1. Empezando con buen pie

«La ciudad de Madrid se enfrenta este domingo al que puede convertirse en el día más caluroso de la historia. La capital podría superar los 40°C de máxima y los 25°C de mínima en la segunda racha de temperaturas elevadas del verano. La Agencia Estatal de Meteorología prevé para los próximos días un aumento considerable de unas temperaturas que ya estaban siendo elevadas…».
La radio suena de fondo contándonos lo que ya todos los madrileños sabemos gracias a la visita de una tremenda ola de calor mientras soy derretida cual helado fuera del congelador. Estoy tirada en la silla de la cocina con la cabeza fija en el ventilador de techo que gira y gira provocando tan solo una leve brisa calentorra.
El aire acondicionado es solo para los más pudientes. Y lo peor de todo es que nosotros formamos parte de ese pequeño grupo de personas con dinero que pueden permitirse pagar una elevada factura de luz por tener el aire todo el día puesto, pero la señora Martínez se niega a pagar tantos impuestos. Dice que está cansada de matarse a trabajar para que luego vengan otros a cobrarse lo que no es suyo por “tocarse los huevos a dos manos”. Panda vagos, los llama.
Pero yo no voy a volver a sacar ese tema de conversación a colación. La última vez que se me ocurrió hacerlo me llevé una reprimenda delante de todo el instituto porque “soy una jovencita derrochadora que en la vida ha pasado penurias y que me quejaba por gusto”.
—Oye, Gon, ¿te has parado a meditar alguna vez sobre el sentido en el que giran las aspas del ventilador? En teoría su recorrido es el mismo que el de las agujas de un reloj, pero si lo observas con detenimiento verás que en realidad van en sentido contrario. Qué curioso, ¿no?
Mi hermano, que está sentado a mi lado jugando a un juego del móvil, alza la mirada para encontrarme embobada con el ventilador. Por supuesto, no puede dejar pasar la oportunidad de meterse conmigo. Se incorpora apoyando sus brazos en los laterales de la silla y sonríe.
—Voy a descubrirte un mundo nuevo con esto que te voy a decir: está activada la función verano.
Me quedo en silencio con el sonido de las aspas de fondo sin entender el descubrimiento que supuestamente mi hermano acaba de hacerme mientras le observo más confundida que una cucaracha patas arriba.
—¿Y se supone que tú eres la lista de la familia?
Con su comentario se gana una colleja en la nuca que le es imposible de esquivar. Lo dice porque la media de mis notas no baja del nueve, pero no porque sea lista ni porque haya nacido superdotada, sino porque me mato a estudiar y llevo todas las asignaturas al día. Todo esfuerzo conlleva sacrificio. Espera, no era así, ¿no?
—Es que no sé si te estás queriendo quedar conmigo, idiota.
—No, hermanita, verás. Hay ventiladores de techo, como es el caso del nuestro, en los que puedes activar la función invierno o la función verano. En la primera, las aspas giran en el sentido de las agujas del reloj para desplazar el aire frío hacia arriba mejorando la eficiencia energética de la calefacción, y cuando giran en sentido contrario, como ahora, hacen subir el aire caliente proporcionándonos una sensación de frescor.
—¿Desde cuándo eres tan listo, hermanito? —Sonrío, orgullosa, ante su explicación.
En verdad solo me he quedado con que en verano giran hacia la izquierda y en invierno hacia la derecha sin comprender muy bien el por qué, pero eso no va a quitarle el mérito de tan elaborado discurso.
—Desde que algún iluminado decidió inventar San Google, deberías probarlo de vez en cuando —contesta él enseñándome la pantalla de su teléfono.
Le hago burla con mi cara y él suelta una carcajada.
—Tranquila, sigues siendo la más lista de la familia.
El sonido que emiten los tacones de mi madre contra el suelo hace eco por toda la casa mientras termina de arreglarse para que podamos arrancar y, de un momento a otro, asoma su cabeza por la puerta de la cocina.
—Bueno, ¿qué?, ¿estáis listos? —La doña entra en escena.
—Desde hace tres horas, mamá —suspiro con pesadez.
—¡¿Cómo que estáis?! —dice mi hermano con la mayor de las preocupaciones pintada en su rostro.
—¿No piensas venir a despedir a tu hermana?
—Pues… lo cierto es que tenía planes.
—Pues los cancelas —comenta abriéndose paso para recoger la merienda de la mesa—. ¿Has terminado con esa magdalena? —Señala el bollo descuartizado que mi hermano se ha dejado a la mitad.
