves muertas se balanceaban de un lado a otro en su espalda. Había aprendido a moverse sin hacer mucho ruido, a caminar e incluso correr sigilosamente, a comportarse como una sombra durante la noche. Por eso, Nino y ella eran los únicos que tenían permitido llegar después del anochecer, e incluso salir en la noche misma cuando era absolutamente necesario. Cualquiera, a excepción de ellos dos, que intentara la hazaña, era probable que no llegara vivo al amanecer.

Llegó sin problemas al vecindario en el que vivían momentáneamente, siguiendo con el oído sólo el arrumo del viento. Sin embargo, apenas unas cuadras antes de llegar, un ruido la puso en alerta. Tensó su arco inmediatamente y buscó el origen. Se mantuvo estática y se posicionó, lentamente en una esquina sombría que la ocultaba de la poca luz que agonizaba en el horizonte. Volvió a escucharlo, sonaba como un roedor moviéndose entre bolsas de residuos. Miró hacia los contenedores de basura, pero lo que vio no fue ninguna rata, sino un pie pequeño que se deslizaba, intentando ocultarse detrás de un cubo de basura. Comenzó a acercarse lentamente, sin que aquello lo notara. Cuando estuvo de frente, todavía con su arco tensado, se encontró con un par de ojos asustados en un rostro demacrado. Una niña de unos once, doce, años (la desnutrición le hacía que fuera difícil adivinar) la miraba pidiéndole compasión. Sin embargo, el concepto de compasión había cambiado mucho en los últimos cuatro años y medio, Cani sabía que, probablemente, sería más piadoso o compasivo colocarle una flecha en el corazón y que no tuviera que soportar la desidia de los días, los gritos de la noche. Se veía tan frágil que probablemente no sobreviviría mucho más, su cuerpo era definitivamente el campo de batalla, y estaba perdiendo la guerra. De todas formas, bajó la flecha y le ofreció la mano.

–Seguime.

Es todo lo que le dijo, y la niña tomó su mano temblorosamente, dejó que la joven la levantara y la arrastrara primero hasta darse cuenta de que le era imposible caminar y levantarla en los brazos como un bebé. Llegaron a la casa y encontraron a todos reunidos en el comedor. Las miradas se dirigían alternativamente a Cani y a la niña que trataba de mantenerse de pie detrás de ella. Pero Cani no les prestó atención.

–Meri– llamó a la niña de trece años, quien se levantó de inmediato y se dirigió hasta ellas– haz que se bañe y que coma algo– le ordenó.

–Sí, Cani– respondió de inmediato y tomó la mano de la niña para llevarla hasta el baño que estaba al final del pasillo.

–Vas a tener que cargarla.

Por suerte Meri era lo suficientemente corpulenta y fuerte para tomar a la niña de la cintura y llevarla a través del pasillo, como si se tratara de una muñeca de trapo.

Cani se acercó hasta el grupo de seis chicos sentados alrededor de la chimenea y tomó su lugar al lado de Nino. No lo miró, aunque podía percibir su mirada enfurecida por el rabillo del ojo. Sabía exactamente cuáles iban a ser sus palabras. Habían estado juntos durante tres años y había sido el tiempo suficiente para llegar a conocer cada una de sus caras y poder adivinar el enfilamiento de sus pensamientos con tan solo dar una mirada rápida a su rostro o sentir como su postura corporal se tensaba.

–Cani– la llamó Nino tratando que lo mirara.

Cani suspiró y le dirigió su atención sin ocultar el cansancio que le provocaba ese encuentro de miradas. Entendió que esa vez no se iba salvar de su reproche. Se levantó de su lugar para que Nino la siguiera, cuando estuvieron lo suficientemente lejos del grupo de niños, Cani se cruzó de brazos, señal suficiente para permitirle la palabra a Nino.

–Dijimos que ya no más...

–¿Qué querías que hiciera?– lo interrumpió para preguntarle con frustración– ¿Qué le pusiera una flecha en el pecho?

–Podrías haberla dejado simplemente.

–Dejarla sola en la noche es lo mismo que matarla.

–No es nuestro problema.

–Así como nosotros no fuimos el problema de nadie, Nino, no podemos hacerle lo mismo que nos hicieron.

–Ya somos demasiados, grupos grandes...

–Tienen menos posibilidades de sobrevivir –terminó Cani– no repitás las palabras de Augusto, ya lo hemos escuchado muchas veces.

–Y vos no lo entendés... además, ¿la has visto? ¿La has visto realmente, Cani? No es otra cosa un trasto para arrastrar, está muy débil, no va a sobrevivir.

–Nino, hace meses que no encontramos a nadie, ¿cuánto ha pasado desde Wara? Probablemente no volvamos a encontrar a nadie más...

–Eso me dijiste cuando encontramos a Re...

–¡No digas su nombre! –casi gritó Cani y sus ojos se nublaron un poco.

–Nino– dijo Minos tratando de matizar el enojo de Nino –Cani tiene razón...

