I.
Si algo odiaba Bert, era calificar exámenes en un día tan lindo. No hacía ni frío ni calor, tenía una taza de café helado a medio tomar y era una de esas esperanzadoras tardes que lo ponían nostálgico.
El ver los papeles delante de él con balanceo de ecuaciones químicas mal formuladas le causaba una profunda frustración.
Reprobado. Reprobado. Reprobado. Apenas aceptable.
El resumen del desempeño de sus alumnos lamentablemente reflejaba lo que él había hecho en su vida. A veces fantaseaba sobre qué tan buenos serían si solo acataran sus instrucciones, si hicieran caso a las lecciones.
—¿Profesor Xhi?
Él alzó la vista, con una esperanzadora mirada de la oportunidad que lo sacaran de su tediosa rutina.
—¿Ya es ese día? —preguntó como si no lo hubiera esperado desde la semana pasada.
—¿Podría acudir con nosotros? Es urgente.
—Claro, solo necesito ordenar mis papeles.
Bert solía pensar que era importante, y en realidad lo era, así que se tomó su tiempo ordenando meticulosamente sus papeles. Uno por uno, como si los minutos que gastaba no valieran oro.
Aquella chica que parecía ser otra estudiante más de aquel campus tenía órdenes estrictas de no volver a llevarlo inconsciente, por lo que tuvo que apretar sus labios para que el hombre con notorias entradas, desaliñado y arrogante pudiera recoger sus cosas.
Cuando estuvo listo, él le sonrió, como si aquello no fuera lo más desesperante de todo el proceso.
Como de costumbre, fue un viaje corto en un auto lujoso, donde él se sintió con la libertad de cambiar la estación del radio a una polka con tal de desquiciar a la chica. Ella suspiró varias veces, repitiéndose una y otra vez que lo hacía por un bien mayor.
Cuando llegaron a la elegante casa, la chica lo condujo a un espacio sanitizado con un sillón grande y cómodo, donde el obeso sujeto de corta estatura se sentó plácido mientras ella tomaba una ligadura para atarla alrededor de su brazo con fuerza de más.
Mientras la aguja atravesaba sus venas, el profesor no dudó en abrir su boca.
—¿Y esta vez qué están haciendo?
—Sabe que eso es clasificado. No hable, por favor.
—¿Es importante? ¿Puedo ayudar de alguna forma?
—Sabe que está ayudando. Por favor, no hable —le reiteró, más demandante.
—Por favor, sabes que me puedes decir todo en confidencia, Paulina.
Esa sonrisa, que él consideró cautivadora, fue lo último que la chica quiso y pudo soportar. Rasgó la piel al retirar la aguja, antes de la ligadura, lo que provocó que un gran río de sangre brotara del antebrazo del hombre.
—Lo siento, profesor Xhi —mintió ella—. Le pedí que no hablara.
—No te preocupes,Paulinita.
Ella se limitó a poner los tubos con las muestras sanguíneas en un pequeño refrigerador.
—Eso es todo, profesor. Lo buscaremos en dos o tres semanas.
—¡¿Tres?! Cada vez se están tardando más. ¿En qué están trabajando? Necesito saber qué demonios está pasando. Quiero hablar con Ícaro.
—Una disculpa. Ícaro no está disponible en estos momentos, pero le puedo dar su mensaje, si gusta.
—No. Necesito hablar con él inmediatamente.
La chica no tenía ninguna intención de iniciar una discusión, por lo que lo dirigió a una sala contigua, donde el sillón para la toma de muestras se convirtió en una acogedora sala, no muy diferente a la de alguna casa.
—Le advierto, profesor, que no sabemos cuánto podrá tardar, y no tenemos permiso para brindarle más información de la que usted ya tiene. Por favor, no insista.
—No importa. Lo esperaré lo que sea necesario.
—Bien. Siéntase cómodo.
—Gracias, Paulinita.
Aquel apodo no lo decía con otra intención más que establecer una relación más estrecha con sus alumnos, y en ese caso, era una pésima estrategia para sacar un poco más de información. Nadie había tenido el coraje de decirle que eso a menudo se malinterpretaba como acoso.
Bert vio cómo pasaban las personas; rostros familiares que él se tomaba la molestia de ubicar, mientras todos lo conocían como “el que nunca pudo”. Todos sabían su historia, y era por esa misma razón que nadie se acercaba a cruzar más de dos palabras. De repente, cuando lo veían, la prisa por llegar a su destino se acrecentaba, como si sus vidas dependieran de ello. Y no era que el profesor de química no lo notara, solo le era más cómodo ignorar ese hecho.