—Sí, pero, mamá… —intenta rechistar.
—Ni peros ni manzanas, ¡súbete al coche ahora mismo, Gonzalo!
—¡Que no me llames Gonzalo, que me traumas!
—¿Y cómo quieres que te llame, entonces? ¿Manolo?
—¡Gon! ¡Todo el mundo me llama Gon, mamá!
—¿Gon? ¿Gon? ¡Un Gontazo te voy a dar como no te calles!
Exploto en carcajadas ante la ocurrencia de mi madre y la cara horrorizada de mi hermano que se muere de la vergüenza cada vez que nuestra progenitora suelta alguna de las suyas.
Gonzalo y yo tan solo nos llevamos once meses. Yo nací un lluvioso día de abril y él, en marzo del año siguiente. Lo suficiente para estar en cursos escolares diferentes. Mientras yo voy camino de enfrentarme a mi último año de instituto con todo lo que ello conlleva, él está tan tranquilo repitiendo el último de la escuela secundaria obligatoria, o sea cuarto. Y ni de coña se plantea cursar bachillerato, los estudios no son lo suyo; en su lugar, se meterá a algún grado medio que le llame la atención.
—Yo a esta mujer no la conozco —suelta antes de salir corriendo a la calle.
—¿Estás segura de que quieres irte a ese internado, Daniela? Mira que lo mismo cuando vuelvas te has quedado sin hermano —dice mi madre, desesperada.
—Tan solo será un curso, mamá, después volveré a casa. Ni que fuera a irme muy lejos, estaré a una hora de distancia de vosotros.
La doña cesa en su empeño de quitar el manchurrón de colacao del mantel para mirarme con los ojos bañados en lágrimas.
—Se me va a hacer tan raro no verte todos los días, mi niña… ¿En qué momento te has hecho tan mayor?
—No empieces, mamá.
Haciendo caso omiso de mis palabras, me veo envuelta entre sus brazos escuchando sus sollozos y aguantando mis lágrimas. Yo también voy a echarles mucho de menos, pero fue decisión mía acudir a un internado y ahora no me voy a echar para atrás.
Sí, no me miréis así. Quiero ir a un internado, nadie me ha obligado a ello. ¿Que por qué? Bueno, puede que tenga algo que ver con cierto chico alto, fornido, moreno y de ojos verdes que estudia allí; pero al resto del mundo le diré que por los planes educativos que ofrecen, por supuesto.
Ya lo sé, ya lo sé. Seguir a un tío al que conocí de refilón hace dos veranos no es muy cuerdo por mi parte, pero es que me enamoré; me enamoré de verdad y desde entonces no puedo dejar de pensar en él. Podrían considerarse casualidades de la vida que una de mis películas favoritas sea la de Grease. Él es mi Danny Zuko. Aunque en nuestro caso, no vivimos ningún romance de verano, tan solo me estampó un helado de pistacho en mi camiseta recién estrenada de Marvel y después me pidió disculpas con esa voz ronca que soy incapaz de sacar de mi cabeza y se fue.
Si algo bueno han traído las redes sociales es la facilidad con la que puedes encontrar a una persona en ellas. Llevo dos años siguiendo sus pasos por Instagram, infiltrada bajo una cuenta falsa, claro. No penséis mal de mí, es mi corazón el que actúa en contra de mis pensamientos racionales. Y es como un vicio, cuando empiezas no puedes parar.
Además, que si mis planes de conquista no salen bien, por lo menos habré estudiado en un prestigioso internado que me abrirá muchas puertas para el gran futuro que tengo por delante. Que tampoco sé qué demonios estudiar en la universidad, pero espero aclarar mis ideas durante el curso.
Mi madre sigue sollozando sobre mi cuello, enredando mi corta melena que tanto tiempo me ha llevado alisar. Odio cuando llueve porque vuelve a su estado ondulado natural y parezco Mowgli, así que las lágrimas de mi madre no son bien recibidas.
El sonido del claxon nos hace pegar un respingo y separarnos por fin del abrazo de oso para ponernos en marcha.
—¿Llevas todo, hija? ¿Has revisado bien el equipaje?
—Sí, mamá, vámonos ya.