Ninguno de los dos había notado cómo el muchacho se había acercado lentamente a ellos para escuchar la conversación. Minos, con sus dieciséis años y medio era el tercero más grande del grupo, después de Nino y Cani. Nino y Minos eran hermanos, hecho que se había convertido en una coincidencia exótica en esos tiempos.

–Vos, callate– respondió Nino enojado, e hizo un ademán de abandonar la habitación.

Sin embargo, Cani tomó su mano antes de que pudiera moverse y lo miró suplicante.

–Por favor, Nino... dejá que se quede, es una niña, no hemos encontrado muchas niñas... por favor, es la última vez, es la última vez que me dejo llevar...

Nino la miró, exhaló aire lentamente y con una mueca cansada aceptó. Cani no suplicaba nunca, era tan fuerte como él, ninguno de los otros niños había visto jamás algo así en la mujer más grande del grupo, sólo Nino había visto las pocas debilidades que se permitía y ahora Minos, quién la miraba sorprendido.

–No te creo, pero está bien.

Cani le sonrió ampliamente, y aunque Nino no le correspondió la sonrisa se sintió más relajada. Inmediatamente volvió a tomar control sobre su personalidad de mando, dejando en un pequeño paréntesis las emociones de su ruego. Tomó las aves que había dejado en la entrada de la casa para acercárselas a Oti, un niño de doce años cuyo cabello oscuro ya estaba demasiado largo y desordenado y caía sucio sobre sus hombros.

–Limpialas– le ordenó.

–¿Por qué yo?– se quejó–. No sé cómo se hace.

–Por eso te toca– respondió con su típico tono seco y autoritario, dirigió entonces su mirada a Minos y suavizó un poco la voz antes de seguir–. Explicale qué tiene que hacer– Minos asintió con la cabeza –pero quiero que lo haga él solo, nada de ayudarle.

Oti bufó, pero se puso de inmediato de pie cuando Minos le ordenó poner una cacerola con agua en el fuego. Esta vez, Nino, que había vuelto a sentarse frente al fuego, le dedicó una sonrisa irónica, Cani le respondió poniendo los ojos en blanco. Los demás los observaron sin entender la conversación silenciosa que habían llevado a cabo. Pero Cani sabía que se estaba burlando de ella por su tono autoritario ante Oti, lo usaba excesivamente con él porque era el más rebelde del grupo y le costaba seguir las reglas. Sin embargo, por el otro lado, dejaba que Neñé se saliera con la suya, aunque las rompiera también.

Cani se dirigió al baño, donde las otras dos únicas chicas del grupo, incluida la recientemente añadida, se encontraban. Ingresó sin golpear la puerta y encontró a la nueva niña sentada en un gran fuentón y a Meri pasándole la esponja por la espalda. Recorrió con la mirada su cuerpo desnudo. Tenía varios cortes y contusiones en las piernas y brazos, y se notaba que no había comido apropiadamente en un largo tiempo.

–¿Cómo estás?– le preguntó Cani a la niña.

–Bien– se limitó a responder.

Cani no pudo evitar sorprenderse. Los últimos dos niños que se habían sumado al grupo se habían negado a hablar en un principio. Incluso Wara, que había sido el último en sumarse, todavía era reacio a soltar palabra. No pudo evitar sonreírle.

–¿Has comido algo?

–Sí.

Vio un par de latas vacías al costado, que probablemente Meri le había traído y volvió a sonreírle. Le trajo ropa limpia y cuando estuvo lista la llevaron frente a la fogata. La niña se sentó entre Cani y Meri y recorrió con su mirada a cada uno de los niños que formaban la semi ronda. Al notarlo, Cani empezó a presentarlos.

–Él es Wara– dijo señalando al niño trigueño de catorce años que estaba en el extremo izquierdo, este se limitó a realizar un movimiento de cabeza a modo de saludo– Neñé– continuó con una sonrisa inevitable indicando al más pequeño del grupo que estaba medio dormido sobre el regazo de Wara, y que cuando escuchó su nombre se sentó de inmediato y miró a la nueva integrante.

–Hola– dijo con una sonrisa y se acercó a abrazarla.

Ella no fue capaz de reaccionar, pero Neñé volvió a su lugar sin notar su reacción y sentirse ofendido ante ella.

–Jere– se introdujo el joven sentando junto a Neñé, era alto, un poco desgarbado y estaba alrededor de sus quince años.

–Mi nombre es Cani– se presentó y luego señaló a Meri– como ya sabés, ella es Meri.

–Minos– dijo el joven de cabello oscuro cuyo parecido con Nino era cada día más palpable.

–Nino– dijo el integrante de mayor edad del grupo.

–Oti– gritó desde la cocina en donde estaba desplumando las palomas.

La niña fue mirando uno a uno mientras los presentaban o decían sus nombres, tratando de asentir con la cabeza o dar como respuesta una especie de sonrisa.

