Capítulo 1

—¿Tiene ajo?
Vampiros. Siempre fueron algo pesados, pero desde que abandonaron sus ataúdes y comenzaron a caminar junto a los demás —de noche, por supuesto—, sus actitudes alcanzaron un nivel de arrogancia que me sacaba los pines. Cada maldita vez.
—No, señor —le contesté, balanceando la bandeja de una mano a otra con intenciones de retirarme rápido—. Su sangre es completamente orgánica, libre de preservativos o colorantes. No tiene ajo.
—Tenía que preguntar. Ustedes los mexicanos aman el ajo —comentó, sonriendo simpático—. No es que me vaya a matar, pero prefiero mi sangre pura y sin otros sabores.
—Genial.
Estiré los labios para simular una sonrisa y levanté el dedo pulgar como apoyo. Estaba segura de que mi expresión no había coincidido con mis palabras. Me daba igual cómo prefiriera su sangre el estimado conde Drácula. O cualquiera que fuese su nombre. Solo quería terminar mi turno para poder ducharme y salir a bailar con mi mejor amiga. Necesitaba un par de copas.
Caminé hasta la cocina para dejar la bandeja. El olor de la cebolla y el cilantro me recibieron de primeros, como siempre que abría esa puerta. No me molestaba. Si tenía que elegir, prefería mil veces ese aroma antes que el de la sangre. Esa la teníamos almacenada en el refrigerador, clasificada por tipo y contenida en bolsas de piel sintética. El último grito de la culinaria vampírica.
Me dejé caer sobre una silla al tiempo que un suspiro se me escapaba. Quería irme ya. Cada vez que tenía un cliente vampiro y me tocaba servirle, el estómago me daba un vuelco. Puro instinto de supervivencia. Mis antepasados los hechiceros habían transitado años luchando por sobrevivir a sus mordidas.
—Ponte de pie, Gabriella —exigió mi madre, dueña y señora del restaurante—. No has terminado tu turno.
—¿Y cuándo va a llegar Susana, mamá? —me quejé— Ya pasó mi hora de irme.
—Yo no sé, pero usted tiene que llevar este pedido a la mesa cuatro. Vamos.
Rezongando por lo bajo, coloqué la comida en una bandeja limpia. Al menos solo eran tacos normales. Sonreí al llegar a la mesa, mis labios ya sin fuerzas para fingir que estaba alegre de estar allí a esas horas. Lo más seguro era que me hubiese salido una mueca. Sin embargo, los humanos en la mesa no dijeron nada sobre mí.
—¿Me traes salsa extra?
—Claro que sí —Lloré por dentro—. Tengo de la roja, de la verde y de la de chile habaner…
—Habanero. ¡Bien picosita!
No podía comprender a los que pedían esa salsa teniendo una ola de calor que azotaba la ciudad en pleno agosto. El señor quería la salsa más picante con la que contábamos, tal vez quería saber qué se sentía arder en el infierno. Cuando regresé para dejarle las salsas en la mesa, en secreto esperé que se “enchilara”. Que le saliera humo por las orejas como en los dibujos animados. Sí, para que otro día volviera a pedir una salsa bien “picosa” mientras yo me moría por un trago de tequila con hielo y limón.
Para mi suerte, cuando regresé a la cocina Susana había llegado.
—Al fin llegaste, pendeja —le solté, recibiendo una mirada de reproche de mi madre.
—Ay, cállate, babosa. Me agarró el tráfico.
El cocinero se rio cuando mi madre elevó los brazos al cielo, dándose por vencida con nosotras. Siempre nos saludábamos de la misma manera. Mi prima y yo así lo habíamos decidido. Sin perder más tiempo, le mandé un mensaje de texto a Valerie, mi mejor amiga. Tenía que recogerme para que no se me hiciera tarde. Mal momento para tener el auto en reparación.
Me quité el delantal y lo lancé sobre los tomates. Tomé mi mochila y tras plantar un beso en la cabeza de mi “jefa”, salí corriendo antes de que me mandara a hacer otra cosa. Doña María Milagros protestó, advirtiéndome sobre el eclipse lunar de esa noche.
—No deberías salir, Gabriella. Sin la luz de la luna eres casi una humana.
—Estaré bien, ma —le aseguré antes de salir—. Val y Patrick estarán conmigo.