Salgo a la calle y veo a mi hermano sentado en el asiento de copiloto charlando por Whatsapp, seguramente cancelando sus planes por tener que acompañarme. Mi padre se ofrece a meter mi maleta tamaño familiar y mis dos mochilas en el maletero mientras mi madre toca con los nudillos en la ventanilla del coche para que Gonzalo se cambie a uno de los asientos traseros. Él rechista, pero termina cediendo.
Una vez estamos todos montados, mi padre arranca y mi madre se santigua frente al espejo de la visera parasol. Siempre lo hace, es como un ritual cada vez que cogemos el coche que nos salva frente a posibles peligros en la carretera; después enciende la radio y pone un CD de sus canciones predilectas.
Apoyo la cabeza sobre la ventanilla sintiendo cómo los nervios se adueñan de mi estómago. Estamos a mediados de agosto y las clases no empiezan hasta septiembre, pero el internado no cierra sus puertas ni en verano y se encargan de organizar una fiesta de bienvenida a los nuevos quince días antes del comienzo del trimestre para que vayan adaptándose.
Desconozco si mi querido chico de ojos verdes estará allí cuando llegue, no he visto que haya subido ninguna historia en la playa, así que es más que probable que sí que esté y que nuestro reencuentro sea esta misma noche. Estoy entusiasmada y tan tan nerviosa que me he quedado sin uñas estos días atrás.
—Pá, papá, pá, pááá; pá, papá, pá, pááá… —comienza a cantar mi madre sobresaltándonos a todos y subiendo el volumen de la música para remontarse a las verbenas de sus orígenes segovianos.
—Ay, Dios, no —grita mi hermano, avergonzado—. ¡Otra vez no! Mátame —me dice zarandeándome por el brazo.
—Me miraste con ojos de gacela, cuando fui a visitarte en mi 600… —sigue cantando mi madre.
—¡Hazlo, Dani! ¡Mátame ya! —Sus ojos están a punto de salirse de sus órbitas.
Le sonrío con malicia y alzo mis cejas cuando la canción está a punto de llegar al estribillo, es entonces cuando mi padre y yo nos unimos a la doña en sus cánticos:
—¡Tengo un tractor amarillo, que es lo que se lleva ahora, tengo un tractor amarillo…!
—¡Noooo! ¡Habéis sido contagiados! ¡Que el Señor se apiade de mí! —intenta gritar Gonzalo por encima de nuestras voces.
Entre risas y más canciones comenzamos a ver a lo lejos el majestuoso edificio en el que viviré durante los próximos nueve meses. Unas imponentes rejas acabadas en punta se alzan en la entrada dándole el lúgubre aspecto de la mansión de Drácula y, tras identificarnos con los de seguridad, comenzamos a ascender por el camino de piedra que conduce hasta el internado.
—Esto da un cague de narices —comenta mi hermano a mi lado.
Pero estoy tan maravillada con la imagen frente a mí que soy incapaz de verlo a su manera. Los kilométricos árboles del bosque se alzan a ambos lados de la escuela, tan apartada del pueblo que apenas se distinguen los tejados de las casas antiguas que lo conforman. Hay banderas de todos los países y estandartes con el logo del internado por toda la fachada principal; además, los jardines están tan bien cuidados que dan ganas de tirarse sobre la hierba a hacer la figura del ángel.
—¡Qué alucine! —grito yo aguantándome las ganas de salir corriendo para seguir explorando más lugares del recinto.
Mi padre aparca el coche en el aparcamiento de visitantes y bajamos mi equipaje entre todos. Siguiendo las señales de los postes de madera que parecen estar por todas partes, conseguimos llegar hasta la entrada donde otros jóvenes de mi edad se reúnen en grupitos para contarse sus batallitas del verano mientras otros tantos, como yo, van llegando con sus familias.
Mis ojos buscan a mi chico de ojos verdes, saltando de unas personas a otras, pero no lo encuentran. Me fijo en un grupo de chicas que no deja de mirarme y cuchichear entre risas, alzo mi mano para saludarles, pero ellas no me devuelven el saludo. Mi hermano se sitúa a mi lado, hombro con hombro, y se fija en ellas también.
—Me la pido —señala a una rubia—, no, espera, me la pido. —Señala a su compañera—. Bueno, mejor a ella. Me la pido.
—¿Quieres dejar de hablar de ellas como si fuesen cromos, por favor? —bufo, empujándole con mi hombro, mientras les guiña un ojo y las chicas sonríen como bobas.
