No entregues después de las 12

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Sinopsis

Después de perder su trabajo por un accidente en la planta química, John es el nuevo repartidor en una unidad departamental llena de inquilinos misteriosos. Tan extraños son los comportamientos de todos, que recibe un manual con reglas extrañas para sobrevivir. Un homenaje a las historias de horror de Reddit de reglas.

Estado:
Completado
Capítulos:
4
Rating
n/a
Clasificación por edades:
16+

Capítulo 1

Mi nombre es John y acabo de conseguir un peculiar trabajo como repartidor, para un viejo edificio de departamentos. Recién me despidieron de la metalúrgica, tomé mis pertenencias del casillero y subí a mi moto para conducir a toda velocidad. No había sido mi culpa, pero fui yo a quien encontraron ahí. Traté de salvarlo… lo que quedaba de él terminó colgando de mi mano. El supervisor me dijo que debía sentirme afortunado de no enfrentar cargos. Lo tomaron como un accidente laboral y avisaron a la familia. «Solo vete», me dijeron.

Apenas pasaba mediodía, así que antes de angustiarme y ponerme a pensar qué iba a hacer con mi vida, empecé a derrochar gasolina dando vueltas al azar, y di con uno de los barrios más lejanos. Me llamó la atención la sobria antigüedad de la unidad departamental, con sus pilares rectangulares, sus ventanas repetitivas, y un color arena en el que se distinguían las grietas.

Desentonaba, pegada en el exterior del cristal de la recepción, una cartulina fluorescente que con rotulador grueso decía: ESTAMOS CONTRATANDO. No pude soportar la tentación. Me estacioné sobre la acera y subí la corta escalinata para preguntar. No me importaba cuál fuera la vacante, con tener algo seguro podría olvidarme de los días más recientes. Al abrir me encontré con Greg, un hombre de baja estatura que se acariciaba el cabello escaso. Parecía caricatura con sus zapatos bien lustrados, la camisa fajada por encima de la cintura y los breves tirantes que hacían resaltar el moño morado en su cuello.

Al verme interrumpió una llamada que le tenía estresado. Colgó, cerró un cajón con llave, y tras guardarlas en el bolsillo me tendió la mano para presentarse. Fue un apretón firme, con mirada fija. Pasamos a la oficina y cerró la puerta. Me explicó que el trabajo sería de repartidor, y cuando mencioné emocionado que tengo motocicleta propia, guiñó un ojo. No iba a ser necesaria, todos los pedidos que hicieran los inquilinos los surtiría a pie desde la tienda de conveniencia, anexa a desnivel entre la planta baja y el estacionamiento subterráneo. El horario sería de las 4 de la tarde a las 11:59 de la noche. Bastante específico a mi parecer. Se me iba a pagar un sueldo base y una comisión según la cantidad de pedidos entregados. Sonaba alentador.

—¿Y qué se hace si en la tienda no tienen lo que buscan? —pregunté.

—Siempre lo tienen, hijo. Aquí viven parejas pensionadas que se detestan, haraganes con herencia que la quieren gastar poco a poco, uno que otro soltero sin ambición. Nadie sale tanto de la rutina por aquí. Suele ser lo mismo —respondió Greg, deambulando por la oficina y abriendo con los dedos las persianas horizontales. Eso sería verdaderamente fácil, pensé. Pero Greg extendió una carpeta de cuero y sacó despacio una hoja impresa por ambas caras.

—Apréndete esta lista y todo será pan comido. Falla en una y… bueno, ni yo sé qué llegue a pasar. Si tienes dudas, házmelo saber antes de que continúes.

Tomé la hoja con ambas manos y asentí, para preguntar cuál era el siguiente paso. Greg se sentó en su butaca, apoyando los codos en los descansabrazos. Se quedó pensando con los ojos cerrados. Después de un corto silencio, los abrió y dijo:

—¿Puedes empezar hoy?

Yo accedí encantado, eran las 2 de la tarde entonces y en esas 2 previas podíamos empezar a conocer los detalles. Me gustaba tener un lapso de ventaja. Él reaccionó con un aplauso y se levantó de golpe.

—Genial, espera aquí. En un momento regreso —escuché después las teclas de un teléfono de baquelita y el murmullo ininteligible del sujeto. Me puse a leer la lista, llena de indicaciones curiosas que se volvían más complejas al avanzar.

INSTRUCCIONES PARA EL REPARTIDOR

Entre paréntesis, más abajo, había una leyenda: «Apremiante seguir al pie de la letra».

1.Si necesitas llamar a emergencias, usa el teléfono de la oficina de Greg.

2.Si la señora del 105 te pregunta qué día es, dile que es lunes. Si te contradice, ignórala. Piensa que el viernes se va a acabar el mundo.

3.La puerta 209 se abre sola. Deja el pedido y no te asomes. Ellos dejan el dinero debajo de la maceta.

4.Si la anciana del 302 te pregunta por mi hija, dile que está bien. Si dice «hijo», no la mires a los ojos y vete de ahí.

5.En el 304 no hay nadie. Ignora los mensajes que provengan de ahí.

6.Si ves al señor del 306 mover una ficha de las damas inglesas, tú mueve una, solo una. Piensa la jugada, hazla y retírate.

7.Si ves un gato sobre la jardinera, dile que no es su lugar y que se vaya. Te va a entender.

Las tres últimas estaban resaltadas y en tamaño de fuente mayor:

8.Respeta los señalamientos de «Solo personal autorizado» que veas en algunas puertas. Ni siquiera Greg está autorizado para abrirlas.