Revisé mi Instagram durante el tiempo que estuve esperando, que no fue mucho. Me moría por ducharme. Sentía el cabello pegado a la nuca, todo pegajoso. No era una fanática del verano. En especial no de las olas de calor que siempre caracterizaban al mes de agosto. Aunque sí que disfrutaba las fiestas de piscina que se organizaban en esa época. Al pensar en la noche que tenía por delante, mi humor estaba comenzando a mejorar.
La bocina de un vehículo llamó mi atención. Levanté la mirada y noté que me estaban llamando. Los mechones rubios de Valerie aparecieron detrás de los cristales.
—Hola, Brie.
Fruncí el ceño al notar su vestimenta. Llevaba una camiseta que parecía ser de su hermano. Mi mejor amiga nunca saldría a la calle vestida así. Mi cabeza cayó de lado al tiempo que mis ojos se desviaban en una expresión de fastidio. Por supuesto que no era Valerie. Después de soltar una carcajada, el rostro que parecía ser de mi mejor amiga se desfiguró hasta tomar la apariencia del verdadero conductor del auto. Conocía bien aquellos ojos verdes como aceitunas. Sebastian, el hermano de Val. La primera vez que se había transformado en ella, me había engañado por dos semanas. Estúpido cambia formas.
—¿Qué haces tú aquí? —le pregunté al idiota.
—Buenas noches para ti también, Godzilla.
Sebastian me había puesto ese apodo en la primaria, solo porque el niño gringo no podía pronunciar bien mi nombre ni una sola vez. O no quería.
—Cierra el pico, Marilyn Monroe —repliqué, mis ojos desviándose sin poderlo evitar hacia el lunar que tenía en la mejilla izquierda—. ¿Dónde está Val?
—Agradece que acepté venir a recogerte. Valerie está ocupada, sube de una vez y no me hables.
Sebastian era el hermano mayor de mi mejor amiga. Los tres habíamos asistido a la misma escuela desde niños, por lo que Val y yo nunca habíamos estado separadas. Sin embargo, nunca había podido llevarme bien con aquel imbécil. Era insoportable.
Me encogí de hombros y mandé todo al carajo. Necesitaba salir esa noche y Marilyn en masculino no iba a impedírmelo. Me subí al asiento del copiloto y me coloqué el cinturón de seguridad esperando que se diera prisa.
—¡Ey, ey! —exclamó el inútil, riéndose— Pensé que venía a recoger a una mujer, no a un taco ambulante.
—Solo conduce.
—Pon tu dirección en el gps, Taco Bell.
Pasaba unas ocho horas al día en una cocina mexicana, o llevando las comidas a la mesa. Por supuesto que olía a taco. Ignoré las tonterías de Sebastian todo el camino. Cuando detuvo el auto en mi edificio, me bajé casi corriendo y sin despedirme.
—¡Espera, Godzilla! —me gritó.
—¿Ahora qué?
—Invítame a tu casa. ¿O quieres que espere aquí debajo mientras te arreglas?
Pues… ¿sí? La verdad tener al imbécil de Sebastian dentro de mi departamento no estaba en mis planes inmediatos. Ni siquiera me había pasado por la cabeza dejarlo entrar.
—¿Por qué quieres esperarme?
—Ya te dije que Valerie está ocupada. Yo te llevaré a la fiesta.
Vaya, no contaba con eso. Sin embargo, estar parada allí con el uniforme del restaurante pegado al cuerpo gracias al sudor, no iba a ayudarme a pensarlo mejor. Suspiré con desgana antes de indicarle que me siguiera. No iba a decirme nada que no me hubiera dicho antes. Ya estaba acostumbrada a sus pendejadas.
Mi departamento estaba en una buena zona de Hollywood. Lo curioso de que las criaturas sobrenaturales hubiesen salido a la luz —a la de la luna en el caso de los vampiros— era que los individuos sin hogar que años atrás adornaban las calles de Los Angeles habían desaparecido. Algunos, tras ser maltratados por vampiros u hombres lobo. Otros, al ser reinsertados en la sociedad por el efecto de estas mismas especies. Con la nueva constitución, todos tenían derecho a un trabajo y a un hogar. Si no pagabas tus cuentas, ibas a prisión. Y si eras muy problemático, el gobierno te enviaba a un “programa de intercambio” con alguna otra especie. Había escuchado que las hadas hacían maravillas con los humanos descarriados. Los convencían de ser buenas personas con sus polvos y sus encantamientos.