–Para ser parte de nosotros– comenzó Nino haciendo que ella centrara su atención en él– tenés que olvidarte del nombre que te dieron tus padres y encontrar uno nuevo. El nombre que te dieron es parte del mundo viejo y ya no estamos en ese mundo. Esas son las reglas de Augusto.

–¿Quién es Augusto?– preguntó la niña.

Todos se miraron entre sí, pero Nino contestó sin inmutarse.

–Es nuestro líder.

–¿Qué nombre puedo elegir?– preguntó entonces la niña.

–El que vos quieras, no importa si es de varón o es de mujer, no importa si es inventado o no.

La niña miró al fuego pensativa por un rato y luego dijo.

–Lotari, mi nombre es Lotari.

–¿Estás de acuerdo Neñé?– preguntó Nino. Todos dirigieron la mirada al más pequeño del grupo.

–Lotari– pronunció Neñé sin problemas.

Maldito niño pensó Cani con una sonrisa.

Si Lotari sobrevivía en el grupo el tiempo necesario, podría escuchar la historia que se ocultaba detrás del nombre de cada uno de ellos, y si, incluso, vivía lo suficiente, podría contar la historia detrás de su elección.

No había pasado mucho tiempo en el que Wara, el anterior nuevo integrante del grupo, se había atrevido a preguntarle a Cani qué significaba su nombre y por qué lo había elegido.

–En realidad elegí Caín– explicó ese día con una sonrisa entre irónica y nostálgica.

Exactamente como el de la biblia. Antes de todo eso, en su otra vida, iba a la iglesia con su madre y sus tres hermanas, formaba parte de la acción católica y era una buena niña en todo sentido que pudiera ser cultivable. Había leído la biblia por cuenta propia a los once años y el génesis era, sin duda alguna, unos de los libros que más había disfrutado y, por lo tanto, releído varias veces. Siempre le había llamado la atención la historia entre Caín y Abel, y de una manera que nunca había sido capaz de confesarle a su catequista ¿Por qué dios siempre prefirió a Abel, si Caín buscaba trabajar para él de la misma forma que su hermano? ¿Por qué Abel no se preocupó por ayudarlo a ganar el amor de ese dios? ¿Por qué Caín se quedó solo, antes, mucho antes de matar a su hermano?

Lo que Cani en realidad pensaba era que todos los padres siempre tenían a sus preferidos y actuaban en consecuencia. Por eso, cuando el mundo cambió, cuando se quedó sola, sin su hermana y Augusto les dijo que debía olvidar todo sobre sí misma, quiso ese nombre para ella misma, quiso llevar la etiqueta de quien no fue elegido por dios y se quedó solo en el mundo, en su dolor, en su venganza inútil.

Llevó ese nombre durante casi un año, hasta que apareció Neñé. Cuando le preguntaron al niño cómo se llamaba respondió Neñé, cuando le dijeron que podía elegir otro nombre siguió diciendo Neñé. Nunca supieron si era un apodo o un acortamiento de su propio nombre, pero tenían claro que definitivamente no era el que le habían colocado sus padres y por eso lo aceptaron.

El problema fue cuando intentó decir el nombre de los demás. Con Nino, Minos y Jere, que conformaban el grupo en ese momento, no tuvo inconvenientes, pero cuando quería decir Caín, lo único que era capaz de pronunciar era Cani, la chica terminó resignándose, e incluso después terminó queriendo más este nombre que el primero, este era nuevo, y sin las marcas de resentimiento que había querido guardar en Caín. Se sintió, de alguna forma, nueva. Cani no tenía recuerdos ni ataduras al pasado, no arrastraba el dolor de la orfandad. Cani era, en cambio, el nombre de una hermana mayor. Por lo que se sintió feliz cuando los demás integrantes del grupo empezaron a decirle Cani al igual que Neñé.

Procesos similares vivieron Oti y Meri, que se agregaron posteriormente al grupo. Oti en realidad había elegido Odín, pero el niño terminó simplificándolo y todos terminaron diciéndole, igualmente, Oti. Meri había querido llamarse Merlín, como el mago, pero cuando de la boca de Neñé había salido Meri todos aceptaron este último como bautizo final.

–Bienvenida Lotari– dijo entonces Nino y le dedicó una sonrisa.

Lotari sonrió por primera vez ante todos. Aceptó de esa manera, sin saberlo, la primera regla del grupo.

Olvidá tu nombre, era una exigencia de olvidar el pasado, olvidar la vida que habían tenido antes de la pandemia. Para los más pequeños era más fácil, para Nino, Cani, Minos y quizás Jere, olvidar era búsqueda constante, que empezaba con romper sus nombres, con arrancar los recuerdos que se anidaban cada vez que salían a las calles, cada vez que se encontraban con un espacio que alguna vez recorrieron, en otra vida, cuando no les dolía y les faltaba el mundo.

Recordaremos cuando dejemos de sobrevivir decía Nino.

Nadie preguntaba cuándo iba a ser eso. Había demasiados muros de miedo que ocultaban la respuesta.