Así se fue su perfecta tarde. Terminó de calificar sus exámenes en esa sala, sin que nadie le dirigiera la palabra y con más frustración que nunca.
Dos o tres semanas. Retumbó en su mente. Al menos antes tenían la decencia de explicarle lo que su sangre hacía, transformaba. Le explicaban los métodos y podía sentirse orgulloso de que, si bien no podía hacerlo con sus propias manos, podría ser una pequeña parte de un gran cambio.
Sin embargo, desde que Ícaro había asumido el puesto de Plagaf, habían limitado el contacto con Xhi casi por completo, aunque estaba seguro que no podían restringirle la comunicación, pero, maldita sea, Xhi era el último descendiente de “Eskxhi El Grande”, el fundador de Khumatos, el alquimista máximo indiscutible.
El mismo que había sido reducido a una rata de laboratorio, a esperar en la sala de espera por más de diecisiete horas. Y estaba cansado de ello.
***
—Gracias por tu tiempo de espera, Alberto.
La directora de la Academia Nacional de Bachillerato y Estudios Superiores se sentó frente al profesor de las ilusiones perdidas. Ni siquiera se molestó en buscar su mirada, pues sabía que sería en vano.
—Me parece que no tenemos nada más que hablar. Toda la mesa directiva está de acuerdo en relevarte de tu cargo a la brevedad...
—No, no, no. No. —Saltó de su asiento—. No pueden hacerme esto.
—Alberto, atacaste a una estudiante.
—¡Ella me atacó a mí! Me estuvo hostigando por días, quería secuestrarme. ¡Paulina ni siquiera es una estudiante de aquí!
—Está matriculada, no digas tonterías. ¿Cómo podría secuestrarte? Doblas su... Mira, Alberto, mis manos están atadas. Es una decisión unánime.
—¿Y yo qué, Clara? Este lugar es mi refugio, ¡es todo lo que tengo!
—¿Qué te digo? ¿Que debiste haberlo pensado mejor? ¿Que todas las oportunidades que te dan las desperdicias? Alberto, esta no es la primera falta que cometes en esta academia. No es la primera vez que doy la cara por ti, pero no puedo ayudarte si atacas de manera física a un estudiante, menos si es una chica con padres influyentes.
Padres, claro. Una maldita organización poderosa, más bien.
—No puedo, Alberto. Ya no. Y para serte franca, creo que es lo mejor. Tus ideologías se mezclaron con los métodos de enseñanza y no puedo tolerar que conviertas a los chicos en... en... ¡No lo sé! Un montón de anarquistas. Un ejército descerebrado.
Xhi la observó, entre ofendido y extrañado. Claro, sus clases se habían vuelto un tanto controversiales en la última semana, y en definitiva había estado haciendo cierta diferencia en sus alumnos, lo cual lo hizo reflexionar.
De todos los términos que Clara pudo usar, “ejército” era el menos adecuado. Un ejército debía ser fiel, obediente, capaz de seguir órdenes de un comandante inteligente. Esos chicos tenían demasiado libre albedrío como para formar un buen ejército.
—Disculpa, Alberto, pero el día de hoy te daremos de baja.
Tuvo poco tiempo para analizarlo, canalizar su energía, fingir una sonrisa y extender la mano.
—Entiendo. Gracias, Clara. Por todo.
En cuanto directora le estrechó la mano, ella sintió la sensación de una corriente eléctrica inundando su ser. El impulso le obligó a caer de espaldas sobre su silla, y finalmente, al suelo.
Xhi se acercó con cautela. El ver su brazo casi calcinado y un sarpullido creciente que corría desde su pecho hasta su cuello le hizo correr en dirección opuesta.
La adrenalina de ser descubierto le hizo borrar todo a su alrededor. Corrió lo más rápido posible a su auto, donde vio de manera fugaz el rostro de Ícaro antes de ser golpeado.
***
Cuando despertó, sabía que estaba dentro de una fortaleza de Khumatos. Su brazo estaba canalizado y tenía un oscuro moretón alrededor de su piquete.
Xhi soltó un grito de rabia que hizo eco en toda la sala. Sus extremidades se encontraban atadas a la camilla y lo único que pudo hacer fue sacudirse con violencia hasta que su garganta ardiera y las lágrimas de ira fueran lo último que pudiera dar de sí.
Dos figuras entraron en su sala. Tenía tanto que gritarles, pero su voz estaba apagada.
La primera era una vieja conocida, un rostro delgado que hacía tiempo no veía; siendo más exactos, desde que declararon a Xhi un incompetente en el arte de la alquimia.