Gonzalo es un chico muy guapo, me saca casi una cabeza y tiene unos ricitos negros muy monos. Entiendo que llame la atención, pero es todo un rompecorazones. Dos de mis amigas dejaron de hablarme por su culpa, y no quiero que haga lo mismo con mis futuras amistades.
—Mamá, papá, ya sé lo que quiero hacer con mi vida: quiero estudiar en este internado.
—Y una mierda voy a pagar yo tu plaza en este lugar para que me andes suspendiendo todas las asignaturas, Gonzalo —contesta mi madre.
—Por eso mismo, mamá, en un sitio como este me pondría las pilas.
—Apruébame el primer trimestre en tu instituto y me lo pensaré.
Sacudo mi cabeza para abstenerme de su absurda conversación hasta que mis ojos dan con el cartel donde reza el nombre del internado: Escuela La Divina Trinidad.
—Hija, ¿estás preparada? —Mi padre, con su boina puesta y una barriga escondida bajo la camisa que parece estar a punto de estallar, apoya su mano sobre mi hombro dándome un apretón de ánimo.
Pongo mi mano sobre la suya, devolviéndole el apretón, y le dedico la mejor de mis sonrisas.
—Sí.
—Cualquier cosa que necesites, no dudes en llamarme, ¿vale? Estaré disponible las treinta horas del día para ti.
—Lo tendré en cuenta —río—, gracias, papá.
—Disfruta de la experiencia y mantén las distancias con toda esa panda de chavales con las hormonas por las nubes —agrega señalando hacia el grupito de chicos que queda a nuestra derecha.
—¡Papá! —grito, avergonzada por si alguien lo ha escuchado.
—Es broma, es broma, hija. —Levanta sus manos en señal de rendición y se acerca a mi oído—. Pero mantén las distancias, jovencita.
Pongo los ojos en blanco y procedo a despedirme de mi madre y mi hermano.
—Haz amigas rápido y llámame para presentármelas, ¿vale, hermanita? Es lo único que te pido. —Le fulmino con la mirada—. Ven aquí, anda, tontorrona. —Tira de mí para darme un achuchón.
—Vale, ya está, ya está —digo, separándome tras un largo minuto siendo estrujada como una naranja recién exprimida.
Sacudo la camiseta que acaba de arrugarme y mi madre comienza a besuquearme con ansia diciéndome lo mucho que me va a echar de menos hasta que el sonido de las campanas de un reloj dando las siete de la tarde consigue liberarme de ella.
—Espero que no me hayas dejado la marca de tu pintalabios esparcida por toda la cara —advierto tomando mi maleta—. Tengo que irme, chicos, avisadme cuando lleguéis a casa.
—Adiós, mi pequeña.
Echo un último vistazo a la estampa familiar que estoy dejando atrás y me despido con la mano. Veo a Gonzalo pidiéndome auxilio en silencio mientras es apretujado por mi madre y me río encogiéndome de hombros. Por mucho que los quiera, necesitaba volar del nido algún día y empezar a apañármelas sola.
Camino con confianza cargando con todo mi equipaje hacia las puertas abiertas del edificio, pero me freno en seco antes de cruzar el umbral. Acabo de pisar algo muy muy blandito, y por el olor que desprende puedo imaginarme lo que es. Miro hacia mi izquierda y veo a un pequeño chihuahua que está lamiéndole la cara a modo de despedida a una chica rubia con coleta. He pisado una mierda de chihuahua, una minimierda que huele a una de caballo.
Sí, señor, esto se llama empezar con buen pie.
Cierro los ojos y tomo aire, aguantándome las ganas de llamar guarros a los dueños del perro por no recoger su caca y dejarla a merced de cualquier despistado como yo.
Para colmo, en ese mismo instante, una voz ronca que me es bastante familiar resuena a mis espaldas. Es él, ¡es él! No puede verme así, con una mierda en el zapato. Me niego.
Estudio mis alrededores para encontrar una vía rápida de escape. Es imposible, si salgo corriendo voy a llamar la atención. Unos arbustos cercanos encienden mi bombilla, ¿y si…?
No me lo pienso dos veces, continúo caminando un par de pasos más y salto. Cuando quiero darme cuenta de lo que he hecho, ya me encuentro magullada por las fuertes ramitas del maldito arbusto y atrapada entre ellas. Forcejeo un poco para intentar salir de ahí, pero termino rindiéndome; genial, mi cuerpo ha pasado a formar parte de la naturaleza.
Bueno, pues supongo que aquí comienza mi aventura.