9.Por lo que más quieras, no le entregues al mismo tiempo a la 404 y la 405. Termina de atender una a la vez.

10.No recibas nada de los inquilinos, más que el dinero de sus compras. No toques nada ni pongas un pie en los departamentos.

11.Jamás entregues después de las doce en punto. A las 11:59pm deja de ver el móvil y marca tu salida.

Me puse a leer el reverso de la hoja, por si había más indicaciones extrañas, y solo me encontré con los detalles que ya habíamos hablado sobre la vacante y la paga.

La puerta de la oficina se abrió y un suave olor a alcohol etílico me llegó a la nariz. Greg entró con un móvil para mí. «Aquí tienes John, esta es tu herramienta de trabajo» me dijo, y lo recibí en mis manos. Tenía la pantalla un poco cuarteada, pero estaba funcional para lo que era. Se le evaporaba la huella del alcohol con que se había limpiado.

Lo examiné y entré a la aplicación de mensajería instantánea. Tenía un grupo llamado «PEDIDOS» que contenía los contactos de todos los vecinos nombrados según su número de apartamento.

—¿Tienes alguna duda? —preguntó Greg y negué con la cabeza, levantándome de la butaca. Me tomó por el hombro y nos dirigimos a la recepción, donde me esperaba una mochila cúbica en la que cabrían los pedidos.

—Con esto será suficiente espacio para ti, y los viajes serán más cómodos —agregó.

La mochila era una estructura de aluminio con alambre, acolchada en las correas y con revestimiento térmico. Ahora nos dirigimos al recorrido por el edificio. Tenía un amplio patio central, con jardineras que más bien parecían areneros, y algunas mesas con sillas que acumulaban óxido. No había gente ahí. Supe desde el comienzo que eso era normal. Un pasillo estrecho nos llevaba por todo el perímetro. Estaba lleno de pilares cuadrados detrás de los cuales las sombras se hacían más densas. Ahí teníamos las puertas de la planta baja, todas idénticas, grises y más delgadas de lo usual, cada una con una pequeña bombilla encima para iluminar. Los números eran de latón.

Los cuatro pisos estaban conectados por escaleras en espiral de concreto liso. Eran dos, puestas en esquinas opuestas. La luz no llegaba a abarcar todo y de pronto se me confundían los escalones. Al llegar al cuarto piso vi el primer señalamiento de «Solo personal autorizado». Esa puerta no parecía llevar a un departamento, sino a un almacén de escobas y productos de limpieza. Más allá, en un área despejada, se veía una columna de luz. Una escalera de servicio llevaba al techo. Subimos y una brisa nos llegó a las caras. Nos paramos juntos a contemplar la ciudad cerca del borde. Se alcanzaban a escuchar las turbinas de los aires lavados y el murmullo de los automóviles de abajo. Era la hora pico. Greg sacó una cajetilla de cigarros y me ofreció uno. Con uno entre los labios, me dijo:

—Tranquilo, John, no es una prueba. ¿Fumas? —lo recibí y él me lo encendió—. ¿Sabes qué es lo que me tranquiliza? —la nube de humo salió de su boca con rapidez—. Que si las cosas se ponen difíciles, me puedo ir en cualquier momento —y caminó para dar una breve mirada al tráfico. Se volvió hacia mí, señalándome con el cigarro—. Te recomiendo lo mismo, hijo, y el trabajo dejará de ser una tortura. ¿Vienes? —lo seguí tras terminar el mío, y bajamos hasta recepción. Ya se acercaba la hora.

El móvil empezó a vibrar. Me despedí de Greg y bajé a la tienda de conveniencia con la mochila puesta, para ir leyendo la lista en el camino. Había dos personas en diferentes pasillos viendo las presentaciones de las papas fritas y las cajas de cereal. Creí que era buena idea llegar a la caja primero, para presentarme, pero el sonriente joven se me adelantó.

—¡Chris! Bienvenido, ¡qué gusto verte! —ignoré su saludo y extendí la mano diciendo mi nombre correcto.

—Soy John, ¡mucho gusto! Nos veremos seguido por aquí —dije, y él la estrechó sin dejar de sonreír.

—En lo que pueda ayudarte, ¡aquí estamos! —señaló con el brazo a todo el interior de la tienda, y volvió a su puesto ante la registradora. Era un sujeto amable pero extraño.

Bajé la mirada a la pantalla y el grupo ya estaba lleno de mensajes. Debía darme prisa si quería llevarme ese bono de entregas.

-Para el 101, dos botellas de agua y cuatro limones.

-Para el 203, un galón de leche y croquetas para cachorros.

-Para el 106, seis latas de cerveza y un paquete de vasos desechables.

Así fueron un total de ocho entradas. Una lista ordinaria, con artículos que cabía esperar. Tampoco vi los números de los departamentos riesgosos. Sería un inicio tranquilo. Sin embargo, cuando dejé las cosas en la banda transportadora, recordé que Greg no me había facilitado dinero para esta primera compra. ¿O debía ir a los departamentos a recoger el dinero antes? No tuve de otra que preguntarle al chico.

—Entregas y bajas a pagar, Chris, como lo hacemos siempre —dice.

—Soy John —respondo. Lleno la mochila y subo a hacer las entregas. Regreso para pagar. Me sorprende que ya tiene el ticket impreso para entregármelo. Pienso que esta gente es demasiado confiada.

Mientras repartía, vi por primera vez la ropa tendida, un par de personas en sus mecedoras, tomando aire en los pasillos. Eso me dio un alivio extraño. En el primer recorrido, habría jurado que el edificio estaba deshabitado.

*Los derechos de este capítulo están registrados bajo el número: 2204080887355