La segunda era una alta e imponente presencia masculina de rostro serio y ojos severos color azul. Sobraba preguntar lo que hacían ahí; querían humillarlo, burlarse de él.
—Dijeron que querías hablar conmigo.
—Eso fue hace tres semanas, imbécil —carraspeó Xhi.
—Pues aquí estoy.
Todas las ideas fueron atropelladas; todas estaban ahí listas para salir, pero no tenían ningún orden. Solo quería explotar en una palabra y no estaba seguro cuál sería la mejor. Comenzó a hiperventilar, a desesperarse y a lastimar sus piernas con las correas en sus tobillos.
—¿Qué quieres que te digamos, Xhi? —inició Ícaro, leyendo su mente—. No eres un alquimista, no eres de utilidad y lo único que necesitamos de ti es tu sangre. ¿Qué es lo que no entiendes?
La chica a su lado, Bäaga, abrió grandes sus ojos.
—S-Soy un alquimista. Tengo derecho a saber lo que pasa aquí.
—No tienes derecho a nada. Perdiste ese derecho cuando mataste a Plagaf.
—F-F-Fue un accidente. T-T-Tú estabas ahí. También tú, Bäaga.
—¿En serio, Xhi? ¿Quieres queyoabogue por ti?
—¡Fue un accidente!
—Del maldito descendiente de Eskxhi, del maldito imbécil que debería ser el líder. —Ícaro alzó la voz, en ironía y condescendencia—. El estúpido que dice ser alquimista cuando ni siquiera puede liberarse de una vil cama de hospital. ¿Ese inútil?
“—Le hice una promesa a Ritrap de cuidarlos a ustedes dos hasta el final. Si no te he dejado a tu suerte, deberías agradecérselo a la tumba de tu padre —masculló.
—D-Déjenme intentarlo...
—Lo has intentado suficiente, Xhi —intervino Bäaga—. No insistas.
—Cuando te necesitemos te lo haremos saber. Y más te vale que te presentes.
—¿O qué? ¿Me matarás?
—Si te gusta tu libertad, cállate de una maldita vez. —Fue la primera vez que ella le hablaba de esa manera—. No tienes ningún tipo de poder aquí.
***
El tormento de sus años como estudiante no lo dejaron dormir, comer o asearse.
Hacía tiempo que no veía a sus compañeros; a los que quedaban. Las habilidades de todos habían florecido magistralmente, salvo las de Xhi, las de su hijo biológico.
Ritrap siempre estaba alardeando con otros alquimistas maestros acerca de lo bueno que era su escuadrón. Los seis aprendices se estaban convirtiendo en profesionales y no podía estar más orgulloso. Plagaf mostraba dotes de liderazgo y tácticas que cualquier ejército podría codiciar. Bäaga tenía la habilidad de transmutar casi cualquier objeto en tiempo récord mientras cupiera en la palma de su mano. Escila era capaz de producir un campo de energía tan grande como ella. Chot podía trabajar con múltiples objetos a la vez. Ícaro, su hijo adoptivo, además de nunca dejar a ninguno atrás, mostró gran habilidad para potenciar el campo de energía de otros.
Todos mostraron un progreso excepcional. Todos salvo Xhi.
Y quizás la transmutación no era lo suyo, quizás él solo era el catalizador. Y esta idea fue la que se le incrustó cual flecha. Quizás él solo debía extender el brazo para dejar que cualquiera sacara su sangre tan preciada.
O quizás, según las hipótesis de Plagaf, lo suyo sería transmutar cuerpos orgánicos. Algo que sí, iba en contra de la alquimia básica, pero era algo que no se había probado con anterioridad.
Fue un día de ocio cuando Plagaf intentó ayudar a Xhi con sus habilidades. Le explicó una vez más lo básico de la alquimia; generar un campo de energía con la mano lo suficientemente grande como para contener el objeto, concentrarte en el cambio, impregnar las puntas dactilares con sangre “real” y comenzar a hacerlo.
Si tan solo hubiera sido más específico con las instrucciones, eso hubiera bastado. Pero todos lo explicaban de aquella manera, como si hubiera una solución mágica para hacerlo. Xhi era metódico, de ciencias exactas, y la alquimia no lo era. Necesitaba saber paso a paso lo que se debía de hacer, pero ni siquiera las instrucciones de Plagaf le ayudaron.
—Concéntrate en la araña —indicó Plagaf, viendo al animal en el frasco—. Ahora, haz el campo de energía.
Xhi extendió sus brazos, se concentró en materializar el campo, y poco a poco un halo comenzó a materializarse alrededor del frasco.