Sebastian se dejó caer en mi sofá con los ojos pegados a su teléfono, mientras yo corría a ducharme. Para mi sorpresa, se comportó de forma decente y me dejó arreglarme en paz. Una vez que me quité el olor a taco y me puse un conjunto que me garantizara una noche de tragos memorable, me presenté en la sala para indicarle que nos fuéramos. Me pareció que sus ojos se demoraban más de lo necesario en mis piernas descubiertas, por lo que le dediqué una ceja levantada en antelación a mi pregunta.
—¿Se te perdió algo, Marilyn?
—Solo buscaba el pedazo de falda que se te cayó, siento que te veo hasta el alma con esa ropa.
—Vaya, pensé que eras el hermano de Val, no mi padre. No me mires si no te gusta.
Sebastian no respondió nada, o al menos no lo escuché al darle la espalda para abrir la puerta. Bajamos hasta su auto y al subirme al asiento, de manera inconsciente tiré de mi falda hacia abajo, intentando cubrir mis muslos.
Solo cuando divisé a Valerie en el club fui capaz de relajarme. Estaba cerca de la puerta, por lo que pude notarla de inmediato. Una rubia envuelta en un mini vestido rosa pastel. Se enojaba si le llamábamos “Barbie”, pero siempre se vestía igual a una. El color no engañaba a nadie. Era una prenda tan sexy y tan corta como la que llevaba yo. Supuse que aquella era la razón por la que había enviado a Sebastian adelante, para que no le diera el sermón en la casa por usar aquello en un lugar como aquel.
—¡Perra! —me chilló en cuanto me vio.
—¡Zorra! —le contesté riendo.
Debían ser las únicas dos palabras que Val conocía en español. Ah, no es cierto. También sabía decir “pendeja” y “chido”. Recibí de su mano una copa llena que llevé a mis labios de inmediato. Saludé a Patrick con la mano. El novio de Val era casi tan alto como Sebastian, aunque era más robusto.
—¿Cuáles son los planes para esta noche? —le pregunté.
—Que mueras de un coma etílico —intervino Sebastian, como siempre de metiche.
Él y sus palabras médicas. Sebastian cursaba el ciclo básico de medicina. Sus padres eran doctores, y esperaban que él siguiera sus pasos. El niño prodigio ya había abandonado la carrera una vez. Se había tomado un año libre y después había decidido empezar de nuevo. Por eso siempre estaba lanzando sus términos médicos a izquierda y a derecha. Burlándose cuando no sabíamos lo que decía.
—Oigan a Mercedes —le espeté, imitando la forma en que mi madre me decía cuando andaba metiéndome donde no me llamaban.
—No empiecen de nuevo —nos advirtió Val—. Un día van a terminar casados.
Al escucharla, fingí que vomitaba mi bebida. Percibí el murmullo incómodo de Sebastian y giré la cabeza hacia otro lado, con tal de no verlo. Peor fue el remedio que la enfermedad. Porque al otro lado del club, justo hacia donde había mirado, estaba mi ex.
Aun desde la distancia, pude notar las fosas nasales de Darren dilatándose con odio. Su mirada estaba en Sebastian, seguramente imaginando mil cosas al habernos visto llegar juntos. Me daba igual lo que pensara el estúpido. No pensaba volver con él.
Pero Darren no parecía darse por enterado. Por eso me encontré contemplando cómo se acercaba a mí recorriendo la pista y sorteando a los que bailaban con una rapidez propia de su naturaleza. Nunca debí meterme con un licántropo.
—¿Ahora te estás follando a este? —me lanzó la pregunta a la cara, sin más.
Ni siquiera un saludo, nada para disimular sus celos. ¿Cómo no me había dado cuenta de lo que había tenido delante de mí? Darren tenía nula educación. Era solo músculo y nada de cerebro. Por lo menos había sido un buen polvo. Las dos semanas que pasamos juntos solo habían valido para eso. Y no parecía querer aceptar el fin de nuestro amorío de verano.
—No, amigo —contestó Sebastian, con una sonrisa sarcástica—. No es ahora, ha sido desde siempre. Y cada vez que estaba contigo, tenía que venir a mi cama para que se lo hiciera bien.
Un escalofrío me recorrió cuando una imagen mental de lo que el muchacho había dicho se coló en mi cabeza. Sebastian encima de mí, nuestros cuerpos sudados por el calor del verano y el de la pasión. Dios mío, iba a necesitar cloro para lavar mi cerebro de esos pensamientos.










sorry for that but OMG ya quiero más capitulossssssss
Excelente. Me encantó este capítulo quedó divino. Esta historia promete mucho por lo que la leeré hasta el final. ❤❤❤
Hay mucha testosterona junta 😂😂😂