—Excelente. Ahora moja tus dedos con sangre.
Xhi tomó una pequeña aguja que había llevado con él y pinchó su pulgar derecho, lo suficiente para que las gotas mancharan todos sus dedos.
—Concéntrate en la araña y piensa... no sé, en una serpiente —siguió su amigo.
Lo habían explicado como la transmutación de un objeto A a un objeto B, pero el proceso era aún un misterio. Cuando Bäaga se concentraba, parecía que leía algo en el aire, como si pasara las características de un objeto a otro. Cuando Escila lograba su cometido, parecía que escaneaba el objeto con la mano. Sin embargo, Xhi no sabía ni siquiera qué parte ver. Todo lo que observaba era al arácnido, sus múltiples ojos y ocho patas negras que poco a poco fueron volviéndose transparentes.
—¡Lo estás logrando! ¡Lo estás logrando! —Plagaf gritó demasiado alto para desconcentrar a Xhi.
Paró.
La araña tenía patas de cristal y un torso mitad vivo. En cuanto Xhi se detuvo, la araña comenzó a retorcerse de dolor, comenzó a sangrar, y ambos chicos vieron delante de ellos cómo ese ser moría desangrado por el torso de cristal.
Aún así, estaban eufóricos por que Xhi pudiera hacer esa hazaña.
Al chocar palmas, Plagaf fue expulsado hacia atrás.
La mano que había chocado con Xhi estaba ennegrecida y sangrante.
Xhi era poderoso. Sabía que lo era; toda su vida había crecido bajo la tutela de que él debía ser el líder de su escuadrón, para eventualmente aumentar su poder y ser alguien poderoso, situado en la cima del mundo.
Pero conforme pasaron los años, aquél huérfano que llegó a su casa en medio de una guerra de poder, aquel de los ojos azules y cabello rubio, aquel que parecía volar hacia la grandeza, fue adoptado por uno de los más poderosos alquimistas, y ahora era públicamente conocido como el apuesto millonario, hijo único de “uno de los empresarios más respetados”. Y él, el bastardo biológico se había reducido a enseñar Química a los de bachillerato.
Le tomó todo el fin de semana sumergido en depresión el idear qué hacer, a dónde ir para que los de Khumatos no pudieran encontrarlo. Ya no tenía nada que hacer en esa ciudad, y debía actuar rápido si no quería seguir siendo la rata de laboratorio que ahora era.
Dedicó sus últimas energías a alimentarse con comida chatarra y jugar videojuegos que le hicieran perderse de su realidad. No le gustaba jugar en línea. Odiaba carecer de control sobre lo que pasara, no importaba qué tan ficticia o real fuera la situación. Prefería jugar a solas, estar a cargo y tener lo que siempre se le negó: el poder de cambiar el mundo. Dirigir a sus hordas de zombies hacia sus adversarios y que sus órdenes fueran ley. Era la mejor distracción que podía desear.
El placer duró al menos hasta el lunes a primera hora, cuando el teléfono hizo que respingara.
—¿Profesor Alberto? Le hablamos de la academia ANBES, solo para corroborar su asistencia el día de hoy. Le recordamos que tres faltas injustificadas amerita una baja de su puesto.
—¿Cómo? —preguntó entre sueños.
—Lamento la insistencia, profesor, pero como la directora Clara está incapacitada, necesitamos toda la ayuda posible en estos momentos.
—¿Clara?
—Sí, el día jueves enviamos ese boletín interno. Entonces, ¿podrá asistir el día de hoy?
—¡Sí! Voy-Voy para allá.
Eso debió haber sido un acto divino, o más bien un acto kármico. El despido (a su parecer) injustificado nunca salió de la oficina de Clara, y si la junta directiva no lo había ordenado, significaba que todo había sido un invento de esa mujer. Por tanto, el choque que había recibido se lo tenía bien merecido.
Si algo le había aportado el videojuego que jugaba la noche anterior era la idea de que los zombies, bajo elmotivanteindicado, podían ser usados como un ejército perfecto.
Al entrar al aula, sus alumnos sonrieron al ver de vuelta al maestro desaliñado que usaba su tiempo en clase para darles una mala plática de moral tergiversada.
—Buenos días, jóvenes. Estoy feliz de verlos de nuevo.
Una plática motivadora y un par de experimentos bastarían para comenzar un nuevo ejército, uno en donde la alquimia se practicara a su manera, donde nunca se le dejara fuera, donde dejara de ser una rata de laboratorio. Xhi sonrió de manera genuina, al ver a su nuevo ejército listo para seguir sus órdenes.








